"Arrepentite, carajo, arrepentite"
Aunque aprendimos que de los cinco “pasos” de la Confesión el “Arrepentimiento” es el segundo, en realidad debemo decir que es el primero, tanto en cuanto al tiempo como en la importancia.
Porque lo que motiva el examen de conciencia es haber recibido –y aceptado- inicialmente la Gracia del arrepentimiento, de la “contrición”, como llama la enseñanza de la Iglesia a este “acto” tan importante.
El arrepentimiento es mucho más que un “paso”: es como el alma del sacramento de la Reconciliación. Si no te arrepentís de corazón, es inconsistente y falaz cualquier “propósito de enmienda”, no tiene sentido la confesión material de los pecados, y la absolución del sacerdote no tiene ninguna validez.
Más aún: confesarse sin tener nada de arrepentimiento –ni siquiera un poquito- haría de esa confesión una farsa y una burla a Dios. Si es conciente, podría llegar a ser una confesión sacrílega, una ofensa a la Santidad del Todopoderoso. Por eso es tan importante que nos arrepintamos de corazón.
Siempre recuerdo una anécdota que solía contar un compañero de Seminario, según la cual una señora, afligida porque su esposo estaba gravemente enfermo y se había alejado de Dios, cuando él convalecía lo tomaba repetidas veces de la ropa y le decía, una y otra vez “¡arrepentíte, carajo, arrepentíte!”
Más allá de la expresión poco elegante, ella era conciente de que todo el óceano infinito de la Misericordia de Dios, ofrecida de manera gratuita al hombre –no merecemos el perdón…- puede quedar estéril y “frustrada” si el hombre se cierra, si no le permite al Señor entrar, y sanar, y perdonar.
Por eso la Palabra de Dios y la Iglesia –y yo, en esta ocasión- te dicen siempre: “arrepentite, arrepentíte”

Como el tema de la Confesión es inagotable, y en las anteriores publicaciones en que me referí a ella hubo buena repercusión, aquí va un tercer aporte, que reformulo desde mi blog personal (el texto es de hace unos años, pero vale).
Al leer esta mañana la semblanza que tan acertadamente hacía el padre Jorge sobre
Cuando fui ordenado sacerdote, solía pensar que estaba bastante preparado para afrontar la vida pastoral con relativa solvencia. Poco a poco, y de las maneras más diversas, el Padre Providente me fue haciendo ver que mi formación sólo se había iniciado. Y que había varios aspectos para los cuales no estaba suficientemente listo.
El segundo aporte que quiero hacer es compartir con ustedes





