Cuerpo y alma, naturaleza y libertad

Estamos en el tiempo de la Navidad, celebrando de modo especial el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: El Hijo de Dios – el Verbo eterno, consustancial con el Padre por la divinidad - , sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, llegando a ser consustancial con nosotros por su humanidad.

 

Jesucristo no solamente es perfectamente Dios y perfectamente hombre, sino que es también el hombre perfecto, el modelo de hombre. Nada falta en su naturaleza humana – en su alma y en su cuerpo – y nada falta tampoco – nada podría faltar – en su naturaleza divina. Una sola Persona, un solo Sujeto, es, a la vez, sin mezcla y sin confusión, Dios y hombre.

 

La unidad no es enemiga de la distinción, de la diferencia. El alma no es el cuerpo, ni el cuerpo es el alma, pero solo la unión de alma y cuerpo conforma una naturaleza humana. Y, en el caso de las personas humanas, nuestro yo, nuestra persona, se realiza – se hace real – en una concreta unión de alma y cuerpo. Yo, persona humana, soy lo que soy en una naturaleza que no es ajena a mi yo, sino que lo hace posible: una naturaleza humana.

 

Distinguir en el hombre cuerpo y alma es lícito; separarlos, no lo es. Separar, en el hombre, el cuerpo del alma es algo así como separar la naturaleza de la libertad. Y ambas magnitudes – naturaleza y libertad – no permiten tal separación. Yo puedo llegar a ser muchas cosas – bueno o malo, sabio o inculto, generoso o egoísta – pero no puedo llegar a ser nada en contra de mi naturaleza: No puedo ser una cabra, o una planta, o un simple virus.

 

La naturaleza “contrae” el ser; es verdad. Si soy algo no puedo ser otra cosa. Pero la naturaleza nos permite desplegar, en la buena dirección, en la única que puede tener éxito, nuestra libertad. La realización personal, la del yo, la del sujeto, consiste, en buena medida, en ese acuerdo, en la armonía entre naturaleza – lo que somos – y libertad – quienes somos  y quienes podemos llegar a ser -.

 

La naturaleza humana no solo es cuerpo, sino alma y cuerpo, pero es también cuerpo. Mi cuerpo, que es siempre un cuerpo “animado”, un cuerpo unido al alma, me limita, sin duda. Me impide ir en contra de la ley de la gravedad, me obliga a no ingerir, o a tratar de no hacerlo, un veneno mortal. Me invita a no desafiar la lógica; por ejemplo a no pretender volar como los aviones.

 

Y esas restricciones no se ven como un obstáculo para la libertad, sino como la salvaguardia de un uso responsable de la libertad. Y el uso de la libertad solo es responsable si hacemos, si elegimos, lo que nos permite llevar hasta el máximo nuestras potencialidades. Uno no ejercita su libertad optando por ser esclavo; no la ejercitaría, si esa fuese su opción, sino que, simplemente, habría renunciado a ella.

 

Pero cuerpo y alma son uno. Lo que, a simple vista, puede parecer solamente corporal no lo es en realidad. Es, en justicia, humano. Por ejemplo, el sexo, la sexualidad. No es, no puede serlo, una dimensión puramente material de lo que yo soy; es una parte de mi naturaleza – corporal, sí - , pero de un cuerpo con alma. O sea, es parte de mi naturaleza y, por consiguiente, tiene que ver con el uso y el logro de mi libertad.

Yo no puedo degradar, si no quiero degradarme, mi cuerpo a lo puramente biológico. Ni tampoco puedo hacerlo con mi sexualidad. En realidad, también la cultura dominante lo ve, en parte, así y reconoce que la violencia sobre el cuerpo, sin el consentimiento de la persona que tiene ese cuerpo – que es también ese cuerpo - , es un atentado, muy grave, contra su libertad.

 

El cuerpo humano es masculino o femenino. Y ese dato, esa diferencia, no es un elemento puramente biológico, sino que tiene un significado natural y  personal. La persona, el yo, es, siendo humana, hombre o mujer. Y este dato nos muestra un factor a tener en cuenta a la hora de ejercitar nuestra libertad: Seremos lo que estamos llamados a ser si no estamos en contra de lo que, por naturaleza, somos: hombres o mujeres.

 

¿Por qué, los seres humanos, somos hombres o mujeres? Una buena razón es pensar que Dios nos ha creado así para que podamos cooperar con el amor de Dios: un amor que es comunión de personas y que es capaz de dar la vida. O sea, el amor natural, si es conyugal, ha de aunar la comunión personal y la apertura a la vida

 

¿Un varón puede amar a otro varón? Sin duda. ¿Y una mujer a otra? También. Pero ese modo de amor no puede ser, por definición, fecundo. No es, por naturaleza, un amor conyugal. No es, la naturaleza lo limita, un amor naturalmente sexual, personalmente sexual. Puede ser un amor intensamente humano, como el del padre a los hijos, el de la madre a los hijos, el del amigo al amigos. Amor humano, sí, pero no amor sexual.

 

La libertad debe conjugarse con la verdad. Y la verdad no es una instancia exterior y puramente superior al propio yo. La verdad es el camino para llegar a ser plenamente libres. Sin engañarnos a nosotros mismos y sin engañar a los demás.

 

Quizá tengamos que leer menos lo que, según dicen, sostiene algún obispo aislado y volver a leer, tratando de profundizar en las razones de su discurso, la encíclica “Humanae vitae” de Pablo VI.

 

En cualquier modo, para toda persona y para cada persona – sea cual sea su tendencia sexual – la Iglesia, interpretando el lenguaje de la naturaleza, propone un único y mismo fin: la santidad.

 

En definitiva, el mismo Dios que nos lo ha dicho todo en Jesucristo, nos habla también a través del “liber naturae” – de la creación – y nos invita a no separar la fe de la razón. Da la sensación, a veces, de que tratamos de caer en la nada católica idea de la “doble verdad”.

 

Guillermo Juan Morado.

 

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