Los pobres tienen derecho a celebraciones dignas
Tengo que reconocer que algunas veces tenemos nuestros templos parroquiales un tanto descuidados. No es de extrañar que, incluso, se mantengan y doten con, digamos, “las sobras” de los hermanos mayores y ricos.
Creo que a todos nos ha pasado eso de ir a celebrar al último pueblo, la última ermita, la más aislada aldea para descubrir que no hay más misal que uno de edición más que pasada, ni otro leccionario que uno desvencijado y pegado por mil sitios, amén de ausencia de libro de la sede y el añadido de un libro de la oración de los fieles bastante añejo, desencuadernado y sin cintas para marcar.

Cosas de una vida loca que no hay quien entienda. Con las nuevas leyes que se nos vienen, uno puede ciscarse en toda la casa de Borbón y de Austria sin problemas. Hacer lo propio con Dios Nuestro Señor, el católico, claro. Sonarse los mocos con la bandera de España. Ya saben, la cosa de la libertad de expresión que por lo visto es sagrada.
Pareciera que Madrid acaba en la M-40 como mucho. Fuera de lo que es la ciudad, poco se conoce del resto: el monasterio del Escorial, Alcalá de Henares, el Paular… Pocos los que se aventuran fuera de esos puntos conocidos. Menos áun los que se arriesgan a conocer las maravillas que atesora la sierra norte. Por otra parte, me apetecía que mis lectores, muchos de ellos además feligreses a distancia de estas parroquias, tuvieran la oportunidad de conocer estos hermosos templos, especialmente la iglesia de Braojos.
Tengo hecho el propósito de coleccionar pequeñas meteduras de pata en las lecturas de las misas dominicales. El problema es que tengo que ir a carreras de pueblo en pueblo y cuando quiero hacerlo ya se me ha olvidado.





