(InfoCatólica) El pastor protestante Ezra Jin Mingri, fundador de una de las comunidades protestantes más influyentes de China, ha relatado cómo pasó, en apenas veinticuatro horas, de prepararse para afrontar una posible condena de hasta quince años de prisión a reunirse con su familia en los Estados Unidos. Jin asegura que su inesperada liberación se produjo después de que el presidente Donald Trump planteara personalmente su caso al dirigente chino Xi Jinping durante su visita a Pekín.
El pastor había permanecido 266 días detenido tras la ofensiva de las autoridades chinas contra la Iglesia de Sión (Zion Church), una comunidad evangélica no registrada que se negó a someterse al control del Partido Comunista. Según su testimonio, los cargos por fraude y actividades ilegales fueron retirados sin juicio ni confesión forzada, y pudo abandonar el país con su pasaporte para viajar directamente a los Estados Unidos. Allí fue recibido por diplomáticos estadounidenses y pudo reencontrarse con su esposa, su hija y sus nietos.
Tristemente, la mayoría de los líderes políticos se llenan la boca hablando de derechos humanos y libertad, pero no hacen nada concreto por ayudar a los cristianos perseguidos y es un punto a favor de Trump que haya pasado a la acción, en lugar de quedarse en palabras bonitas. Jin ha calificado su liberación de auténtico «milagro» logrado por la presión diplomática ejercida por el presidente norteamericano. Al mismo tiempo ha recordado que su caso constituye una excepción en un contexto de creciente represión contra las comunidades cristianas independientes en China y pide no olvidar a esas comunidades. De hecho, al menos ocho miembros de su grupo evangélico continúan encarcelados, al igual que otros conocidos líderes cristianos, entre ellos el pastor Wang Yi, condenado a nueve años de prisión. Trump también ha hablado con Jinping en varias ocasiones de la posible liberación del católico Jimmy Lai, pero en eso no ha tenido éxito, al menos por ahora.
La noticia manifiesta la difícil situación de los cristianos que se niegan a integrarse en las estructuras religiosas controladas por el Estado chino. Mientras Pekín insiste en que gestiona los asuntos religiosos conforme a la ley, numerosas organizaciones defensoras de la libertad religiosa denuncian desde hace años la persecución de las iglesias no reguladas y reclaman la liberación de los creyentes encarcelados por ejercer pacíficamente su fe.
El acuerdo del Vaticano con el Estado chino para el nombramiento de obispos celebrado en tiempos del Papa Francisco fue un intento de escapar a esta constante persecución religiosa que sufren los grupos independientes de la autoridad estatal. La tranquilidad lograda con ello se alcanzó a costa de la Iglesia perseguida china, que había resistido durante más de medio siglo a las presiones de las autoridades comunistas por fidelidad a la Iglesia y, en particular, al primado de Pedro.
El hecho de que, por voluntad del mismo Papa, la Iglesia cediera en una cuestión que, hasta entonces, siempre había considerado irrenunciable fue un duro golpe para los católicos de la Iglesia perseguida. Al mismo tiempo, también empeoró la situación de los cristianos no católicos, que se quedaron solos en la resistencia contra los dictados del Partido Comunista chino.







