(OSV News/InfoCatólica) Los Servicios Católicos de Ayuda (CRS) se han incorporado a la respuesta humanitaria frente al creciente brote de Ébola que afecta a la República Democrática del Congo y se extiende a la vecina Uganda, en un contexto marcado por la escasez de recursos, la desconfianza de las comunidades locales y el vacío dejado por los recortes en la ayuda exterior de los Estados Unidos.
El actual brote, causado por la variante Bundibugyo del virus —una cepa poco frecuente—, es el primero que enfrenta el mundo sin los mecanismos de detección temprana que dependían de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), desmantelada bajo la administración Trump. Voces críticas en el sector sanitario han señalado que esa ausencia retrasó la identificación del brote y que la epidemia lleva, según las autoridades internacionales de salud, «mucha ventaja» en su avance.
Rafaramalala Volanarisoa, directora de la oficina de CRS en el Congo, explicó en una entrevista del 3 de junio que la organización está recaudando fondos para alimentos, suministros médicos y, sobre todo, agua. «Hay una necesidad enorme de agua: agua para limpiar, limpiar camas, salas, manos», declaró. Aunque reconoció los esfuerzos de quienes trabajan sobre el terreno, advirtió que «hay realmente algunos vacíos» que es urgente colmar.
Violencia y desinformación, obstáculos mortales
A los desafíos logísticos se suma una crisis de confianza especialmente peligrosa. El 1 de junio, un equipo de inhumación de víctimas de Ébola en la provincia oriental de Kivu del Sur fue atacado por la propia población a la que trataba de proteger. El director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, reconoció que «la desconfianza de la comunidad es una barrera grave», citando el testimonio de líderes locales que se negaban a creer en la existencia del brote.
Volanarisoa describió con crudeza la magnitud del problema: «Hay mucha desconfianza hacia los actores de la respuesta. Creen que es una enfermedad fabricada». La desinformación, que lleva a sectores enteros de la población a negar la existencia misma de la epidemia, hace que las medidas de contención sean mucho más difíciles de implementar y que los propios equipos sanitarios corran riesgos graves.
En este contexto, CRS ha recurrido a uno de sus activos más valiosos: la red de obispos y sacerdotes de las diócesis locales. La organización se ha puesto en contacto con el clero para pedirles que «hablen alto» frente a la desinformación y alienten a sus feligreses a cooperar con los equipos sanitarios, aprovechando la credibilidad moral que la Iglesia posee en comunidades donde los organismos gubernamentales e internacionales generan rechazo.
La polémica de la cuarentena en Kenia
En paralelo, las autoridades estadounidenses han suscitado críticas por los planes de cuarentenar en Kenia a ciudadanos americanos expuestos al Ébola. En una carta abierta al Congreso del 1 de junio, un grupo de profesionales sanitarios de EE.UU. alertó de que esta política «plantea profundas preocupaciones clínicas, éticas, operativas y jurídicas». La Embajada de EE.UU. en Kenia defendió la instalación de bioaislamiento en Laikipia como «parte de una respuesta integral para prevenir la propagación de la enfermedad».
Mientras los actores internacionales debaten estrategias, CRS continúa su labor de proximidad, demostrando una vez más que la red de la Iglesia Católica representa a menudo la única presencia capaz de llegar a los más pobres y vulnerables cuando el mundo mira hacia otro lado.







