Hace varios años, cuando todavía trabajaba en la televisión porteña, me impactó una leyenda ubicada a los pies de la Virgen de Luján, en la entrada del Departamento Central de la Policía Federal Argentina: «De Dios y del policía, el hombre sólo se acuerda cuando los necesita». Frase contundente, colmada de realismo. Que, todo el tiempo, demuestra su inapelable actualidad.
Hoy, en mi «parroquia móvil de la calle», me encuentro permanentemente con policías. Y comienzo mi conversación con aquellas tocantes palabras. Sorpresa, emoción, desahogos y exclamaciones varias recojo como respuestas. Y, de inmediato, empieza el diálogo. «Cuida tu relación con Dios -inicio-, y encomiéndate a San Miguel Arcángel, príncipe de la Milicia Celestial. Lleva bien colocado el chaleco antibalas, para protegerte de tantos narcos y demás criminales sueltos. No caigas en el 'gatillo fácil', pero ten siempre el 'gatillo firme'. Muchos asesinos que hay por nuestras calles son más rápidos que ustedes, a la hora de los disparos».
Seguidamente dejan sus contestaciones. Y desgranan, ante el sacerdote, buena parte de sus inquietudes y angustias. Siempre me conmueve cómo relatan los besos de despedida, como si fuese la última vez, de sus respectivas esposas e hijos. «Cada mañana -me han dicho varios- me voy cuando mis niños están todavía dormidos, y regreso cuando ya están acostados». Gruesas lágrimas rodaron por el curtido rostro de uno de ellos, al contarme una impactante intimidad: «Mi única hija me ve, con suerte, algún día del fin de semana. Llorando me preguntó si este año me quedaría a vivir en casa».
Llegué a una estación de subte (metro) de Buenos Aires, a plena carrera para tomar el tren. Me aguardaban varios trámites en la Capital argentina. «Y, entonces, padre Christian -me repetí-, hay que cuidar los minutos, porque las horas se cuidan solas».
Al ver mi premura, un servicial agente de policía, Daniel, me hizo pasar, más rápido, por una puerta lateral. Y el diálogo fluyó, generoso.
- «De Dios y del policía, el hombre sólo se acuerda cuando los necesita»...
- Yo ya no creo en nada, padre...
- ¿Por qué, hijo? ¿Eres bautizado? ¿Recibiste la Confirmación y la Primera Comunión?
- Sí, padre, por supuesto. Incluso fui monaguillo de niño. Pero tuve muchas desilusiones. Y lo que terminó de alejarme fue la muerte de mi hijita, de dos meses. ¿Por qué Dios me la quitó?
- Dios te la regaló para siempre. Ahora, más que nunca, debes confiar en Él. Y prepararte, con su gracia, para reencontrarte, definitivamente, un día.
- Yo ya no puedo creer, padre...
- Entiendo y comparto tu angustia, hijo. Pero en estas condiciones, el único que gana es el demonio. Él más nos aleja del Señor y de la Virgen, cuando más los necesitamos.
- Acá en la Policía de la Ciudad tenemos curas...
- Sí, hijo. Conozco a su Capellán General. Fuimos compañeros del Seminario. Es un joven y fiel sacerdote... Pídele hablar, y dale saludos de mi parte. Estamos junto a vos. Y te esperamos, de regreso, en la Iglesia. ¡Te necesitamos para seguir anunciando a Jesús, Príncipe de la Paz!
- ¡Gracias, padre!
- Para servirte, hijo. ¡El Señor es nuestro único Consuelo!
Fuerte apretón de manos. Y, como de costumbre, regalo de rosario y bendición. Perdí, obviamente, el tren. Gané, de cualquier modo, otra muestra de la Providencia de Dios.
«Cuando el peligro es superado, Dios es olvidado, y el policía despreciado», concluye la famosa estrofa; ante las que varias generaciones de policías han desfilado. En «La Divina Comedia», el genial Dante Alighieri, destaca que la ingratitud máxima es la traición a los benefactores. Y, por eso, ubica a los ingratos en la zona más profunda del infierno, el noveno círculo. Dios nos libre del orgullo. Y de pensar que ante Él sólo tenemos derechos, y ninguna obligación. Y de convertir nuestro propio desdén en salario del policía...
+ Pater Christian Viña.
La Plata, 3 de julio de 2026.
Santo Tomás, apóstol.
Primer Viernes de Mes. -








