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10.06.23

Meditación para el Corpus Christi: La eucaristía y el obrar cristiano

La mirada sacramental se sitúa dentro del espacio abierto por Dios al hombre para revelársele. Los sacramentos edifican el hábitat donde florece la vida humana plena. La práctica sacramental, en consecuencia, abre espacios para la manifestación de Dios y el encuentro con Él: “la fe tiene que ver con Dios, y solo donde se acoge su cercanía, solo donde las intenciones humanas retroceden frente a la veneración que se le debe, surge aquella credibilidad que ocasiona la fe” (J. Ratzinger).

La secularización – con todos los matices con los que se deba hablar de este fenómeno - toca la pregunta sobre la exterioridad de la fe, sobre su irradiación en el mundo social y cósmico. Igualmente, toca la pregunta sobre la radicalidad de la fe, sobre su capacidad para constituir los cimientos del espacio del hombre y las coordenadas de su tiempo. El repliegue o la fuga de la religión hacia la interioridad es solo una forma aneja a la secularización.

Los sacramentos son esenciales para iluminar el interrogante sobre la exterioridad de la fe: La fe se juega en acciones comunes que tocan el cuerpo y el tiempo del hombre, inaugurando un espacio de relaciones nuevas con Dios y entre nosotros. La fe sacramental esclarece también el interrogante sobre la radicalidad de la fe, ya que esta precede el querer y el conocer humano, generándolo y sosteniéndolo.

Los sacramentos resultan la clave para proponer la fe a una cultura secular, revitalizando así esa cultura. Para fraseando a K. Rahner, J. Granados dirá que «el cristianismo del futuro será sacramental o no será».

La credibilidad de la revelación se expresa, pues, en la celebración del misterio de Cristo: “En este sentido el culto de los cristianos no es un conjunto de ceremonias, sino la expresión de su máxima participación en el reino de Dios, especialmente a través de los siete sacramentos. Todos y cada uno de ellos están orientados a la celebración eucarística, en la cual –según una profunda reflexión de Juan Pablo II en Ecclesia de Eucharistia– Cristo se hace nuestro contemporáneo” (G. Lorizio).

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26.04.23

Lo esencial es el esencial

Con una afirmación admirablemente sintética: “Lo esencial es el esencial” resumía Joseph Ratzinger, en la introducción a Romano Guardini, The Lord (Washington 1996), la comprensión de este último acerca de la esencia del cristianismo.

A delimitar lo propiamente cristiano dedicó Guardini un ensayo, La esencia del cristianismo, publicado por primera vez en 1929. El elemento diferencial de lo cristiano no se puede reducir al horizonte de la racionalidad moderna. El cristianismo es algo más, y algo distinto, de la plena expresión de la condición humana. Y también algo más y algo distinto de la sola noticia de Dios como Padre y del Reino como amor.

La subjetividad moderna, en la versión de Feuerbach o en la de von Harnack, no puede alcanzar el núcleo de lo cristiano: “Lo propiamente cristiano no puede deducirse de presupuestos terrenos, ni puede determinarse por medio de categorías naturales, porque de esta suerte se anula lo esencial de él […] Lo cristiano contradice el pensamiento y la dicción naturales, para las cuales todas las cosas, sea cual sea la diferencia entre ellas, se reúnen bajo las mismas categorías últimas, constituidas por la lógica y la experiencia” (R. Guardini, La esencia del cristianismo).

Años más tarde, en 1968, publicó Joseph Ratzinger su Introducción al cristianismo. Lecciones sobre el credo apostólico. Para responder a la pregunta: ¿qué es el cristianismo?, Ratzinger intenta una comprensión e interpretación del Credo, en el que se sintetiza la fe de la Iglesia. Se trata de presentar la fe de siempre, con un estilo misionero, conjugando la actualización de esas fórmulas con la fidelidad a algo que no sea crea, sino que se recibe de los anteriores testigos del Señor. La base estable de la propia existencia está en lo invisible y en lo recibido, por encima de lo visible y de lo hecho, por encima de la utilidad y de la exactitud de los resultados del pensar factible.

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18.04.23

Postremum Munus. Studia in Honorem Celsi Rodríguez Fernández

La Universidad de Vigo ha publicado un libro en homenaje al Prof. Dr. D. Celso Rodríguez Fernández, ya fallecido, sacerdote y catedrático de latín. En la presentación del volumen, que se puede ver en la página web de la Universidad, se lee la siguiente descripción de esta obra: “Postremum munus: el último regalo… Hemos rescatado de Catulo (Carmina CI, 3) la expresión que dedica a su hermano, fallecido lejos de Roma, en el Asia Menor, para titular estos estudios reunidos en memoria de Celso Rodríguez Fernández, catedrático de filología latina que fue en la Facultade de Filoloxía e Tradución, compañero desaparecido del que solo tolerancia, sonrisa y bondades podemos recordar, que sirvió generosamente a la facultad y la universidad que tanto amaba. Bajo la diversidad de enfoques late en muchos trabajos, junto al recuerdo de la persona, la sensibilidad para lo religioso y para la lengua latina, verdaderamente patria espiritual de don Celso, a cuya conservación contribuyó con eficacia. Nunc […] haec […] accipe fraterno multum manantia fletu, / atque in perpetuum, frater, ave atque vale”.

En un artículo de opinión, que hoy aparece en Faro de Vigo, la también catedrática María do Carmo Henríquez Salido escribe: “A biografia do inesquecível e caríssimo Dom Celso (Tominho, 8 de novembro de 1932 -Tui, 10 de junho de 2021) podemos sintetizá-la com estas poucas unidades lexicais: sacerdote, bem-feitor, latinista e professor catedrático de latim. Os seus livros e estudos alcançam a cifra de vinte e cinco contributos”. Una información más detallada del libro se puede encontrar en la plataforma Dialnet.

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16.04.23

Lecturas: Benedetto XVI, "Che cos'è il cristianesimo"

Benedetto XVI, Che cos’è il cristianesimo. Quasi un testamento spirituale, a cura di Elio Guerriero e Georg Gänswein, Mondadori, Milano 2023, ISBN: 978-88-04-726807, 190 p., 20 €.

 

En la “premessa”, Elio Guerriero explica cómo se gestó la publicación de este libro póstumo del papa Benedicto XVI. En un determinado momento, Guerriero le propuso al papa recoger en un volumen y publicar juntos los textos escritos tras la renuncia al pontificado. Benedicto XVI accedió a esta petición, pero con una condición: que el libro solo podría ser publicado tras su muerte, argumentando que quería ahorrarse, y ahorrar a la cristiandad, la furia de los círculos a él contrarios en Alemania; una furia tan fuerte, “que la aparición de cada palabra mía enseguida provoca de parte de ellos un grito asesino” (p. VIII). El libro se presenta como algo más que una recolección de textos, como casi un testamento espiritual.

El volumen está estructurado en seis capítulos - precedidos de un prefacio del propio Benedicto XVI - : 1. Las religiones y la fe cristiana. 2. Elementos fundamentales de la religión cristiana. 3. Hebreos y cristianos en diálogo. 4. Temas de teología dogmática. 5. Temas de teología moral. 6. Contribuciones ocasionales. Se cierra con una sección de “notas”.

El capítulo 1 recoge dos contribuciones. En la primera de ellas, “El amor en el origen de la misión”, se pregunta si la misión sigue siendo actual. También hoy, nos dice Benedicto XVI, sigue siendo razonable comunicar a otros el Evangelio; entre otras razones, porque tanto el amor como la verdad exigen ser comunicados. Al final, el amor es “la auténtica prueba de la verdad del cristianismo” (p. 14). La segunda aportación, “¿Qué es la religión? Un intento de definir el concepto de religión”, plantea la alternativa, frente a los dioses de las religiones tribales, de seguir el camino de las religiones monoteístas o el de las religiones místicas con el budismo Hinayana como forma central. Para Benedicto XVI, interpretar el cristianismo al modo de una religión mística, puramente interior, contradice su más íntima intención y su concreta configuración en la historia. El centro del cristianismo es Jesucristo, que por nosotros ha soportado ser hombre hasta la muerte y más allá de la muerte.

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11.04.23

La misericordia, un límite impuesto al mal

La Octava de Pascua concluye con el “Segundo Domingo de Pascua o de la Divina misericordia”. Un día que, tradicionalmente, era llamado Domingo “in albis”, porque era cuando los neófitos, bautizados en la noche de Pascua, asistían a la Misa habiendo ya depuesto, en la víspera, las albas o vestiduras blancas que habían portado durante la octava.

Fue san Juan Pablo II quien pidió el cambio de nombre. Para ello, consultó con la Congregación para la Doctrina de la Fe que, en un primer momento, dio una respuesta negativa considerando que una fecha tan importante como el Domingo “in albis” no debería ser sobrecargada con nuevas ideas. En un posterior intento, respetando la significatividad de este segundo domingo de Pascua, se introdujo la referencia a la misericordia de Dios.

Juan Pablo II fue un testigo directo de la fuerza del mal desencadenada, de modo escandaloso, en el pasado siglo XX. Vivió en primera persona los avatares de su tierra, Polonia, sacudida por los crueles totalitarismos: el nazismo y el comunismo, con su dolorosa secuela de asesinatos, persecuciones, represión y tortura: “no ha sido un mal de edición reducida – escribió- . Ha sido un mal de proporciones gigantescas, un mal que se ha servido de las estructuras estatales para llevar a cabo su obra nefasta, un mal elevado a sistema”.

La poderosa fuerza del mal, aparentemente invencible, adoptó la cara siniestra del desprecio de la dignidad humana y de su fundamento último, la filiación divina. Una fuerza que arrastró a tantas personas que, en lugar de juzgar críticamente, se dejaron llevar por quienes ejercían el poder. Es lo que Hanna Arendt denominó “la banalización del mal”.

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