Mons. Varden reivindica la castidad como integridad y camino de libertad ante 250 jóvenes en Londres
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Conecta la Regla de San Benito con la crisis afectiva contemporánea

Mons. Varden reivindica la castidad como integridad y camino de libertad ante 250 jóvenes en Londres

«¿Quién no quiere ser una persona íntegra?» Mons. Varden recupera la etimología latina de la castidad para proponerla como respuesta a la fragmentación interior y la saturación sexual que definen la cultura actual.

(InfoCatólica) La castidad no es un corsé moral ni una negación del deseo: es el camino hacia la integridad de la persona, la unificación de la vida interior y, en última instancia, la libertad. Esa fue la tesis central de la conferencia que el Obispo Erik Varden, de Trondheim (Noruega), pronunció el pasado 30 de mayo en Londres ante más de 250 jóvenes católicos reunidos en la iglesia de San Patricio de Soho, en el marco de la jornada Freedom of the Heart, dedicada a la aplicación de la sabiduría monástica a la vida cotidiana.

Varden, monje cisterciense antes de ser ordenado obispo y uno de los autores espirituales más leídos en la Iglesia actualmente, compartió cartel con el Padre Jacques Philippe en una jornada centrada en la formación de cristianos «seguros, de corazón entero, cuya fe sea activa, abierta al mundo y transformadora».

«Que nadie vea mi rostro y siga viviendo»

Varden arrancó con una paradoja bíblica. En el capítulo 33 del libro del Éxodo, el Señor dice a Moisés: «Ningún hombre me verá y seguirá viviendo». La afirmación, explicó, no es una prohibición cultual al estilo de Indiana Jones, sino la expresión de una incompatibilidad ontológica: el ser de Dios excede infinitamente lo que la naturaleza humana, abandonada a sí misma, puede soportar. Dios, para el hombre solo, es sencillamente insoportable.

Y, sin embargo, ese mismo capítulo del Éxodo afirma que el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo. El resultado de esa mirada fue que el rostro de Moisés brillaba. La paradoja, subrayó Varden, solo se resuelve al leer la Escritura como una unidad y no como fragmentos aislados.

Esa percepción de Dios como fuego trascendente recorre la experiencia creyente tanto en el judaísmo como en el cristianismo. Varden la rastreó en los padres del desierto, en el célebre memorial del filósofo Pascal (aquella iluminación mística del 23 de noviembre de 1654, anotada en un papel que cosió a su ropa y que comienza con una sola palabra: feu, fuego) y en un poema de Elizabeth Barrett Browning de 1839 en el que los ángeles, sobre un mar «mezclado con fuego», bajan los párpados «alzados demasiado tiempo hacia el ardor pleno de la divinidad».

El corazón limpio y la naturaleza verdadera

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). La bienaventuranza, recordó Varden, tiene una lógica profunda: la naturaleza humana ha sido creada a imagen de Dios y está llamada a subsistir en el mundo como reflejo de su ser. Existe, en la intención divina, una correspondencia natural entre la naturaleza de Dios y la nuestra, pero solo si nos establecemos en nuestra verdadera naturaleza.

¿Qué es lo natural? La pregunta resulta central en muchos debates contemporáneos, pero suele plantearse de forma moralista y aislada. Para unos, ciertos comportamientos «simplemente no son naturales»; para otros, «es natural para mí». El diálogo queda atrapado en un callejón sin salida. Varden propuso trasladar la cuestión al plano ontológico: lo que importa no es qué conductas nos parecen naturales, sino qué es nuestro ser en su sentido más profundo.

En la vida cotidiana nos parece natural tener hambre, sed, sueño, dolor de muelas, vértigo o miedo a los aviones, estar sujetos a pasiones, caminar a menudo a tientas en la oscuridad, crecer, madurar, envejecer y morir. Sin embargo, todo eso es secundario respecto a lo que realmente somos según el relato bíblico. Lo natural para el ser humano, en esa perspectiva, es llegar a ser como Dios: adquirir unos ojos capaces de contemplar su rostro y participar de su naturaleza, como escribe la segunda carta de Pedro.

Un descubrimiento monástico

Varden relató cómo su comprensión de la castidad cambió radicalmente al entrar en el monasterio. De joven, había intentado vivir castamente, pero veía esa empresa como pura mortificación, un ejercicio atrapado en la prohibición. La castidad le parecía una palabra limitadora, rígida, fría; la asociaba con una sexualidad mutilada, con la esterilidad y la ausencia de alegría. Se preguntaba incluso si no era, de algún modo, poco varonil: en la imaginación europea occidental, la castidad ha sido presentada durante siglos como una cualidad primordialmente femenina, o más bien como una proyección masculina de la virtud femenina. «La imagen de la castidad es la de la princesa en la torre, con un vestido blanco y una paloma en el hombro, iluminada por el amanecer. Y uno puede preguntarse: ¿es ese un ideal alcanzable? ¿Es siquiera un ideal deseable?».

Todo cambió cuando, ya en la vida monástica, descubrió que los padres del desierto definían la finalidad del monacato como la búsqueda de la pureza de corazón con vistas a ver a Dios. Lo que ocurre cuando uno lleva más de cinco minutos en un monasterio y ha pasado la euforia inicial de sentirse muy liberado y envuelto en un silencio benefactor, es que empieza a descubrir la magnitud de lo que lleva dentro. Una vez cortados los estímulos y las distracciones, el silencio exterior revela el ruido interior: las voces que claman por atención, la fragmentación, la contaminación de la mirada. «Tu vida interior parece una maleta llena de ropa sin clasificar y en buena parte no muy limpia».

Una religiosa amiga suya, con más de cincuenta años de vida consagrada, le contó que su experiencia al entrar en el monasterio fue como enfrentarse a una pantalla de cine interior en la que se proyectaba todo lo vivido, con el inconveniente de que era imposible pasar rápido: había que sentarse a verlo y cribarlo, y descubrir de qué se había alimentado la propia mirada a lo largo de los años.

Castitatem amare: amar la castidad

En medio de ese trabajo interior, Varden encontró una clave en la Regla de San Benito, que resume su enseñanza sobre la castidad en dos palabras: castitatem amare, amar la castidad. La fórmula le obligó a preguntarse qué podía tener de amable una virtud que le parecía, a lo sumo, heroica o estética.

Acudió a un diccionario etimológico y descubrió algo inesperado. En el latín de la Antigüedad y de la Antigüedad tardía, castus no era primordialmente un término de moral sexual: era sinónimo de integer. Designaba a la persona que vive con integridad, de una sola pieza. «¿Quién no quiere ser, y ser visto como, un hombre o una mujer íntegra?».

Ser casto, en esos términos, es aprender a unificar armónicamente los distintos elementos que componen la personalidad y la historia de una persona. Es lo contrario de la experiencia que San Pablo describe con franqueza en la carta a los Romanos: «¿Por qué no hago lo que quiero? ¿Por qué me veo atrapado en esta perpetua contradicción interior que me arrastra en tantas direcciones?».

La conexión sexual llegó mucho después, en siglos posteriores. Pero incluso cuando la castidad se convirtió en un término de teología moral, precisó Varden, no representó ni representa una negación de la sexualidad. La castidad es categóricamente distinta del celibato: el celibato es una vocación particular que presupone una inspiración divina, un fenómeno bastante marginal en el mundo de la espiritualidad, mientras que la llamada a la castidad es universal y afecta a todas las personas, cualquiera que sea su estado de vida.

La omnivaga y el giróvago

Varden introdujo un contraste iluminador. En la Antigüedad latina, la diosa de la castidad, Diana, recibía el epíteto de omnivaga: la que puede moverse libremente, ir a todas partes sin restricción. Esa imagen es el reverso exacto de una caricatura monástica que San Benito describe en el primer capítulo de su Regla: el giróvago, «el peor de todos», aquel cuya vida consiste en dar vueltas y más vueltas sin ir a ninguna parte.

San Benito describe también a los sarabaítas, un tipo muy reconocible: «lo que me atrae aquí y ahora es mi regla, y lo que no me atrae lo considero prohibido». Lo que me gusta, a eso me siento obligado; lo que no me gusta, eso lo rechazo como ilícito. «Eso es, obviamente, ser esclavo de la propia voluntad».

La persona casta, por el contrario, se convierte progresivamente en alguien libre, capaz de fijar la mirada en una meta deseable y alcanzarla.

La libertad se aprende

Tendemos a dar por supuesto que la libertad es algo intrínseco, que somos libres cuando podemos hacer sin restricción lo que nos apetece. Pero esa suposición, observó Varden, no resiste el examen de la experiencia.

Propuso dos imágenes. La primera, los gimnasios que ocupan cada esquina de las ciudades occidentales: damos por hecho que el cuerpo necesita entrenamiento para moverse con libertad. La segunda, la bailarina: nadie entra por la puerta del Covent Garden y asume el papel principal en El lago de los cisnes; años de trabajo implacable son necesarios para adquirir esa libertad de movimiento aparentemente natural. Ese entrenamiento no niega otras expresiones: invierte tiempo, energía y voluntad en hacer posible el movimiento bello.

«A eso estamos llamados: a movernos con belleza en nuestros cuerpos, en nuestras mentes y en nuestras almas». La castidad, rectamente entendida, es esa pedagogía de la libertad. Enseña a relacionarse con el mundo sin necesidad de poseerlo, con las personas sin manipularlas. Hace al ser humano receptivo y, paso a paso, le enseña lo que es la gratitud y la alegría.

Varden recurrió a una imagen musical: cuando los músicos de una orquesta afinan antes de un concierto, se oye un estruendo caótico de instrumentos haciendo cada uno lo suyo; entonces el oboe toca un la perfecto, el resto de la orquesta afina sobre esa nota, se hace el silencio, el director levanta las manos y suena Beethoven. «Eso es la vida casta».

La herida del abuso

Varden abordó con franqueza la herida de los abusos. Reconoció que existe una sospecha, «no del todo irrazonable», de que los cristianos, cuando hablan de pureza o de castidad, serán «reprimidos, hipócritas, o ambas cosas». Y admitió que la Iglesia carga con parte de responsabilidad: durante mucho tiempo, la percepción ha sido que lo único que el catolicismo tiene que decir sobre la vida afectiva y sexual es «no, no, no» a lo que uno quiere hacer. «Y nadie aguanta escuchando un discurso hecho solo de noes, porque se vuelve aburrido».

Tanto el abuso sexual como el abuso de poder son, afirmó, expresiones de falta de castidad, pero no solo porque broten de una pasión descontrolada (con frecuencia el abuso es calculado), sino porque representan una visión cínicamente desencarnada del otro: el otro deja de ser persona y se convierte en medio para la satisfacción de un apetito. La castidad, por el contrario, ve. Y eso devuelve al punto de partida de la bienaventuranza.

Humanae vitae y la desconexión contemporánea

La desconexión entre sexualidad y procreación, afirmó Varden, se ha consumado en nuestras mentes, lo que permite apreciar la lucidez de muchas predicciones de la encíclica Humanae vitae, aquel texto «muy difamado» publicado en el año revolucionario de 1968.

Y evocó una escena cotidiana: caminando por Albany Street hacia Camden, vio en una marquesina de autobús un anuncio luminoso de fecundación in vitro; acercándose por la acera, una señora con un cochecito en el que había tres gatitos. «Es simplemente la ilustración de un tipo de desconexión que debemos reconocer como parte del mundo en que vivimos».

Citó un dato cultural revelador procedente de un artículo de Miranda France publicado en el Times Literary Supplement: en una época en la que todas las inhibiciones parecen abandonadas, cada vez más jóvenes optan por la ausencia de vida sexual. France observaba que «donde siglos de prohibición fracasaron, la sociedad ha encontrado finalmente la manera de amortiguar el apetito adolescente: mediante la saturación sexual». La imagen del joven que conduce sus relaciones más significativas ante una pantalla, señaló Varden, ya no es ciencia ficción sino una norma de comportamiento cada vez más establecida.

Una humanidad magnífica

Varden enlazó su conferencia con la publicación, esa misma semana, de la encíclica Magnificent Humanity del Papa León XIV. Los titulares, observó, la han reducido a la cuestión de la inteligencia artificial, pero el alcance del documento es mucho más amplio: solo se puede negociar responsablemente el desarrollo acelerado de la máquina si permanecemos anclados en una comprensión verdadera de nuestra humanidad, recordándonos y recordando a otros de lo que nuestra verdadera naturaleza es capaz. El Papa subraya en la encíclica una de sus expresiones favoritas: vivir de un modo «desarmado», lo que conecta, a juicio de Varden, con la castidad de la política y de la sociedad.

Donde hay amor, hay un ojo que ve

Varden cerró con dos imágenes luminosas. La primera, una frase del canónigo parisino del siglo XII Ricardo de San Víctor: ubi amor, ibi oculus, donde hay amor, hay un ojo que ve. Amar de verdad es vivir con la mirada abierta.

La segunda, la exposición de Zurbarán en la National Gallery de Londres, que había visitado dos veces esa semana. Entre los retratos de monjes, santos y patriarcas, señaló un motivo recurrente: una pequeña taza de cerámica llena de agua sobre un platillo con una rosa. Símbolos marianos que apuntan al fundamento humano de la gracia de la Encarnación, pero también signo de cómo podríamos vivir. Citó a un cartujo del siglo XX: «Un contemplativo es un hombre embriagado de agua pura del manantial».

«Cómo purificar tu corazón, cómo unificar tu vida: sabe que fuiste hecho en el amor y para el amor. Sabe que tu verdadera naturaleza solo se revelará cuando descubras, y asumas, y verifiques tentativamente por experiencia, que el fin de tu existencia es ser como Dios».

3 comentarios

Maximiliano
Hay en el ser humano actual - como nunca - una gran esclavitud y es la sexualidad que llega a la saturación. El esclavo del sexo es el esclavo de satanás. A la mujer - y viceversa - se le dede respetar. DIOS no creo la sexualidad sino para la reproducción de la especie, la ayuda en el matrimonio, y no para el vicio.

Existe una máxima indiscutibe y es " quien te ama de verdad te respeta ".
15/06/26 9:59 PM
María del Pilar
La verdad sin tapujos, es la que nos hace libres.
¡¡Gloria a Dios!!
15/06/26 10:14 PM
Generalife
Tiene mucho valor. Muy necesario este trstimonio
15/06/26 10:36 PM

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