25.04.08

Buscar la verdad para compartirla, por el Cardenal Carlos Amigo

Decían los sabios que la verdad está unida a la caridad, pues quien ha conocido el bien no puede por menos que compartirlo con los demás.

Se ha hablado de la caridad política, de la caridad intelectual, de la caridad espiritual. ¿Por qué no hacerlo también de la caridad de los medios de comunicación? Si la caridad consiste en repartir lo que se tiene y lo que los otros necesitan, ¿por qué no se puede buscar la verdad para compartirla?

Una buena oportunidad

Cuando menos, los medios de comunicación, en formas variadas y distintas, tienen una magnífica oportunidad para desenmascarar lo ambiguo, lo equívoco, la falacia y, por el contrario, hacer que resplandezca la verdad. Son medios, instrumentos que han de servir como estímulo en el conocimiento de la verdad, para poner esa luz que se necesita para ver la realidad lo más cerca y objetivamente posible.

Lejos de ayudar a hundirse en el pozo oscuro de la indiferencia, el valor de la credibilidad será el mejor apoyo para que el lector, el oyente, el espectador vaya formando su conciencia crítica, su capacidad de juzgar rectamente, su interés por conocer y valorar con buen criterio.

Mientras que lo contradictorio lleva al equívoco y a la minusvaloración del comunicado, una línea de objetividad ayuda al asiento y estima de la información.

Como una cosa es la diversidad de opiniones y otra el relativismo, que vacía de seguridad cualquier criterio, el comunicador se tendrá que vestir con esa túnica tan noble de la lealtad a lo que es justo, verdadero, objetivo.

También hay una forma de consumismo que podemos llamar informativo. Es decir, la de quedarse en el titular, en la imagen inmediata, en la palabra escuchada a medias. De ello no tiene culpa el periodista ni el locutor, sino la superficialidad de quien ve o escucha. Los titulares son como estímulo para adentrarse en el conocimiento de la noticia, no para hacer aforismo incuestionable.

Si la distorsión lleva a deformar, no sólo la imagen sino también la palabra, habrá que aplicar los ajustes de la comparación, buscar en fuentes diversas, ser fieles a la verdad conocida y contrastada.

En la escuela de la verdad

Parece un tanto exagerado decir que los medios de comunicación han suplantado a la escuela, incluso a la familia y, por supuesto, a la doctrina y catequesis de la Iglesia. Pero, aunque la afirmación esté sobredimensionada, de lo que no cabe duda es que el colegio, la casa familiar y la Iglesia no deben hacer dejación de su inexcusable labor educativa.

También la escuela, la familia y la iglesia, tienen que ser cátedras donde se aprenda a usar estos medios, y a servirse de ellos con sentido crítico, para estar objetiva y suficientemente informado, para ganar en conocimiento, para abrirse a unas dimensiones universales.

Leer más... »

19.04.08

Siempre es posible la esperanza, por Mns. Gil Hellín

Bakhita era una niña de Sudán. Cuando apenas tenía nueve años, fue secuestrada por traficantes de esclavos y golpeada. En poco tiempo fue vendida cinco veces. Un día fue comprada para ser esclava de la madre y de la esposa de un general. En esa casa, todos los días era azotada hasta sangrar. Fruto de aquellas vejaciones, su cuerpo arrastró durante toda su vida 144 cicatrices.

Cuando contaba 17 años, fue comprada por un mercader italiano para el servicio de Callisto Legnani, cónsul de Italia en Sudán. Éste, dado el cariz que tomaba la guerra en aquel país, volvió a Italia y se estableció cerca de Venecia. Bakhita descubrió aquí que, además de los «dueños» terribles que había conocido, existía otro «dueño», que estaba por encima de ellos, que era el Señor de todos los señores. Este «dueño» era completamente distinto, pues era bueno, más aún: la bondad personificada.

También descubrió que ese «dueño» la conocía a ella; más aún, la amaba. Su amor por ella era tan grande, que este «dueño» había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba «a la derecha de Dios Padre» ¡Ella… conocida, amada, esperada! El pecho se le rompía de emoción. En ese momento, comenzó a vivir y a tener esperanza. No la pequeña esperanza de encontrar dueños más humanitarios y menos crueles, sino la esperanza de saberse definitivamente amada, sucediese lo que sucediese. Entendió que el mundo sin ese «Señor de los señores» es un mundo sin esperanza y donde no hay una verdadera razón para vivir.

El nuevo «dueño y señor» no era otro que el Dios de Jesucristo. ¡Valía la pena aceptar la invitación de ser uno de su familia, ponerse a su servicio, vivir y morir en su casa! El nueve de enero de 1890, cuando tenía unos veinte años, recibió el Bautismo, la Confirmación y la Primera Comunión de manos del Cardenal Patriarca de Venecia. Enseguida entró en la Congregación de las Canosianas y unos años más tarde hizo los votos perpetuos.
Desde aquel momento se propuso realizar con esmero dos grandes tareas: la atención de la portería de su convento y los viajes por Italia para exhortar a la misión. Sentía el deber y la urgencia de no guardarse para ella el gran don que había recibido, tras su encuentro personal con Jesucristo. Había que darlo a conocer al mayor número posible de personas. Era preciso decir a la gente que siempre es posible la esperanza, que cuando se descubre a Dios se descubre la única y consistente razón de la existencia.

Un día, el «señor de todos los señores» le dio unos golpecitos en la espalda y vino en su busca para llevarle a su casa del Cielo. Quería que «reinara» eternamente con Él. Después de su muerte, Bakhita siguió haciendo el bien con las gentes del Véneto italiano y de otros lugares. En alguna ocasión, incluso realizó algún milagro, que la Iglesia reconoció de modo oficial. Su fama de santidad fue en aumento y, finalmente, el queridísimo Juan Pablo II la canonizó.
El tipo de esclavitud que sufrió Bakhita casi ha desaparecido, gracias a Dios. Pero hay muchas otras esclavitudes, no menos dolorosas. De ellas son víctimas tantos jóvenes y tantas otras personas menos jóvenes. Bakhita es una estrella luminosa en ese cielo terriblemente encapotado. Estrella que orienta y estrella que ilumina cuáles son las «esperanzas» que nos hunden en un pozo cada vez hondo y cuáles las que verdaderamente nos liberan y nos dan una razón para seguir esperando. Y para seguir viviendo.


+ Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

17.04.08

La familia, fundamento primordial de la sociedad

Queridos hermanos y hermanas:

Entre los días 21 y 25 del presente mes de abril vamos a celebrar la XIII Semana de la Familia, con el título “La familia, fundamento primordial de la sociedad”. Organizada por la Delegación Diocesana de Familia y Vida, intervendrán en ella destacados ponentes, que subrayarán el importantísimo papel que juega la familia en la sociedad como manantial de valores y “escuela del más rico humanismo” (GS, 52). Al mismo tiempo que os invito a participar en la Semana con la convicción de que a todos nos enriquecerá, me parece oportuno glosar en esta carta semanal el mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz que celebramos el pasado 1 de enero y del que no pude hacerme eco en su momento. En él se contienen preciosas enseñanzas sobre la familia.

Afirma el Papa que la familia natural, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es el lugar primero de humanización de la persona y de la sociedad y la cuna de la vida y el amor. La familia es la primera sociedad natural, una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de toda organización social. Nos dice también que la familia, célula primera y vital de la sociedad, es la primera e insustituible educadora para la paz y la convivencia. En una vida familiar sana se experimentan algunos de los elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre los hermanos, la función de la autoridad ejercida por los padres, el servicio afectuoso y gratuito a los miembros más débiles, los enfermos, los más pequeños o los abuelos, la ayuda mutua en los momentos difíciles y la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, perdonarlo. Precisamente porque la familia es ante todo comunidad de vida y amor, nos dice el Papa que es particularmente intolerable la violencia cometida dentro de la familia, hacia las mujeres y los niños.

Nos dice también que la familia es fundamento de la sociedad porque permite tener experiencias determinantes de paz. Consecuentemente la comunidad humana no puede prescindir de sus servicios. En el seno de la familia aprenden los niños a gustar el sabor genuino de la paz, pues el lenguaje familiar es un lenguaje de paz, entretejido de experiencias de perdón y reconciliación. En su seno adquieren los niños el vocabulario de la paz, esa gramática que todo niño aprende de los gestos y miradas de sus padres antes incluso de poder comprender sus palabras.

Leer más... »

12.04.08

Nuevos tiempos, nuevo ardor. Por Mons del Río Martín

El primer tercio del siglo XX, en el orden del pensamiento, estuvo marcado por el existencialismo, que llevaba en sí la huella del drama humano vivido durante las guerras mundiales. En el segundo tercio hacen su aparición el nacionalsocialismo alemán y el totalitarismo comunista del Este, que luego se exportará a otras naciones europeas. Los años posteriores serán los de la guerra fría y el miedo a la amenaza nuclear. Con la caída del muro de Berlín en 1989 y la crisis ideológica que conlleva, toma cuerpo la postmodernidad, con ella surge una sociedad no ya postcristiana, sino anticristiana, como lo demuestra el fenómeno de la cristofobia, al que venimos últimamente asistiendo

Si el existencialismo se preguntaba ¿qué es el hombre? El marxismo indagará en saber ¿para qué sirve el hombre? En cambio, la postmodernidad ni se interroga sobre el hombre, ni le interesa las respuestas que puedan ofrecerle los que ella, despectivamente, llama metarrelatos. Esta actitud supone la consagración del pensamiento de Nietzsche y su falta de esperanza, tras constatar el fracaso de Marx y la superación del análisis freudiano.

Para la Iglesia Católica, el s. XX lleva el sello de la sangre de los mártires y del acontecimiento que supuso el Vaticano II. Los primeros años del postconcilio se centran en la reforma exterior, con la ilusión de que, de ésta, nos viniera también la reforma interior. El Sínodo extraordinario de 1985 constató que dicho proceso no se había verificado de forma satisfactoria y animó, en la línea de los grandes reformadores de la tradición eclesial, a hacer una reforma de dentro hacia afuera.

Leer más... »

10.04.08

"Te necesito", por Monseñor Asenjo

XLV Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo IV de Pascua que hoy celebramos es conocido como el domingo del Buen Pastor. El evangelio de hoy nos presenta a Jesucristo como el heredero del amor paternal con que Dios mismo guiaba en el Antiguo Testamento al pueblo de su elección. Jesús, en efecto, es el Buen Pastor, que llama y reúne a sus ovejas, las conoce por su nombre, las cuida, guía y conduce a frescos pastizales; que busca a la oveja perdida y que en su inmolación pascual da la vida por sus ovejas. La alegoría del Buen Pastor encontró en las primeras comunidades cristianas una acogida entusiasta. Entró en la iconografía de las catacumbas y de las primeras basílicas bajo la figura del pastor que cuida con abnegación a su rebaño y lleva sobre sus hombros a la más débil de sus ovejas. Los Santos Padres acogieron también cálidamente esta imagen para presentar a Cristo como el guardián de la Iglesia, rabadán del rebaño y modelo de pastores.

En este contexto litúrgico, celebramos además la XLV Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones bajo el lema “Te necesito". En ella se nos recuerda un año más que en la tarea salvadora, que tiene como fuente el misterio pascual, el Señor necesita colaboradores para cumplir la misión recibida del Padre y que Él confió a sus Apóstoles. A través de humildes instrumentos humanos, el Señor ha de seguir predicando, enseñando, perdonando los pecados, acogiendo a todos, sanando y santificando. Son las distintas vocaciones que el Espíritu suscita en su Iglesia para seguir a Jesucristo, Buen Pastor, viviendo como Él en castidad, pobreza y obediencia, al servicio del Pueblo santo de Dios.

Es ésta una Jornada para dar gracias al Señor por la vida de tantos hombres y mujeres que en la Iglesia universal y en nuestra Diócesis, en el ministerio sacerdotal, en la oración y el silencio del claustro, en el servicio a los pobres y marginados, en el acompañamiento a los enfermos y ancianos, en la dedicación a la enseñanza y a la formación de los jóvenes, están gastando generosamente su vida al servicio de Dios y de sus hermanos. Os invito a dar gracias a Dios muy especialmente por el don que supone para la Iglesia la vida oculta y aparentemente inútil a los ojos del mundo, pero preciosa a los ojos de Dios, de nuestros hermanos y hermanas contemplativos, que inmolan su vida por amor al Señor y para su gloria y que son un torrente de gracia para todos nosotros.

Leer más... »