(InfoCatólica) Lo importante permanece en la Iglesia según la promesa hecha por el mismo Cristo. En todo lo demás, las modas actúan igual que en cualquier otra realidad humana.
Durante el pontificado del Papa Francisco, el pacifismo a ultranza estaba de moda y se escuchaba a menudo en boca del propio pontífice y de los obispos. Frecuentemente se echaba la culpa de los males del mundo a los comerciantes de armas, se criticaban las fronteras («hacer puentes y no muros») y se aseguraba que las guerras justas no existían, a pesar de que el propio Vaticano compra armas regularmente para sus guardias suizos, está rodeado literalmente de un muro y, en general, la Iglesia mantiene capellanes en buena parte de los ejércitos del mundo.
En el pontificado actual, la forma de ser de León XIV y la inercia han llevado a que continúen los pronunciamientos antibélicos, que, a veces, adolecen de cierta ingenuidad. Sin embargo, el nuevo Papa es menos militante con sus opiniones particulares que Francisco y parece ser mucho más tolerante ante la diversidad de opiniones que el papa argentino.
Como muestra, el obispo castrense austriaco, Mons. Werner Freistetter ha acogido públicamente con satisfacción la reforma del servicio militar presentada por el gobierno federal de Austria. En unas declaraciones a Kathpress, el prelado afirmó que las medidas incluidas en la reforma eran una «señal importante para la seguridad de los soldados y el reconocimiento de su servicio», porque «sabemos, dolorosamente, por la historia de la guerra, que los soldados mal entrenados asumen el mayor riesgo en una emergencia. Quien llame a jóvenes al servicio de la defensa nacional debe formarlos de tal manera que estén protegidos de la mejor manera posible y sean capaces de actuar».
Esta modesta reforma, que el prelado considera un «paso importante y práctico», consiste en que el gobierno federal ha aprobado un nuevo modelo de servicio militar básico, denominado «6+3». En lugar de limitar el servicio militar a un entrenamiento de solo seis meses de duración, como sucedía en el pasado, los reclutas tendrán que hacer posteriormente otros tres meses de prácticas en los diez años posteriores. Además de ello, los reclutas recibirán un sueldo de mil euros al mes y tendrán derecho a vacaciones.
Más allá de los aspectos prácticos de la reforma, Mons. Freistetter parece haberse contagiado de la ola de entusiasmo militar que ha sacudido a los políticos europeos desde el comienzo de la guerra en Ucrania y considera, de forma apremiante, que «el cambio de la situación de la seguridad en Europa no deja margen para los retrasos. La seguridad de nuestro país y el bienestar de quienes sirven a la comunidad deben ser el centro».
En efecto, el entusiasmo militar renovado afecta a toda Europa o, al menos, a las clases políticas. La Unión Europea ha puesto en marcha el proyecto ReArm para obtener 800.000 millones de euros hasta 2030 con los que financiar las mejoras militares. La OTAN está intentando cumplir el objetivo de que sus países miembros aumenten los gastos de defensa al 5 % de su PIB hasta 2035. Alemania, que eliminó el servicio militar obligatorio en 2011, quiere crear ahora uno voluntario para llenar el vacío dejado en sus fuerzas armadas y disponer así del ejército «más poderoso de Europa» para hacer frente a una posible amenaza rusa. Francia, tras una experiencia fallida, quiere asimismo reinstaurar el servicio militar, como periodo voluntario de diez meses para los jóvenes. Según las encuestas y los resultados prácticos, sin embargo, las poblaciones no parecen estar convencidas de que el rearme sea una buena idea.
Las declaraciones de Mons. Freistetter solo son la opinión de un obispo castrense, pero podrían constituir un indicio de un cambio de tendencia entre la jerarquía europea en cuanto a la actitud hacia los ejércitos, las armas y la guerra (justa). Quizá, si el pontificado del Papa Francisco hubiera durado más, un ambiente como el actual se habría encontrado con el rechazo frontal por parte de la Iglesia. Ahora, en cambio, se ha extendido entre los políticos una visión favorable de los ejércitos y de la seguridad nacional de los países, que podría extenderse también a los eclesiásticos.






