(Gavin Ashenden/InfoCatólica) El canto gregoriano no divide la liturgia en bandos: la precede, la envuelve y reclama para sí el lugar que el Concilio Vaticano II le reservó y que la práctica posconciliar le ha negado en buena parte de las parroquias del mundo. Esa es la tesis que el teólogo y comentarista católico Gavin Ashenden desarrolla en un ensayo publicado en su blog, donde propone la recuperación del canto llano como instrumento de reconciliación frente a la fractura litúrgica que vive la Iglesia.
Ashenden, converso del anglicanismo (llegó a ser capellán de la Reina de Inglaterra) y miembro del coro de la catedral de Shrewsbury, parte de su propia experiencia como cantor para argumentar que el gregoriano posee cualidades únicas que lo hacen especialmente apto para el culto católico, con independencia de la forma ritual en que se celebre.
Una «guerra civil» litúrgica
Su punto de partida es el diagnóstico de una Iglesia dividida. Ashenden describe la tensión entre los defensores de la misa tradicional en latín y los del Novus Ordo como una «guerra civil sangrienta sobre la cultura», agravada por las restricciones del motu proprio Traditionis Custodes. El conflicto, sostiene, no es solo cultural, sino que afecta a la teología, la espiritualidad y la integridad entre fe y culto.
Para quienes defienden la liturgia tradicional, escribe, lo que se practicó «en todas partes y en todos los tiempos» fue «herido y alterado radicalmente» tras el Concilio Vaticano II, mientras que el bando dominante utiliza la aceptación plena del Concilio como «pasaporte de pertenencia a la Iglesia católica», algo que Ashenden califica de «impropio teológica e históricamente». En ese contexto, expresa su esperanza de que el Papa León XIV encuentre el modo de detener lo que denomina «la ejecución litúrgica» de la devoción de los fieles a la liturgia histórica.
Frente a esa polarización, el autor propone apartar la mirada del debate sobre las intenciones de Annibale Bugnini y buscar una salida por otra vía: la restauración efectiva del canto gregoriano.
Lo que realmente dijo el Concilio
Ashenden recuerda lo que establece el capítulo VI de la constitución Sacrosanctum Concilium (1963), dedicado a la música sagrada. El parágrafo 112 define la tradición musical de la Iglesia como «un tesoro de valor inestimable, superior incluso al de cualquier otro arte». El 114 ordena que ese tesoro «sea conservado y fomentado con gran cuidado» y que los coros «sean promovidos diligentemente, especialmente en las iglesias catedrales».
El parágrafo clave es el 116, que declara: «La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana: en igualdad de condiciones, debe ocupar el primer lugar (principem locum obtineat) en las acciones litúrgicas». Ashenden subraya que el latín es más enfático de lo que transmite la traducción inglesa habitual, y que la fórmula principem locum designa una primacía, no una mera tolerancia. La polifonía y otras formas de música sacra «no se excluyen en modo alguno», pero el gregoriano es la norma con la que se miden las demás.
El parágrafo 117, añade, encarga la preparación de una edición crítica de los libros de canto gregoriano y de una edición simplificada «para uso en iglesias pequeñas», lo que demuestra que los Padres conciliares preveían su uso continuado en toda la Iglesia, no solo en catedrales con schola especializada.
Un Te Deum que rompe el tiempo
Su tesis toma impulso narrativo a partir de una grabación de 1973 del Te Deum en la catedral de Notre Dame de París, en la que intervino el organista titular Pierre Cochereau. En aquella interpretación, el coro entonaba los versos impares del himno y el órgano respondía en lugar del segundo coro, siguiendo la práctica del alternatim, tradición bajomedieval en la que el órgano no acompaña a los cantores sino que sustituye versículos enteros.
Lo que distingue la grabación, explica Ashenden, es que Cochereau introdujo armonía e improvisación sobre la melodía gregoriana, produciendo una fusión en la que «la atemporalidad y la modernidad se encontraron». Esa práctica, señala, había sobrevivido en Francia pese a las reservas de Roma: el motu proprio de san Pío X sobre música sagrada (1903) veía con recelo que el instrumento sustituyera un texto que debía ser escuchado, y el alternatim fue retrocediendo en buena parte de Europa católica a lo largo del siglo XX. En catedrales como Notre Dame, sin embargo, la tradición se mantuvo viva.
Por qué funciona el gregoriano
Ashenden explica las cualidades intrínsecas del canto llano que, a su juicio, lo hacen insustituible para la liturgia.
La melodía gregoriana, escribe, se construye sobre el esquema de llamada y respuesta a todas las escalas: un cantor entona y el coro responde; dos mitades del coro alternan versículos; en piezas como el Te Deum, el principio se amplía hasta que una de las «voces» es el órgano. Su ritmo no es métrico sino «oratorio»: sigue la prosodia del texto latino en lugar de imponer un compás externo, de modo que «la música se somete al texto, no el texto a la música».
Los ocho modos eclesiásticos, anteriores al sistema tonal moderno de mayor y menor, crean lo que el autor describe como «paisajes espirituales y sonoros distintos: contemplativos, expectantes, graves, luminosos, anhelantes», sin manipular al oyente hacia respuestas emocionales predeterminadas. Ashenden propone definir el gregoriano como «música liminal»: se sitúa en el umbral entre el habla y el canto, el individuo y la comunidad, el silencio y el sonido, la tierra y el cielo.
Frente a la música litúrgica contemporánea, que a su juicio queda obsoleta en una década por la velocidad con que cambian los estilos populares, el gregoriano posee una atemporalidad que impide asociarlo a una época concreta. Eso lo hace especialmente apto para una liturgia que, por su naturaleza sacramental, pretende romper el tiempo cronológico.
Trascendencia e intimidad
La razón más profunda de la eficacia del gregoriano, argumenta Ashenden, es su capacidad para mantener unidos trascendencia e inmanencia. Su austeridad y pureza transmiten la sensación de que «no nos pertenece, sino que viene hacia nosotros desde un más allá»; al mismo tiempo, la voz humana que sube y baja, el anhelo de los modos y la demora sobre ciertas palabras alcanzan el corazón con lo que describe como «intimidad extraordinaria».
A diferencia de gran parte de la música contemporánea, que estimula el deseo y coloca al oyente en el centro, el canto llano «despierta el anhelo sin decirnos qué anhelar» y «nos conmueve sin convertirnos en el centro de lo que ocurre». La belleza trascendente, concluye, saca al fiel de sí mismo hacia Dios, mientras que la inmanencia permite que esa misma belleza penetre en el corazón: «El cielo se experimenta como infinitamente lejano y, sin embargo, misteriosamente cercano».







