San Juan, crecer y menguar
Los astros, como los demás componentes de la naturaleza, ocupan un lugar en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia: “Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en Él las huellas de su Creador. La luz y la noche, el viento y el fuego, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad” (Catecismo, 1147).
En la Natividad de san Juan Bautista, de entre todos los elementos creados sobresale la luz: Una luz que crece y que mengua. La luz de Juan es una luz menguante. La solemnidad de su nacimiento coincide casi exactamente con el solsticio de verano, cuando, en el hemisferio norte, el día es el mayor del año y la noche la menor de todas las noches.
A diferencia de la luz de Juan, que se va aminorando poco a poco, la luz de Cristo es una luz creciente. La solemnidad del nacimiento del Señor coincide con un fenómeno inverso: el solsticio de invierno, cuando el día es el más pequeño de los días y la noche la más larga de las noches.
Con relación a Cristo, la Luz que crece, Juan es la luz que mengua. En realidad, Juan no es la Luz, sino testigo de la Luz. Juan – escribe san Agustín – es “como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo” (“Sermón” 293); es el Antiguo Testamento que preludia el Nuevo, la definitiva Alianza entre Dios y los hombres sellada en Cristo Jesús.

INSTITUTO TEOLÓGICO COMPOSTELANO, XII Jornadas de Teología, 2011. Que resuene en el corazón de Europa: Prioridad de la pregunta por Dios, Collectanea Scientifica Compostellana 32, Santiago de Compostela 2012, ISBN 978-84940239-0-3, 285 páginas.
Me permito, de modo excepcional, enlazar un post sobre García Morente que me parece de gran interés:
Homilía para el XI Domingo del tiempo ordinario (ciclo B)
El amor de Dios por su Pueblo – por ese pueblo que es una preparación de la Iglesia – es un amor paternal y misericordioso. Israel es visto por Dios como un hijo, a quien se le llama, a quien se le enseña a andar, alzándolo en brazos, atrayéndole con “correas de amor” (cf Os 11,1-9). Un Dios a quien se le “revuelve el corazón” y se le “conmueven las entrañas”. La paternidad de Dios en relación con su Pueblo pone de relieve que Él es el origen primero de todo: su palabra llama a la existencia a lo que no era y forma un pueblo de lo que era un no pueblo.












