(Fides/InfoCatólica) De niño rezaba cada día tres avemarías por la conversión de Rusia, como había pedido la Virgen de Fátima. Casi cuatro décadas después, el jesuita Anthony Corcoran recibió este martes, 29 de septiembre, la ordenación episcopal de manos del Cardenal Giorgio Marengo para ser pastor de unos pocos cientos de católicos dispersos por Kirguistán, un país de Asia Central de mayoría musulmana.
La ordenación confirma, por el sacramento de la sucesión apostólica, una misión que el Papa Francisco le encomendó hace casi una década, cuando en 2017 lo nombró administrador apostólico del país. Corcoran ha interpretado la decisión del Papa León XIV como una señal de que, aunque los católicos kirguises sean muy pocos, también ellos deben tener su propio pastor, un obispo.
Ante la pregunta de cómo ha llegado hasta allí, sonríe antes de contestar. «Me encanta esta pregunta: ¿cómo ha conseguido un chico de Texas convertirse en obispo de Kirguistán? Solo puede explicarse por el misterio de la Providencia de Dios, según relata la agencia Fides. Creo que cada paso que damos forma parte de un plan más amplio para nuestra vida. Cuando tratamos de decirle que sí y de ponernos en sus manos, Él nos guía hacia el paso siguiente», explica en una conversación mantenida durante el curso de formación para nuevos obispos organizado por el Dicasterio para la Evangelización.
Una fe aprendida en la frontera
Aquel chico de Texas nació en Tucson (Arizona) el 19 de abril de 1963. Según los perfiles publicados por la diócesis de Tucson, sus padres procedían de Bisbee, en el condado de Cochise, y dos de sus abuelos eran también del sur de Arizona. Fue bautizado en la iglesia de San Andrés, en Sierra Vista, antes de que la familia se trasladara a Texas durante su infancia.
En aquel hogar la fe formaba parte de la vida cotidiana y estaba ligada a una comunidad de orígenes y confesiones diversos. Uno de los primeros testimonios que recuerda es el del mejor amigo de su padre, un católico practicante de origen polaco. Recuerda también la admiración de sus padres por sus vecinos mexicanos, a quienes reconocían la generosidad y la dignidad con que vivían su fe.
El sacerdocio, sin embargo, no entraba en sus planes. «Había emprendido unos estudios que no tenían nada que ver con el sacerdocio», recuerda. «Estudiaba en una universidad en la que daban clase los jesuitas y allí conocí a los jesuitas. No me consideré jesuita hasta el final de mis estudios, cuando nos invitaron a hacer los Ejercicios Espirituales. Me enamoré de Ignacio, de los Ejercicios y de la idea de ser misionero».
Tres avemarías por la conversión de Rusia
Ingresó en la Compañía de Jesús en Grand Coteau (Luisiana) en 1985. Detrás de aquella decisión había algo aprendido de rodillas en la infancia. «De allí pasé al noviciado. Siempre había soñado con ser misionero. De pequeños rezábamos cada día tres Avemarías por la conversión de Rusia, tal como había pedido la Virgen de Fátima. Creo que eso permitió a María entrar en mi corazón y en mi alma y prepararme para llegar hasta aquellas personas».
Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Marquette, cursó un máster en Desarrollo Político y Económico Internacional en Fordham y obtuvo la licenciatura y el doctorado en Teología Sagrada en la Weston Jesuit School of Theology. Fue ordenado sacerdote el 8 de junio de 1996 en el Spring Hill College de Mobile (Alabama). Para entonces, la historia había respondido a su manera a aquella oración infantil. «Cuando estaba preparado para la ordenación sacerdotal, la Unión Soviética acababa de derrumbarse y San Juan Pablo II había pedido que algunos sacerdotes fueran a aquella región. Mi comunidad me envió a Rusia, inicialmente a Siberia. Allí conocí Kirguistán y, posteriormente, fui destinado allí».
Pasó más de veinte años en Rusia, primero como vicario general en Novosibirsk y después como superior mayor de la Región rusa de los jesuitas en Moscú, donde emitió los votos perpetuos en 2002. Al mirar atrás, rechaza las explicaciones sencillas. «Todo es obra de la Providencia de Dios: cuando tratamos de decir que sí a un paso, por imperfectamente que lo hagamos, ese paso nos lleva a algún lugar. Para nosotros no es tan importante saber exactamente dónde ni cómo. Lo que importa es saber con quién: con Dios. Así es como llegué a Kirguistán».
Un «brote» nacido de las deportaciones
En Kirguistán, que supera los siete millones de habitantes y limita con China, los católicos son apenas unos cientos. «La Iglesia en Kirguistán es encantadora», afirma. «Es diminuta. El Papa Francisco llamó "brote" a la Iglesia de Asia Central y Mongolia. Porque somos un pequeño rebaño».
Esa historia comenzó en el exilio. «Durante la guerra, Joseph Stalin deportó a sus familias a Asia Central y Siberia. Nosotros hemos trabajado sobre todo con sus hijos y nietos desde el final de la Unión Soviética». Apenas la comunidad había recuperado un punto de apoyo cuando empezó a menguar. «La inmensa mayoría de estas personas emigró al extranjero. No es exagerado decir que quizá el 98 o el 99 por ciento de nuestra población católica se ha marchado. Esperamos que, si Dios quiere, las bases que recibieron en la fe les permitan llevarlas consigo a otros lugares. He oído decir a las parroquias a las que se trasladaron (en Alemania, en Rusia) que las personas procedentes de Kirguistán eran a menudo muy devotas. Formaba parte del plan de Dios».
Hoy nueve sacerdotes atienden todo el país. Se reza principalmente en ruso, aunque algunos sacerdotes, él entre ellos, están aprendiendo kirguís, y algunos jóvenes de etnia kirguisa participan ya en la Misa junto a la comunidad que permanece. Corcoran habla de ello con alegría. «Es un hermoso testimonio de esperanza: que Jesús tenga aquí su Iglesia, allí donde Él quiere que esté. Quizá sea para la próxima generación o, si somos fieles, quizá veamos ya sus frutos en esta generación. Es obra suya».
Un pueblo de la Ruta de la Seda
Habla de los kirguises con la atención de quien los ha observado durante años desde dentro. Destaca su fuerte sentido de la identidad y de la dignidad, compatible con una notable apertura hacia otros pueblos, heredera de la antigua Ruta de la Seda. «Alguien señaló con gran lucidez que, por lo general, a los kirguises no les gusta el fanatismo. Afrontan la vida tal como viene, atentos a cómo se manifiesta la naturaleza, a cómo actúa Dios y a cómo son sus familias».
Para explicarlo recurre a una enseñanza de su escuela católica, según la cual la virtud es como un músculo, un don de Dios que cada uno debe desarrollar a diario y que se fortalece precisamente ante una fuerza contraria. «Eso es lo que veo en los kirguises y en los pueblos de Asia Central: hospitalidad, apertura y, al mismo tiempo, un fuerte sentido de quiénes son y de su identidad».
«El destino del rebaño es mi destino»
Ser obispo, subraya, no es un título que confiera una comunidad. «La llamada al sacerdocio, o al episcopado, viene del propio Jesucristo. No es algo que nos dé una comunidad. Sin embargo, como ocurre con toda espiritualidad que se encarna, la espiritualidad propia del ser obispo se encarna en personas concretas, en un momento concreto y en circunstancias concretas».
Esa pertenencia la ha llevado hasta el pasaporte, pues recientemente ha obtenido la ciudadanía kirguisa. «Ser obispo lo hace aún más real. Uno se compromete por completo. Por eso, obtener la ciudadanía me parece algo completamente natural. El destino del rebaño es mi destino. Nunca seré uno de ellos de nacimiento, pero puedo hacer mío todo lo que les pertenece y, con suerte, llegar a ser uno de ellos, de manera que ellos estén en mi corazón».
Quien empezó su ministerio en parroquias estadounidenses con «cientos y cientos de personas» conoce hoy a casi todos sus fieles por su nombre. «Para mí es muy conmovedor conocer personalmente a casi todos los católicos y formar parte de sus vidas. Naturalmente, rezamos para que las personas se acerquen a Jesucristo y la Iglesia crezca».
Lo pequeño como oportunidad
Ser pocos no es para él un problema que resolver, sino una de las formas que siempre ha adoptado la misión. «La misión no se limita al territorio o a la geografía, aunque también estas realidades forman parte del lugar en el que se encarna. La misión tiene que ver con el territorio de los corazones, las mentes y las almas».
Recuerda que el Papa Francisco repetía, también durante la visita ad limina, que para Dios lo pequeño no es un problema sino una oportunidad. «Pensemos en la primera comunidad de Belén: ¡qué pocos eran y qué preciosos! [...] Algún día, ojalá nuestra Iglesia sea más grande y haya más personas. Y, al mismo tiempo, que permanezca este núcleo que está aquí ahora. Dios actúa a través de su pequeño resto».
Dos recuerdos del pequeño resto
El primero es reciente. Un viernes, en una pequeña ciudad, un muchacho que salía de la mezquita se le acercó al verlo vestido de sacerdote. «Me miró con total inocencia, curiosidad y verdadero respeto, y me dijo: "Tú eres un seguidor de Cristo". No hablaba ruso y no conocía en kirguís la palabra "discípulo". [...] Recuerdo que me emocioné mucho y pensé: qué gracia poder responder que sí». Y añade: «Espero que, durante toda mi vida, pueda ser reconocido como una persona, como un seguidor de Cristo».
El segundo se remonta a los años noventa, en sus primeras visitas a Asia Central desde Siberia. Allí encontró a personas que nunca habían visto a un sacerdote y que, sin embargo, se sabían católicas, bautizadas en muchos casos por sus abuelas, las babushkas detenidas en 1937 y 1941 y deportadas a Siberia y Asia Central. Al preguntarles cómo habían conservado la fe, descubrió que compartían algunos rasgos comunes. «Una de ellas puede parecer muy sencilla: sabían hacerse la señal de la cruz, igual que nosotros. Me la mostraban con tanta devoción que todavía hoy me conmueve recordarlo».
Con esas imágenes grabadas en el alma, Anthony Corcoran volvió a decir «sí» este 29 de septiembre.








