Persecución religiosa
Revuelta González, M. La exclaustración. Madrid 1976. BAC.503 págs.
Madrid y 17 de julio de 1834, a golpe de blasfemia las turbas asaltan el convento de Santo Tomás y el Colegio Imperial de los jesuitas. Se dividen en dos bandas, una se dirige al convento del Carmen y la otra al de san Francisco. Es de noche y buscan con antorchas a los indefensos franciscanos. Los enfermos y los enfermeros son degollados en la enfermería. Algunos son asesinados en el coro y otros que se esconden no van a correr mejor suerte: al ser descubiertos, tras los insultos y las blasfemias, la voz del jefe se hace escuchar: No hay necesidad de gastar pólvora con esta canalla; a éstos los tenemos seguros; cuchillada, bayonetazo, sablazo y ¡firme con ellos! (pág. 218). En la noche del 17 al 18 de julio fueron asesinados en Madrid ochenta religiosos. Cualquiera que conozca un poco el plano de Madrid, me dará la razón si digo que a paso ligero los militares del palacio real se hubieran podido presentar en lugar de los acontecimientos en menos de diez minutos. Pero el régimen dejó hacer y las turbas de asesinos, cuando iban de un convento a otro en busca de más sangre, le agradecieron su pasividad con esta copla blasfema:
“Muera Carlos
Viva Isabel
Muera Cristo
Viva Luzbel”

Sube al trono la hija de Enrique VIII y Ana Bolena, Isabel I (1558-1603), y una de sus primeras decisiones fue ilegalizar la Misa católica, sustituyéndola por los nuevos ritos del Libro de Oraciones. Años después en la visita que hace la reina a la Universidad de Cambridge, el claustro la agasaja con una serie de actos entre los que se incluye una representación burlesca de la Misa, por lo que uno de los profesores, disfrazado de perro , da saltos en el escenario con una hostia en la boca. Dos años después la reina acude a Oxford, donde le presentan a Edmund Campion, un joven talento, que acelera a partir de ese momento una brillantísima carrera académica. Pero cuenta Evelyn Waugh con su prosa vibrante que “Campion tenía eso que le hacía ser más que una persona decente, un embrión en le seno de su ser, madurando en la oscuridad, invisible, apenas móvil: el amor de la santidad, la necesidad de sacrificio. El no podía transigir” (págs. 40-41). Y a partir de ese momento las páginas del libro desprenden la grandeza y le dramatismo que siempre acompañan a las almas santas. Campion abandona el anglicanismo, huye hacia el continente donde se hace jesuita y se ordena sacerdote, para volver de nuevo a Inglaterra, a sabiendas que se dirige a un martirio seguro.





