4.04.17

Ser católico, o el arte de encontrar la armonía de Cristo en mí.

orquesta

Ser “católico", en el sentido pleno de la expresión, es a la vez un desafío y un privilegio. No consiste simplemente en estar bautizado e inscripto en la Iglesia pastoreada por el sucesor de Pedro. Ni solamente aceptar todas las verdades reveladas, transmitidas por la Escritura y la Tradición.

Ser “catòlico” implica, en el plano existencial, vivir buscando el adecuado equilibrio entre algunas actitudes aparentemente contrapuestas que, sin embargo, es posible armonizar, y que sólo “sonando” juntas dan lugar a la verdadera catolicidad.

Porque el seguimiento de Cristo, del verdadero Cristo, implica afirmaciones exultantes, pero también  negativas contundentes. Para nosotros sería mucho más fácil si se redujera todo a un “Sí” continuo a cualquier doctrina o experiencia… o a un permanente “No". Pero la simplificación del cristianismo hacia la opción excluyente por uno de los extremos es siempre mutiladora de la real identidad.

Para expresarlo de alguna manera, y si bien soy un músico apenas amateur, se me ocurría imaginar estos dos componentes de la catolicidad tomando la metáfora de los tonos mayores y menores que suelen o pueden estar en una obra clásica o contemporánea.

 

Católicos de “tonos mayores”

La tentación más actual y común que descubro en este tiempo, tanto en laicos como en quienes somos pastores, es la de ser católicos de “tonos mayores”

Esto significa, como criterio general, subrayar de modo unilateral los aspectos más “amigables” del Evangelio y más acordes al pensamiento del hombre de hoy, y “gambetear” todos los aspectos que puedan parecer negativos o que suenen chocantes a los oídos modernos.

El cristianismo exclusivamente de TONOS MAYORES, sólo se fija en la MISERICORDIA de Dios, pero evitando cualquier referencia a la miseria del hombre y su pecado, y la necesidad del arrepentimiento para alcanzar el perdón.

Evita hablar de la Vida eterna, se propone como un programa de vida intramundana, y si llega a hablar del más allá, lo hace sólo considerando como posibilidad el Cielo: nunca el juicio ni el infierno.

Tiene una mirada ingenua sobre el hombre… confía ciegamente en la bondad de todo y de todos, y olvida la realidad del pecado original y la tendencia al mal que hay en nuestro corazón.

El sentimiento y la emoción definen su vida de fe y sus opciones. Tiene prohibido hacer algo que “no le guste": la espontaneidad y el placer son el criterio de bondad de las decisiones.

Considera que muy pocas cosas pueden llegar a ofender a Dios -si es que algo lo ofende de verdad- y que la máxima y única ley válida es la propia conciencia, autónoma. Esta se termina haciendo cada vez más irrelevante y por ello mismo más esclava de las modas del momento.

 

El cristiano de TONOS MAYORES, en su relación con el mundo,  evita cualquier tipo de confrontación; considera que está prohibida la defensa de la Verdad e incluso su misma mención. Considera el máximo pecado -más que la blasfemia, más que el aborto, más que cualquier otro- el querer “imponer” a otros una manera de ver las cosas.

El cristianismo en TONOS MAYORES tiene un atractivo importante. Es a simple vista más fácil de vivir en el siblo XXI -ya que a nadie molesta- y suele generar simpatía.

Pero la alegría externa con la cual aparece revestido no tiene suficiente raíz, porque parte de una mutilación del mismo Cristo y de su Evangelio; termina dejando vacíos y alejando del verdadero Jesús… y encubre una progresiva corrupción del corazón poco vigilante.

 

Católicos de “tonos menores”

En el otro extremo, y muchas veces como una reacción al modo de entender el catolicismo recién mencionado, surge en nuestras iglesias particulares a veces con fuerza un catolicismo sólo de “tonos menores”

¿Cuál es su rasgo distintivo?

El subrayar del cristianismo y del Evangelio sólo la parte difícil, sólo la Cruz, sólo el esfuerzo. De vivirlo constantemente con tristeza y melancolía, con un sentido trágico permanente.

En esta visión, no siempre explícitamente formulada, se tiende a destacar en la imagen de Dios y de Cristo únicamente la del Creador Omnipotente y la del Juez Justo.

Se suele proponer una virtud vivida estoicamente, como puro esfuerzo voluntarista, con los dientes apretados, con el ceño fruncido y los ojos cerrados.

 

En esta lógica sonreír demasiado está prohibido, divertirse puede ser peligroso. El sentimiento debe quedar completamente excluido de la espiritualidad y de la vida.

La conciencia tiende a volverse escrupulosa, el corazón se estrecha, se desconfía de todo el mundo, se ve con malos ojos todo -absolutamente todo- lo que no lleve el inequívoco sello cristiano.

El catolicismo sólo “en TONOS MENORES” es heroico, tiene un atractivo importante, pero termina agotando al alma, como un arco que está siempre tenso y se termina quebrando… y genera una ruptura interior.

Cuando vemos a los católicos que entienden de un modo o de otro su vida de fe, nos quedamos con la misma sensación que tenemos al oír una bellísima y elaborada composición musical, a la cual el que la ejecuta le roba los tonos más difíciles de hacer, los pasajes, los dominantes, las disonancias y sus resoluciones…

Cuando leemos el Evangelio de Cristo y la vida de los santos -vidas bien escritas, vale aclararlo- tenemos, en cambio, el mismo placer intelectual y moral de quien escucha una bella sinfonía donde cada nota está en el lugar justo, donde los acordes ocupan un sitio no intercambiable con otros, donde la alternancia y la variedad armónica realza la belleza del tema principal.

Vale la pena intentarlo, ¿no?

25.03.17

La Anunciación a María, narrada por Gabriel

Comparto un texto que escribí hace un tiempo, y que puede ayudarlos en este 25 de Marzo.
Es una especie de contemplación del Misterio de la Anunciación y la Encarnación, mirada desde el punto de vista del Arcángel Gabriel
 
En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea…”
 
 

AnunciacióNo me resulta fácil contar esto, por muchos motivos. El principal es que es muy diferente la vida del cielo que la de la tierra; nuestra relación con la historia de los hombres es un misterio para nosotros mismos.

No obstante, desde la Creación, Dios ha confiado a algunos de nosotros algunas misiones en el mundo de los hombres. De hecho, muchos estamos vinculados a ellos porque debemos custodiarlos hasta llegar al Cielo.

En mi caso, también antes de la plenitud de los tiempos tuve una misión. Eran tiempos oscuros, tiempos de crisis para el Pueblo de Israel, y yo tuve que animar su esperanza.

 

Pero seguro que a ustedes les interesa saber otra cosa: cómo fue aquella vez, en la casa de María. Sin embargo, quisiera hacer mención al motivo por el cual fui enviado: la compasión y el amor de Dios por la humanidad.

Una humanidad que gemía bajo el yugo del sufrimiento, del pecado, de la muerte. Una humanidad sumida en la tristeza y en la desesperación, porque todo anhelo, todo esfuerzo parecía condenado al fracaso más rotundo.

Y -esto que les cuento es casi una infidencia- créanme que esta situación hacía sufrir a Dios… A veces los hombres se imaginan que Dios no se inmuta, que es tan perfecto y todopoderoso que nada le afecta. Pero yo les puedo asegurar que el Padre se estremecía ante la humanidad extraviada y hundida en la desesperanza.

 

Hasta que en un momento -al menos así lo vivimos nosotros- el Hijo, que es un eterno reflejo, perfectísimo, del Padre, decidió unirse a los hombres. Esto lo digo así, porque así nos fue dicho, pero no lo comprendo, y sé que jamás lograré comprenderlo. Porque esto estaba ya en los planes del Padre desde antes de la Creación, y sin embargo, se realizó de un modo concreto, en la historia marcada por el pecado de Adán… Sin dejar el seno del Padre, el Hijo se disponía a hacerse un hombre… Increíble, pero real, posible por el infinito Amor, que es el Espíritu Santo.

 

La decisión estaba tomada. Para rescatar al hombre perdido, para buscar a la oveja que se había extraviado, y que yacía herida, en el profundo foso de la muerte, el Hijo se ofrecía: “He aquí que vengo, Padre, para hacer en la tierra tu voluntad…”. Un misterio de Obediencia perfecta, que vendría a reparar la inaudita desobediencia de Adán. Pero más inaudito era aún el camino por el cual Él tomaría la naturaleza humana.

 

Y ahí es donde fui llamado. Una gran misión se me confió. Porque Dios siempre hace las cosas de un modo desconcertante, que nosotros nos acabamos de comprender.

Me presenté, y se me dijo: “tienes que ir a Jerusalén, a anunciar a Zacarías que le nacerá un hijo…” Esta historia ya la conocen, y la incredulidad de Zacarías, y la promesa que se cumplió.

 

Pero el Padre prosiguió: “en el sexto mes debes ir a Nazaret… allí vive una joven virgen, ella será la Madre de mi hijo… debes anunciarle, y recibir, en mi nombre, su consentimiento… será el Espíritu Santo…”

 

Imagínense: ¡Nazaret! Existían cientos de miles de lugares mejores donde el Padre podía realizar su plan, pero, ¡Nazaret!

Y una joven, una joven virgen… el Espíritu Santo.

Pero lo más impresionante fue que el Padre, el Todopoderoso, quería recibir el consentimiento de esta jovencita…

 

Cumplí mi misión en Jerusalén, y, en el sexto mes, obedeciendo el mandato del Padre, realicé la mayor de las misiones. Aquí me quiero detener en los detalles del momento, un momento único, irrepetible

 

Galilea es una región hermosa. A diferencia de Judea, más árida, tiene suaves colinas que, en determinadas épocas del año, se cubren de verde hierba.

Nazaret era apenas una aldea: gente sencilla, algunos creyentes, otros poco piadosos, algunos trabajadores, otros no tanto… muchos pacíficos, pero también algunos rebeldes, casi revolucionarios.

 

La casita era una de tantas, sin nada que la distinguiera. Una casita pobre, de gente trabajadora a la que nunca le había sobrado nada. Paredes austeras, muebles austeros, todo muy ordinario.

 

Pero lo más importante era ella… creánme que se me hace difícil describirla: ¿cómo podría yo?. Sería necesario ser poeta, y yo soy sólo Ángel. Estaba como tantas veces, ocupada en sus labores de niña casi joven. Su rostro expresa tanta discreción como majestad. Sus manos laboriosas trabajaban con precisión y delicadeza.

Mi saludo la sorprendió. Ella siempre se había imaginado ser la última, la más pequeña: se sentía cómoda sintiéndose así. No era amiga de ideas extravagantes, y nunca había pedido a Dios ninguna señal… Todo lo que sucedería era inesperado para María, y, sin embargo, hubo inmediatamente entre nosotros una sintonía singular.

 

Al percibir mi presencia, se puso en cuclillas, profundamente inclinada, con la cabeza baja, de tal manera que al principio no pude ver sus ojos. Por un momento un gesto de preocupación cruzó su frente, desvaneciéndose casi al instante.

“¿Llena de Gracia…, yo?… ¿qué quiere decir?” pensaba en su interior. Su corazón estaba inundado de la Palabra de la promesa, escuchada y meditada desde su infancia. Cada palabra mía activaba en su interior, decenas de imágenes, antiguos oráculos, oraciones del pueblo que ella había aprendido en su casa y en la Sinagoga.

 

Proseguí con lo que el Padre me había enviado: “No temas, María… Dios te ha favorecido… Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús… él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.

 

Tuve la inmediata sensación de que ella entendía todo. Poco a poco, fue levantanto la cabeza, con una enorme dignidad, pero sin perder la humildad. En verdad ella no temía, no temía a nada, desde el momento en que supo que yo venía de parte de Dios.

Cuando mencioné el hijo, vi como un destello en sus ojos, al igual que al pronunciar su nombre. Ella conocía cada una de las profecías: sabía muy bien que yo le anunciaba que sería la Madre del Mesías. La idea a la vez le parecía imposible y enormemente lógica. Su alma se iba inundando de luz. Se sabía agraciada de una manera singular, y a la vez, cada vez más pequeña ante el misterio que se le anunciaba.

 

En ese momento, vi en su mirada como un momento de vacilación. Ella era tan transparente, que podía casi leer sus pensamientos. Después de un instante de silencio, preguntó:

“¿Cómo puede ser eso… yo no tengo relaciones con ningún hombre?” Parecía extraña esta referencia, y sin embargo era lógica. Pude comprender en ese momento que María, movida por el Señor, había sentido desde pequeña un gran deseo de ser toda de Dios… de permanecer virgen. Ella había hablado de esto con el varón justo a quien sus padres la habían unido, y él la había comprendido, y apoyado. ¿Cómo sucedería entonces ahora? ¿Debía abandonar aquel propósito que había sido como el hilo conductor de su vida? Ella estaba dispuesta a todo, sólo quería comprender mejor…

Ese destello de preocupación desapareció del todo cuando comencé a explicarle: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti… el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. El niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.”

Lo que tuve que decirle era a la vez de una trascendencia infinita y de una sencillez divina. María escuchaba, y con cada nueva Palabra, su rostro se volvía más luminoso. “Hijo de Dios”. Esa Palabra la conmovió, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero siguió tan atenta: todo su ser estaba allí, pendiente de mi anuncio.

El Padre me había autorizado a revelarle el milagro ocurrido en su prima: “también tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes…”

Y concluí mi misión, ser portador de esta buena noticia, diciendo “porque no hay nada imposible para Dios”.

 

Ese momento fue impresionante. Tuve la sensación de que no estábamos solos en esa humilde casita. Me pareció que, de alguna manera, estaban allí Adán, Abel, Abraham… Moisés, Sansón, David… Jeremías, Isaías… Esdras, Judit, Judas Macabeo… y tantos otros… y hasta me animo a pensar que Miguel, Rafael, y todos los coros angélicos, miríadas y miríadas de espíritus celestiales, estaban ahí, con nosotros, pendientes de nosotros, o, mejor dicho, de ella.

 

Todos expectantes, todos pendientes de esta humilde joven, casi niña. La historia del mundo, la salvación del género humano tal como el Padre la había pensado, pendían en ese instante del sí de esta niña. El eterno Pastor, deseoso de salvar a la humanidad descarriada, esperó, paciente, la respuesta de su creatura, la única libre del pecado que Él debía cargar sobre sí.

 

Fueron sólo unos segundos, pero ese instante pareció largo, muy largo. ¿Qué ocurría en su interior? Esto ya no lo puedo saber. Sólo imagino como un combate interior entre la humildad y la disponibilidad. ¿Cómo ella, ella, podría ser madre del Rey? ¿Qué podía significar ser madre del Hijo de Dios? ¿Era digna? ¿Sería capaz? Sólo ansiaba ocultarse, vivir sólo para Dios, pero nunca había imaginado que ese anhelo que abarcaba toda su vida se realizaría de esta manera. Era consciente de que Dios tenía un proyecto , pero que no la forzaba, que tenía que decidir libremente.

“Vivir sólo para Dios”. Tal vez ese fue el pensamiento decisivo para que diera su consentimiento. ¿Reina ella? No podía ser reina. Siempre se había imaginado sirviendo, siempre absoluta disponibilidad. Por eso la expresión de su Sí fue como les cuento. En ese momento, en que casi ni me atrevía a mirarla, pude percibir una sonrisa, tenue, pero luminosa. Una sonrisa que condensaba siglos de espera y el gozo de la nueva libertad que se prometía y realizaba. Una sonrisa llena de radiante belleza, y a la vez solemne, majestuosa, como su consentimiento:

 

“Yo soy la esclava del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.

 

Ese instante ya no puede ser descrito. No nos alcanzará la eternidad para escrutarlo.

 

Sólo puedo decir que, en el mismo momento de su respuesta, una fuerza irresistible me hizo postrarme, ante Ella y ante Él, que vivía en Ella.

 

Supe que el Evangelista Lucas, dichoso confidente de María, escribió: “y el Ángel se alejó”. Claro, los ángeles no viven en la tierra, sino en el Cielo.

Pero ¡qué dificil, desde ahora, distinguirlos! Porque el Señor del Cielo vivía en la tierra. Las fronteras, de repente, se desdibujaban. Mucho más imperceptibles aún en la casa y en el corazón de María.

17.03.17

Intentando marianizar mi vida sacerdotal

Con María del Rosario
 
Hace unos días nomás, la Providencia de Dios quiso que mi nombre y mi foto de perfil recorriera alguno de los portales católicos más conocidos -además de mi presencia habitual aquí en Infocatólica-. Aciprensa en español y en Portugués, ReligionenLibertad, Aleteia Italia y ChurchPop en su versión en inglés, se hicieron eco de una carta que escribí en mi muro de facebook con motivo de un acto blasfemo en Tucumán, en mi querida Argentina.
 
He recibido, con motivo de tal difusión, centenares de saludos y agradecimientos, en diferentes idiomas y con variados enfoques. También he recibido el ataque de algunos pocos quienes, no teniendo ningún argumento válido contra mi escrito, se han cebado sobre todo en reprocharme los pecados de los miembros de la Iglesia a lo largo de todos los siglos, y especialmente los abusos sexuales cometidos por miembros del Clero. A varios de ellos les sugerí leer lo que escribí sobre este asunto en diciembre de 2016, publicado aquí en Infocatólica.
 
Lo cierto es que el agravio inaudito perpetrado en tierras argentinas contra el honor de María, sumado a la más diabólica representación y reivindicación del aborto, suscitó -según mi entender- el efecto contrario del que se proponía. Suscitó en muchos cristianos quizá un poco adormecidos una reacción de amor y fervor reparador. En otros, todavía un poco inocentes, un “abrir los ojos” ante la cristianofobia que crece en Occidente, a menudo avalada tácitamente por las autoridades civiles y -es doloroso decirlo- por un cierto buenismo de parte de los cristianos, también de algunos pastores.
 
Lo que más me impresionó y edificó fue recibir tantos testimonios del influjo formativo y del cariño tierno y fuerte hacia María del que tantos hermanos y hermanas de América y Europa me hicieron partícipe.
 
Para algunos, nuestro amor a María puede ser algo difícil de comprender. Y por eso, en la misma línea del testimonio sobre el celibato que compartí días pasados, comparto hoy mi “historia mariana“, los pasos y los momentos en los cuales el Amor del Inmaculado Corazón se hizo más presente y eficaz. Ese amor que me precede y al cual yo simplemente intento responder como mejor me sale, sobre todo, marianizando mi sacerdocio.
 
¿Cuál es esa historia mariana?
 
María ha estado en cada paso de mi vida espiritual con un protagonismo creciente. Y subrayo en primer lugar Su iniciativa, que nunca ha faltado, aun cuando yo no responda siempre bien.
Mi primer recuerdo nítido relacionado con la fe tiene que ver con María. Desde el jardín de infantes fui alumno de un colegio católico, y la congregación de las hermanas estaba consagrada a María, así que su presencia llenaba todos los espacios físicos y espirituales del colegio.
Pues bien, mirando hacia atrás me recuerdo caminando por la calle Juan Perón hacia el lado del puerto, con una flor en la mano para entregar a la Virgen un 13 de Mayo, mientras la señorita nos hacía cantar –y nosotros cantábamos– “Venid y vamos todos con flores a María”.
 
Desde entonces siempre su presencia ha sido importante. Disfrutaba muchísimo cantando sus cantos en las misas y celebraciones en la primaria. En el colegio salesiano, María Auxiliadora era protagonista excluyente; incluso en ese período de mi adolescencia en el cual no estuve tan cerca del Señor, ella no me soltó nunca.
Recuerdo a un gran profesor de catequesis que nos habló con pasión sobre María, y nos dijo que si rezábamos al menos un misterio del Rosario cada día, ella no iba a permitir que nos condenáramos y nos iba a dar la perseverancia final. Yo rezaba un misterio a escondidas en mi casa –tenía terror de que mi hermano y mi mamá supieran– confiando en la palabra de aquél testigo.
 
En mi adolescencia, la Virgen del Rosario –así, con ese nombre entrañable– se metió de lleno en mi vida espiritual, sobre todo desde el ingreso al grupo misionero. Después de mis primeros ejercicios espirituales, comencé a rezar el Rosario cada día. Solo unos días después de Su fiesta, recibí el llamado al Sacerdocio. También mi primera Comunión, mi Confirmación y mi nacimiento sucedieron en el mes del Rosario.
Y al finalizar mi primera misión, junto con muchos otros jóvenes –aunque apenas tenía 15 años y poco tiempo–, pedí a los sacerdotes poder hacer mi primera consagración a Ella.
 
Pero sin duda que mi vínculo con María tiene una etapa áurea en el Seminario Menor. Gracias a nuestros formadores, enamorados de María, pude aprender a vivir en una verdadera relación de hijo. Cada mañana, luego de la oración primera, invariablemente subíamos los escalones del presbiterio y besábamos la mano de la imagen de María, la de manto verde… Imaginen: una cincuentena de adolescentes que realizaban ese rito, no una sino varias veces por día. La mano de la imagen vivía rota y sucia, pero ahí, en ese beso infantil, le confiábamos nuestra vida.
 
El 7 de octubre de 1998 realicé mi Consagración total a María, ya con una conciencia mucho más profunda. Para entonces, había tenido la posibilidad de leer un impactante escrito de Monseñor Tortolo, en el cual él cerraba una homilía diciendo que si le dieran un minuto para hablar a sus sacerdotes antes de ser ejecutado, él les diría: “Orad y marianizad vuestro sacerdocio”. Por eso en unas vacaciones se me ocurrió pintar esa frase luminosa, la cual me acompañó en los últimos años de formación.
 
El Seminario era para mí –con todas sus imperfecciones, entre ellas las mías– el Cenáculo y Nazareth. Y entonces, Ella era una presencia real y concreta.
Por aquel entonces yo rezaba los quince misterios del Rosario, casi siempre caminando, de tal manera que me recorrí cientos, miles de veces las galerías y los caminos de ingreso de nuestra casa de formación. Con el único anhelo de dejarme formar y pidiéndole a María que me purificara, que me hiciera fuerte, que me hiciera fiel.
 
El día de mi ordenación sacerdotal tuve la certeza de que Ella estaba ahí. Al lado mío, o dentro de mí, o yo dentro de Ella, o todo junto. “No temas… yo soy tu Madre”.
 
Y así sigue María, fiel a la misión que el Hijo le dio en la Cruz, recibiéndome como hijo, a pesar de mis miserias. Muchas veces le he sido infiel, he sido poco cariñoso con ella. Casi nunca puedo obrar –según me lo propuse en mi consagración– como María. Ella, como toda Madre, no deja de recibirme una y otra vez.
 
De alguna manera ella sigue siendo protagonista de mi proceso de formación, que continúa hasta la muerte. Y la siento como mi Socia en cada apostolado que emprendo. Trato de no dejar nunca de mencionarla en cualquier acción ministerial que realizo. Intento vivir de acuerdo a esa consigna: “marianizad vuestro sacerdocio”. Lo he intentado hacer de varias maneras: construyendo pequeñas grutas de María en los barrios para luego celebrar allí misas mensuales, incentivando el rezo del Santo Rosario, difundiendo la espiritualidad de San Luis Grignon de Montfort. Mis dos homenajes más sentidos han sido escribir para ella –junto con un gran amigo compositor– la Misa en honor de la Virgen del Rosario; y publicar, el año pasado, el librito “24 horas Santas con María”, donde intento acercar a cada adorador a María, para junto a ella dar culto al Rey de Reyes.
 
Hoy, en mi sacerdocio, en el día a día, le pido que supla mis deficiencias; que me dé un corazón puro; que no permita que se desdibuje en mí la identidad sacerdotal. Le pido también a veces, como Don Bosco: Da animas mihi, coetera tolle (Dame almas, y quítame todo lo demás). Siempre me acompaña una anécdota que este santo cuenta en su autobiografía: cuando llegó el primer niño al que luego sería el oratorio, él lo invitó a rezar un Avemaría. Don Bosco asegura que el fervor con que rezó esa oración fue lo que trajo todo el fruto que, en lo sucesivo, daría su obra.
 
Inspirado en esta anécdota, cientos de veces he estado en situaciones en las cuales no sabía “para qué lado disparar”, y ha sido un Avemaría, rezado en el corazón, el que me ha serenado y traído luz.
También recuerdo que al finalizar sus días, en la última Misa que da con sus hijos espirituales, Don Bosco, entre lágrimas, exclamó: “Todo lo hizo María Auxiliadora”.
Salvando las distancias, tengo la certeza de que todo el bien que el Señor me permita realizar, llegado a mi fin, será solo de la Virgen del Rosario. A Ella le ofrezco mi homenaje de amor, y mi sacerdocio entero.
 
Aquí el video de un concierto de presentación de la Misa de la Virgen del Rosario
 
 

6.03.17

Jesús en el Desierto como nunca antes lo pensaste (p. Diego de Jesús)

Padre DiegoCon autorización del autor, y con el deseo de que sus meditaciones dominicales lleguen aún más y más lejos, comparto el texto que comenta y hace contemplación el Evangelio del Domingo I de Cuaresma.

El padre Diego de Jesús, además de ser un contemplativo, es un poeta, con un admirable dominio del castellano y con una inagotable capacidad de crear imágenes de una potencia poco común.

Si quieren disfrutar de todo esto cada domingo -y por allí adquirir el vino monacal- visiten su página de facebook Monasterio del Cristo Orante


Y EL DESIERTO FLORECIÓ

No siempre tuvieron alas, habrá pensado para Sí, mientras sigue con la mirada el paso rasante de una suerte de fláccido gusano alado que sobrevuela la inerte inmensidad. Hay un algo viscoso en esa oruga gigante de alas gelatinosas que las bate con frenesí mientras se arremolina sobre el Hombre sentado sobre piedra en la arena.

La inmensidad del desierto es escalofriante. Como un precipicio horizontal, abisma en vértigo su invertida profundidad. Su inerte monocromía no es una palabra serena y silenciosa sino un grito estridente, un gemido escalofriante ante la necrosis del orbe. El desierto es la sobreabundancia de vacío, la opulencia de lo vano, casi la apología de la nada. Hay abulia y desgano en cada uno de sus trazos. Lo pueblan mudos aullidos que insisten (con la fatigosa recurrencia de la arena) en ofrecerle una desgarradora gramática a la negatividad, al no-ser. El desierto es la ergástula sin muros.

MonasterioNi el cielo concede vestirse de un azul decente: más bien es de un desteñido celeste grisáceo. Y sobre ese apagado peltre aparece un dragón; alado también éste. A diferencia del gusano, su aspecto era más vertebrado, como un inmenso reptil de los aires. Sólo sus alas muestran cierta cosa más blanda, como húmeda y cartilaginosa, con membranas que van vinculando las falanges de sus alas. Su color es gris oscuro, salvo por algunos tonos más rosados en su abdomen. Su intenso aletear delata un peso descomunal que dificulta su vuelo, decididamente torpe y esforzado. Cruje como los fierros de una maquinaria desvencijada.

Es la hora del ocaso, aunque carezca por completo de la belleza con que suele revestirse el atardecer en el país de la vida. Más que penumbra lo que recubre el mortecino yermo es un agrisado velo, al punto que la dorada arena parece más bien un inmenso mar de tizne y ceniza.

La aterradora creatura, que cuenta con siete ojos espantosamente atentos, vuela en redondo también, con una inquietud feroz, como un carancho sobre el cadáver. Hay una monstruosa avidez en su múltiple mirar. Pero no se abalanza sobre la inerme figura de su supuesta presa, como si un poder invisible lo impidiera. Y en su desesperación sólo atina a vociferar fuego, que alumbra fugazmente el tenebroso escenario y le devuelve, por el instante del bramido, algo del oro perdido a la arena.
Más dragones van poblando de aullidos el tenebroso firmamento. De sus fauces salen, según la especie, bocanadas de fuego, de hielo o pestilentes vahos que cubren de hedionda fetidez el yermo.
El hombre de la arena, impertérrito, vuelve a pensar: no siempre tuvieron alas.

Pero no sólo el firmamento se ha ido poblando de alados reptiles, sino que de entre los peñascos del páramo asoman más y más monstruosos dragones, cual enormes comadrejas pero con piel de reptil. Y en medio de un escalofriante sisear, avanzan entrelazadas miríadas de serpientes en manada, hacia ese centro intocable, hacia ese gallardo hombre sentado en el vórtice mismo de la nada. Sentado en el centro del más atroz laberinto (el más perplejo, el más sutil), del que ningún hombre supo jamás escapar…

De la misma agrisada arena emergen incontables ejércitos de animalias desagradables: meticulosos arácnidos, roedores sarnosos, lagartos granulados con sus lenguas bífida y legiones de brillantes escorpiones con sus ostentosas tenazas. Se abren paso entre el polvo, al que fueron apegados desde la Caída. Castigados a comer polvo por Ése, ese hombre sentado sobre la piedra, en la arena, en el centro del Desierto universal.

En el desolado yermo no hay pájaros del cielo ni lirios del campo. No hay nada que asuma la alabanza, el cántico creatural. Sólo hay resistencia a la luz, resistencia a la vida, hechas forma y figura en los vestigios de la Bestia que hay en esta variedad de seres monstruosos y malignos que se refugian en estos rincones inertes del orbe, auténticas “zonas liberadas” que Dios le concedió a Satán para habitar.

El Señor los conoce. Y sabe bien que carecen de poder sobre Él. Ha ido al Desierto justamente para enfrentarlos. Para liberar la zona liberada. Para confrontar cara a cara. Y no a título personal, sino en orden a resolver el asunto humano. Cristo no se ha internado al desierto a modo de un “retiro”, para prepararse a su misión, como un deportista se concentra. Ni a preparar y repasar su Sermón de la montaña. Nada de eso le hace falta. Cristo se ha internado al desierto para domesticar el desierto. Para someter las huestes del Malo. Para ponerlos por escabel de sus pies. Cristo se ha internado en el desierto para recuperar el desierto. 
Los escribas registraron cuarenta días y cuarenta noches. Lo cierto es que fue eso pero también fue una eternidad. Pues el Hombre de la arena era el Eterno. Por eso quien fuera hoy al desierto lo encontraría aún allí, plantado como una pica en Flandes, sentado sobre una piedra en la arena.

Y sobre el final de la Operación apareció Satán; la Bestia, el oscuro amo del Desierto. No hubo pulseada ni forcejeo ni lucha. Apareció Satán para hacer su penúltima oferta, buscando un arreglo.

Los dragones sobrevuelan con histeria el negro firmamento. Las serpientes han formado un círculo, un trenzado anillo de perversión. Y en su centro, Nuestro Señor, imperturbable, muy sentado sobre la piedra del arenal. Y Satán le camina en círculos alrededor, como un desquiciado moscardón, como un león enjaulado recorre en ocho su impotencia. Su nerviosismo hiperkinético, su discontinua verborrea, su géstica excéntrica, brutal, histriónica… contrasta abruptamente con el hidalgo señorío de Cristo, el aplomado y flamante Señor del Desierto.

No sólo no hay trato. El Señor ha instalado en el epicentro mismo del terreno enemigo sus tres anclajes, sus tres picas, sus tres bastiones: la Palabra, el santo Temor y la Adoración. Ya no hay vuelta atrás: el Desierto jamás volvería a ser el nido de demonios que fuera desde tiempo inmemorial hasta aquel atardecer. El imperturbable León de Judá, el Guerrero victorioso había plantado para siempre su dominio allí. Había cavado tres pozos que manarían aguas vivas para siempre. De ser la desolada nada poblada de histéricos aullidos ha pasado a ser el ámbito del Amor sereno, donde los amantes buscan “hablarse al corazón” como profetizara Oseas.

Satán se alejó esa noche vociferando amenazas de que volvería. Y tras él se replegaron todas sus tropas. Satán se aleja. Cristo permanece para siempre.
Sí, el Señor permaneció sentado, en la misma roca, con las manos sobre las rodillas. 
Levanta apenas la cerviz como la gacela huele la lluvia. 
Luego se inclina y toma un puñado de arena entre sus manos y lo deja caer silenciosamente. Y no lo dice ni tan siquiera lo piensa; pero sabe que acaba de modificar para siempre el Desierto.

Y fue entonces que llegó la aurora… y el desierto floreció. Admirables lirios vistieron los campos de arena; admirables pájaros cantores surcaron los cielos nuevos. Esa inerte vastedad antes poblada de gimientes demonios conoció al alba el dulce canto angélico; y los célicos Principados descendieron para servir a su Dios y Señor, sentado sobre la piedra, en el vasto yermo. El sol desperezándose devolvía, grano por grano, el oro a la arena. Y hubo agua, y viñedo, y sombra de cedros, y zorros y liebres. El yermo mudó en vergel, el árido baldío en Edén. 
Esa aurora nacía el monacato. Un Hombre, tocando la arena con Palabra, Temor y Adoración, hacía brotar sus tres fontanas y así daba a luz el primer Éremo.

Del polvo vienes y al polvo volverás, había sentenciado Dios. Pero no al mismo polvo: procedes del polvo poblado de aullidos, y volverás al polvo dorado, al oro en polvo del desierto hecho paraíso de oración.

28.02.17

¿Qué puede hacer un cura en una escuela católica?

Continuando con la publicación de algunos escritos sobre la temática “Educación Católica", comparto hoy una ponencia que di en el año 2012 en el Congreso Provincial de Educación Católica, en Entre Ríos, Argentina. Intenté reflexionar sobre el lugar del sacerdote -especialmente el sacerdote diocesano- en la Escuela Católica hoy.


“Jesús está en el patio”

El Capellán en la Escuela Católica y la nueva evangelización

 


El pequeño de sala de cuatro años pidió permiso a su señorita para ir al baño. Atravesó el patio, mientras la docente lo miraba llegar. Al regresar a la salita, el pequeño, con su “media lengua”, le dijo a la maestra: “Se… se… señorita. Je… Je… Jesús está en el patio 


don bosco

Evidentemente, no se trataba de una aparición. Tampoco hacía referencia a la imagen de la Cruz que preside el patio de la escuela. El niño vio llegar al sacerdote capellán, de quien sus maestras le enseñaron: “el padre, el sacerdote, es Jesús”.

La frase asusta y conmueve a la vez. Asusta por la infinita desproporción entre quien recibe a veces ese apelativo y lo que implica; y conmueve por el enorme realismo con que la tradición de la Iglesia afirma que el sacerdote actúa “in persona Christi”.

Esta identificación con Cristo se vive de forma plena en la administración de los sacramentos. Pero está llamada a impregnar cada acción del sacerdote. Siempre debe intentar actuar “in persona Christi”. Siempre debe procurar ser Jesús.

 

¿Cuál es mi lugar?

Muchas veces en los años del Seminario, y en los que llevo de ministerio, me he preguntado cuál es el lugar específico del sacerdote en la escuela católica.

A veces los sacerdotes ejercemos en la escuela funciones que no son específicamente sacerdotales: apoderado legal, director o rector, docentes de disciplinas teológicas y no teológicas. Evidentemente, muchos lo hacen con una enorme competencia y eficacia, por sus talentos personales y por la gracia que la Providencia no deja faltar a quien asume una tarea desde la fe y por amor a Dios. Y ni hablemos de las situaciones extraordinarias, sobre todo en los inicios de las escuelas, cuando los sacerdotes han actuado como “arquitectos”, albañiles, plomeros, cocineros, sonidistas, animador de fiestas infantiles, profesores de educación física y muchos otros oficios más… con diversos resultados.

Pero teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes, y la valoración de los laicos pedida –y no siempre realizada- por el Concilio, es bueno identificar la misión específica del sacerdote en la escuela católica en el rol del capellán.

 

¿Qué es, qué hace un capellán?

¿Cuál es el rol específico del capellán en la escuela católica? Considero que el capellán tiene como misión hacer presente a Jesucristo en el ámbito de la escuela, ser “Jesús en la escuela”, como una “imagen viva y transparente del Buen pastor”.

Se deduce, entonces, que el capellán realiza su función más por lo que es que por lo que hace. Si quiere vivir bien su misión, no debe tanto pensar estrategias o técnicas –que también necesita- sino más bien trabajar su propia identidad sacerdotal.  Estoy convencido que el sacerdote que vive en la fe, que es consciente de esta presencia real de Cristo en su misma persona y que intenta vivirla con alegría, deja una huella en el corazón de cada hombre con que se encuentra, aún sin darse cuenta.

Por eso la primera misión que tiene el capellán es buscar decididamente su propia santidad. Parafraseando a Juan Pablo II, podríamos decir que “el verdadero capellán es el santo”. Y también es importante descubrir que el capellán “se santifica santificando”. Es  en el seno de este intercambio multidireccional que le ofrece la vida escolar cómo la gracia del Orden y el dinamismo de la vida espiritual puede desplegarse. Había preparado la ponencia en octubre del año pasado, pero no puedo dejar de citar aquí la homilía del Papa Francisco en la Misa Crismal. Allí dice en este mismo sentido: “el poder de la gracia (del Orden) se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás (…) El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco (…) se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral”. Tengo la experiencia de algunos días “difíciles” en el ministerio, en los que Jesús activó “lo más hondo de mi corazón sacerdotal”… a través de un jardinerito que me pidió la bendición.

Quisiera desarrollar un poco más detalladamente algunas tareas específicas. Pero antes quiero decir que todo lo que planteo yo no lo logro vivir. Algunas cosas sí, otras medianamente, y muchas casi nunca. Sí soy testigo y beneficiario de la tarea de otros capellanes, en quienes me he inspirado para escribir estas reflexiones.

 

a.    “Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo” El capellán como intercesor.

Como en toda misión pastoral, el primer deber es la oración. San Juan de Ávila, recientemente nombrado Doctor de la Iglesia Universal, decía: “Las almas se ganan con las rodillas”. La vida de oración del capellán es el alma de su servicio. Es la fuente en la cual puede renovar su fidelidad, sobre todo en momentos en que la siembra no parezca producir fruto. En la intimidad con el divino Maestro, podrá discernir el modo de vivir su misión.

En esa vida de oración, la intercesión ocupa un lugar importante. El sacerdote diocesano puede plasmarla sobre todo en tres momentos de su vida de oración: la celebración de la Liturgia de las Horas, el rezo del Santo Rosario y sobre todo la celebración de la Eucaristía. Mons. Tortolo escribió alguna vez que en la Misa “todo lo ofrecido es transustanciado”. En la presentación de las ofrendas, el sacerdote puede entregar al Señor cada una de las personas que le son confiadas. Cito de nuevo al Papa Francisco: “…el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel…”

 

b.    “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20) La importancia de la presencia del capellán en la escuela

Bien se podría hacer aquí un “elogio de la presencia”. Pero también podría ilustrar este apartado trayendo a colación uno de los reclamos que más escucho como sacerdote, al que no pocas veces no sé cómo responder: “padre, usted no está nunca”

Estar es, entonces, muy importante. Don Bosco supo esto y su método preventivo está basado en gran medida en la presencia. Estando se generan y fortalecen los vínculos; estando se propicia el diálogo profundo, el paso de las conversaciones puramente ocasionales al ámbito de la intimidad personal. Mi experiencia de patios y salas de maestros es que, cuando el capellán anda apurado o acelerado –y no lo logra disimular- obstaculiza en gran medida la apertura de los demás. En cambio, la presencia serena, distendida, no solo de “cuerpo presente” sino con todas sus potencias y facultades, invita a confiar y da autoridad.

Esto puede parecer un planteo un poco utópico. El sacerdote diocesano ¡tiene que estar en todos lados! ¿Cómo hace para encontrar tiempo para estar en la escuela?

Evidentemente, se trata de hacer prioridades. De elegir estar, dejando de lado otras tareas, si fuera preciso. Pero también es importante saber elegir cuándo estar. Porque hay momentos clave en la vida de la escuela, donde la presencia del capellán puede ser muy significativa. ¿Ejemplos? Algunos actos escolares importantes, como el día del maestro. Reuniones  difíciles que pudieran plantearse. La primera reunión con los padres de la salita de cuatro, la colación de sexto, etc.

 

c.    “Me envió a evangelizar” (Lc 4, 18) El capellán como Maestro de la Fe.

El sacerdote ha recibido, el día de su ordenación diaconal, el libro de la Palabra de Dios. El Obispo le dijo entonces: “Cree lo que lees, enseña lo que crees, practica lo que enseñas”. Enseñar la Palabra es por eso una tarea eminentemente sacerdotal, sin dejar de ser misión de cada bautizado. El capellán encontrará varios lugares y situaciones donde hacerlo:

La homilía en las celebraciones eucarísticas, intentando hacer actual y accesible a sus oyentes –niños o jóvenes- la Palabra eterna. En ambos casos, requiere un esfuerzo especial el poder empatizar con sus destinatarios, para que esa Palabra fecunde realmente sus vidas.

La catequesis: sea en el aula como espacio curricular, sea en celebraciones de la palabra o en visitas informales, el capellán debe intentar catequizar permanentementeEnseñar a rezar será una de las tareas primordiales del sacerdote, dando así a sus educandos la clave para la felicidad. Creo importante poder desarrollar cada vez más el “arte” de captar y responder preguntas: estas suelen expresar los anhelos profundos de los alumnos.

La formación de los docentes: otro tanto podríamos decir de los docentes. Algunos de ellos suelen tener una débil formación doctrinal, e incluso entre los más preparados, pueden subsistir muchas dudas y ambigüedades. La presencia y la palabra clarificadora del capellán será siempre importante, ya sea para responder a requerimientos personales, como para acompañar la misión docente, la síntesis fe-cultura  de cada uno y la educación en la fe de los alumnos. Sería ideal que cada institución prevea también momentos de formación explícita para los docentes; en este ámbito el capellán puede colaborar competentemente.

Por último, el sacerdote debe anunciar la Palabra a los padres de los niños. ¿Cómo y cuando? Sobre todo, buscando hacerse presente cuando los padres visiten la escuela. Muchas veces bastará un pensamiento espiritual antes de la entrega de los boletines, o una palabrita al comenzar o finalizar los actos escolares. En un esquema ideal, las escuelas deberían crear espacios sistemáticos de formación de los padres: propuesta difícil pero realizable.

 

d.    “Hagan esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24) El capellán, ministro de la liturgia

No hace falta recordar que esto es lo específico del capellán, aquello que nadie puede hacer en su lugar. Si los tiempos fueran mínimos, si hubiera que optar, el capellán indudablemente debería elegir cumplir bien con la misión de santificar. Señalo simplemente algunas ideas que pueden contribuir a ampliar el sentido de esta tarea

La celebración de la Eucaristía es el centro y el momento fundamental de la santificación de la comunidad educativa. El capellán cuidará que cada celebración eucarística sea debidamente preparada y vivida por todos, sabiendo respetar y acompañar los procesos de maduración en la fe. Procurará educar también en la Adoración al Santísimo Sacramento. Casi todas las escuelas tienen su oratorio, el cual muchas veces permanece vacío y, por ende, el Sagrario abandonado. Una visión equilibrada de la pastoral nos lleva a darle siempre la primacía al obrar de Dios, y por tanto a confiar en que Él, el Viviente, presente en el Sacramento, puede y quiere influir directamente en el corazón de los educandos.

La Confesión es otro momento esencial, en que el sacerdote actúa –esta vez infaliblemente- in persona Christi. Sería de desear que el capellán se mostrara disponible, no solo para confesar a los alumnos, sino también para el personal docente y no docente, que tanto o más lo necesita.

La Unción de los enfermos y las exequias: puede parecer extraña la mención de estas celebraciones; y sin embargo, son momentos privilegiados para que las personas, especialmente alejadas, puedan tener un encuentro con Jesús. Por eso las familias de los alumnos deberían tener la certeza de que el capellán está disponible para asistir a sus enfermos y para acompañarlos en el momento de duelo. La experiencia indica que una familia no olvida nunca la cercanía y la preocupación mostrada por la escuela, y en especial por los sacerdotes, en los momentos de dolor. Allí, en esas “periferias existenciales”, el capellán encontrará ocasiones valiosas para realizar en concreto la nueva evangelización.

Por último, el sacerdote tiene sus manos consagradas también para bendecir. Los niños tienen una “afición” especial por recibir la bendición y por bendecir los objetos piadosos y otros elementos que ellos consideran importantes. La bendición de los hogares de las familias es otra acción litúrgica que puede dar muchos y perdurables frutos. Nos brinda además la oportunidad de rezar por ellos y con ellos y de conocer mejor su cotidianidad.

 

e.    “El Buen Pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11)  El capellán como pastor de la comunidad educativa.

La dimensión específicamente pastoral asume en el capellán dimensiones específicas. En la escuela, el capellán no ejerce estrictamente hablando una autoridad jurídica. No “manda” ni toma las ciertas decisiones. Y sin embargo, no por eso deja de ser pastor, ya que desde su rol, señala rumbos, amplía horizontes, y sobre todo acompaña los procesos personales de crecimiento. “Apacienta”. Ejerce, entonces, una autoridad muy importante.

Lo hace con los alumnos, constituyéndose en referente moral para ellos, y también incidiendo muchas veces de manera directa en su vida. El acompañamiento personal del alumno es una tarea valiosísima en el nivel secundario y superior, donde los jóvenes, más allá de su rebeldía, muestran continuamente la necesidad de ser acompañados y orientados. Muchos capellanes han invertido e invierten horas a escuchar, aconsejar, consolar a estos jóvenes, transformándose para ellos en verdaderos padres espirituales.

Este acompañamiento lo necesita también el personal docente y no docente. El capellán no debería olvidar nunca que ellos no son simplemente compañeros de trabajo, ni mucho menos empleados, sino que ante todos son para él ovejas, que necesitan ser alimentadas, guiadas, curadas y a veces “llevadas en hombros”. Con algunos docentes esta relación pastor-oveja se da de manera espontánea. Pero sería ideal que el capellán se propusiera tener, al menos una vez al año, una conversación personal con los docentes y con el personal no docente, no sobre temas pedagógicos, disciplinares ni laborales, sino sobre ellos mismos. Esta preocupación por su bien espiritual es para muchos un aliciente a retomar su vida de gracia olvidada, no pocas veces, por heridas y desilusiones sufridas en el seno de la Iglesia…

Además, el capellán debe conducir de manera especial a los directivos, que tienen también una función “pastoral” con respecto a los otros actores de la comunidad educativa. Prestar el oído, ayudar a discernir, estimular, animar, corregir con amor y prudencia si es necesario, son ayudas inestimables para quienes tiene hoy la titánica tarea de conducir una escuela. La presencia del capellán en las reuniones del equipo directivo puede ser también un modo concreto de asegurar la identidad católica de la institución, y de insuflar una y otra vez el espíritu evangélico a las decisiones y criterios que se asuman.

Un punto importante es el servicio a la unidad. La vida de la instituciones está atravesada por tensiones en múltiples sentidos y direcciones: entre los alumnos, entre los docentes, entre los docentes y los directivos, entre los docentes y los padres, etc. El capellán, intentando presencializar al Buen Pastor, hace lo posible para que las ovejas formen “un solo rebaño, con un único Pastor”. Por eso ayuda a la comprensión y a la paciencia mutua, aporta objetividad en los conflictos, ayuda al diálogo, etc. De esta forma, contribuirá a que la escuela no sea solo ni tanto una institución cuanto una comunidad cristiana. Pequeña comunidad que ayudará en lo posible a permanecer abierta a la comunidad parroquial y diocesana.

 

Conclusión

El Papa Francisco nos pide a los sacerdotes que seamos pastores con “olor a oveja”. Con esta metáfora expresa el “efecto” de la cercanía: el pastor conduce estando cerquita, casi mimetizándose con sus ovejas. Si me permiten la metáfora, deseo que los capellanes seamos pastores con la sotana manchada de tiza, con los pies llenos de la arena del patio de juegos, o nuestra estola humedecida por las lágrimas de alegría o dolor de los que nos son confiados.

Como imágenes de Jesús, los capellanes estamos llamados a transmitir siempre un amor filial a María. El diálogo continuo con Ella, la consagración de todos nuestros anhelos y preocupaciones, el deseo de imitar el estilo pedagógico de la Madre de Dios, harán de nosotros un instrumento eficaz en sus manos.

A Ella, Madre y educadora del Hijo de Dios, confío este pequeño aporte, y la Nueva Evangelización de nuestras escuelas en este tiempo de gracia.