21.05.08

Mayo virtual: María Auxiliadora

María AuxiliadoraDía 24. Auxilio de los cristianos

“Despechado el dragón por causa de la mujer, se marchó a hacer la guerra al resto de su descendencia, a los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Apocalipsis 12,17).

La batalla, las persecuciones, las dificultades no son ajenas a la vida de los cristianos y al peregrinar de la Iglesia por este mundo. San Pablo exhorta a Timoteo a pelear “el noble combate de la fe” (1 Timoteo 6,12). La Biblia atestigua que, desde los orígenes del género humano, se ha establecido una batalla entre la Mujer y la Serpiente (cf Génesis 3,15); entre el Dragón y la Mujer vestida de sol, coronada con doce estrellas (cf Apocalipsis 12).

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Mayo virtual: Salud de los enfermos

Día 23. Salud de los enfermos

“Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes” (Isaías 53,4-5).

En latín salus significa tanto salud como salvación. Dios quiere el bien integral del hombre; de su cuerpo y de su alma; su bienestar aquí en la tierra y su salvación eterna. La Salud y la Salvación se identifican con Jesucristo, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado “propter nos homines et propter nostram salutem”, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, como profesamos en el Credo.

Jesús cura a los enfermos. A algunos les devuelve la salud física, como signo de una liberación más profunda, la sanación del pecado: “los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio” (Mateo 11,5). Y, en todo caso, el Señor abre a quienes padecen una perspectiva nueva, dándoles, con la gracia, la posibilidad de transformar el sentido de la enfermedad; de unirse más íntimamente a su Pasión y a su Cruz a favor de la redención del mundo.

La Virgen, que colaboró con su “sí” a la salvación de los hombres, es invocada por el pueblo cristiano como “Salus Infirmorum”, “Salud de los enfermos”. Ella, visitando a Santa Isabel, nos estimula a atender con solicitud a quien pueda necesitar nuestra ayuda. Contemplando a María, Asunta al cielo, nuestro corazón se llena de esperanza, aguardando el momento final en el que la muerte, el último enemigo, y sus secuelas, sean definitivamente aniquiladas (cf 1 Corintios 15,26).

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20.05.08

Mayo virtual: la Esperanza

Día 22. Madre de la santa esperanza

“Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa; fijémonos los unos en los otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras” (Hebreos 10,23-24).

En un poema, Manuel Machado saluda a la Nuestra Señora de la Esperanza, a la que llaman en Sevilla Virgen Macarena: “¡Ay, de no amar, de no creer, no hay modo/ cuando tu imagen célica aparece/ mecida entre el incienso en lontananza!/ ¡Ay mi Sevilla, que lo tiene todo:/ cuando el Señor del Gran Poder le ofrece/ la Fe y la Caridad… Tú, la Esperanza!”.

La Escritura nos exhorta a mantener “firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa” (Hebreos 10,23). Y el Catecismo define la virtud teologal de la esperanza como “aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios” (n. 2090). La razón de la esperanza, su motivo último, es el Misterio Pascual de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Con la mirada puesta en el Resucitado, podemos vencer el desaliento y dilatar nuestro corazón en la espera de la felicidad eterna.

María es la Madre de la santa esperanza; la “señal de esperanza cierta y de consuelo” para el Pueblo de Dios en marcha (Lumen gentium 68). Ella “concibió creyendo y alimentó esperando al Hijo del hombre, anunciado por los profetas”, canta la Liturgia.

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Mayo virtual: El Amor Hermoso

Día 21. Madre del Amor Hermoso

“Como vid hermosa retoñé: mis flores y frutos son bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor puro, del temor, del conocimiento y de la esperanza santa” (Eclesiástico 24,17-18).

En la Santísima Virgen, Madre del Amor Hermoso, resplandece la belleza de la gracia; de la participación en la vida de Dios. En María, todo proviene de Dios: Ella es la “llena de gracia” (Lucas 1,28), adornada con los dones del Espíritu Santo.

El amor de María es verdaderamente un amor hermoso, virginal, de esposa y de madre. Con este amor puro ama a Dios, a su Hijo, “el más bello de los hombres” (Salmo 44,3), y nos ama también a cada uno de nosotros. El amor de la Virgen se expresa en su entrega fiel al designio salvador de Dios.

Dios ha dejado una imagen del Amor que Él es en la creación del hombre y de la mujer, llamándolos al amor y a la comunión. El amor conyugal “se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre” (Catecismo 1604). Todo lo que es conforme al amor, es agradable a los ojos de Dios y manifiesta su belleza, su santidad y su verdad. Del Señor procede el matrimonio, y de Él procede también la virginidad por el Reino de los cielos, para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cf Apocalipsis 14,14).

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19.05.08

Mayo virtual: "Salve, conculcas engaños y errores"

Día 20. Amparo de la fe

“Hermanos: Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús” (Hebreos 12,1-2).

El “Akáthistos” es un himno griego, un poema mariano; el más célebre de las iglesias bizantinas. En este himno, entre otros motivos, se saluda a Nuestra Señora como amparo de la fe: “Salve, tú apagas hogueras de errores; salve, Dios trino al creyente revelas”; “salve, conculcas engaños y errores; salve, impugnas del ídolo el fraude”.

En el conjunto de la fe, la Santísima Virgen no es una figura marginal. Ella, por su singular participación en la historia de la salvación, “reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe” (Lumen gentium 65).

La fe es escucha y obediencia a la Palabra de Dios. La Virgen María es “la realización más perfecta” de la fe (Catecismo 144). Durante toda su vida, desde la Anunciación hasta la Cruz, “su fe no vaciló. María no cesó de creer en el ‘cumplimiento’ de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe” (Catecismo 149).

Al acudir a la Virgen como “Amparo de la fe”, los cristianos le pedimos a nuestra Madre que sostenga nuestra fe; que nos muestre el camino de la verdad. Es una súplica que parte de la constatación de la oscuridad que, a menudo, nos invade; de la dificultad de superar las pruebas que se presentan contra el creer. A veces, el mundo en el que vivimos parece – con el peso del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte -desmentir nuestra fe y contradecir la Buena Nueva del Evangelio. Necesitamos que María, como la columna luminosa que de día y de noche guiaba al pueblo en el desierto (cf Éxodo 13,21-22), nos señale el camino de la perseverancia en la fe.

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