La experiencia de volver a Casa

Entre el 13 y el 14 de enero, la Penitenciaría Apostólica realizó un Simposio en Roma.

Se ha escrito mucho en la web acerca de uno de los temas tratados en el mismo: los pecados y las censuras “reservadas” a la Sede Apostólica. Pero éste no ha sido el único tema que trató el Simposio. De hecho, uno de los principales objetivos de la Penitenciaría ha sido el dar un nuevo énfasis al Sacramento de la Reconciliación.


Entre las conclusiones del Simposio, se lee:


“Recuperar el gusto de la experiencia personal por la Misericordia de Dios es la prioridad que deben tener presentes los seminaristas y sacerdotes si quieren hacer redescubrir al Pueblo de Dios el tesoro de la gracia y el contenido del Sacramento de la Reconciliación”.


Aprovechamos la ocasión para ofrecer algunas frases tomadas del libro “El examen de conciencia. Para vivir como redimidos”, del P. Marko Iván Rupnik.

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El examen de conciencia es una de las partes integrantes del Sacramento de la Penitencia. Cuando la persona hace el examen de conciencia, tiene la posibilidad de volver a visitar momentos dolorosos de oscuridad, y de volver a encontrarlos en el Amor salvífico de Cristo.


En el examen, se siente la necesidad de la Iglesia como lugar del perdón sacramental. En la conversación con el Señor, se llega a admitir los pecados: esto provoca el arrepentimiento, el llanto, la petición del perdón, la renovación del compromiso, del voto, de la alianza.


El examen de conciencia empieza con la invocación del Espíritu Santo y con un silencio religioso. Al comienzo se recoge la mirada del Señor, y con ella se examina la jornada. Solamente la Pascua – Cruz, Muerte y Resurrección de Cristo – es la verdadera clave de lectura de la vida.


En el examen de conciencia se nos da la posibilidad de ofrecer todo lo que no ha sido ofrecido. Provoca un crecimiento continuo en la virtud. La primera virtud que se consolida en el hombre con el examen de conciencia es la virtud de la caridad. Lo primero que hace el examen de conciencia es “ordenar la caridad”, y la ordena sobre la base de los Mandamientos de Dios, sobre todo del primero: amar a Dios, y al prójimo como a uno mismo.


El examen de conciencia es el ejercicio de una toma de conciencia cada vez más fuerte de nuestra relación con el Señor. Gracias a la familiaridad con el Señor, favorecida por el ejercicio del examen, sabemos vivir en la Presencia del Señor. Al mismo tiempo, el examen favorece una conciencia exacta de lo que somos, de todo el camino que hemos hecho, y de lo que todavía nos queda por hacer.


No es un examen escrupuloso, sino una experiencia feliz de la Redención, donde se aprende ese sano realismo que nos hace desmitificar los perfeccionismos moralistas, voluntaristas o psicologistas. En el tiempo que vivimos, existe el riesgo de reducir la Iglesia y la fe cristiana a un “supermercado” de valores, sobre todo éticos y morales. La Iglesia es el ámbito de la fe, del discernimiento, y de la libertad de los hijos de Dios.


Solamente la Misericordia de Dios nos mueve a una conversión justa. Aunque seamos pecadores, culpables de una cosa determinada, nos descubrimos amados por Dios… y tanto, que Cristo ha subido a la Cruz para redimirnos. La sorpresa de descubrirse amados es la decisión más fuerte y radical para renunciar al mal y para abrazar una vida virtuosa. Descubrirse amados conmueve, lleva al arrepentimiento, a reconocer el pecado y a pedir perdón. El arrepentimiento nos hace volver a Casa.

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