El siglo XXI es el siglo de las ideologías. Aunque en el XX ya habían asomado la cabeza varias de ellas, el XXI se está consolidando como el siglo de la proliferación y naturalización de toda una serie de ideologías estrafalarias. Como llevamos dos décadas observándolas y sufriéndolas, a las personas que todavía no han renunciado a su espíritu crítico les ha dado tiempo a reconocer ciertos patrones comunes a todas ellas. Porque, por muy diferentes que sean, todas están unidas en lo alto de su árbol genealógico por la rama común del idealismo filosófico, y, por lo tanto, todas acaban por revelar ciertos rasgos de consanguineidad. De hecho, tal vez ya sea posible esbozar ciertas leyes de las ideologías que sean tan ciertas y constantes como las leyes de la termodinámica o de la gravitación universal. Es cierto que, conforme vaya avanzando el siglo XXI, las sucesivas etapas de las ideologías ya existentes, así como la aparición de otras nuevas, irán revelando otros patrones que todavía no podemos percibir. Sin embargo, por lo observado hasta el momento, me parece que las leyes que voy a exponer a continuación son invariables y que todas las sucesivas ideologías no harán más que constatar su validez.
Por ahora me limito a señalar tres leyes de la ideología:
- Absolutización de la injusticia.
- Compensación retroactiva.
- Negación del supuesto.
Explicaré cada una de estas leyes proponiendo algunos ejemplos.
Absolutización de la injusticia
Toda ideología comienza señalando una verdadera injusticia. Eso no quiere decir que la injusticia sea de la magnitud que la ideología le atribuye, que lo sea en los términos que propone o que surgiera como consecuencia de las causas que aduce. De hecho, lo característico de las ideologías consiste en inventar causas arbitrarias que expliquen esa injusticia, para acto seguido magnificarla hasta que ocupe toda la historia de la humanidad (técnica de inspiración marxista) y, finalmente, proponer soluciones que retroalimenten la propia vision ideológica. Por ejemplo, es cierto que a las mujeres se las ha tratado injustamente en ciertas épocas y culturas. Lo característico de la ideología feminista no consiste en detectar ese hecho e intentar corregirlo, sino en inventar el heteropatriarcado como causa de esa injusticia, afirmar que recorre toda la historia de la humanidad invariablemente, y proponer la igualdad de funciones y de conducta como única solución. También es cierto que se han cometido injusticias contra personas negras únicamente por motivo de su raza.
Pero lo característico de la ideología antirracista no consiste en señalar ese hecho y corregirlo, sino en inventar el supremacismo blanco, explicar que toda la historia de la humanidad se explica en términos de odio contra la raza negra, y proponer una completa homogeneidad entre las razas que elimine sus respectivas idiosincrasias. Por otro lado, cuando una ideología absolutiza la injusticia que le sirve de base, todo lo malo que sucede en el presente o ha ocurrido en el pasado sirve para su sesgo de confirmación. Las personas ideologizadas no pueden dejar de ver cada suceso, por más independiente que sea de su monomanía, como el último efecto de la omnipresente injusticia que todo lo explica y, por lo tanto, como una nueva razón a favor de su ideología.
Compensación retroactiva
En su primera fase las ideologías tienden a la reivindicación de la igualdad para reparar la desigualdad del pasado. Sin embargo, esa fase dura relativamente poco. Una vez que han conseguido inocular en la mayoría de la población la completa licitud de la igualdad, la pendiente resbaladiza continúa deslizando las mentes inertes hacia otras profundidades. Comienza entonces a reivindicarse no la igualdad, sino la desigualdad contraria a la ejercida en el pasado, en una especie de compensación retroactiva. Por supuesto, esta desigualdad en sentido contrario no se reivindica con ese nombre, sino con eufemismos tales como «discriminación positiva». Con la ideología de género y el feminismo esta fase se manifiesta en los cupos de género y las cuotas de contratación, por los cuales los hombres con mayores méritos objetivos para acceder a una competición o a un puesto de trabajo son descartados en favor de mujeres o personas trans por el mero hecho de no ser hombres o no parecerlo. La defensa teórica de esta medida alega que de esta forma se reparan las desigualdades del pasado creando desigualdades inversas o, en otras palabras, que hay que ser realmente injusto con personas del presente para reparar simbólicamente injusticias del pasado. En realidad, aparte de lo absurdo de la medida, esta injusticia vengativa favorece el pendulazo que, a su vez, volverá a favorecer nuevamente la ideología.
Negación del supuesto
Esta es tal vez la más inesperada de las leyes de la ideología. Las dos anteriores podrían haberse predicho con anterioridad y especulativamente, pero esta última sólo es posible establecerla después de haber observado repetidamente el fenómeno. Tras la fase de compensación retroactiva, las ideologías acaban por negar uno de los supuestos en los que precisamente se apoyaba todo su sistema. Aquello que en los inicios de la ideología se afirmaba como una realidad evidente que había sido objeto de la injusticia, y que sólo había que convertir en objeto de justicia, en las etapas avanzadas de la ideología acaba negándose por completo. Por el propio afán de oponerse radical e indistintamente a la injusticia del pasado, la ideología se pasa de frenada y acaba negando incluso aquello que debía conservarse para reivindicar la justicia. Por ejemplo, el feminismo ha acabado negando la propia feminidad. En principio debía oponerse a los atentados cometidos contra la naturaleza de la mujer, contra todo aquello que la distinguía del hombre, pero finalmente ha acabado por reivindicar una mímesis con la masculinidad y considerando la feminidad como un constructo social ideado en el laboratorio del heteropatriarcado.
Por su parte, la tendencia actual en los círculos del antirracismo ideológico consiste en negar que exista de hecho algo llamado «raza». El nuevo discurso oficial afirma que la raza no es algo demostrable científicamente. Si se refieren a que agitando la sangre de una persona dentro de una probeta no se forman las palabras «raza blanca» o «raza negra», tienen razón. Pero la ciencia –en particular, la biología y la antropología– puede señalar la serie de características morfológicas y conductuales que ciertos grupos humanos tienen en común y que los diferencian de otros grupos humanos, y eso es lo que hemos convenido en significar con el nombre de «raza». Si a alguien no le gusta ese nombre, puede darle otro, pero no por ello cambiará la realidad que expresa. Por supuesto, la ciencia –y con este nombre se suele hacer referencia a ciertos portavoces que hablan en nombre de ella y que dependen de las subvenciones de los distintos Gobiernos, los cuales, a su vez, reciben grandes sumas de dinero de parte de los lobbies ideológicos– corrobora esta nueva tendencia y declara que no existen las razas. Las voces científicas disidentes son silenciadas y condenadas al ostracismo laboral, como aviso a navegantes. Así es como finalmente, con ayuda del aparato estatal, toda ideología acaba por negar aquello que en principio sólo pretendía que fuera objeto de justicia.
Estos son los tres fenómenos que hasta ahora me parecen invariables y comunes a todas las ideologías y que, en consecuencia, pueden considerarse con razón leyes fijas que determinan su funcionamiento. Todavía queda por ver cómo las ideologías llegan a su fin o mutan en otras ideologías, pero, aunque algunas ya lo están haciendo, estamos en una fase demasiado prematura como para elevar a categoría de leyes algunos hechos observables. La perspectiva del tiempo reunirá esos hechos y revelará nuevos patrones. La esperanza es que algún día, al conocer por completo todas las leyes que determinan su aparición y desarrollo, podamos eliminar las ideologías ya existentes y frustrar por anticipado todas las que podrían llegar a surgir.






