En la liturgia de la visita papa (I): oyendo la voz de los ministros.

En la liturgia de la visita papa (I): oyendo la voz de los ministros.

La visita del Santo Padre a España mueve a congratulaciones sin número, a las que nos unimos. Fue una lluvia de gracia de Dios, mediada por y vivida en la Santa Iglesia.

He seguido gran parte de las celebraciones litúrgicas y me alegré con su calidad, preparación y cuidado.

Aquí aprovecho la ocasión de unas ceremonias tan difundidas, no para hacer una evaluación de su Liturgia, sino para reflexionar, presentar observaciones, sugerencias, que atañen a la Iglesia en el mundo entero. Las tomo selectivamente para comentar y proponer.

Retomo lo que, hace poco más de un año, escribí en InfoCatólica y allí se puede encontrar, en los artículos Las exequias del Papa Francisco (I): una escuela de recta oración litúrgica (29.04.25) y Las exequias del Papa Francisco (II): una conversión necesaria (2.5.25).

1.- La liturgia, los sentidos: dicho y oído

La liturgia, el culto de Cristo con la Iglesia, según la economía de la encarnación es humana y divina, visible e invisible (cf SC 2), terrenal y celestial (cf SC 2, 8). Por ello, es realizada por todo el hombre unificado, alma, cuerpo y gracia de Dios y se participa asimismo en la unidad de alma, cuerpo y Espíritu Santo. Por eso, el cuerpo y los sentidos tienen una participación esencial. Aquí nos centramos en lo percibido por el oído.

2.- Las intervenciones.

Antes que nada, va alguna observación acerca de las intervenciones que hubo o no en el rito, especialmente en sus comienzos.

2.1) Desde el punto de vista de participación y seguimiento del rito, se agradece la ausencia de guiones e intervenciones de comentaristas. Esto permite seguir la celebración y dejarse llevar por ella. Lo señalo, porque en muchas parroquias del mundo se sigue atado a esos comentarios, que cortan la fluidez de la celebración y la comunión comunicativa entre el que preside y los ministros con el pueblo.

2.2) Ayudó al desarrollo ininterrumpido de la celebración cuando las palabras de saludo del obispo ordinario del lugar fueron al final, como en Las Palmas, Tenerife o Barcelona. Cuando luego de la incensación y el saludo inicial se interpone una referencia entre humanos, aunque sea el obispo y el papa, hay un cortocircuito en la celebración. Dicho de otra forma: el rito de entrada no es el inicio de un acto académico o una colación de grados, en que es de orden decir quiénes están, agradecer presencias. El rito de entrada es entrar en la presencia de Dios, el diálogo es Iglesia-Dios (desde el introito, kyrie hasta el amén de la colecta).

No se debe interrumpir por interferencias entre nosotros. Esto vale lo mismo para la visita del obispo o una celebración parroquial o grupal con algún otro motivo.

2.3) En este sentido, a mi parecer, aunque esté contemplada en el n.3 del Ordo Missae[1], tampoco creo conveniente la introducción del propio celebrante, porque interrumpen la relación Dios-pueblo-Dios, en que ya hemos sido introducidos. En realidad, no es el lugar para una catequesis, aún breve: ésta dese antes de la celebración o espere que ya habrá ocasión de explayarse en la homilía[2].

Por mi parte, desde hace años nunca digo ninguna ‘brevísima palabra’. Estamos orando y no interrumpimos las oración con un saludo entre nosotros o una explicación catequética: ya fuimos introducidos ante Dios, ante Él y con El estamos.

Se muestra lo absurdo de algunas «introducciones», cuando se concluye diciendo: ‘pongámonos en la presencia del Señor’. ¿Qué hicimos desde el canto de entrada, la reverencia al altar…? ¿para qué se nos sacó de la presencia divina, de modo luego tenemos que re-entrar?

Atendiendo a lo que oímos en las celebraciones papales, tampoco es correcto lo que se escribió para que leyera el celebrante: unas palabras explicativas a las que se les unió una invitación modificada del acto penitencial. Aquí hubo primero una confusión de ritos. Las posibles breves palabras de introducción a la Misa del día (n.3) y el Acto penitencial (n.4) son dos ritos diferentes que no se han de mezclar. A su vez, el texto de invitación del acto penitencial es fijo («Hermanos: para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados») y no admite paráfrasis.

3.- El canto ritual del celebrante y el pueblo.

Ahora atendemos a lo voz que oímos en forma cantada.

Se canto mucho, con distintos estilos, con grandes coros, tanto el ordinario como el propio de la Misa. No nos detendremos en ello.

Aquí vamos a observar el canto ritual, el canto de los propios ritos, sea por los ministros, sea por el pueblo. Este canto unido a las palabras constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne (cf SC 112.) En concreto ¿qué oímos cantado del mismo rito por los ministros y por el pueblo?

3.1. Lo que cantó el papa y el pueblo.

En concreto, en varias de las misas el Papa cantó el nombre del Padre y el saludo inicial y la bendición final. Y ello permitió que el pueblo cantara su parte del rito: el amén y el Y con tu espíritu. Ahí el pueblo participó siguiendo el texto litúrgico cantilado[3], es decir, respondió con la respuesta en forma ritual, cantado. Lo mismo puede señalarse de la aclamación después de la consagración, del Padrenuestro y de «la paz del Señor esté siempre con vosotros» y la bendición final. Esas partes se realizaron de la forma solemne, la liturgia más noble, la expresión sacramental más plena y verdadera (cf. SC 113).

3.2. Lo que no cantó el celebrante y no pudo cantar el pueblo

Dejando de lado el acto penitencial, que es un problema en sí mismo, señalamos en primer lugar que no fue cantada la oración colecta y el pueblo no pudo asentir con el amén cantado.

Todo el rito de entrada está guiado por el canto, que lo estructura en un in crescendo: introito, nombre del Padre, saludo (rito penitencial), Kyrie, Gloria, para culminar en la Colecta del que ora en nombre de toda la Iglesia, y al que se une el amén del pueblo santo[4].

Si no se canta el oremos-oración-amén, en la expresión ritual, sacramental, o sea en la verdad y eficacia del rito, se escala a la montaña -- hasta el gloria - y se cae en el precipicio en lo que debería ser la cúspide. Al mismo tiempo se impide la plena participación del pueblo, en lo que le corresponde cantar.

Si no fuera que estamos mal acostumbrados, nos chocaría enseguida que, después del canto del gloria, oigamos un ‘oremos’ recitado, aunque lo diga el papa. Es una banalización: donde el pontífice, obispo o papa, tiene la misión de orar pontificando, se trivializa la sacramentalidad del rito.

Para no alargar, veamos que lo mismo sucede con la oración sobre las ofrendas y la poscomunión. En aquélla culmina por medio del pontífice mediador todo el rito del ofertorio, en ésta nada menos que el rito de la comunión, para que el pueblo sacerdotal ore por su voz y selle con el amén cantado. Si se ora recitando, falta un parte integral al rito, puesto que la cantilación de las oraciones es parte de la ritualidad de su lugar eminente y del carácter mediador del Pontífice. A su vez, el amén cantado, con la cantilación más sencilla (también sin órgano) es la expresión del pueblo sacerdotal, consagrado por el bautismo y la unción crismal de la confirmación.

3.3. La Plegaria Eucarística.

De la plegaria eucarística, se cantó el sanctus. Pero, al no cantar el diálogo del prefacio y el mismo prefacio, el santo queda como un ‘canto’ más, aunque sea grandioso, no como parte solemnísima de la plegaria eucarística: diálogo-prefacio-sanctus, forman una unidad para continuar con la oración.

En cuanto al diálogo y al mismo prefacio el canto ritual, sacramental, es imprescindible y es lo primero que hay que cantar en toda misa: se invita al pueblo y se lo lleva a la presencia del Altísimo en la Jerusalén celestial, sursum corda, y el pueblo con el pontífice entra en el culto del templo eterno, por Jesucristo que entró en el santuario del cielo. Sólo así el sanctus está integrado en el rito de la plegaria.

El diálogo y el prefacio «dichos», sin su cantilena, vuelven insignificante el centro del acto de culto. La estructura sacramental pide que sea cantado.

Luego se cantó «este es el misterio de la fe» y la aclamación que sigue[5]; asimismo la doxología final con el Amén del pueblo. Es la forma ritual, la más noble.

Un tema aparte es el desarrollo de la plegaria eucarística desde después del sanctus hasta la doxología final. No puede ser tratado aquí porque pide un desarrollo extenso.

4. ¿Por qué cantar las partes centrales, presidenciales?

En las misas celebradas en este viaje, se agradece lo que cantó el pontífice, porque señala un camino.

También indiqué lo que faltó orar con melodía ritual. Aquí lo traigo, porque lo que sucedió en esas misas es lo que sucede casi siempre y forma parte de la limitación o crisis del culto católico de rito romano[6]. Es una crisis de facto en contra de lo que señalan los documentos y en contra de la verdad celebrativa.

La instrucción Musicam sacram, retomando Sacrosanctum Concilium 112-114, afirma:

5. «El culto litúrgico adquiere una forma más noble cuando se celebra con cantos, con los ministros de cada grado cumpliendo su ministerio y el pueblo participando en él.

… Por lo tanto, los pastores de almas harán todo lo posible para lograr esta forma de celebración.

… 6. Una organización auténtica de la celebración litúrgica … requiere también que se observen bien el sentido y la naturaleza propia de cada parte y de cada canto. Para conseguir esto, es preciso, en primer lugar, que los textos que por sí mismos requieren canto se canten efectivamente, empleando el género y la forma que requiera su propio carácter».

En la parte dispositiva (n.28), por si no se puede cantar todo, señala un orden de prioridades a seguir, del cual el primer grado es a) En los ritos de entrada: - El saludo del sacerdote con la respuesta del pueblo. - La oración. b) en la liturgia eucarística: La oración sobre las ofrendas. - El prefacio con su diálogo y el Sanctus. - La doxología final del canon. - La oración del Señor - Padrenuestro - con su monición y embolismo. - El Pax Domini. - La oración después de la comunión. - Las fórmulas de despedida.

Está subrayado lo que no se cantó.

Se quisieron celebrar liturgias solemnes. Pero ¿qué es lo que hace que una liturgia sea solemne en el sentido propio, litúrgico -- valga la redundancia -, ritual? No es la grandiosidad de los coros, ni de las orquestas, ni del órgano, que puede darse y está bien que exista. Ello ayuda a introducir o expandir algunos momentos. La liturgia es solemne, es decir en su forma más noble y plena, si el rito mismo es cantado en su melodía propia (cf SC 113).

Siendo riguroso, solo para provocar la atención, señalo: esas grandiosas misas, no sólo no fueron misas solemnes, sino que no se llegó ni al grado de misa cantada. Fueron principalmente misas rezadas[7], con canto del ordinario y del propio, más otras melodías.

Ante esto, creo que queda claro que fallamos en la celebración en primer lugar los ministros, incluidos los obispos, porque en la inmensa mayoría de los casos no se canta lo que «en primer lugar hay que cantar», porque no hacemos todo lo posible para lograr la celebración ritual solemne de la Misa: fallamos en el rito principal.

Esto no es una exquisitez de liturgistas, cosa que por otra parte no soy, ni es para darle ‘solemnidad’ mundana, aparatosa a una celebración. En realidad, pertenece a la verdad e integridad la celebración (SC 112).

La necesidad del canto o de la cantilación de los ritos cultuales no es un capricho, sino que se enraíza en la tradición sacramental de todas las Iglesias Apostólicas, incluida la Iglesia Romana.

Esto, además, tiene una clara fundamentación antropológica universal. El canto ritual hace real una palabra que supera al ministro, que es de lo alto; por ello, no puede ser dicha con la entonación del sujeto, ni con su énfasis. Esa separación la hace la cantilena ritual. Por ello, con sus diferencias, está en todos los actos cultuales de todas las religiones.

Invito al lector a que escuche cantar al muecín: aunque no entienda ni una palabra, sí percibe inmediatamente que es algo religioso, alguna forma de oración sagrada. Lo mismo si escucha a un armenio o a un budista en su culto.

En cambio, uno que no conozca el culto católico y no conoce la lengua, si cierra los ojos en una de las celebraciones que estamos analizando y sólo escucha, jamás percibirá que el prefacio leído sea lo que pretende ser: que el Pontífice con su pueblo está orando ante la majestad del Padre eterno en los cielos. Es un simple texto leído. Punto. Puede ser una proclama, pero no propiamente un prefacio que significa estar ante la divinidad.

El signo es siempre eficaz. Tampoco para los que creemos el prefacio leído, sin su diálogo cantado, nos significa que estemos con Cristo ante el Padre en el cielo. Al contrario, se nos impide la participación plena per ritus et preces en el misterio.

5. el canto de los ministros, especialmente del diácono.

Algo semejante sucede con los otros ministros que recitan textos en la celebración, especialmente del diácono.

En unas celebraciones el diácono cantó el saludo, introducción y Palabra del Señor del Evangelio. ¡Óptimo! Es el mínimo para toda misa. En otras cantó el Santo Evangelio: es la forma ritual correcta. Toda la estructura de acción, palabra y melodía de la Liturgia de la Palabra es ascensional y culmina en el canto del Evangelio, que es el mismo Verbo hecho carne presente; de ahí los múltiples ritos que lo acompañan, hasta alcanzar su plenitud en el rito principal: la palabra cantilada. De lo contrario, se sube hasta el aleluya y luego se da un porrazo hacia la futilidad de una palabra leída. De paso observen que el que simplemente lee, impone su énfasis y además suele estar más tentado de levantar la cabeza y mirar al público: es un actor, un recitador, no un humilde ministro del misterio del Verbo pronunciado.

Todas las razones antedichas con respecto al celebrante se aplican aquí.

Con respecto a las demás emisiones sonoras, dejamos para otra oportunidad, porque esto ya es muy largo.

6. Preguntas.

Mirando cómo celebramos en la Iglesia latina, en su mayor parte, incluidas las misas estacionales o pontificales de rito romano, debemos ser humildes, y preguntarnos.

¿Por qué toda la tradición del rito romano, que llega a los documentos actuales y a las ediciones típicas actuales, incluida la de 2002/2008, pide observar el canto ritual de la Misa[8], principalmente el del celebrante principal, con las respuestas del pueblo?

¿Por qué son cantados todos los ritos de las Iglesias de origen apostólico?

¿Por qué en todas las religiones los ritos sagrados son o en silencio o entonados con una cantilena particular, que los saca de la forma común de hablar?

Ante una tal nube de testigos incluidos los documentos y rituales actuales, cabe que nos preguntemos. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué no hacemos caso? ¿Por qué no nos choca esa carencia?

Tenemos que constatar con humildad que hay una profunda desviación teológica, antropológica, espiritual y sacerdotal en el culto y, más hondamente, en la celebración cultual sacramental. Por algo Guardini, ya comenzadas las reformas, con lengua vernácula, etc., nos preguntaba si éramos capaces del acto de culto y, con mayor profundidad, si queremos de verdad hacer un acto de culto. Menudas preguntas.

Por supuesto, esta falla viene de lejos y es fruto de un intrincado proceso. Por eso, cambiar pide un esfuerzo grande, humilde, perseverante de conversión.

7. Una conversión necesaria.

Quise provocar con las preguntas. Al mismo tiempo propongo un necesario retorno al canto de los ministros, al rezo con la cantilena propia o al menos en tono recto. Es una conversión a la fidelidad a toda la tradición católica, porque también es parte de la Tradición en el sentido fuerte el modus celebrandi, la ritualidad, que incluye el canto de los ministros y lo privilegia. Hay una verdad ritual, no se trata de gustos.

Esta conversión implica, como enseña Lonergan, distintos niveles.

1) Una conversión religiosa: el amor al culto, el amor a la Iglesia y a su culto, al modo adecuado de celebrar la sacramentalidad del misterio para hacer presente y dar al Padre el culto que le sea agradable, incluyendo la verdadera participación del pueblo en él. Es dejarnos moldear por la liturgia solemne. Se requiere una conversión interior, que hemos de pedir al Espíritu Santo. Como siempre se funda en la humildad y la obediencia.

2) una conversión intelectual: un convencimiento tomado, en primer lugar, de la observancia de los documentos, pero que debe ir más lejos. De acuerdo con las preguntas que hicimos, debemos llegar a la convicción de fe, de la sacramentalidad católica, de los motivos antropológicos. También es necesaria una comprensión benévola, pero sincera, de nuestra gran confusión y secularización cultural, cultual, y del proceso que se fue dando, para que nos demos cuenta de lo que pasó y de lo que es necesario construir.

3) Una conversión moral: debemos arrepentirnos de no haber sido fieles al culto de la Santa Madre Iglesia, de no haber procurado formarnos y formar al pueblo, y hemos de poner por obra la renovación de nuestra vida cultual en este aspecto. No tener miedo, por banderías y suspicacias, de reconocer errores, límites, no para atacar, sino precisamente para convertirnos más al culto del Dios vivo.

Esto supone en los hechos que obispos, presbíteros y diáconos canten lo que les corresponde, imbuidos del acto cultual. Ciertamente cada uno habrá de hacerlo paso a paso, porque es también un proceso de incorporación, de educación de nosotros mismos. Evitemos las excusas (no estoy formado para eso: pues, fórmate; no sé cantar: al menos en tono recto, puede cantar casi la totalidad de los mortales). Hay que salir de las presiones del grupo: aquí nadie canta porque es preconciliar o lo que sea.

Es necesario formar al pueblo de Dios. Es su verdadera participación ritual como pueblo sacerdotal cantar esas partes. Es nuestro deber y nuestra caridad permitirle vivir lo que es.

Los Seminarios han de formar a los futuros celebrantes en ritos, canto, forma, particularmente en la forma más noble, la solemne, con canto de los ministros. Si ya se hace, bendito sea Dios. Si no, comencemos o mejoremos.

Hasta la tipografía es importante: los misales en general deben tener en el cuerpo el texto con su melodía ritual y no al final en anexos[9], luego el texto corrido.

Las celebraciones de la visita del Papa nos han mostrado un avance en la normalización del canto de los ministros. Al mismo tiempo, nos muestran lo mucho que hay que trabajar, para realizar una misa solemne, completa. También para que ello no sea excepcional, sino la forma tipo de celebrar[10].

Que el canto ritual de la oración sacerdotal, del ministro y del pueblo, sean signos sensibles que signifiquen y realicen la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerza el culto público íntegro al Padre en el Espíritu (cf SC 7). De este modo pregustamos que tomamos parte en la Liturgia celestial que se celebra en la Santa Ciudad de Jerusalén (cf SC 8).

Mons. Alberto Sanguinetti Montero



[1] “El mismo sacerdote, u otro ministro, puede también, con brevísimas palabras, introducir a los fieles en el sentido de la Misa del día”.

[2] Por este motivo, en mi opinión, sería mejor suprimir el n. 3 del Ordo Missae o, al menos agregarle más restricciones, por ejemplo, “sólo si es necesario” o “en alguna ocasión especial”. En realidad, lo mejor es no incluir estas brevísimas palabras que cortan la secuencia ritual y su significado.

[3] Soy consciente que el diccionario de la RAE no trae ni el término cantilación, ni el verbo cantilar. Pero las equivalencias que se proponen no corresponden al sentido: recitar textos (como pasajes bíblicos u oraciones) utilizando melodías o entonaciones específicas.

[4] A mí me abrió la cabeza William Peter Mahrt, The Musical Shape of the Liturgy, para ver que el conjunto de la Misa y, en ella, cada una de sus partes, está estructurada, tiene forma, por el canto. A su vez, la forma de cantar cada parte (introito o kyrie, diálogos u oraciones presidenciales) comunica el sentido de cada una: el introito es semiornado, el kyrie tiene su forma de aclamación-súplica, el Gloria es un himno de frases, no estrófico (en Madrid se cantó con ritornelo, que deforma este himno venerable); las oraciones sacerdotales son cantilenas, es decir, un texto a penas modulado, para que tenga su carácter sacramental. Del mismo modo el canto con sus formas musicales propias estructura la liturgia de la Palabra y la liturgia de la Eucaristía.

[5] De paso conviene notar que la aclamación “anunciamos tu muerte…” la canta sólo el pueblo, no los sacerdotes, así como el amén al final de las oraciones y de la doxología del canon. Cada uno debe decir y hacer lo propio.

[6] Es claro que no se trata de una crítica al Papa, sino de tomar una celebración pública como ejemplo. Recuerdo también, para quienes temen que el análisis sea “pre-conciliar”, que todos los papas hasta Benidicto XVI cantaron lo correspondiente al celebrante.

[7] Soy consciente de que la distinción entre misa solemne, cantada, rezada, presente en Musicam sacram, desapareció en el Misal Romano de 1970, aunque creo que sigue siendo útil. De todas formas, la IGMR sigue la tradición, cuando afirma: “al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono” y reenvía a Musicam sacram.

[8] De hecho, poco a poco se ha incluido la musicalización para todos los textos sonoros de la misa en la editio typica latina (orate fratres, ecce Agnus Dei). En respuesta de mayo de 1975 la Congregación del culto (ver Notitiae), hace referencia al Misal de 1970 y al Ordo cantus missae de 1972 y afirma que ciertamente las oraciones, el prefacio a la plegaria eucarística, los saludos de los ministros dirigidos a la asamblea y las aclamaciones deben ser cantadas.

[9] La mencionada respuesta afirmaba que las melodías deberían incluirse en las ediciones vernáculas del Misal Romano, con la recomendación de situarlas en el cuerpo del Misal y no en apéndice.

[10] La misa dominical debería ser al menos “cantada”, con canto de ministros y respuestas del pueblo.

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