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2.09.21

Elogio a la relectura

                    «Joven leyendo». Obra de Charles Edward Perugini (1839–1918).

   

 

   

«No puedo imaginar a un hombre disfrutando realmente de un libro y leyéndolo solo una vez».

C. S. Lewis. Carta a Arthur Greeves, febrero de 1932

 

 

«Se ha de leer, pero no para contradecir o refutar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o de disertación, sino para sopesar y reflexionar».

Francis Bacon. De los estudios.

 

   

    

   

Se ha dicho y escrito hasta la saciedad aquello de que la lectura de los grandes libros es comparable a entablar una conversación con grandes hombres, y de los beneficios y privilegios que esto supone. Pero la idea, gráfica y estimulante como pocas, también tiene su lado oscuro. Porque las conversaciones repetitivas pueden cansar. Es más, sabemos que el solo pensamiento de que se produzcan puede llegar a cansar, y que para muchos eso sería razón suficiente para eludir nuevos encuentros, que, sin embargo deben producirse, al menos para que este tipo de conversación de sus frutos.

Además, como es sabido desde hace mucho (mucho antes del roquero Frank Zappa, a pesar de lo que hoy proclama Google), hay demasiados libros y poco tiempo. Ya en su día, David Henry Thoreau apremiaba a leer los buenos primero, pues lo más seguro, decía, es que uno no alcance a leerlos todos. Pero la cuestión de la limitación temporal y la infinitud de aquello que hay que conocer –de la que la lectura es una derivada– es mucho más vieja y se presenta ya en los primeros filósofos clásicos. Lo cierto es que son muchos los que creen que no hay tiempo, pero no solo porque el este sea limitado para el ser humano, al menos en esta vida, sino porque esta última conspira para que no lo haya. Como nos dice Daniel Pennac, «la vida es un obstáculo permanente para la lectura».

C. S. Lewis, en consonancia con la frase del inicio y haciendo caso omiso a la cuestión del tiempo (¿o quizá no?), solía releer muchos libros. En su ensayo La experiencia de leer (1961), fue duramente crítico en relación con lo que llamó «mal lector», categoría en la que incluía a aquellos que no leían un libro más que una vez, fuera el que fuese:

«El signo inequívoco de que alguien carece de sensibilidad literaria consiste en que, para él, la frase “Ya lo he leído” es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro».

Por el contrario, según él, «quienes gustan de las grandes obras leen un mismo libro diez, veinte o treinta veces a lo largo de su vida». Una minoría esta entre la que él se encontraba. Según su biógrafo Alister McGrath, «su biblioteca personal contiene anotaciones que indican cuándo se leyó un libro por primera vez y cuando fue vuelto a leer».

En el citado ensayo y en algún otro, Lewis acumula argumentos en favor de la relectura. Me quiero detener en uno de ellos, compartido con una compatriota suya, Virginia Woolf. Según ella escribe en su artículo Sobre la relectura de novelas (1947), «tanto en lo escrito como en lo leído es la emoción lo que debe venir primero», y, cuando así ocurra, (que es normalmente con la primera lectura) esa emoción es lo que nos impulsará a volver para una vez allí, de nuevo, poder preguntarnos lo siguiente: «¿No hay algo más allá de la emoción, algo que aunque está inspirado en la emoción, la tranquiliza, la ordena, la compone?», ¿algo que pasamos a descubrir y que «por simplicidad, llamaremos arte?». Lewis sostiene una opinión similar cuando dice:

«No disfrutamos plenamente de una historia en la primera lectura. Hasta que la curiosidad, la pura lujuria narrativa, no haya sido apagada y adormecida, no estaremos en condiciones de saborear las verdaderas bellezas».

Además de lo apuntado por los dos escritores británicos, en ocasiones la complejidad y la profundidad de aquello que se nos cuenta desde esos libros es tal que, incluso con nuestra atención a pleno rendimiento, se nos escapan, no solo detalles o matices (siempre), sino algunas veces el contenido real de lo que se trata de decir.

Solamente si vemos los libros como meras conducciones de mensajes puramente descriptivos o fórmulas de entretenimiento consumible, podría tener sentido el abandonarlos o desecharlos una vez leídos. 

Pero hay libros que no son así. Me refiero a los buenos y a los grandes. Y no son así, porque nos ayudan a pensar («Leer es como pensar con la cabeza de otra persona en lugar de con la propia», escribió Schopenhauer), porque contribuyen a conformar aquello que somos («Un hombre se conoce por los libros que lee», decía Emerson), y porque, además y sobre todo, son un reducto de sabiduría y experiencia, de belleza y de bondad, e incluso en ocasiones, reflejos de la verdad misma. Aunque para llegar a ello casi siempre es necesario insistir, profundizar, meditar los textos, en suma, abordarlos en varias lecturas. 

Hay otras razones, algunas de tanta fuerza intuitiva como que los libros no cambian, es verdad, pero nosotros sí que lo hacemos. Somos y no somos los mismos a cada instante. Es una obviedad que se impone por la mera experiencia de lo vivido. Y no solo eso, sino también que aquello que hemos experimentado ha dejado de ser lo mismo, al menos para nosotros. La vivencia común de volver a algún lugar conocido y sentir que no es como recordábamos, o apercibirnos de algo en lo que no habíamos reparado y que se nos impone con la frescura desconcertante de la novedad inesperada, es más instructiva que cualquier discurso. Por esta causa, si nuestra primera lectura de un libro nos conecta básicamente con el autor, las lecturas posteriores nos conectan no solo con él de nuevo, sino también con nuestro yo más joven; y las futuras relecturas nos conectarán con un futuro yo más maduro, aún desconocido.

Pero no todo en la relectura habrá de ser esfuerzo y tesón, ni siempre deberá estar teñida de ese aire intelectual que ahuyentará a algunos. Porque, aún en libros que no sean tan grandes, sino meramente buenos en el sentido de que nos hagan bien, podemos encontrarnos con el simple y puro gozo de un grato instante. Borges nos decía que la lectura era una de las formas que toma la felicidad.

Y es que, como sabemos, hay otro tipo de lecturas. Unas intermedias entre las ya mentadas de los grandes libros y aquellas otras (hoy y siempre imperantes y al acecho), en las que, en frase de Virginia Woolf, no deberíamos «dilapidar ignorante y lastimosamente nuestros poderes». Son las lecturas a las que me he referido en muchos y diferentes artículos como las de los buenos libros. Libros que si bien no llegan a la altura de las obras maestras, nos dan, en un nivel de calidad literaria muy aceptable, no solo migajas de sabiduría, preparándonos para poder recibir el grueso de ese saber albergado en las grandes obras, sino también y sobre todo, una gratificación mucho más accesible, ocupando el delectare de Horacio un mayor lugar que el prodesse.

Así que, algunas de entre estas obras también merecen en ocasiones una relectura. Claro que sí. ¿Por qué no? Muchas veces encontraremos en ellas aquello que precisamente necesitamos. Puede ser que nos regalen una parte de nosotros mismos y de nuestra vida que parecía haber sido borrada de nuestro corazón, o tal vez nos transporten a lugares –imaginarios o reales–, que yacían olvidados en la memoria. Lo cierto es que tales rememoraciones, refrescadas y enriquecidas por la lectura, provocan un efecto benéfico para el alma. Acaso sea nostalgia, o tranquilidad, o sosiego, o diversión, o consuelo…, en suma retazos de felicidad que nos permiten recordar lo que nos espera. Dice así la poeta chilena Gabriela Mistral:

«Libros callados de la estantería,

vivos en su silencio, ardientes en su calma;

libros, los que consuelan, terciopelo del alma,

y que siendo tan tristes nos lucen la alegría».

No obstante, no habrá que volver sobre todos los libros. No todo aquello que contenga entre unas tapas un montón de hojas impresas o manuscritas es valioso, y tampoco todas las obras que encierren algo de valor han de ser releídas. La envoltura exterior es importante (ya hemos hablado de eso), pero lo relevante es lo que reposa en su interior. Es ese contenido el que nos hará volver a algunos de entre todos ellos, a los que nos hacen bien y nos hacen mejores, a los que nos ayudan a ser hombres. En su ensayo, De los estudios, Francis Bacon lo ratifica cuando dice que ciertos libros deben ser probados, otros deben ser tragados, y unos pocos deben ser masticados y digeridos. Aunque quizás aquí Bacon se esté refiriendo a otra cosa; a una forma de leer ya casi olvidada: Averiguar primero los hechos –probando el libro–, evaluarlos críticamente –tragándolo–, y luego formar una opinión sobre ellos –digiriéndolo–. Pero ese es otro asunto.

Por estas y otras razones que seguro se me escapan, pero que alguno de ustedes sopesa, hay que regresar a algunos libros, como quien regresa al hogar. Volver una y otra vez, las veces que haga falta. Las veces que nos haga falta. Porque los buenos y grandes libros pueden llegar a ser una bendición, un regalo y una dádiva. Y en ocasiones, raras eso sí, una gracia, que en consonancia con su naturaleza es siempre inmerecida.

Pero, reconozcámoslo, pocas personas son reincidentes en sus lecturas. Y si bien me resisto a ser tan duro en mis juicios como C. S. Lewis, dado que creo en la bondad y beneficio de esta costumbre, deseo proclamar los tesoros que guarda, a los que trato de acceder, a veces no sin esfuerzo. En un mundo como el nuestro donde se lee para el olvido, la relectura es una vindicación de la memoria, al menos de la memoria de lo leído, y esto es justo una de las cosas que necesitamos. 

Sin embargo, es un tema difícil, ya que en unos tiempos hostiles a la lectura como los nuestros poco podemos esperar de la relectura. En la mayoría de los lectores de hoy podría reconocerse una falta de deseo por habitar el libro y profundizar en sus misterios ocultos, una aversión al esfuerzo, y un apego al más fácil y asequible de los placeres. Tristemente, muchos han dejado de leer libros para simplemente pasar a consumirlos.

Aun así, a pesar de mi convicción y mi deseo, sé que nunca encontraré tiempo para los muchos libros que desearía leer o que ambicionaría contuvieran los estantes de mis hijas, y menos releer los que merezcan ser releídos. Porque la vida aquí abajo es corta, aunque supongo que esa es una de las razones por las que estamos hechos para la eternidad. Y aun cuando no pienso que el Paraíso sea una biblioteca, como decía Borges, lo que sí que creo con Cervantes es que la pluma es la lengua del alma, al igual que el alma es imagen de Dios, y eso hace a los libros, a los buenos y grandes libros, merecedores de nuestra atención, e incluso en ocasiones, de una reiterada y constante atención.