14.05.20

Un artículo en la "Revista Española de Teología": La significatividad de la Transfiguración

La “Revista Española de Teología"  LXXX (2020) 33-60 publica un artículo mío titulado “La significatividad de la transfiguración de Jesús".

Creo que puede resultar de interés compartir con los lectores de este blog la conclusión de este ensayo, “La signfificatividad de la transfiguración para nuestra época":

Nos preguntábamos, al comienzo de este trabajo, en qué medida la transfiguración, considerada desde la perspectiva de la Teología fundamental, puede ser especialmente significativa e iluminadora para nuestra época. Creemos que, tras haber considerado las dimensiones histórica, teológica y antropológica de la credibilidad de la transfiguración, este acontecimiento se muestra como enormemente significativo en nuestro contexto vital.

En el cuerpo concreto, histórico, del Señor se refleja la gloria de Dios que le corresponde como Hijo e Imagen del Padre. Esta gloria ha impresionado los sentidos de sus discípulos –de Pedro, Santiago y Juan– y ha supuesto, para ellos y para los demás seguidores de Jesús, un estímulo y un consuelo para que, escuchando y obedeciendo al Maestro, no perdiesen la esperanza ante la aparente desfiguración del Calvario mientras aguardaban, en medio de la zozobra, la claridad nueva de la pascua.

La revelación expresa con singular evidencia en este acontecimiento su carácter sacramental, en el que se unen los gestos y las palabras. La referencia al cuerpo de Jesús como medio de revelación y signo que la confirma, así como el papel de la imagen de Jesús como reflejo de la gloria divina, constituyen elementos que merecen ser considerados en orden a ahondar en la estructura sacramental, concreta, de la fe.

El acontecimiento de la transfiguración de Jesús nos ayuda, pues, a comprender mejor la estructura sacramental de la fe y la sacramentalidad misma como elemento fundamental de todo lo cristiano. En el cuerpo terreno de Jesús se hace visible la gloria de lo eterno para revelar que su muerte es el paso que conduce a la resurrección.

Él es el Hijo, el Verbo encarnado, tanto en el Tabor como en el Calvario. Solo escuchándolo a él la obediencia de la fe será capaz de seguirle en ese peculiar éxodo, sin ceder al desaliento de la desconfianza, sin sucumbir a la tentación de la incredulidad.

Los evangelistas, y también Pedro, han dado fiel testimonio de este acontecimiento. Los apóstoles y discípulos han visto y oído, han palpado con sus manos, al Verbo de la vida. Ellos han creído, a pesar de la desfiguración de la cruz, y han podido reconocer al Resucitado, portador de una luz que fugazmente habían experimentado Pedro, Santiago y Juan en la cumbre de la montaña.

En el cuerpo de Jesús, en su carne, habían visto estos tres apóstoles, alumbrados por un fulgor como de un relámpago, al nuevo Adán, al rey mesías, a aquel que puede quedarse solo, pero que nunca los dejará solos. A aquel cuya luz se hace camino, éxodo. A aquel que es el lugar de la gloria, el auténtico tabernáculo.

En la transfiguración lo divino se revela en lo visible. En la visibilidad de un cuerpo, en la evidencia de la carne de Jesús. Esa carne concreta y ese cuerpo histórico, vulnerable, es la Imagen de Dios y es, asimismo, por ello, la imagen del hombre. Ni Dios está tan lejos ni el hombre está tan perdido en un laberinto del pasado o en las quimeras de un futuro imposible.

Su cuerpo es el espacio perfecto para la manifestación de Dios; es el ámbito de la comunión y de la apertura, de la cercanía que respeta la trascendencia.

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El consuelo de Nuestra Señora de Fátima

La vida resurge paulatinamente. Si de algo tenemos certeza acerca del famoso virus es la convicción de que se sabe muy poco sobre él. Un virus que nos convierte, querámoslo o no, en socráticos, en humildes. No sabemos nada. Los que saben, no saben. Los que no sabemos, lo ignoramos casi todo. Mucho más de lo que nuestra soberbia nos hace creer.

Si no podemos “aprehender”, comprender plenamente, un virus, un simple virus, ¿cómo vamos a aprehender el misterio de Dios? San Anselmo de Aosta – los ingleses dicen de Canterbury – lo supo formular de un modo genial en su “Proslogion”. Dios es “aquel mayor del cual nada puede ser pensado”. Pero no todo era teología negativa, también había teología positiva: “Dios es lo mayor que puede ser pensado”.

Dios nos sitúa ante la nada y el todo. Nos da la medida existencial de las cosas. Nos pone en nuestro sitio. A todos. A la humanidad y a la Iglesia – que es, también,  parte de la humanidad, aunque sea una porción muy singular de la misma - . El misterio de Dios no es solo lo inaccesible para nuestras pretensiones de dominio. No, es también lo que sobrepasa nuestra capacidad de comprensión.

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12.05.20

Rigor y modestia

Esta tarde he podido conversar con un amigo especialista en Biología. Él sabe mucho más que yo de virus, moneras y protistas. Mucho más que yo, sobre ese tema, sabe casi todo el mundo.

En la carrera de Filosofía, en la UNED, cuando yo la cursé, se notaba el peso de las corrientes positivistas, digámoslo así, y también el de las tendencias menos positivistas.

El resultado era una amalgama de estudios “científicos” y de estudios “humanistas”. Entre los primeros: Lógica, Filosofía de la Lógica, Filosofía de la Ciencia, Historia de la Ciencia… Y, por si eso fuera poco, había que superar el rito de iniciación de una disciplina “científica”.

En mi caso, dentro de las alternativas disponibles, opté por “Introducción a la Biología”. No me arrepiento de ello. También estaban, como pidiendo perdón, las disciplinas humanísticas que, a mi juicio, eran las más filosóficas.

La Lógica, la Epistemología, la Historia de la Ciencia, la Filosofía de la Ciencia… ayudan mucho. Un buen científico es, trata de serlo, humilde y preciso, riguroso y modesto. Y esa actitud me gusta. Hoy parece que, por arte de magia, todos sabemos sobre todo.

Los científicos de verdad contestan, más o menos, con las siguientes cautelas: “Es bastante pronto. Tenemos que analizarlo”. “No tenemos ningún estudio que demuestre que los tratamientos que usamos son los más eficaces, pero es lo que tenemos”.

Veo en esa actitud rigor y modestia. Los que no somos científicos deberíamos intentar movernos dentro de la lógica y de la ética del rigor y de la modestia.

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11.05.20

Primera Santa Misa en la “desescalada”

Desde el 14 de marzo he estado celebrando la Santa Misa sin la presencia física de los feligreses. Nunca he dudado de que la Santa Misa es el memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo, que es la Iglesia. El “Catecismo” nos recuerda: “A la ofrenda de Cristo se unen no solo los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo”.

No ha estado “prohibida”, en sentido estricto, la celebración de la Santa Misa con algunos fieles. El “Decreto del estado de alarma” decía, en su artículo 11, que la asistencia a los lugares de culto y a las ceremonias se condicionaba a la adopción de medidas organizativas consistentes en evitar aglomeraciones de personas, en función de las dimensiones y características de los lugares. También es verdad que, en el artículo 7 del mismo Real Decreto, no se señalaba de modo explícito el ir a Misa como motivo para circular por la vía pública.

Las normas de los obispos establecían, en general, que se suspendían las celebraciones comunitarias y públicas de la Santa Misa hasta ser superada la actual situación de emergencia. Y añadían también que los sacerdotes continuarían celebrando diariamente la Eucaristía, rezando por el Pueblo de Dios, siendo posible la asistencia de un pequeño grupo de fieles.

Todo es, según cómo se considere, muy lógico y, en la práctica, algo confuso. Se suspende, se permite… Un poco de ambigüedad, si somos honestos, hay que reconocer que ha existido. Pero comprendo perfectamente que haya sido así. En lo fundamental, y el derecho a la libertad de culto es fundamental, no se puede ceder. No obstante, al mismo tiempo, ese derecho, completamente básico, no puede ser ejercido de modo irresponsable. A veces, por simple imposibilidad física – no hay quien desinfecte los templos, no hay quien limpie… – , ese ejercicio resulta, en una situación concreta, casi imposible.

Las restricciones a la libertad de culto pienso que han sido, en cierto modo, razonables. Y no soy yo, más bien liberal, partidario de “restricciones". No se han debido a una persecución. Y no creo que pretendan, hoy por hoy, perpetuarse en el tiempo. No han diferido mucho los “Reales Decretos” y las Normas de los obispos. Creo que, tanto el Estado como la jerarquía de la Iglesia, han buscado, en este aspecto, un mismo fin: proteger la salud de las personas. En cierto modo, yo, como simple cura de parroquia, se lo agradezco. Creo que, aunque de modo doloroso, han protegido tanto a mis feligreses como a mí mismo.

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9.05.20

El camino, la verdad y la vida

“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Con estas palabras, el Señor se define a sí mismo como el camino único que conduce al Padre: “Aquel que es el camino, no puede llevarnos por lugares extraviados, ni engañarnos con falsas apariencias el que es la verdad, ni abandonarnos en el error de la muerte el que es la vida”, comenta San Hilario.

El Señor se hizo camino por su Encarnación: “el Verbo de Dios, que con el Padre es verdad y vida, se hizo el camino tomando la humanidad”, dice San Agustín. El sendero que conduce a la meta es la humanidad de nuestro Señor Jesucristo. Si no queremos que el itinerario de nuestra vida termine en el fracaso, en el sinsentido, debemos dirigir nuestra mirada a Jesucristo y caminar siguiendo sus pasos.

San Juan Pablo II, en su primera encíclica, indicaba la urgencia de esta mirada: “la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna»”.

Incluso para aquellos que todavía no han llegado a la fe, Cristo es, añadía el papa, un camino elocuente: “Él, Hijo de Dios vivo, habla a los hombres también como Hombre: es su misma vida la que habla, su humanidad, su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla además su muerte en Cruz, esto es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono”.

Jesús es el rostro de Dios: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9). La adhesión a Él por la fe es, al mismo tiempo, adhesión al Padre y comienzo, ya aquí en la tierra, de una vida plena que consiste en la participación en la vida de Dios. Por esta razón, el Catecismo enseña que la fe es ya el comienzo de la vida eterna: “La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo” (n. 163).

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