(InfoCatólica) El 29 de mayo de 2026 fue entronizado en Bagdad el nuevo patriarca de la Iglesia Católica Caldea, Pablo III Nona, máxima autoridad de la principal comunidad cristiana de Irak y sucesor del patriarca Luis Rafael Sako. Durante la ceremonia, el nuevo patriarca envió un mensaje de esperanza a los cristianos iraquíes, tanto a los que permanecen en el país como a los que emigraron al extranjero.
Su idea central fue que la presencia de los cristianos constituye una misión. A quienes siguen viviendo en Irak, les recordó la importancia de mantener viva la histórica presencia cristiana en Oriente medio. «La existencia y continuidad de nuestra Iglesia Caldea en Oriente y, muy especialmente, en Irak, son esenciales y fundamentales para nuestra perseverancia como Iglesia y como un antiguo pueblo con una historia y una civilización con raíces muy profundas», afirmó.
A los que forman parte de la diáspora les pidió que vieran su vida en otros países como una oportunidad para dar testimonio de la fe en zonas donde esta se está debilitando. «Considerad que vuestra presencia en esas tierras es una misión», les exhortó. «Sois enviados para reafirmar la importancia y el poder de la fe en sociedades que están a punto de perderla».
El nuevo patriarca conoce personalmente ambas realidades: fue arzobispo de Mosul durante la invasión del Estado Islámico en 2014 y tuvo que huir junto con su comunidad. Más tarde ejerció su ministerio entre los caldeos emigrados en Australia.
La cuestión de la emigración es clave para la Iglesia en Irak y todo Oriente Medio. En palabras del propio patriarca en una entrevista a Ayuda a la Iglesia Necesitada, «es el gran desafío de nuestro tiempo». Antes de la guerra de 2003, la población cristiana del país estaba en torno al millón y medio. Actualmente, después de décadas de guerra, violencia endémica y la actividad de grupos armados como el ISIS, solo quedan unos 130.000 cristianos en Irak.
En su discurso, el nuevo patriarca también insistió en la necesidad de no dejarse dominar por el miedo. Tomando como lema «No temas, basta que tengas fe» (Mc 5,36), afirmó que el miedo es una reacción humana natural, pero que debe transformarse en confianza en Dios y no conducir al aislamiento o la desesperanza. «No dejéis que el miedo escriba el último capítulo de vuestra historia; la última palabra la tiene la fe», pidió a los fieles.
Además, subrayó la importancia de la colaboración con los demás cristianos presentes en Irak, para ofrecer un testimonio común.






