(InfoCatólica) El obispo de Knoxville, Mons. Mark Beckman, ha pedido a los sacerdotes de su diócesis que dejen de introducir habitualmente determinadas oraciones devocionales antes, durante o inmediatamente después de la Misa. Entre ellas se encuentra una de las más tradicionales: la oración a San Miguel Arcángel después de la Misa, que aparentemente es el verdadero motivo de la prohibición.
En determinadas parroquias de la diócesis de Knoxville era costumbre que sacerdote y fieles rezaran juntos la oración a san Miguel al finalizar la celebración, siguiendo la tradición que estableció el papa León XIII, al estipular que las preces leoninas (incluida la oración a San Miguel) se recitaran después de todas las Misas.
Aunque tras la reforma litúrgica de Pablo VI dejó de ser obligatoria la recitación de la oración a San Miguel después de cada Misa rezada, eso no implica que esté prohibida…. excepto, a partir de ahora, en la diócesis de Knoxville.
En una carta publicada el 16 de octubre, Mons. Beckman explica que durante sus visitas pastorales ha observado que algunas comunidades habían incorporado distintas oraciones a la celebración: la oración a san Miguel, la llamada oración de san Francisco, invocaciones al Espíritu Santo y otras plegarias. En algunos lugares se rezaban antes del canto de entrada y en otros inmediatamente después de la despedida.
«No considero apropiado añadir oraciones a la celebración de la Misa», ha afirmado el obispo, a pesar de que, por definición, una oración antes o después de la Misa está fuera de la Misa.
El obispo reconoce que muchas de esas prácticas son profundamente queridas por los fieles y constituyen un «tesoro de la Iglesia». Sin embargo, después de reflexionar sobre la importancia de celebrar la liturgia «según la mente de la Iglesia», concluye que no considera apropiado añadir oraciones vinculadas a la celebración de la Misa. Por ello ha pedido a los sacerdotes que catequicen a los fieles y vayan abandonando esas costumbres.
Lo cierto es que esas oraciones anteriores o posteriores a la Misa no están prohibidas por la Iglesia, de modo que es un abuso afirmar que prohibirlas es actuar «según la mente de la Iglesia». Aunque, en ejercicio de su autoridad litúrgica el obispo puede prohibirlas, se trata de una prohibición que obedece exclusivamente a su voluntad y resulta engañoso atribuírsela a la Iglesia.
Por otro lado, la decisión del obispo parece considerablemente antisinodal. No señala que haya consultado a nadie, y mucho menos a los fieles interesados, para tomar una decisión que afecta a prácticas ya establecidas.
En otro sentido, sin embargo, el espíritu de su decisión es muy acorde con la práctica de la última década, durante la cual se ha abandonado la idea de la coexistencia de la liturgia antigua con la nueva, propia de Benedicto XVI. Por decisión personal del Papa Francisco y sus colaboradores, el «enriquecimiento mutuo» ratzingeriano, que tantos frutos dio, se sustituyó por la intención expresa de extinguir progresivamente la liturgia antigua.







