Tradición no es inmovilismo
El proceso de transmisión de la Revelación es un proceso vivo. La Tradición no equivale, pues, a inmovilismo, porque la Iglesia no es un museo arqueológico, sino un organismo viviente. A través de la Escritura -conservada, leída e interpretada en la Iglesia – y gracias a la acción del Espíritu Santo, “por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero”, la Iglesia “con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (DV 8).
La Tradición se actualiza en diversos testimonios: la enseñanza de los Padres, la Liturgia, los credos, los concilios, las intervenciones del magisterio y, también, la vida de los cristianos, de modo ejemplar la vida de los santos.

En Noviembre, la Liturgia y la piedad de los fieles nos hablan de las «realidades últimas», de los «novísimos» o «postrimerías»: la muerte, el juicio, el infierno y el paraíso. Y conviene que, a veces, nos paremos a pensar sobre ellas, para enderezar, con realismo y esperanza, los pasos de nuestra vida. En cierto sentido, lo último se anticipa en lo penúltimo, en diversas vivencias de nuestra existencia terrena.






