22.08.08

La confesión y la promesa

¿Quién es Jesús? A lo largo de la historia, y también en el presente, esta pregunta se plantea muchas veces. Si acudimos a una librería encontraremos distintos libros sobre Jesús. Sobre él escriben historiadores, filósofos y novelistas. La respuesta a la pregunta sobre su identidad depende, en buena medida, de los presupuestos de los que parta quien se aproxima a su figura. Para unos, Jesús es un maestro religioso, un reformador moral, un hombre de Dios; un personaje, en todo caso, admirable y desconcertante.

El Evangelio deja constancia de una respuesta que no brota de la pura indagación humana, sino de la revelación de Dios: “eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”, dice Jesús a Simón (Mateo 16, 17). Es decir, la verdad última sobre Jesús, el conocimiento de su auténtica identidad sobrepasa las posibilidades meramente humanas. Hace falta un conocimiento más amplio: el conocimiento de la fe; un saber que se apoya en la revelación de Dios y que es fruto de su gracia.

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14.08.08

Felicitar a María

La antífona de entrada de la Misa vespertina de la solemnidad de la Asunción constituye una exclamación de gozo: “¡Qué pregón tan glorioso para ti, María! ¡Hoy has sido elevada por encima de los ángeles, y con Cristo triunfas para siempre!”. La Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma al cielo supone una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos (cf Catecismo 966).

La solemnidad de hoy nos invita, pues, a felicitar a María. Cumplimos así las palabras proféticas de la Virgen en el Magnificat: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”. Las alabanzas a María no brotan de un “exceso” de fervor por parte de los cristianos. Como ha explicado Benedicto XVI, “al alabar a María, la Iglesia no ha inventado algo ‘ajeno’ a la Escritura: ha respondido a esta profecía hecha por María en aquella hora de gracia” (Homilía, 15 de agosto de 2006). Una profecía inspirada por el Espíritu Santo y consignada en la Sagrada Escritura, en la palabra de Dios.

La bondad de Dios, su grandeza, su gloria, se refleja en los santos. Especialmente en la “Toda Santa”, en aquella a quien Dios escogió desde toda la eternidad para ser la Madre de su Hijo. Ella es la Inmaculada Concepción, la mujer redimida desde el primer instante de su existencia, enriquecida por una santidad del todo singular. Alabar a María es alabar a Dios; reconocer la grandeza de su designio de salvación.

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9.08.08

Jesús, descendiente de Israel

San Pablo reflexiona sobre los privilegios de Israel y sobre la fidelidad de Dios. El plan de salvación que en Cristo llega a su plenitud no está en contradicción con las promesas hechas por Dios a los hebreos. Ellos “fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas”.

La dignidad de Israel, el pueblo elegido por Dios, se pone de manifiesto en el misterio de la Encarnación: El Hijo de Dios quiso asumir una naturaleza humana con todo lo que era característico de los hebreos. El Papa Juan Pablo II, haciendo suya una expresión de los obispos alemanes, decía que “quien se encuentra con Jesucristo se encuentra con el judaísmo”. Jesucristo, como verdadero hombre, desciende de los israelitas “según la carne” y es a la vez verdadero Dios, “el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos” (Romanos 9, 5).

Jesús es el “hijo de David”, el Mesías de Israel. Pero no un mesías político, sino el Siervo sufriente que ha venido a “servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mateo 20, 28).

El Concilio Vaticano II, en la declaración Nostra aetate explica los vínculos que unen a la Iglesia con la raza de Abraham: “la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles. Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en sí mismo” (Nostra aetate, 4).

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7.08.08

La denominación de la Diócesis: Tui-Vigo

Parece que al alcalde de Vigo se le ha ocurrido expresar el deseo de que la Diócesis se llame únicamente “Diócesis de Vigo”, en lugar de la actual denominación que es “Tui-Vigo”. Es comprensible que un regidor municipal quiera engrandecer su propia ciudad. No hay nada de malo en ello. Incluso, mostrando su interés por este asunto, reconoce la importancia de que una ciudad sea sede episcopal. Tener a un Obispo no resta nada y añade prestigio.

Pero la realidad se impone. Y la realidad incluye la historia; es decir, la narración de los acontecimientos pasados dignos de memoria. Una iglesia local sin historia sería equivalente a una persona que ha sufrido un trastorno de amnesia, sin saber ni quien es ni de donde viene.

Y la historia de la iglesia de Tui – entonces sólo Tui – se remonta al siglo VI. De los ciento seis Obispos que la han regido, ciento dos han sido sólo Obispos de Tui. El último, D. Antonio García y García, que comenzó su pontificado en Tui en 1930 y que en 1938 fue nombrado Arzobispo de Valladolid.

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2.08.08

La necesaria certeza

Pocas veces en la historia se ha elogiado tanto la duda y la perplejidad como en nuestra época. A quien dice poseer certezas se le mira con desconfianza, con recelo. Se prefiere a quienes se muestran partidarios de la irresolución o de la confusión. La duda se presenta como una vacuna frente a la intolerancia o el fanatismo.

Sin embargo, la fe cristiana exige certeza. El creyente debe estar seguro de lo que cree y de por qué cree. La fe es la adhesión firme a la revelación divina; una adhesión que excluye el temor a errar, pues se apoya no en nuestras capacidades limitadas, sino en la infalibilidad y veracidad de Dios.

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