4.05.20

Las calas a los pies de la televisión

Quizá, los cristianos, corremos el riesgo de olvidarnos de la “teología de la creación”. Todo viene de Dios y todo, todo lo que supere la criba del fuego del amor, ha de volver a Dios. Es el esquema de la “salida” y del “retorno” que inspiró a tantos grandes teólogos; entre ellos, y no el menor, a santo Tomás de Aquino.

Todo viene de Dios. Todo lo que vale algo. Todo lo que tiene consistencia. Todo lo que deriva su consistencia de la consistencia suprema del Creador. En cierto modo, es verdad que la ontología y la mística están emparentadas o que, casi, son lo mismo.

Recuerdo ahora a San Buenaventura, su “Itinerarium mentis in Deum”, “Itinerario del alma a Dios”. En el prólogo a esta obra, el santo nos invita “al gemido de la oración por medio de Cristo crucificado, cuya sangre nos lava las manchas de los pecados, no sea que piense [el lector] que le basta la lección sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin la exultación, la industria sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia, el espejo sin la sabiduría divinamente inspirada”.

Estamos, quizá, tantas veces, muy acostumbrados a lo adversativo, a la oposición. Puede que debamos profundizar un poco más en la unión: No una cosa o la otra, sino más bien una cosa y la otra. La “teología de la creación” y la “teología de la gracia”. No puede haber contradicción entre ellas. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios; ha sido creado no solo por Dios, sino también para Dios. Aunque es verdad que la “potencia obediencial”, la capacidad de ser adoptados como hijos del Padre, como hermanos de Cristo y como templos del Espíritu, restaría, seguiría siendo pura posibilidad, sin el nuevo “hágase” de la gracia.

Dios y el mundo. El hombre y Dios. La solidaridad y la caridad. El deseo y la gloria… Todo tiende a ser “uno”, como la mente, al final del camino, tiene como única meta a Dios.

Esta unidad de fondo no impide, no merma, la relativa autonomía de lo creado. Lo creado, hasta nosotros mismos, tiene su propia consistencia, pero no al margen de Dios, sino siempre en relación a Él, ya que Él es, en sí mismo, en su misterio trinitario, no aislamiento, sino comunión.

En el culto cristiano está presente todo lo humano. Lo están esas dos formas “a priori” de la sensibilidad, que decía Kant: el espacio y el tiempo. Y lo están porque, en la Encarnación, el Hijo de Dios se hizo hombre. Están los espacios sagrados – los templos y los cementerios, los “camposantos” – y están los tiempos sagrados – el más sagrado de todos, el de Pascua - . Dios se acerca a nosotros a través de nuestra capacidad de percibir lo real, a través de nuestra capacidad estética.

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3.05.20

Con María, esperando la Santa Misa

Posiblemente nada hace más felices a las madres – y hoy es su día – que ver reunidos a sus hijos en torno a la mesa cada domingo y cada fiesta. El cristianismo tiene una gramática, una lógica, muy sencilla: es profundamente divino y humano. Sus misterios centrales, los acontecimientos que perfilan su identidad, son el nacimiento, el dolor y la muerte, la vida de cada día y también, porque es muy humano desear algo así, aunque nos desborde, la gloria, la esperanza de la gloria.

Un escritor famoso tituló uno de sus libros como “El valor divino de lo humano”. Es un título inspirado. Sin lo divino, lo humano decae. Sin lo humano, lo divino nos parece absolutamente imposible y, a la postre, completamente irrelevante. El artículo “stantis aut cadentis Ecclesiae”, el dogma que permite que la Iglesia siga en pie o que se derrumbe del todo, es la Encarnación. Estoy de acuerdo, en eso y en mucho más, con san Juan Enrique Newman.

Los católicos no nos hemos acostumbrado a prescindir de la Santa Misa. Ni podríamos hacerlo. Un sacramento, la Eucaristía, que no solo ha de ser celebrado – y no ha dejado de serlo más que el Viernes y el Sábado santos - , sino que ha de ser creído y, siempre, vivido. Así lo expresa, de un modo magistral – y técnicamente “magisterial” – el papa Benedicto XVI en la exhortación “Sacramentum caritatis”. Vendría bien releer, con mucho detalle, este texto.

Lo divino y lo humano. Sin confusión y sin separación – Calcedonia nos lo recuerda -. Sin fideísmos ni racionalismos excluyentes. Sin “sobrenaturalismos” que poco tienen de sobrenatural y sin reducciones “naturalistas” que poco tienen de naturales.

La lógica de las madres, la gramática de la Iglesia, y hasta el sentido común, lo saben ver. Una madre quiere reunirse con sus hijos reunidos pero sabe privarse, sabe aplazar ese deseo noble, si alguno de sus hijos, por ese motivo tan grande – reunirse - , fuese a correr un grave riesgo. ¿Qué madre, que sea tal, exige a su hijo que la visite cada domingo, aun a sabiendas de que ese desplazamiento es extremadamente peligroso para el hijo y para los otros hijos? Absolutamente ninguna.

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2.05.20

3 de Mayo, Madre de Dios. Día de la madre

Día 3. Madre de Dios

“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción” (Gálatas 4,4-5).

Dios, para enviar a su Hijo al mundo, escogió la mediación maternal de una mujer, María. El Hijo de Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo verdaderamente hombre, Hijo de María. Los cristianos, ya desde los primeros tiempos, invocaban a la santa Madre de Dios, como testimonia la antiquísima oración, de los siglos III o IV: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.

Al confesar a María como “Madre de Dios”, la Iglesia profesa la verdadera identidad de Jesús como Verbo encarnado. En Éfeso, en el año 431, cuando los obispos reunidos en concilio proclamaron solemnemente la maternidad divina de María, el pueblo cristiano reaccionó con enorme entusiasmo: “Nos llevaron en medio de antorchas a nuestras residencias. Era de noche. La alegría era general y toda la ciudad se iluminó. Las mujeres iban con incensarios delante de nosotros”, relata San Cirilo.

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1.05.20

La obediencia se debe, ante todo, a Cristo

Cuando uno cree ver las cosas con claridad, cuando piensa que los acontecimientos confirman sus propias intuiciones, corre el riesgo de ir muy deprisa y de dar por hecho que los demás, todos los otros, verán enseguida las cosas de la misma manera. No es así, no suele ser así. Puede suceder, incluso, que uno parezca arrogante o falto de paciencia. Puede ser. Estar convencido de algo no equivale a suponer la infalibilidad propia. Solo Dios es infalible y, por su misericordia, quien él dispone, en determinados supuestos, para bien de los hombres.

¿Todos podemos opinar en la Iglesia? Sin duda. La Iglesia de Cristo es el reino de la libertad: “Para la libertad nos ha liberado Cristo” (Gál 5,1). Pero todos debemos procurar que nuestras opiniones sean sensatas. Debemos pasarlas por la criba de la razón y de la fe, de la reflexión y de la plegaria. Es verdad que, a veces, uno se deja llevar a la hora de escribir por el ímpetu del propio convencimiento y, hasta sin pretenderlo, puede desconcertar o herir a quien lee. Puede suceder, pero sería tanto o más grave que, por no molestar, uno dejase de decir lo que, en un determinado momento, cree que debe decir.

La Iglesia Católica es jerárquica. Lo es. Quienes tienen la responsabilidad – y la potestad – de regir al pueblo de Dios han de ejercerla. Y no es fácil hacerlo. Lo fácil, tantas veces, sería buscar el aplauso rápido. Algo así como decir, en cada momento o lugar, lo que los oyentes están dispuestos a oír y a aceptar. Yo creo que el que tiene una responsabilidad pastoral – específicamente los obispos y los sacerdotes – tienen que ser fieles a este servicio, tantas veces oneroso, de orientar a los demás cristianos tal como, en conciencia, crean que deben hacerlo.

Los que tienen esta responsabilidad serían “mundanos”, en el mal sentido de la palabra, si por quedar bien ante su “público” traicionasen la verdad. Si pusiesen en juego valores muy grandes – como el respeto a la vida – por granjearse el apoyo de aquellos que, por no tener que ejercer esa misma responsabilidad, muchas veces se sienten inclinados, aunque de buena fe, a la crítica. Creo que los pastores de la Iglesia – primero los obispos, y en parte, subordinada, los sacerdotes – también merecen un poco de empatía. Al menos por parte de quienes se declaran y se sienten católicos.

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30.04.20

¿Reír por reír?

Hay, parece, como una obsesión de salir en las fotografías riéndose. ¿Por qué? El “Diccionario de la lengua española” recoge, en una de las acepciones de “reír”, la siguiente: “Manifestar regocijo mediante determinados movimientos del rostro, acompañados frecuentemente por sacudidas del cuerpo y emisión de peculiares sonidos inarticulados”.

Todos sabemos lo que es “reír”. Y creo que, también, todos sabemos que la risa puede ser oportuna e inoportuna. No reír puede deberse a ser una persona sosa, amargada, funeraria. Reírse sin motivo es, pienso – y el diagnóstico objetivo quizá sea peor - propio de bobos, de inconscientes.

No pretendo reproducir aquí la disputa que recoge Umberto Eco en su novela “El nombre de la rosa”; la contienda entre Jorge de Burgos y Guillermo – personajes de su mundo literario - .

No he tenido siempre buena suerte con la literatura y con las novelas, que, dentro del mundo literario, es el género que más me gusta. No digo que no me hayan gustado. No es eso. Más bien es que siempre me ha pillado la lectura de una novela preferida en el peor momento – cerca de exámenes, con más trabajo, con más urgencias - .

La de “El nombre de la rosa”, claramente. ¿Novela nominalista, positivista…? Puede ser. Pero, en su momento, he disfrutado leyéndola. Otra que me enganchó, muy a final de curso, con riesgo de suspenso, o de notas muy mermadas, fue, en su día, “Bomarzo”, de Mújica Lainez.

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