(ACI/InfoCatólica) Unos 400 millones de personas se desplazan cada año a destinos de fe en todo el mundo, un fenómeno que representa aproximadamente el 20 % del movimiento turístico global y genera cerca de 18.000 millones de dólares solo en peregrinaciones. Iberoamérica, con 80 millones de peregrinos anuales y más de 3.000 santuarios catalogados, concentra una parte sustancial de ese flujo, pero carece de la organización necesaria para transformarlo en motor de desarrollo.
Así lo advierte Adrián Lomello, director para América de la Red Mundial de Turismo Religioso, en una entrevista concedida a ACI Prensa. «Las peregrinaciones y las manifestaciones de fe constituyen un fenómeno que existe desde hace siglos» y que «va a seguir ocurriendo», afirmó. La cuestión, según el especialista, no es si los peregrinos vendrán, sino qué hacen los destinos con ellos y cómo recibirlos sin perder la identidad religiosa de los lugares.
Un sector invisible para iglesias, gobiernos y empresas
El panorama que describe Lomello es paradójico. América cuenta con un patrimonio religioso construido durante siglos, cientos de rutas de peregrinación y celebraciones que congregan a millones de personas. Sin embargo, ese patrimonio rara vez está acompañado de infraestructura, información o políticas públicas que permitan aprovecharlo.
«Hoy es un sector invisible. No lo ven ni las iglesias. No lo ve el sector público ni lo ven las empresas», afirmó. Las diócesis, explica, suelen estar concentradas en mantener sus templos y desarrollar su actividad pastoral. Los gobiernos atienden otras prioridades y las empresas buscan oportunidades en otros segmentos. El resultado es un movimiento constante de peregrinos del que, con frecuencia, nadie se ocupa de manera integral.
Los números del sector en la región son elocuentes. La Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en México, recibe cerca de 20 millones de visitantes cada año. El Santuario Nacional de Aparecida, en Brasil, congrega a unos 12 millones. El Santuario de Nuestra Señora de Luján, en Argentina, alcanza los 10 millones. Y el crecimiento estimado del turismo religioso iberoamericano se sitúa entre el 6 % y el 8 % anual, según los datos de la Red.
Un santuario no basta: hace falta crear producto turístico
Lomello insiste en que una iglesia, una basílica o una peregrinación multitudinaria no bastan para construir un destino de turismo religioso. «Tenemos recursos extraordinarios, pero un recurso, por sí solo, no genera desarrollo. Es necesario transformarlo en un producto turístico», señaló.
Ese producto, precisa, implica «una narrativa, una visibilización por redes sociales, señalética, infraestructura adecuada, baños, gastronomía, camino, transporte y comunicación». No se trata de convertir un santuario en una atracción turística más, sino de crear las condiciones para que quien llegue pueda desplazarse, alimentarse, descansar y comprender la historia del lugar.
Si alrededor de un santuario existen museos, rutas, gastronomía, patrimonio y actividades culturales, la experiencia del peregrino puede prolongarse, y con ella el beneficio económico para la comunidad. «El peregrino llega, consume en el lugar, compra artesanías, pernocta, se queda un día más, va a un museo. Se derrama dinero en toda la comunidad», explicó.
El beneficio no es solo económico
Para Lomello, reducir el turismo religioso a una cuestión económica sería un error. «La ganancia espiritual es fundamental», subrayó. Un peregrino puede llegar a un santuario buscando rezar, confesarse, participar de una misa o reconectarse con la fe. «El impacto de un buen relato espiritual es una conversión. Que alguien, a través del turismo religioso, llegue y se impacte por el relato, por las imágenes y pida una confesión. Es una conversión», señaló.
Al mismo tiempo, el turismo religioso bien organizado genera recursos que revierten en la propia Iglesia. «El turismo religioso no le va a quitar protagonismo a la Iglesia, le va a dar recursos», sostuvo.
El Camino de Santiago como referencia
Una de las experiencias que Lomello propone como modelo es el Camino de Santiago, en España. Según los datos de la Red, la ruta recibe alrededor de 530.000 peregrinos al año y genera un impacto económico estimado en 500 millones de euros, un resultado que es fruto de décadas de planificación.
«La diferencia no está solo en el patrimonio. Está en la decisión política. Los destinos que ignoran su patrimonio espiritual no cometen un error cultural. Cometen un error estratégico de desarrollo económico», sostiene Lomello.
Una llamada a la colaboración
El director para América de la Red Mundial de Turismo Religioso considera que la Iglesia tiene un papel importante que cumplir, pero no puede actuar sola. Se necesita coordinación entre diócesis, parroquias, autoridades, empresarios y comunidades locales. También faltan datos básicos: cuántos peregrinos recibe cada destino, de dónde vienen, cuánto tiempo permanecen y qué servicios necesitan.
Entre las medidas que propone la Red figuran la creación de observatorios del sector, el desarrollo de políticas públicas específicas, la digitalización de los destinos y la capacitación de quienes trabajan con peregrinos.
Lomello cerró la entrevista evocando las palabras del Papa León XIV durante su reciente visita a España: «Como decía el Papa en España: «Alcen la mirada». Alcen la mirada. Vean el segmento del turismo religioso: una oportunidad de desarrollo».






