Rafaela y los abrazos de don Jesús
Don Jesús era como era. Siempre hizo lo que le dio la gana y de simpático lo justo. Relación con la gente del pueblo, la imprescindible. Llegaba con su coche a la puerta de la iglesia sin demasiado tiempo, bajar, misa, algún aviso y punto y final. Con Rafaela, Joaquina y ese pequeño grupo apenas lo justo por la cosa de que no queda más remedio que aguantar a las que, en definitiva, son las únicas capaces de echar una mano. Pues vale. Tampoco Rafaela pide milagros.
Lleva una temporada pelín cambiado. Rafaela no sabe a cuento de qué viene que al acabar la misa en lugar del “podéis ir en paz” de toda la vida ahora tenga que añadir cada semana lo de feliz domingo, feliz comida y que aproveche. Es igual, si así se siente mejor pues que lo haga.

La gente de nuestras parroquias es más buena que el pan, tanto que se fía de nosotros los curas sin ningún tipo de espíritu crítico, aunque afortunadamente algo van espabilando. Quien más y quien menos al llegar a una parroquia se ha encontrado con un pequeño coro formado por gente de buena voluntad que, a falta de otras posibilidades, y nula formación o expresa deformación, se dedica a “amenizar” las misas entre kumbayás, palacagüinas, batir palmas, adaptaciones músico-literario-gestuales y simpáticas canciones que igual podían haberse entonado en un congreso de dentistas.
Me lo dicen de vez en cuando. Que en lo que escribo en el blog debo ser amable, muy positivo, y olvidarme de críticas. Que me iría mejor. También tengo gente que me aprecia de corazón y que me recuerda que quizá esté haciéndome demasiados “amigos”. Ya me entienden.
Conozco gente que ante una alegría corre a celebrarlo con la Virgen. No es extraño que tras un alumbramiento lleguen flores, y seguro que algunos recordarán la bonita costumbre de que las novias, tras el enlace, depositaran el ramo a los pies de su advocación preferida.





