InfoCatólica / Palabra de Obispo / Archivos para: 2008

11.11.08

Homilía de Monseñor Munilla en el Forum de Pastoral con Jóvenes

Trasncripción de la homilía de Mons. José Ignacio Munilla (Obispo de Palencia y Responsable del Departamento de Pastoral Juvenil de la CEE) en la Eucaristía de Clausura del Fórum de Pastoral con Jóvenes. Madrid, 10 de noviembre de 2008

Queridos jóvenes:

Os podéis imaginar que, un “servidor”, quisiera ahora acertar. Voy a decir que me he confesado hace un rato, y que le he pedido luz al Espíritu Santo para dirigirme a todos vosotros. Os hablo, no en nombre propio, sino en nombre de todos mis hermanos obispos, que con mucho gozo hemos compartido esta asamblea, y que queremos también deciros una palabra de aliento, de ánimo que ilumine vuestro camino.

Aquí ha habido una palabra que se ha repetido mucho. Yo creo que ha sido posiblemente la más repetida. Es de la que quisiera hablaros… es la palabra “Comunión”. Sí… precisamente, forma parte del ministerio episcopal ser “garante” de esa comunión, ser “animador” de esa comunión. Por eso, quisiera que esta homilía tuviera el siguiente título: “CINCO PISTAS PARA LA COMUNIÓN”. Es lo que yo os quisiera indicar. En este tono litúrgico, os pediría que no hubiera aplausos. Vamos a reservarlos para la homilía del Papa, en el 2011. Además, por otra parte, aunque no os parezca… soy tímido. Todavía recuerdo cómo a mis catorce o quince años, cuando sonaba el teléfono en casa, yo me escapaba a otra habitación por no cogerlo, pues me daba corte hablar con alguien sin verle la cara. Mi madre me echaba la bronca: “¡Qué va a ser de ti el día de mañana, tienes que dar la cara…! ¡Coge el teléfono!” A veces, cuando me acuerdo de esa anécdota de mi vida, pienso: “¡Hay que ver cómo el Señor te pega un empujón y te lanza a la piscina en muchas cosas!” Pero no penséis que se deja de ser tímido, aunque se vaya aprendiendo a dar la cara…

En este tono de familia en el que estamos, os presento cinco pistas para la comunión en la Iglesia.

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3.11.08

Inhumación, incineración, resurrección

Uno de nuestros grandes clásicos, Jorge Manrique, escribió estos versos inmortales a la muerte de su padre don Rodrigo: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/, que es el morir". Jorge Manrique era un poeta profundamente creyente. Por eso, sus versos no son una elegía desgarrada y trágica sino un canto de fe cristiana. Están, sí, llenos de buen sentido y realismo, pero, a la vez, de esperanza, y son una llamada a vivir la vida desde la dimensión de la fe. Porque puede añadir: “Este mundo bueno fue/ si bien usásemos d’él/ como debemos/; porque, según nuestra fe/, es para ganar aquel/ que atendemos".

Nada más lejos, por tanto, de la mente del poeta castellano que una consideración trágica de la existencia. Trágico sería considerar la vida como un río que no puede librarse de desembocar en el mar de la muerte para hundirse hasta el abismo y desaparecer. “Nacer para morir” y “morir para desaparecer": no cabe mayor tragedia. Pero pasar por este mundo para “ganar aquel que atendemos” es darle a la vida un horizonte de sentido y finalidad. O, si se prefiere, responder adecuadamente a los grandes interrogantes que anidan en todo corazón humano y que, más pronto o más tarde, afloran a la superficie y reclaman una respuesta convincente: “Por qué nacer, por qué vivir, por qué sufrir, por qué morir".

La fe cristiana -que profesaba Jorge Manrique y confesamos los que creemos hoy en Jesucristo- no quita dramatismo a la muerte ni hace que ésta deje de ser “el máximo enigma de la vida humana” (GS 18). Pero convierte este enigma en certeza de una vida sin fin, porque nos asegura que la muerte es el paso a la plenitud de la vida verdadera. Por eso, la Iglesia llama dies natalis (día del nacimiento) al día de la muerte de un cristiano verdadero.

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2.11.08

Brumas de noviembre: santos y difuntos

Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.

Imparable el paso del tiempo nos va dejando mes tras mes su embrujo y su mensaje. Queda atrás la explosión de vida que nos lanzó la primavera con sus meses floridos; también pasó el verano agostador con sus sofocos y holganzas; y antes de meternos en un nuevo invierno en donde aprender a valorar la vida yendo a las raíces, nuestra travesía surca este noviembre otoñal.

A sus mismas puertas, con colores de malva y sentimientos de recuerdo, nos sorprende un par de citas en sus dos primeros días. Primero la festividad de todos los santos, en la que escuchamos de nuevo que esa es la vocación última y primera que hemos recibido de Dios: ser santos. Como tantos lo han sido, aunque no figuren en el calendario oficial. Fueron santos haciendo sencillamente lo que tenían que hacer, amando a Dios con todo su ser y al prójimo como a un hermano. Lo que amasaron sus manos, lo que soñaron ver sus ojos, lo que fueron capaces de decir y de callar, lo que amaron y lo que sufrieron, todo cuanto ofrecieron, ahí está. Es la santidad cotidiana que en la vida corriente se describe, y como decía el poeta “trenzando juncos y mimbres se pueden labrar a un tiempo para la tierra un cestillo y un rosario para el cielo”. La santidad de sabernos peregrinos de ese destino al que el Señor nos llamó, de sabernos hermanados con los que Dios nos da, y por Él acompañados en nuestros momentos de prueba y en los de gozar. Que todos los santos nos ayuden en esta aventura de vivir cristianamente las cosas, amando a Dios nuestro Señor, en comunión con la Iglesia y con afecto a los hermanos.

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20.10.08

Intervención del Patriarca de Constantinopla ante el Sínodo

A las 17.00 del sábado, en la Capilla Sixtina, el Santo Padre presidió la celebración de las primeras Vísperas del XXIX domingo del tiempo ordinario con motivo de la participación del Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, en los trabajos de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.


La ceremonia, en la que participaron más de 400 cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, y laicos, fue introducida por unas palabras de Benedicto XVI.

Al comienzo de su intervención, Bartolomé I destacó que era “la primera vez en la historia que se le ofrece a un Patriarca Ecuménico la oportunidad de dirigirse a un Sínodo de Obispos de la Iglesia Católica Romana y, por eso, ser parte de la vida de su Iglesia hermana al más alto nivel. Vemos esto -dijo- como una manifestación de la obra del Espíritu Santo que guía nuestras Iglesias para que se aproximen y profundicen sus relaciones respectivamente, un paso importante hacia la restauración de nuestra plena unidad”

“Es bien sabido que la Iglesia Ortodoxa atribuye al sistema sinodal -continuó- una importancia eclesiológica fundamental. Conjuntamente al primado de la “sinodalidad” constituye la columna vertebral del gobierno y organización de la Iglesia. (…) Por eso, al tener el día de hoy el privilegio de dirigirnos a Vuestro Sínodo, nuestras esperanzas crecen para que llegue el día en el que ambas Iglesias converjan totalmente sobre el papel de dicho primado y de la “sinodalidad” en la vida de la Iglesia, para lo cual nuestra Comisión teológica dedica hoy sus estudios".

“Hemos explorado -concluyó- la enseñanza patrística de los significados espirituales, discerniendo el poder de oír y hablar la Palabra de Dios en la Escritura, ver la Palabra de Dios en los iconos y la naturaleza, y asimismo, tocar y compartir la Palabra de Dios en los santos y los Sacramentos. Por consiguiente, para que la vida y la misión de la Iglesia sean verdaderas, tenemos que dejarnos cambiar personalmente por la Palabra. La Iglesia tiene que parecerse a una madre, que se sustenta y se nutre con el alimento que toma. Nada de lo que no pueda alimentar y nutrir a cada hombre podrá sustentarle. Cuando el mundo no comparte el gozo de la Resurrección de Cristo, ello supone una acusación a nuestra propia integridad y a nuestro compromiso de vivir la Palabra de Dios".

Terminado el discurso, el Papa agradeció sus palabras, y le aseguró que serían motivo de trabajo y reflexión para el Sínodo. “Ha sido -dijo Benedicto XVI al patriarca- una experiencia alegre de unidad, quizá no perfecta pero verdadera y profunda. He pensado: los padres de su Iglesia, que ha citado ampliamente, también son nuestros Padres; y los nuestros son también los vuestros. Si tenemos padres en común, ¿cómo no podríamos ser hermanos?”.

13.10.08

Discurso ante el Sínodo del archimandrita Ignatios D. Sotiriadis

Alguno preguntará porqué pongo en Palabra de Obispo el discurso del representante de la Iglesia Ortodoxa de Grecia ante el Sínodo de los obispos que está teniendo lugar en Roma. La razón es que creo que puede convertirse, de lejos, en el discurso más importante de todo el Sínodo en cuanto a su valor ecuménico. Ver a un obispo ortodoxo decir lo que dice el archimandrita Sotiriadis es algo que a muchos nos hace tener una cierta esperanza de que la unión entre católicos y ortodoxos no está tan lejos como pueda parecer.

Luis F. Pérez

Intervención del archimandrita Ignatios D. Sotiriadis, delegado fraterno de la Iglesia Ortodoxa Griega

La Iglesia Ortodoxa de Grecia, Iglesia de origen apostólico, como fruto de la predicación del apóstol de las gentes en Europa, e hija de la Iglesia Madre de Constantinopla, saluda cordialmente al Sínodo de los Obispos católicos sobre la Palabra de Dios y desea pleno éxito a sus deliberaciones.

Santidad:

En la oscuridad profunda y en la desesperación del pensamiento filosófico del mundo antiguo, el “Dios desconocido” envió a la humanidad a su Hijo unigénito, quien “por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la Virgen María y se hizo Hombre… por nuestra salvación". Desde ese momento, la historia se dividió en antes y después de Cristo, el mundo cambió y se transformó en Iglesia. Magistra en el camino de la Iglesia, la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, vivifica en todo tiempo, si es interpretada según la sagrada Tradición, a todo fiel y le conduce a la Eucaristía, es decir, a la unión personal con el Dios-Logos.

Sin embargo, la historia de la cristiandad está llena de crímenes, pecados y errores. ¡Entonces, se plantea siempre el problema de la interpretación auténtica de la Palabra de Dios! No son suficientes, por desgracia, las buenas intenciones para guiar al pueblo de Dios hacia el Reino prometido. Es necesaria la metanoia y la metamorfosis de nuestros débiles corazones.

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