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25.02.13

Pecados de la Iglesia, escándalos de la Iglesia, Iglesia pecadora... Un lenguaje a matizar

Recibo una pregunta sobre la Iglesia. Mi interlocutor parece que está perplejo ante el lenguaje muy extendido de “pecados de la Iglesia” o “Iglesia pecadora” y lo formula así:

¿SANTA O PECADORA?

Parece que la Iglesia tampoco escapa a la realidad de escándalo y corrupción. Oigo hablar mucho últimamente de los “pecados de la Iglesia”. Entonces, ¿podemos seguir diciendo que la Iglesia es santa? Y si no lo es, ¿podemos seguir confiando en ella?

Trato de ser breve en la respuesta:

Es evidente que un sujeto no puede ser santo y pecador al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Cada fiel de la Iglesia puede ser justo o pecador. Si es justo lo es por gracia de Dios que nos santifica. Y así hablamos de “vivir en estado de gracia”. Por el pecado podemos deteriorar o perder esta vida de gracia y podemos recuperarla por la conversión y la penitencia.

Ahora bien, me parece absolutamente impropio poner la Iglesia como sujeto de pecado. Podemos hablar de los pecados de los miembros de la Iglesia pero no equiparar la Iglesia a un sujeto pecador. La Iglesia es una realidad más grande que sus miembros actuales. Es una realidad que nos precede y en la que somos incorporados.

Podríamos compararla a una familia. Imaginemos una familia compuesta por padre, madre, hijos, abuelos, hermanos, primos…. Llamémosla la familia “X”. Imaginemos que algunos de sus miembros comenten maldades, fechorías y delitos. Sólo algunos de sus miembros. ¿Podríamos decir con propiedad que la familia “X” es una familia pecadora, una familia de depravados y delincuentes? ¿Acaso no la constituyen también miembros justos y honrados?

La comparación vale lo que vale pero sirve para ver la injusticia que supone denominar a la Iglesia pecadora por los pecados de algunos de sus miembros, aunque sean miembros significativos y numerosos. Evidentemente que el pecado de sus hijos hiere la santidad de la Iglesia, pero esto es otra cosa.
El concilio Vaticano II, en la constitución Lumen Gentium, número 39, reflexionaba sobre la realidad del pecado en la Iglesia con estas palabras: “La fe confiesa que la Iglesia […] no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama “el solo santo", amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios».

Y el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la Iglesia, en muchos de sus miembros ha llegado a la plena santidad, especialmente en María, madre y modelo de la Iglesia. Por esto confesamos que la Iglesia es santa y debemos matizar adecuadamente cuando oímos hablar de “pecados de la Iglesia”. En la mayoría de casos suelen ser pecados y escándalos de “eclesiásticos” y confundir la Iglesia con eclesiásticos no deja de ser una forma de clericalismo a evitar.

5.02.13

Escarnios de la fe en televisión

Parece que alguna cadena de televisión caracterizada por un dudoso gusto y una notable animadversión contra la fe católica va a ofrecer una parodia del Sacramento de la Penitencia. No es casual que este producto que podríamos calificar de “excremento intelectual” aparezca a las puertas de la cuaresma cuando la Iglesia, insistiendo en el anuncio evangélico de la conversión, recordará oportunamente la necesidad del recurso habitual a la confesión para llevar una vida cristiana digna de este nombre.
Lamentablemente, muchos niños, por negligencia de sus padres, contemplan estas bazofias televisivas que tanto daño causan a sus jóvenes mentes y corazones. Debería ser una oportunidad para que los padres cristianos hagan a sus hijos una adecuada catequesis sobre este sacramento tan hermoso y por tantos tan olvidado.
Hace pocos días recibí una pregunta para la sección del Consultorio de Cataluña Cristiana. El tema es importante: los niños y la televisión. Aprovecho para ofrecerla ahora con su respuesta a los lectores del blog. Constato que muy a menudo, cuando los padres no asumen con competencia y responsabilidad su misión de educadores - misión que les confía Dios mismo- son otros los que “educan” y la televisión, entre otros, suele ser un medio de gran influencia. Hace unos años la denominé “la cátedra de Satanás” y, desgraciadamente, veo que es esto en tantas de sus modalidades.

NIÑOS Y TELEVISIÓN

¿Puede la televisión influir en el comportamiento moral de los niños? ¿Es prudente que un niño pase horas ante el televisor sin supervisión y criterio de los padres? Lo pregunto porque me sorprendió el caso de una joven madre que deja su hijo ante la tele durante mucho tiempo mientras ella hace las tareas de casa. Yo lo veo muy imprudente…

He tratado este tema en más de una ocasión. Sin duda que puede afectar al comportamiento moral pues la ficción recibida acríticamente deforma la percepción ética en la infancia. Hoy quiero citar como respuesta la opinión de un experto en comunicación. Dice así: “…sed muy prudentes con los niños. Casi hasta los tres años tendríamos que mantener la televisión fuera de su alcance, por lo menos de manera habitual… Para sus cerebros la carga de información suministrada por las imágenes televisivas es excesiva, tanto en calidad como en cantidad, y la tarea de juzgar esas imágenes es aún demasiado complicada… Los chiquillos son incapaces de desenmascarar los engaños, las trampas y las mentiras porque no tienen instalados los programas neuronales que filtran la ficción. Nuestros pequeños requieren mucha atención y mucho cariño. Mucho amor…” (Sebastià Serrano, Del amor, la mentira y la persiasión, Ed. Destino, Barcelona, 2012, página 83). Me pareen consideraciones muy prudentes y bien fundamentadas y válidas para todos. Yo añadiría que valen también en muchos casos para jóvenes adultos. Actualmente, muchos programas de televisión pretenden algo más que entretener. Están al servicio de ideologías que chocan en aspectos fundamentales de una concepción cristiana del hombre, la vida y el mundo. Pretenden adoctrinar, en el peor sentido de la palabra. A veces, comportamientos claramente inmorales, se presentan con la ficción como algo normal, incluso atractivo. Aprender a mirar la televisión no es tarea fácil y debería ser uno de los objetivos importantes en la misión educadora de los padres. Sin darse cuenta, padres y madres de familia pueden tener el enemigo en casa. Una película venenosa, un programa manipulador pueden tirar por los suelos muchos esfuerzos por educar bien a los hijos. Me decía una experta puericultora que es una lástima que los hijos no vengan al mundo con un completo manual de uso bajo el brazo. Esto nos hace ver la necesidad de preparar bien y a tiempo las jóvenes generaciones para asumir el cuidado y educación de los hijos. Sin duda, sería mucho más positivo que todos estos esfuerzos que se hacen para enseñarles a evitar los hijos.

Conclusión: Mucho ojo con lo que ven los niños en televisión. El mal puede llegar a ser irreparable.

31.12.12

Salus in familia

El 21 de diciembre de este 2012 que ya expira, cuando según algunos debía acabar el mundo, el Papa Benedicto XVI tuvo un discurso que podríamos calificar de aquellos que marcan época.

Entre los temas tratados destaca la atención a la familia. No hace mucho, el Presidente Monti afirmaba ver con tristeza como Italia caminaba hacia su autodestrucción. Lo mismo podríamos decir, mutatis mutandis, de España y muchos países de occidente.

Las cifras del aborto en nuestro país deberían hacer saltar las alarmas a cualquier mente sensata. La falsificación de matrimonio y la familia, la destrucción en aumento constante de tantas familias y la dejadez de muchas en temas tan trascendentales como la educación de los hijos son fenómenos que causan profunda y justificada inquietud.

Es verdad, gracias a Dios, como dice el Papa, que la familia sigue siendo fuerte y viva también hoy, como se constató en Milán, en el encuentro mundial de las familias. No obstante, el Papa habla de una crisis de “fundamentos”: “Sin embargo, es innegable la crisis que la amenaza en sus fundamentos, especialmente en el mundo occidental”.

No se trata pues de una crisis de “fachada”. Afecta a los fundamentos, a la identidad misma de la institución básica de la sociedad. En el tema de la familia, observa Benedicto XVI, se hace patente que no se trata únicamente de una determinada forma social, sino de la cuestión del hombre mismo; de la cuestión sobre qué es el hombre y sobre lo que es preciso hacer para ser hombres del modo justo.

Un primer desafío proviene de cuestionar la capacidad y conveniencia por parte de las personas de establecer compromisos definitivos. La familia de constituye precisamente por la unión con voluntad de permanencia indisoluble de un hombre y una mujer, en una comunidad de amor fiel abierto a la vida. La proliferación del concubinato en nuestra sociedad así como de las dolorosas y cada vez más abundantes rupturas ponen en evidencia el trabajo demoledor de una determinada ingeniería social contraria a Dios y al hombre.

Dice el Papa que el rechazo de la vinculación humana, que se difunde cada vez más a causa de una errónea comprensión de la libertad y la autorrealización, y también por eludir el soportar pacientemente el sufrimiento, significa que el hombre permanece encerrado en sí mismo y vive sólo para sí. Es el drama de una generación que ha recibido mucho y no es capaz de dar nada. Pero el hombre, como bien dice el Papa, sólo logra ser él mismo en la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro, a los otros, a los hijos, a la familia; sólo dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser persona humana. La paradoja evangélica se cumple una vez más: Aquél que se reserva la vida, la pierde; en cambio el que entrega su vida con generosidad la construye auténticamente.

Alude también el Papa en su discurso a la nefasta ideología de género que es, a mi parecer, el error más grave de nuestros tiempos. Es importante la referencia que hace el Papa al gran rabino de Francia, Gilles Bernheim sobre este tema que también advierte como en la crisis de la familia está en juego la visión del ser mismo, de lo que significa realmente ser hombres.
Según la nueva filosofía de la sexualidad que llamamos ideología del “género” el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía.

Nos enseña el Papa como la falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear.
El hombre niega su propia naturaleza. Ya Ratzinger dijo que se trataba de la mayor rebelión de la creatura a su Creador. Y si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, explica el Papa, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación.

Y continúa diciendo: “ Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia. Bernheim muestra cómo ésta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre”.
Así son y están las cosas. El Papa lo ha explicado con inexorable claridad. Hay que salvar la familia para salvar el hombre y son muchas ya las mentes lúcidas que lanzan este grito: “¡Salvemos la familia!”.

Acabo esta reflexión con un hermoso pensamiento de San José Manyanet, hijo excelso de mi Parroquia, apóstol y profeta de la familia: “Haced un Nazaret en cada hogar”. Este es el camino: construir familias sólidas y fuertes, familias basadas en el amor fiel y constante, familias que son escuela de vida, de fe y de virtud, familias que, en definitiva, serán las que van a regenerar el tejido social y nos harán salir del abismo en que vamos cayendo.
Afortunadamente estas familias existen y será muy bueno que se unan y trabajen conjuntamente. Empezando en las parroquias, llamadas a ser “familia de familias” y en las Iglesias particulares.

El pasado sábado, vigilia de la Sagrada Familia, tuvimos en nuestra hermosa Catedral románica de Seu d’Urgell una gran fiesta de la familia donde se encontraron con nuestro Arzobispo-Obispo numerosas familias de la diócesis en un testimonio alegre y esperanzador de la vitalidad de la familia. Y ya no digamos de la gran fiesta de la familia en Madrid el domingo. Nuestra sociedad necesita, más que nunca, estas manifestaciones y testimonios que hagan ver que la belleza de la familia es real y posible.

Con mis mejores deseos para el año 2013. Que el Señor nos ayude a hacerlo más luminoso que el que dejamos atrás.

Juan Antonio Mateo García
Delegado Diocesano para la Pastoral de la familia y la vida. Urgell

19.11.12

Vaticano II: Novedad, legado y perspectivas

En este año de la fe el Papa Benedicto XVI nos exhorta a releer el Concilio Vaticano II. Sobre todo, a ir a la “letra” del Concilio, consciente de los atropellos que ha ido sufriendo el Concilio por parte de muchos que han querido destilar su “espíritu” prescindiendo de la letra. Ya decía Goethe que no conocía pretensión tan insoportable como la de aquellos que quieren ir al espíritu prescindiendo del texto.
Es importante, muy importante, retornar a la letra del Concilio para superar muchos malentendidos que venimos arrastrando desde hace decenios.

En 1985, en la famosa entrevista que Vittorio Messori hizo a Joseph Ratzinger (“Informe sobre la fe”), el gran teólogo ya decía: “Quien acepta el Vaticano II, en la expresión clara de su letra y en la clara intencionalidad de su espíritu, afirma al mismo tiempo la ininterrumpida tradición de la Iglesia, en particular los dos concilios precedentes”. Aludía a las lecturas aberrantes del Concilio por parte de progresismos y tradicionalismos extremos, que, paradójicamente, como extremos se tocaban en su rechazo del verdadero Concilio.

Creo que Ratzinger, en aquella ya lejana observación, se refería a un punto de capital importancia que podríamos cifrar en una pregunta clave: ¿Quiso el Concilio definir doctrina nueva? He aquí la gran cuestión. Los tradicionalismos extremos afirman que el Concilio elaboró de facto una nueva doctrina que entraba en discontinuidad o incluso en abierta contradicción con el magisterio precedente. También los progresismos extremos venían a decir que el Concilio había propuesto una nueva concepción de la Iglesia y del conjunto de la fe cristiana que superaba y dejaba atrás toda la experiencia precedente.

Ratzinger aludía a la “clara intencionalidad” del espíritu del Concilio. ¿Dónde identificarla? Sin duda, en los promotores principales de esta gran asamblea, los Papas Juan XXIII y Pablo VI. ¿Querían que el Concilio definiese doctrina nueva?

El Beato Juan XXIII, en su discurso del 11 de octubre de 1962, con motivo de la inauguración del Concilio, quiso dejar muy claro la tarea principal del mismo: “Lo que principalmente atañe al Concilio ecuménico es esto: que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz”. También apuntaba a la perspectiva con que la Iglesia quería aproximarse a los hombres de su tiempo: “En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad”. Este talante “maternal” que siempre ha formado parte de la identidad misma de la Iglesia, quería ser puesto especialmente en relieve para marcar una singular relación Iglesia-mundo que no deja de ser una de las grandes aportaciones del Concilio junto a las mejores realizaciones de los grandes movimientos, bíblico, teológico, litúrgico y patrístico, que confluyeron en la magna asamblea.

Pablo VI, exultante por la elaboración de la doctrina sobre el episcopado realizada en etapas ulteriores del concilio y que Él deseaba vivamente, declaraba sin embargo la continuidad de una de las mayores aportaciones del sínodo con toda la tradición: “Creemos que el mejor comentario que puede hacerse es decir que esta promulgación verdaderamente no cambia en nada la doctrina tradicional. Lo que Cristo quiere lo queremos nosotros también. Lo que había permanece. Lo que la Iglesia ha enseñado a lo largo de los siglos, nosotros lo seguiremos enseñando. Solamente ahora se ha expresado lo que simplemente se vivía; se ha esclarecido lo que estaba incierto; ahora consigue una serena formulación lo que se meditaba, discutía y era en parte controvertido. Verdaderamente podemos decir que la divina Providencia nos ha deparado una hora luminosa; ayer lentamente madurada, ahora esplendorosa, mañana ciertamente providencial en enseñanzas, en impulsos, en mejoría para la vida de la Iglesia” (Discurso del 21 de noviembre de 1964).

El año 2007, la Congregación para la Doctrina de la Fe, respondía a algunas preguntas sobre ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia. La primera pregunta planteada era si el Concilio Ecuménico Vaticano II había cambiado la precedente doctrina sobre la Iglesia. La respuesta de la Congregación era clara: “El Concilio Ecuménico Vaticano II ni ha querido cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni de hecho la ha cambiado, sino que la ha desarrollado, profundizado y expuesto más claramente”.

Y Benedicto XVI en su espléndida homilía en el inicio del Año de la Fe, pronunciada el 11 de octubre del presente año 2012 decía: “El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien se ha preocupado para que dicha fe siga viviéndose hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación”.

Creo que queda bastante claro que el Concilio no formuló doctrina nueva. Habría que considerar entonces la objeción que formulan algunos grupos que rechazan el concilio. Si el concilio, dicen, no formuló doctrina nueva, entonces es prescindible y confiesan no entender porque se les pide aceptar el Concilio para su reintegración en la plena comunión eclesial que ellos, ciertamente, han roto con sus actitudes y sus hechos.

Es verdad, no hay doctrina nueva en el Concilio, pero sí hay en su texto y en su intencionalidad una exposición renovada del conjunto de la fe cristiana que el Concilio quiso exponer de manera serena y sin controversias a los hombres de nuestro tiempo. Cada generación cristiana debe decirse a sí misma el conjunto de la fe y hacerla suya. Y el Concilio lo hace, y lo hace en continuidad con toda la tradición que le ha precedido.

Benedicto XVI, en su famoso discurso a la Curia Romana del mes de diciembre de 2005 dejaba muy clara la verdadera clave de lectura del Concilio que él expresaba en la “hermenéutica de la reforma” que supone una nueva expresión de la doctrina en la continuidad. En un discurso a los sacerdotes de Roma del mes de marzo de 2006, el Papa precisaba su pensamiento: “no hay que vivir en la hermenéutica de la discontinuidad; hay que vivir en la hermenéutica de la renovación, que es espiritualidad de continuidad, de caminar hacia adelante con continuidad…”.

El Concilio debe ser aceptado en esta perspectiva, leído desde todo la tradición precedente (y consecuente, en cincuenta años de magisterio posconciliar) pero abierto a una formulación para las nuevas generaciones.

Podríamos establecer desde aquí un principio fundamental de interpretación: Toda lectura del Concilio que le haga entrar en discontinuidad o contradicción con los principios fundamentales de la fe católica establecidos a lo largo de los siglos en el magisterio precedente no es una lectura católica y ha de ser rechazada por la Iglesia.
Y desde ahí dejar también claro que no hay ni habrá una plena comunión con la Iglesia sin una aceptación íntegra, gozosa y serena del concilio.

Pablo VI, en 1964, hablaba de “momento esplendoroso”. Todos sabemos, sin embargo, que en un inmediato post concilio no fue precisamente el sol el que lució. Densas tinieblas descendieron en la Iglesia y Pablo VI no dudó en afirmar que el humo de Satanás había penetrado en el templo santo de Dios. Atribuir la situación al Concilio sólo puede ser fruto de ignorancia o mala voluntad. Es cierto que muchos posconcilios han sido convulsos. Basta recordar lo que escribía San Basilio en su Tratado sobre el Espíritu Santo sobre la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea. La describía como una “batalla naval nocturna” de todos contra todos.

Pablo VI se refirió con tristeza y amargura a esta situación que él vivió como nadie en carne propia. El 29 de junio de 1972, confesaba creer en una realidad preternatural que había venido al mundo para confundir y sofocar los frutos del Concilio Ecuménico y “para impedir que la Iglesia irrumpiese en un himno de alegría por haber adquirido en plenitud la conciencia de sí misma”.

Todo esto es cierto, pero también Pablo VI, proféticamente, había intuido un mañana ciertamente providencial que creemos que se está realizando y consolidando. ¿Ha llegado el tiempo del Vaticano II? En 1985, Joseph Ratzinger creía que el tiempo verdadero del Concilio Vaticano II “no ha llegado todavía, que su acogida auténtica todavía no ha comenzado; sus documentos fueron en seguida sepultados bajo una luz de publicaciones con frecuencia superficiales o francamente inexactas”. Y decía entonces que “la lectura de la letra de los documentos nos hará descubrir de nuevo su verdadero espíritu”.

Hoy, veintisiete años después, en la homilía del inicio del año de la fe, Benedicto XVI vuelve a insistir: “Por esto he insistido repetidamente en la necesidad de regresar, por así decirlo, a la “letra” del Concilio, es decir, a sus textos, para encontrar también en ellos su auténtico espíritu, y he repetido que la verdadera herencia del Vaticano II se encuentra en ellos”.

Tal vez estemos en esta gran hora del Concilio, disfrutando ya de sus grandes aportaciones y en condiciones de comprenderlo de manera más madura y serena. Juan Pablo II, fue el Papa que articuló e implantó el Concilio. Los grandes documentos de su Pontificado, entre los que debemos destacar el Catecismo de la Iglesia Católica como uno de los mejores y más maduros frutos del Concilio, son buena prueba de ello.

Releer o, para muchos, leer por primera vez el Concilio nos ayudará en los objetivos del Año de la Fe. Así nos lo decía el Papa en la inauguración de este Año que hemos de vivir como una gran oportunidad en toda la Iglesia: “Si sintonizamos con el planteamiento auténtico que el beato Juan XXIII quiso dar al Vaticano II, podremos actualizarlo durante este Año de la Fe, dentro del único camino de la Iglesia que desea continuamente profundizar en el depósito de la fe que Cristo le ha confiado. Los Padres conciliares querían volver a presentar la fe de modo eficaz… porque estaban seguros de su fe, de la roca firme sobre la que se apoyaban”.

Para concluir esta reflexión confieso que hago totalmente mías las palabras con que Benedicto XVI concluía el imprescindible discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005: “Así hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al Concilio Vaticano II: si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”

10.10.12

Concilio Vaticano II, ¿fugaz primavera?

Mañana, Deo volente, se cumplirán y festejarán los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II. Hoy, leyendo esta mañana La Vanguardia de Barcelona, no he resistido a la tentación de considerar con calma un largo artículo de opinión de un viejo conocido mío, el P. José Ignacio González Faus, a cuya cristología dediqué hace ya años un serio estudio crítico que fue mi tesis doctoral defendida en la Pontificia Universidad Gregoriana. Ciertamente, el P. González no ha cambiado. Su lema podría ser muy bien “Semper ídem”, paradójicamente para él, abogado de la reforma constante y ahora lamentando la oportunidad perdida, según él, del Concilio. El título del artículo es elocuente: “Réquiem por un concilio”.

Para el P. González, el Concilio ha sido una fugaz primavera que, sin ser perfecto, fue abortado por una curia romana que se negó a reformarse. Sabiendo que la Curia no es otra cosa que el instrumento del Papa para su misión de servicio a la comunión en la fe y la caridad de toda la Iglesia universal ya vemos hacia donde apuntan las acusaciones del viejo jesuita tan identificado con “su cuarto voto”. El tufo de lo que Von Balthasar llamaba “complejo anti-romano” es innegable.

Según González Faus, “el nuevo Código de Derecho Canónico enterró la colegialidad y las reformas conciliares quedaron desleídas en meros retoques de fachada de eficacia dudosa (el sínodo de obispos, por ejemplo). Nada nuevo bajo el sol. Hace cuarenta años que Faus y todos sus adláteres están cantando la misma palinodia. En el fondo se trata de una lectura parcial y sesgada del Concilio desde la decadente hermenéutica del 68.

Es significativo que un autor tan informado como González Faus no haga mención a un tema tan importante como es la “hermenéutica de la continuidad”, evocada por Benedicto XVI y que es la verdadera clave de lectura y comprensión del Concilio. No hace mucho, un autor como Brunero Gherardini, reclamaba una explicación auténtica y hecha con autoridad de las enseñanzas del Concilio. Sinceramente, creo que es innecesario. Cincuenta años de Magisterio posconciliar con textos de capital importancia como el Catecismo de la Iglesia Católica constituyen la mejor hermenéutica de continuidad para la comprensión de un concilio que, en palabras de Benedicto XVI, sigue siendo brújula segura que marca el norte de la Iglesia.

Desde el camino recorrido, a menudo con grandes dificultades, durante estos cincuenta años, tenemos una oportunidad magnífica para releer el Concilio y penetrar en sus enseñanzas. Es hora de releer o leer el Concilio. En un decálogo para vivir el año de la fe elaborado por un obispo de EEUU se propone como un punto firme “leer los textos del Concilio Vaticano“.

Efectivamente, se trata de ir a los textos y no tanto a reflexiones e interpretaciones de los textos y tenemos la mejor guía para comprenderlos en todo el cuerpo de enseñanzas de la Iglesia que han emanado desde la asamblea conciliar hasta llegar a nosotros. Ya el Concilio nos advertía en Dei Verbum que la misión de interpretar auténticamente la divina Revelación sólo ha sido confiada al Magisterio vivo de la Iglesia, al magisterio del Romano Pontífice y de todos los miembros del Colegio Episcopal que, por naturaleza intrínseca, están en comunión con el Sucesor de Pedro.

¿Réquiem por un concilio? No, ciertamente; más bien réquiem por una “hermenéutica de discontinuidad del concilio” que tantos sinsabores ha producido en la vida de la Iglesia estos cinco decenios y que aprovechará la efemérides para dar sus últimos coletazos.