(kath.net/InfoCatólica) Es el altar donde se custodia la valiosísima reliquia de la Preciosísima Sangre, en la basílica de San Martín de Weingarten, en Suabia. El Blutritt de Weingarten es, al fin y al cabo, la mayor procesión ecuestre de Europa, con hasta dos mil jinetes y hasta treinta mil peregrinos de manera habitual; la reliquia de la Preciosísima Sangre se conserva en ese altar y queda expuesta a la veneración de los fieles a través de una ventana. El altar neobarroco, incorporado en 1931 y 1932 en el marco del Movimiento Litúrgico para permitir a los fieles una participación más intensa en lo que sucede en el altar, resulta ciertamente llamativo por su tamaño y por su color rojo sangre, pero en una iglesia barroca se integra casi sin costuras en el conjunto.
Un altar nuevo, ya autorizado
Ahora está previsto —y de hecho ya autorizado— un altar nuevo. A juzgar por las imágenes disponibles, se trata de un altar sobrio y claro, ligeramente cónico, que recuerda a un bloque de piedra; «isla de cocina» lo llaman algunos críticos, y no precisamente con simpatía. El proyecto contempla, eso sí, una nueva ventana para la reliquia de la Preciosísima Sangre, cuya seguridad quedaría mejorada respecto del altar actual, lo que constituye sin duda un punto a favor. Sin embargo, la reliquia solo se expondría en el altar mayor en ocasiones especiales y el resto del tiempo permanecería en un altar lateral. Que el diseño previsto se integre orgánicamente en el conjunto de la basílica no podrá sostenerlo nadie, ni siquiera sus partidarios.
Más de 1.200 firmas, y entre ellas la del último prior
La resistencia contra el altar proyectado ha salido ya a la luz pública. Una petición ha reunido más de 1.200 firmas en contra del nuevo altar, entre ellas la del padre benedictino Pirmin Meyer, que participó varias veces en el Blutritt como jinete, y que fue el último prior del monasterio benedictino de Weingarten, abandonado en 2010.
El asunto ha desbordado hace tiempo el ámbito de la parroquia y de los órganos competentes de la diócesis de Rottenburg-Stuttgart. Distintos artículos en la prensa regional se han hecho eco del conflicto. En el plano nacional, Moritz Hackl se pregunta en Die Zeit: «¿A quién pertenece una iglesia? ¿Al párroco, a la comunidad, o a todos los que se sienten vinculados a ella? En Baden-Wurtemberg se enciende en torno a un altar una disputa sobre poder, participación y tradición». Y él mismo responde a quién pertenece una iglesia: «A nadie en solitario. Ni al párroco que quiere transformarla, ni a Reichle, que quiere conservarla, ni siquiera al órgano que decide sobre ella. Pertenece a los que todavía han de venir a rezar en ella. Ellos juzgarán si el altar que entonces esté en esta iglesia se ajusta a su culto».
Modernidad hay de sobra
Sobre gustos, ya se sabe, se puede discutir. Y también se puede discutir sobre los argumentos acerca de si un espacio sagrado debe orientarse más bien a lo museístico o más bien a lo moderno. Habrá que ir encontrando soluciones caso por caso y estas serán, por naturaleza, distintas. Es un proceso sano, siempre que los resultados sean realmente DISTINTOS y no se decanten de manera absolutamente unilateral a favor de la modernidad. Ni el recelo rutinario ante lo moderno ni el recelo rutinario ante el desarrollo histórico serían deseables.
Por eso conviene añadir todavía un argumento: quien aprecia la modernidad en los espacios sagrados la encuentra por doquier. Tenemos iglesias notables de los años sesenta y setenta que todavía se perciben como modernas y que en las restauraciones han sido a menudo desarrolladas con buen gusto. Tenemos iglesias más antiguas que fueron adaptadas —con mayor o menor delicadeza— a las necesidades modernas, y valga como ejemplo la catedral de San Martín de Rottenburg. Sobre esa catedral informa por cierto Wikipedia: en la última restauración, entre 2001 y 2003, se pretendía que «mediante la instalación de un falso techo, un moderno concepto de iluminación, un nuevo mobiliario y la retirada de los altares tardogóticos se hiciera olvidar la impresión de un espacio histórico con una mezcla de estilos gótico y barroco». Formulado con tanta crudeza, esto se lee más bien pocas veces. Porque el hecho es que se conocen ya demasiadas restauraciones de iglesias que resultaron excesivamente modernas. La conservación sin cambios del patrimonio hace tiempo que no está de moda.
El viento ya no sopla hacia la modernización
Y sin embargo, ¿qué tal si en nuestras iglesias encontrásemos de vez en cuando el valor de apreciar y conservar lo heredado, incluso cuando no coincida con el siempre fugaz espíritu de los tiempos? En concreto: ¿qué tal si se restaurase con cuidado el actual altar de cara al pueblo de la basílica de Weingarten, se resolviese la cuestión de la seguridad de la reliquia de la Preciosísima Sangre y se nivelasen los escalones desiguales que rodean el altar? ¿Qué tal si, en tiempos de estrecheces económicas, se emplearan de manera más sensata los aproximadamente 150.000 euros presupuestados para el nuevo altar y para la reforma del presbiterio? ¿Qué tal si en la que es, al fin y al cabo, la mayor iglesia barroca al norte de los Alpes no se acometiera ninguna modificación llamativa que fuera más allá de una adaptación prudente de la técnica de luz, sonido y seguridad?
¿Y quién se plantea hacia dónde sopla entretanto el espíritu de los tiempos dentro de la Iglesia católica? Para el observador atento hace tiempo que está claro: ya no sopla en dirección a la modernización. En los Estados Unidos, y también más allá, se advierte una tendencia nueva: el abandono de los interiores sobrios de las iglesias. El iconoclasmo católico posconciliar ha amainado. Los jóvenes que hoy vuelven a encontrar el camino de la Iglesia quieren ortodoxia en la doctrina y quieren espacios sagrados abiertos a la mística. Por eso la reflexión de Moritz Hackl en Die Zeit cobra un peso sorprendente: «¿A quién pertenece una iglesia? Pertenece a los que todavía han de venir a rezar en ella».







