Las consagraciones anunciadas por la Fraternidad San Pío X contra la voluntad del Papa y sin mandato de la Iglesia conducen al separatismo. Cierto es que hay una crisis que azota a la Iglesia, pero la ruptura de la comunión jerárquica por parte de un grupo no hará sino dificultar aún más la resolución de dicha crisis. El cardenal Gerhard Müller ha declarado recientemente:
«Con razón, no solo la Fraternidad San Pío X, sino también una gran parte de los católicos lamentan que, so pretexto de renovar la Iglesia —mediante un proceso de autosecularización—, hayan abierto camino dentro de la Iglesia grandes incertidumbres sobre cuestiones dogmáticas, e incluso herejías. Pero también a lo largo de los 2.000 años de historia de la Iglesia, las herejías, desde el arrianismo hasta el modernismo, solo han sido vencidas por quienes permanecieron dentro de la Iglesia y no se desviaron de la línea del Papa.
Si la Fraternidad San Pío X desea tener un impacto positivo en la historia de la Iglesia, no puede combatir por la verdadera fe desde el exterior contra la Iglesia unida al Papa, sino únicamente dentro de la Iglesia, junto con el Papa y todos los obispos, teólogos y fieles ortodoxos. De lo contrario, su protesta quedará sin efecto e incluso será aprovechada con desprecio por grupos heréticos para acusar a los católicos ortodoxos de tradicionalismo estéril y fundamentalismo obtuso[1].»
Tras un encuentro celebrado el 12 de febrero de 2026 con el padre Davide Pagliarani, Superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X [FSSPX], el cardenal Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe [DDF], publicó un comunicado en el que propone un «proceso de diálogo específicamente teológico», con la condición previa de «suspender la decisión de las ordenaciones episcopales que han sido anunciadas» [por la FSSPX el 2 de febrero]. «Recuerda de parte de la Santa Sede» que «la ordenación de obispos sin mandato del Santo Padre [...] implicaría una ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma) [implicherebbe una decisiva rottura della communione ecclesiale (scisma)]».
El padre Davide Pagliarani, tras consultar a su Consejo, respondió al Prefecto del DDF con una larga carta fechada el Miércoles de Ceniza, en la que confirma la intención de proceder a la consagración de nuevos obispos el 1 de julio de 2026. He aquí dos fragmentos.
Ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en el plano doctrinal, en particular en lo que concierne a las orientaciones fundamentales adoptadas desde el concilio Vaticano II. Este desacuerdo, por parte de la Fraternidad, no deriva de una simple divergencia de opinión, sino de un verdadero caso de conciencia, nacido de lo que resulta ser una ruptura con la Tradición de la Iglesia. [...]
Por otro lado, no nos parece posible emprender un diálogo para definir cuáles serían los minima necesarios para la comunión eclesial, sencillamente porque esa tarea no nos corresponde a nosotros. A lo largo de los siglos, los criterios de pertenencia a la Iglesia han sido establecidos y definidos por el magisterio. Lo que debía creerse obligatoriamente para ser católico siempre ha sido enseñado con autoridad, en fidelidad constante a la Tradición.
La Fraternidad San Pío X, el Concilio y el postconcilio
La FSSPX considera que «las orientaciones fundamentales adoptadas desde el concilio Vaticano II» constituyen «una ruptura con la Tradición de la Iglesia». Sin embargo, es preciso distinguir.
Ciertos actos de Juan Pablo II, como la reunión de Asís[2], plantean en efecto problemas reales y graves de continuidad. Actos o declaraciones del papa Francisco han tenido consecuencias dramáticas en el pueblo cristiano, para la exactitud de la doctrina y la rectitud del obrar moral. Las controversias desencadenadas por Amoris lætitia[3], Traditionis custodes[4] y Fiducia supplicans[5] son testimonio de estas graves deficiencias, así como de la salud del sensus fidei de los prelados y del pueblo cristiano que reaccionaron. Bajo el pontificado actual, Mater populi fidelis[6] ha presentado ciertas deficiencias que han conmovido, con razón, el sentido mariano de los cristianos.
La breve enumeración de documentos que hace el padre Pagliarani (Redemptor hominis, Ut unum sint, Evangelii gaudium y Amoris lætitia) deja de lado, sin embargo, numerosos documentos importantes que aclaran o rectifican puntos discutibles. Citemos el Catecismo de la Iglesia Católica [CEC] y Caritas in Veritate, que ofrecen una interpretación tradicional de la libertad religiosa; Veritatis splendor, contra el relativismo; Ordinatio sacerdotalis, sobre el hecho de que la Iglesia no tiene potestad para ordenar a mujeres; Evangelium vitæ, sobre la defensa de la vida y la santidad del matrimonio; Ad tuendam fidem, sobre los grados de autoridad del magisterio; Fides et ratio, sobre la importancia de la razón y el lugar de la filosofía realista en la Iglesia; Dominus Iesus, contra los errores sobre la mediación de Cristo, las religiones no cristianas y el ecumenismo.
En la carta del padre Pagliarani se habla, no de los textos mismos del Concilio, sino del postconcilio: «las orientaciones fundamentales adoptadas desde el concilio Vaticano II». En cuanto a la interpretación del propio Concilio, dice el padre Pagliarani, «esta ya viene dada claramente en el postconcilio y los documentos sucesivos de la Santa Sede». Pero la FSSPX hace una lectura parcial del postconcilio, como hemos señalado. Además, la FSSPX pone en primer plano actos y declaraciones, algunos de los cuales son objetivamente escandalosos (como la Pachamama[7] y el discurso de Abu Dabi[8]), como si tuvieran la autoridad de interpretaciones oficiales, mientras que descarta o critica los verdaderos textos interpretativos, como el CEC o Veritatis splendor.
¿Criterios de pertenencia a la Iglesia?
Para la FSSPX, hoy en día es inútil proseguir el trabajo con el DDF; la cuestión está cerrada. Sin aportar explicaciones oficiales convincentes sobre la «ruptura» del Concilio (él mismo) con la Tradición, la FSSPX afirma dicha ruptura sobre la base de su lectura parcial del postconcilio. El punto neurálgico (la ruptura en materia de fe) es afirmado como una petición de principio, pero nunca se demuestra.
La FSSPX se desentiende de las distinciones recordadas por el DDF entre lo que corresponde «al acto de fe» y lo que exige un «asentimiento religioso de la inteligencia y la voluntad». El DDF distingue los «diversos grados de adhesión que exigen los diversos textos del Concilio». Lo cual significa que se pueden aceptar como actos del magisterio, sin que ello impida, cuando no son de infalibilidad, señalar en ellos debilidades o deficiencias.
La FSSPX subraya con razón que «los criterios de pertenencia a la Iglesia han sido establecidos y definidos por el magisterio». Menciona «lo que debía creerse obligatoriamente para ser católico», pero no el magisterio ordinario, y parece reducir la adhesión al magisterio a lo que es de fe[9]. Pasa también por alto los otros dos criterios: la sumisión a la jerarquía y la participación en los sacramentos. «La Iglesia Católica —enseña el Catecismo de San Pío X— es la sociedad o la reunión de todos los bautizados que, viviendo en la tierra, profesan la misma fe y la misma ley de Jesucristo, participan de los mismos sacramentos y obedecen a los pastores legítimos, principalmente al Pontífice Romano[10].»
Vaticano II: diversos grados de adhesión
Es preciso subrayar, en efecto, «la distinción entre la acogida global del Vaticano II como un acto del magisterio, con la recepción diferenciada de cada punto (lo que se exige), y una adhesión absoluta a todas y cada una de las proposiciones (lo que no puede exigirse)[11]». La FSSPX puede reconocer el carácter magisterial del Vaticano II, adhiriéndose a cada proposición según el grado diversificado de autoridad que comporta. Ello implica, salva reverentia, cierta libertad de apreciación respecto a las numerosísimas consideraciones pastorales y disciplinares presentes en el texto del Vaticano II. Una lectura del Concilio a la luz de la Tradición no implica adhesión alguna a doctrinas erróneas.
La posición inicial de Mons. Lefebvre
Por otra parte, ni Mons. Lefebvre ni Mons. de Castro Mayer afirmaron una «ruptura» del propio Concilio con la Tradición, ruptura en la que la FSSPX se apoya para estimar que tiene el derecho de crear «un episcopado verdaderamente católico e indemne de los errores del concilio Vaticano II[12]», con el fin de salvaguardar la Tradición. Estos dos obispos firmaron todos los Actos del Concilio, incluidos los textos que combatieron durante los debates conciliares (como la Declaración sobre la libertad religiosa[13]). Esto no se explica si los textos definitivos enseñaban formalmente herejías o graves errores; en cambio, se explica muy bien por el hecho de que algunos de los textos eran débiles y deficientes en ciertos aspectos, pero no heréticos.
Por otra parte, Mons. Lefebvre, de 1965 a 1974, no protestó públicamente contra los «errores del Concilio[14]». En 1966 ofrece a sus religiosos espirítanos una larga y muy positiva explicación de Presbyterorum ordinis[15].
El 18 de noviembre de 1978, recibido por Juan Pablo II, se declaró «dispuesto a aceptar el Concilio leído a la luz de la Tradición[16]». Asimismo firmó con el cardenal Ratzinger el Protocolo de acuerdo del 5 de mayo de 1988, que contempla precisamente, en su número dos, la aceptación diferenciada de los textos magisteriales, según los grados de adhesión formulados por Lumen gentium. Conviene reproducir íntegramente la «Parte doctrinal» de dicho Protocolo.
Yo, Marcel Lefebvre, arzobispo-obispo emérito de Tulle, así como los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X por mí fundada:
1) Prometemos ser siempre fieles a la Iglesia Católica y al Pontífice Romano, su Pastor Supremo, Vicario de Cristo, Sucesor del Bienaventurado Pedro en su primacía y Cabeza del cuerpo episcopal.
2) Declaramos aceptar la doctrina contenida en el n.º 25 de la Constitución dogmática «Lumen gentium» del concilio Vaticano II sobre el magisterio eclesial y la adhesión que le es debida.
3) Con respecto a ciertos puntos enseñados por el concilio Vaticano II o relativos a las reformas posteriores de la liturgia y del derecho, que nos parecen difícilmente conciliables con la Tradición, nos comprometemos a tener una actitud positiva de estudio y comunicación con la Sede Apostólica, evitando toda polémica.
4) Declaramos además reconocer la validez del Sacrificio de la misa y de los sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia y según los ritos indicados en las ediciones típicas del misal romano y de los rituales de los sacramentos promulgados por los papas Pablo VI y Juan Pablo II.
5) Finalmente prometemos respetar la disciplina común de la Iglesia y las leyes eclesiásticas, especialmente las contenidas en el Código de Derecho Canónico promulgado por el papa Juan Pablo II, quedando a salvo la disciplina especial concedida a la Fraternidad por ley particular.
El punto (3) muestra que la propuesta de san Juan Pablo II era razonable y aceptable por parte de los tradicionalistas. Desde la firma de este Protocolo, dos documentos del magisterio confirman la importancia de dicho punto. En 1990, la Congregación para la Doctrina de la Fe afirmaba que,
en el ámbito de las intervenciones de orden prudencial, ha ocurrido que documentos magisteriales no estén exentos de deficiencias [...]. Es un deber del teólogo dar a conocer a las autoridades magisteriales los problemas que plantea una enseñanza [magisterial no irreformable] en sí misma, en las justificaciones que se proponen de ella o también en la manera en que es presentada[17].
En 1993, Juan Pablo II, en Veritatis splendor, reconoce «los posibles límites de las demostraciones humanas presentadas por el magisterio[18]».
La posición de los primeros tradicionalistas
Los sacerdotes y laicos que estuvieron en el origen del movimiento tradicionalista también, en su gran mayoría[19], «aceptaron el Concilio», sin dejar de señalar que algunas de las formulaciones podían favorecer el error. Así, el teólogo de Mons. Lefebvre en el Concilio, el padre Victor-Alain Berto, escribía al padre Georges de Nantes que el Concilio «se resume ahora en los documentos promulgados; de él no queda otra cosa. [...] Los actos promulgados del Concilio [...] pueden recibir una interpretación correcta, compatible con los Actos de los concilios anteriores o de los Pontífices Romanos actuando extra-conciliarmente[20].»
El padre Calmel, él mismo extremadamente crítico con el Vaticano II, afirma que, si el Concilio contiene ciertos textos que pueden «ser llevados en una dirección opuesta a la fe», no pueden «ser tachados de proposiciones abiertamente heréticas[21]».
Jean Madiran escribía, en el número de Itinéraires que siguió al cierre del Concilio: «Recibimos las decisiones del Concilio en conformidad con las decisiones de los concilios anteriores. [...] Recibimos las decisiones del Concilio preocupándonos por conocer la nota teológica que conviene a cada una de ellas[22].»
Madiran insiste, veintiocho años después:
Cuando, a finales de 1965, se separó el concilio Vaticano II, habiendo sido todos sus textos votados o al menos firmados por Mons. Lefebvre, la revista Itinéraires enunció el principio de recibirlos interpretándolos en el espíritu y a la luz de las enseñanzas anteriores del magisterio. Si tal o cual texto debía aparecer, como puede ocurrir con toda palabra humana, susceptible de varias interpretaciones, pensamos que la interpretación justa queda fijada precisamente por y en la conformidad con los concilios anteriores y con el conjunto de la enseñanza del magisterio[23].
Nótese que Madiran responde aquí por anticipado a una objeción formulada por ciertos tradicionalistas bastante ignorantes de la historia de la Iglesia: «Un texto del magisterio nunca ha de ser interpretado.» A título de ejemplo, los obispos alemanes tuvieron que hacer en 1875 una larga declaración común, aprobada posteriormente por Pío IX, para desechar la mala interpretación de Bismarck sobre la doctrina del Vaticano I relativa a la jurisdicción del Papa y ofrecer la interpretación correcta[24].
A raíz de la publicación de la encíclica Veritatis splendor del 6 de agosto de 1993, Madiran estimará que, «si la encíclica cita y recita el Concilio, es para rectificar su interpretación a la luz y en la continuidad de la Tradición. [...] Los cincuenta y ocho pasajes del Vaticano II, tal como son citados e interpretados por la encíclica, ya no suscitan ningún dubium[25].»
Louis Salleron escribe en 1980: «Concilio pastoral, el Vaticano II no plantea dificultades particulares si se interpreta según las normas que él mismo ha recordado y que hemos mencionado más arriba[26]. Por otra parte, Juan Pablo II se ha explicado al respecto en múltiples ocasiones, especialmente durante su visita a Francia. De su discurso a nuestros obispos, el 1 de junio de 1980, entresaquemos algunos pasajes: [...] "aceptar la interpretación auténtica del Concilio —pues esa es la cuestión de fondo[27]...".»
Nótese también que la razón esgrimida por Mons. Lefebvre cuando finalmente denunció el acuerdo del 5 de mayo de 1988, retirando el 6 de mayo su firma, fue, según su propio reconocimiento, una pérdida de confianza en la autoridad. No afirmó en aquella ocasión que el Concilio fuera en sí mismo absolutamente inaceptable.
¿Cuáles son los «errores del Concilio» según la FSSPX?
La FSSPX, y algunos de sus simpatizantes, afirman sin embargo desde hace treinta y ocho años que el Concilio «ha enseñado errores», pero sin demostrarlo rigurosamente. Y, sin embargo, se trata de una materia gravísima, puesto que se acusa al propio magisterio de errar formalmente en la fe. Es preciso, por tanto, aportar la prueba suficiente de un error formal, o bien limitarse a denunciar la equivocidad o la debilidad.
Por otra parte, so pretexto de denunciar errores, sacerdotes de la FSSPX se lanzan a ataques agresivos y frecuentemente irrespetuosos contra el magisterio. La desmesura del ataque, unida a interpretaciones a menudo tendenciosas y siempre desfavorables al magisterio —incluso cuando este repite la doctrina clásica—, perjudica a la causa que la FSSPX pretende defender.
Pongamos un ejemplo entre muchos, que se remonta a varios años atrás. En un folleto crítico, la FSSPX sostuvo que el Catecismo de la Iglesia Católica [CEC] «es la exposición de la fe modernista de la Iglesia conciliar», y que «la fe que propone no es la fe católica, pues es una fe manchada de errores, de herejía, e incluso de blasfemias[28]». Los autores del folleto tienen, sin embargo, dificultades para decir en qué consisten exactamente tales herejías o blasfemias. En el «examen crítico» que realizan, abundan las confusiones. Estas se apoyan a veces en un sorprendente desconocimiento, tanto de lo que enseñan el CEC y el Vaticano II como de la doctrina tradicional.
Más aún, los autores del folleto contra el CEC, al reaccionar contra errores —desgraciadamente muy extendidos— sobre la dignidad del hombre o la confusión entre el orden natural y el sobrenatural, caen en el exceso opuesto. Llegan a deformar la verdadera doctrina y reducen falsamente la grandeza del hombre, la obra de la gracia fuera de las fronteras de la Iglesia visible, los elementos de bondad y de verdad contenidos en las diversas religiones. Así, el padre Simoulin sostiene que «nuestra perfección y nuestra dignidad no consisten en ser libres» (p. 27) y favorece el error jansenista al decir que es falso afirmar que Dios «no debe negar su gracia a nadie» (p. 50). El padre Lorans (pp. 69-70) aduce un supuesto ejemplo de modernismo con el n.º 1701, artículo 1, del CEC, que lleva por título la afirmación: «El hombre imagen de Dios», afirmación que se encuentra, sin embargo, textualmente en Santo Tomás de Aquino[29]. El padre Marcille, a propósito del CEC n.º 2516, escribe que «se deforma el texto de san Pablo, el cual dice exactamente: todas las obras de la naturaleza están mancilladas por sí mismas[30]» (p. 78).
La denigración de lo que es bueno en el postconcilio
Cuando el magisterio se ha pronunciado ofreciendo una interpretación correcta de textos discutibles, los responsables de la FSSPX no necesariamente lo tienen en cuenta, y a veces estiman que se trata de maniobras de apropiación... que hacen aún más peligrosos esos textos. Así, el Catecismo de la Iglesia Católica sería particularmente peligroso porque sería como un manjar apetitoso que contiene un veneno peligroso. Cuanto más bueno parece, más hay que desconfiar de él: «Ahora el catecismo inocula el veneno en el espíritu mismo de los fieles, de forma agradable y fácil[31].»
Mons. Tissier de Mallerais, en 1994, en sentido radicalmente contrario a la lectura muy positiva que un Madiran hacía de Veritatis splendor, habla de una «ruptura de la encíclica con el magisterio de los papas preconciliares [consistente] en el liberalismo y el modernismo que esos mismos papas han condenado[32]». Entre otras críticas, estima que Veritatis splendor ofrece del misterio de la encarnación una «reinterpretación antropocéntrica, naturalista y trascendental». Cree detectar en la encíclica un «antropocentrismo autolátrico», con una «imagen deformada del hombre» y una «gnosis modernista»; e invita «a desembarazarse de este intento de amalgama del tomismo y el idealismo kantiano». Considera que la encíclica estaría mejor denominada «Seductionis splendor[33]».
Mons. Bernard Fellay, en 2001, muestra grandes reticencias ante Dominus Iesus.
[Pregunta] Era no obstante una «palabra clara», ¿no es así?
— No. Hay en el texto cosas claras, y son precisamente ellas contra las que han reaccionado los «progresistas». Pero las formulaciones extremadamente firmes, a las que ya no estábamos acostumbrados y que me alegraron, son moderadas en casi cada frase por aportaciones del Concilio.
[Pregunta] ¿Son para usted estas formulaciones un signo de que Roma se acerca progresivamente a sus posiciones?
— No estoy seguro, precisamente a causa de la mezcla. Da realmente la impresión de que Roma, para mantener la unidad en la Iglesia, se ve obligada a nadar entre dos aguas[34].
¿Es la FSSPX la única que denuncia los errores?
Para justificar las consagraciones anunciadas, la FSSPX y sus simpatizantes aducen también que «solo la FSSPX denuncia los errores». Esto es falso. Señalemos en particular a los cardenales Brandmüller, Burke, Caffarra, Müller, Sarah y Zen; a Mons. Schneider, Mutsaerts y Eijk, y, en lo relativo a Fiducia supplicans, a todo el episcopado africano, quienes han denunciado firmemente ciertas declaraciones del papa Francisco.
Los sacerdotes y fieles de los institutos ex-Ecclesia Dei (y otros sacerdotes) denuncian errores. Lo hacen preferentemente en artículos argumentados antes que mediante afirmaciones tajantes desde el púlpito. Y se esfuerzan por mantener el tono que corresponde a teólogos o laicos cultos que se dirigen a las autoridades de la Iglesia, como hijos que se dirigen a su padre, con «la reverencia debida a los pastores», según la recomendación del propio derecho canónico[35].
Este combate contra los errores lo llevan a cabo de manera más completa que la FSSPX. En un punto esencial, el entorno ex-Ecclesia Dei no mutila la tradición, como hacen la FSSPX y los fieles o comunidades que la siguen. Existe, en efecto, una parte fundamental de la tradición católica que ya no es honrada en la posición y la acción de estos últimos: la unión con la jerarquía católica. El combate del entorno ex-Ecclesia Dei mantiene unidos dos elementos inseparables: la continuidad en el tiempo de lo que proviene (en materia de doctrina y de sacramentos) de los apóstoles, y la unión con sus sucesores.
En este punto, rechazo la acusación de «silencio» que a veces se nos hace. Para la sola revista Sedes Sapientiæ, señalo contribuciones críticas sobre la reforma litúrgica (nn.º 40, 45, 49, 56, 84, 93, 107, 158, 163, 167), sobre la vida religiosa en el Código de Derecho Canónico (n.º 49), sobre la pseudoobligación de la concelebración (nn.º 68, 113, 158, 159, 172, 174), sobre el arrepentimiento (nn.º 74, 80 y 100), sobre Asís (n.º 80), sobre Amoris lætitia (nn.º 136, 137, 140, 166), sobre Cor orans (n.º 149), sobre Traditionis custodes (nn.º 159, 160, 167), sobre la homosexualidad (n.º 165), sobre la concepción moderna del derecho (nn.º 163, 167, 171), sobre el texto del DDF sobre la corredención (n.º 174).
Publicistas o personalidades laicas que no aceptaron las consagraciones de 1988 —en particular Jean Madiran y Bernard Antony— han permanecido también muy activos en el ámbito de la controversia doctrinal. Basta para convencerse de ello leer lo que Madiran escribía en Itinéraires, y luego en Présent, hasta su muerte en 2013, y lo que Antony ha escrito en las revistas o en los sitios donde se ha expresado desde 1988 hasta hoy.
El argumento: «Hay que realizar consagraciones episcopales para denunciar los errores, pues solo la FSSPX lo hace», es por tanto falso. Lamentablemente, a veces ocurre que responsables de la FSSPX enuncian en este ámbito afirmaciones contrarias a la verdad. En coloquios públicos o desde el púlpito, sostienen, por ejemplo, que los superiores Ecclesia Dei habrían concelebrado todos en el nuevo rito, o que no habrían reaccionado ante el reciente documento del DDF sobre la corredención. Pero no publican rectificación alguna después de ser informados de su error.
¿Cuál es la credibilidad de las denuncias de la Fraternidad San Pío X?
Ciertamente, la FSSPX denuncia errores, pero ¿es siempre creíble cuando lo hace, habiéndose separado y puesto al abrigo de todo control? La desmesura de las afirmaciones, a veces flagrante, no aboga por su objetividad. La argumentación tampoco es siempre convincente, dado que la FSSPX se halla en un crescendo de críticas hacia la jerarquía, y da la impresión de forzar la nota a fin de justificar su separación.
Llama la atención el carácter a veces simplista y unívoco de la argumentación de sacerdotes y simpatizantes de la FSSPX, el paso del razonamiento teológico a la retórica —la Iglesia es un barco que se hunde o una casa que arde, las enseñanzas postconciliares «buenas» son en realidad pasteles envenenados—, y a veces la arrogancia del tono. Esto es bastante deplorable en personas que se quieren católicas y que se dirigen a la jerarquía de la Iglesia. Pongamos un ejemplo reciente extraído de un texto del padre Jean-Michel Gleize, teólogo influyente y cuasi oficial de la FSSPX.
En realidad, hay: 1.º una autoridad gravemente deficiente en Roma, hasta el punto de escandalizar gravemente las almas; [...] Toda la cuestión es saber si se admite el 1.º. Si no se admite, si la Nueva Misa no es un matorral lleno de reptiles venenosos, si el concilio Vaticano II no pone la fe en peligro, si la libertad religiosa no es contraria a las enseñanzas de Pío IX, si el ecumenismo no pone en cuestión el dogma de la unicidad del valor salvífico de la Iglesia Católica, si la Colegialidad no pone en cuestión el dogma de la unicidad del sujeto del Primado, entonces «todo va bien» y el Superior General es un alucinado y con él toda la Fraternidad[36].
Este texto manifiesta una visión binaria. Para el padre Gleize, o bien el magisterio es herético (el Vaticano II está lleno de errores contrarios a la fe, la liturgia reformada está llena de «reptiles venenosos» [sic]), o bien no hay crisis en la Iglesia (todo va bien). No existe término medio.
Pero la realidad es más matizada. Si se quisieran esbozar las grandes líneas de esta grave crisis que la Iglesia atraviesa desde hace sesenta años, sin complacencia pero sin forzar el trazo, podrían retenerse tres puntos.
- Existe cierta debilidad de los Actos del Vaticano II, como explica el padre Berto en su carta al padre de Nantes citada más arriba. Y existen ambigüedades en algunos pasajes[37], de las que el movimiento progresista se ha aprovechado para difundir errores en la Iglesia.
- Durante largos años, la jerarquía fue demasiado débil para detener este movimiento subversivo, apenas alentó a quienes se esforzaban por contenerlo[38], e incluso en algunos casos los combatió duramente.
- La reforma de la liturgia, por sus deficiencias (aunque los sacramentos son válidos y por tanto de suyo santificantes), contribuyó a desestabilizar la vida cristiana de los fieles.
¿Juzgar el árbol por sus frutos?
Por último, el criterio, esgrimido por algunos responsables o simpatizantes de la FSSPX, de «juzgar un árbol por sus frutos», es aplicado a veces de manera burda. «Hay muchos niños y familias en nuestras asambleas, tenemos muchas vocaciones y abrimos regularmente nuevos lugares de culto.» Sí, pero el argumento no prueba en favor de la sola FSSPX, pues ocurre lo mismo en los institutos ex-Ecclesia Dei, como en varios institutos «no tradis» que conocen un florecimiento de vocaciones... También se observa un verdadero dinamismo entre los ortodoxos[39], y entre los cristianos evangélicos. Esto no basta para afirmar que estos árboles son buenos en todos los aspectos.
Este criterio es además aplicado de manera selectiva, pues habría que tener en cuenta todos los frutos, los buenos y los malos.
La división del movimiento tradicionalista, por ejemplo, es también un fruto de las consagraciones de 1988. Si Mons. Lefebvre, en lugar de consagrar ilegalmente, hubiera perseverado en el acuerdo firmado, tendríamos hoy obispos tradicionalistas en situación regular. Probablemente, la difusión de las pedagogías tradicionales de la fe habría sido reforzada en las estructuras visibles de la Iglesia, adquiriendo legitimidad y apoyo, en lugar de quedar en parte relegada al exterior. ¿No se habría combatido así la crisis con mayor eficacia? Mons. Richard Williamson, y la docena de obispos que ha consagrado, son también un fruto de las consagraciones de 1988. Al consagrar obispos el 1 de julio de 2026, la FSSPX correrá el riesgo de ver fundarse nuevas líneas episcopales cada vez más «salvajes», tal como ha ocurrido históricamente en todos los casos de consagraciones al margen de y contra la jerarquía católica.
Las culpas de la jerarquía
Desde las consagraciones de 1988 hasta las de 2026, la Santa Sede, en diversas ocasiones, ha intentado hacer frente, bajo los sucesivos papas, a la disidencia que se fue instalando con el tiempo. Ha propuesto encuentros a los responsables de la FSSPX, en particular en 2001, luego en 2010-2012 a Mons. Fellay, y muy recientemente (demasiado tarde) al padre Pagliarani. Existen varias razones para el fracaso de estas propuestas. He evocado algunas más arriba, a cargo de la FSSPX.
Pero es justo mencionar otra importante razón de estos fracasos, en la que las culpas corresponden, me parece, al lado de la jerarquía: la pérdida de confianza.
En primer lugar, a pesar de los loables esfuerzos de varios cardenales presidentes de Ecclesia Dei, la Santa Sede no pudo hacer respetar por los obispos, cuando estos estaban mal dispuestos (lo que fue el caso a menudo en Francia), las disposiciones previstas por el motu proprio Ecclesia Dei del 2 de julio de 1988 para los «fieles católicos que se sienten vinculados a ciertas formas litúrgicas y disciplinares anteriores de la tradición latina[40]». Así, Mons. Fellay decía en 2001: «Es necesario que los fieles que desean seguir la antigua misa puedan hacerlo sin vejaciones. La solución que se ha concedido a la Fraternidad San Pedro es inviable: se deja que sean los obispos locales quienes lo decidan todo, obispos que en su mayoría son radicalmente opuestos a la tradición[41].»
La Santa Sede tampoco hizo aplicar completamente lo que legítimamente se pedía para que el motu proprio fuera aplicado con eficacia. Así, la ordenación de obispos procedentes de las filas del entorno, pedida por los Institutos[42] y los fieles[43], no fue llevada a cabo. Habría constituido, sin embargo, un argumento de credibilidad de peso para la FSSPX. Por otra parte, durante una importante crisis interna que amenazaba la identidad de la Fraternidad San Pedro (1998-2006), esta no recibió de la Santa Sede la protección que tenía derecho a esperar, mientras que los elementos perturbadores eran alentados. Esto generó en los responsables de la FSSPX una comprensible desconfianza respecto a las promesas que se les hacían.
Es normal que haya desconfianza al ver lo que ocurre, [...] al ver lo que acaba de suceder en la Fraternidad San Pedro. Cabe legítimamente preguntarse si no se trata de una trampa para destruirnos, para crear por ejemplo una disensión entre quienes quisieran aceptar tal o cual propuesta romana y quienes no lo quisieran. Es evidente, por tanto, que hay una desconfianza; no puede ser de otro modo[44].
Luego, en 2021, el motu proprio Traditionis custodes, que programa en derecho la desaparición de los ritos antiguos en la Iglesia, proporcionó un alimento sustancial a la desconfianza dentro de la FSSPX y al rechazo de todo intento de acercamiento a la Santa Sede.
Por otra parte, en las negociaciones con Mons. Fellay y luego con el padre Pagliarani, el hecho de no haberse atenido a los términos del Protocolo del 5 de mayo de 1988 constituyó una grave torpeza. Cierto es que había habido una escalada de exigencias anti-Vaticano II por parte de la FSSPX, que explicaba en parte el temor de la Santa Sede, pero el texto del Protocolo ofrecía la única garantía aceptable para la FSSPX. La FSSPX tuvo la impresión en 2012 de que ese texto se consideraba superado y de que la Santa Sede exigía un alineamiento completo con los elementos nuevos que precisamente le planteaban problemas.
En 2026, las propuestas del DDF eran más amplias, pero fueron formuladas, tras varios años de silencio, bajo la perspectiva del anuncio de las consagraciones, y la confianza se había desvanecido.
Como me decía el cardenal Ratzinger en 1988, en un cisma las culpas son, por desgracia, compartidas.
¿Salvar la tradición?
Si las culpas de la jerarquía son bien reales, ¿justifican acaso afirmar que «la Tradición» solo puede mantenerse y vivirse concretamente fuera de la jerarquía católica? No, pues sería una postura fundamentalmente antitradional y, en última instancia, no católica. No se salva la tradición con medios antitradionales, como había observado en su momento Jean Madiran.
«No tengo doctrina personal —decía Mons. Lefebvre—. Me he mantenido toda mi vida en lo que me enseñaron en los bancos del seminario francés de Roma. No he inventado nada nuevo. No podemos equivocarnos al aferrarnos a lo que la Iglesia ha enseñado durante dos mil años. Hago lo que los obispos han hecho durante siglos y siglos; no he hecho otra cosa.»
Pero he aquí que precisamente Mons. Lefebvre, el 30 de junio de 1988, hace otra cosa; hace algo nuevo: consagra obispos contra la voluntad expresamente notificada del Papa. No puede decirse esta vez que los obispos hayan hecho eso durante siglos y siglos. La Iglesia no ha enseñado, ni durante dos mil años, ni en los bancos del seminario francés de Roma, que se puede pasar por alto una prohibición formal del Soberano Pontífice relativa a la consagración de nuevos obispos.
Para este acto, he aquí que la garantía de atenerse a lo que la Iglesia ha hecho siempre ha desaparecido. Mons. Lefebvre ha salido del ámbito en que «no podemos equivocarnos[45]».
Meditemos al concluir las hermosas palabras de reprobación de un padre de la Iglesia primitiva a un fautor de cisma: «Era preciso soportarlo todo antes que desgarrar la Iglesia de Dios —escribía san Dionisio de Alejandría a Novaciano—; y no hay mayor gloria en dar testimonio para no adorar los ídolos que en no provocar el cisma; esto es, en mi opinión, aún más grande: pues en el primer caso uno es mártir por su sola alma, y en el otro lo es por toda la Iglesia[46].»
Notas
[1]: Declaración del cardenal Müller, 21 de febrero de 2026, https://www.kath.net/news/89675.
[2]: Cf. L.-M. de Blignières, «Réflexions sur Assise», Sedes Sapientiæ, n.º 80, verano 2002, pp. 7-38.
[3]: L.-M. de Blignières, «À propos d'Amoris lætitia», Sedes Sapientiæ, n.º 136, junio 2016, pp. 15-33; Vincentius, «L'imputabilité du péché mortel dans l'exhortation apostolique Amoris lætitia», Sedes Sapientiæ, n.º 137, septiembre 2016, pp. 83-105; Vincentius, «La communion des "divorcés remariés" : une révolution pastorale ?», Sedes Sapientiæ, n.º 140, junio 2017, pp. 39-64.
[4]: Cf. R.-M. Rivoire, «Le motu proprio Traditionis custodes à l'épreuve de la rationalité juridique», Sedes Sapientiæ, n.º 160, junio 2022, pp. 61-73.
[5]: Cf. Emmanuel Perrier, «Fiducia supplicans face au sens de la foi», Revue thomiste, https://revuethomiste.fr/contenu-editorial/chroniques/lumieres-et-grains-de-sel/fiducia-supplicans-face-au-sens-de-la-foi.
[6]: Cf. L.-M. de Blignières, «À propos de Mater Populi fidelis», Sedes Sapientiæ, n.º 174, diciembre 2025, pp. 3-10.
[7]: Unas estatuillas de la Pachamama, la «diosa-tierra» de los andinos, fueron depositadas y veneradas ante el Papa en los jardines del Vaticano, e instaladas luego en una iglesia próxima, durante las celebraciones del Sínodo, en octubre de 2019.
[8]: Declaración firmada en Abu Dabi por el papa Francisco y Ahmad Al-Tayyeb, gran imán de la mezquita de Al-Azhar, el 4 de febrero de 2019, en la que se afirma en particular: «El pluralismo y las diversidades de religión, de color, de sexo, de raza y de lengua son una sabia voluntad divina, con la que Dios ha creado los seres humanos». Pero «la diversidad de religiones» no puede ser en modo alguno objeto de la voluntad positiva de Dios, quien ha revelado una sola vía de salvación: Cristo y la Iglesia Católica por Él instituida.
[9]: Contrariamente a la doctrina tradicional recordada por Pío XII en la encíclica Humani generis del 12 de agosto de 1950: «No se debe pensar que lo propuesto en las cartas Encíclicas no exija de por sí el asentimiento, con el pretexto de que los Papas no ejercerían en ellas el poder supremo de su magisterio. Pues precisamente del magisterio ordinario forma parte esta enseñanza. [...] Que si, en sus Actos, los Soberanos Pontífices se pronuncian expresamente sobre una cuestión hasta entonces disputada, resulta claro para todos que, conforme al espíritu y a la voluntad de esos mismos Pontífices, dicha cuestión ya no puede considerarse una cuestión libre entre los teólogos.» (AAS, vol. XXXXII, p. 568).
[10]: Catecismo de San Pío X, Primera parte, capítulo 10, párrafo 2.
[11]: Bernard Lucien, «L'autorité magistérielle de Vatican II», Sedes Sapientiæ, n.º 119, marzo 2012, p. 7. Este estudio fue en su momento elogiado por la Comisión Pontificia Ecclesia Dei y apreciado por Mons. Bernard Fellay, entonces Superior general de la FSSPX.
[12]: Padre Gleize, «Les sacres du 1er juillet 2026», La Porte Latine, 11 de febrero de 2026.
[13]: Cf. La Redacción, «Mgr Lefebvre a-t-il accepté la liberté religieuse», Sedes Sapientiæ, n.º 31, invierno 1990, pp. 41-45; «La signature de Mgr Lefebvre au concile Vatican II», n.º 35, invierno 1991, pp. 33-45. El biógrafo oficial de Mons. Lefebvre ha reconocido la exactitud de lo que afirmamos; cf. Mons. Bernard Tissier de Mallerais, Marcel Lefebvre. Une vie, Clovis, 2002, pp. 331-334.
[14]: No es sino en 1976 cuando aparece el pequeño libro J'accuse le Concile!, en las ediciones Saint-Gabriel, en Suiza.
[15]: Mons. Bernard Tissier de Mallerais, op. cit., pp. 352-353.
[16]: Mons. Bernard Tissier de Mallerais, op. cit., pp. 536-537.
[17]: Instrucción Donum Veritatis del 24 de mayo de 1990, nn. 24, 28 y 30.
[18]: Encíclica Veritatis splendor del 6 de agosto de 1993, n. 110.
[19]: El caso del padre Georges de Nantes es aparte. Pero puede decirse que no era un representante significativo del movimiento tradicionalista, al que combatía en muchos aspectos.
[20]: El padre añade: «Al hacer el proceso del "Concilio" y meter "en el mismo saco" todo lo que ha hecho, os ponéis en mala posición. Creo que es mejor, porque es más justo en sí mismo y más oportuno en vuestro caso, centrar el esfuerzo contra "la explotación en un solo sentido" y a veces descaradamente mentirosa que se hace en Francia de los Actos promulgados del Concilio» (Carta del 29 de julio de 1966 al padre Georges de Nantes, copia comunicada al autor por la Madre Marie-Dominique Renault, una de las fundadoras de Pontcallec).
[21]: R.-Th. Calmel, Itinéraires, n.º 153, mayo 1971, pp. 160-161.
[22]: Itinéraires, n.º 99, enero 1966, pp. 22-23.
[23]: Itinéraires, n.º 338, diciembre 1993, pp. 7-8.
[24]: Denzinger-Schönmetzer, Símbolos y Definiciones de la Fe Católica [DS], nn.º 3113-3117.
[25]: «Le miracle», Itinéraires, Tercera serie, n.º 3, invierno 1993-1994, p. 4.
[26]: «Teniendo en cuenta el uso de los concilios y el fin pastoral del Concilio actual, este no define como debiendo ser tenidos por la Iglesia sino los solos puntos concernientes a la fe y a las costumbres que claramente habrá declarado como tales. En cuanto a los demás puntos propuestos por el Concilio, en tanto que son enseñanza del magisterio supremo de la Iglesia, todos y cada uno de los fieles deben recibirlos y acogerlos según el espíritu del Concilio mismo que se desprende, ya de la materia tratada, ya del modo en que se expresa, de acuerdo con las normas de la interpretación teológica» (Declaración de la Comisión Doctrinal del 6 de marzo de 1964, reproducida en los Actos tras la Constitución Lumen gentium).
[27]: «Vatican II concile pastoral. Que faut-il entendre par "pastoral" ?», Itinéraires, n.º 248, diciembre 1980, p. 107.
[28]: Padres Michel Simoulin, Alain Lorans y Philippe Marcille, Le nouveau Catéchisme de l'Église catholique est-il catholique ? Examen critique, prefacio del padre Schmidberger, ediciones Fideliter, 1993, pp. 8 y 50.
[29]: Cf. Comentario al libro II de las Sentencias, distinctio 16, expositio textus; Suma de Teología [ST], I, q. 35, a. 2 ad 3; ST, I-II, Prólogo.
[30]: El padre Marcille atribuye así a san Pablo una doctrina muy próxima a la que san Pío V condenó en 1567 en Bayo: «Todas las obras de los infieles son pecados y las virtudes de los filósofos son vicios» (DS, n.º 1925).
[31]: Padre Michel Simoulin, en Le nouveau Catéchisme de l'Église catholique est-il catholique?, op. cit., p. 24.
[32]: Suplemento al n.º 47 de Cor unum, marzo 1994.
[33]: «La splendeur de la vérité. Commentaire de l'encyclique Veritatis splendor», Le Sel de la Terre, n.º 9, verano 1994, pp. 32-68, citas pp. 35-36 y 67-68.
[34]: «Écône veut l'unité sans rien céder», entrevista con Mons. Fellay en La Liberté del 11 de mayo de 2001, publicada en el sitio La Porte Latine.
[35]: CIC, can. 212 § 3: «Conforme a la ciencia, competencia y prestigio de que gozan, tienen el derecho y a veces incluso el deber de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salva siempre la integridad de la fe y las costumbres, con reverencia hacia los Pastores y atendiendo a la utilidad común y a la dignidad de las personas.»
[36]: «Il est possible de procéder aux consécrations épiscopales annoncées pour le 1er juillet 2026 sans faire schisme ni acte de désobéissance», artículo publicado el 11 de febrero de 2026 en La Porte Latine.
[37]: Además de pasajes clave de Dignitatis humanæ (DH 2), de Unitatis redintegratio (UR 3), de Nostra ætate (NA 2) —que han sido en parte rectificados por el magisterio posconciliar—, pueden citarse decisiones pastorales o disciplinares que finalmente resultaron poco fructuosas o incluso perjudiciales, como la creación de un diaconado permanente casado y no continente que nunca existió entre los latinos (LG 24), el aggiornamento de las órdenes religiosas iniciado con directrices algo confusas (PC 2-4), mientras no se recordaba la doctrina tradicional sobre los estados de perfección (LG 43-47).
[38]: Hay que matizar el juicio a partir de los años ochenta con la llegada del cardenal Ratzinger a Roma.
[39]: Así, la Iglesia Ortodoxa Rusa inició en 2011 el «programa de 200 nuevas iglesias en Moscú». Desde esa fecha, 152 iglesias han entrado en servicio en la capital. En el resto de Rusia, al menos cinco nuevas catedrales han sido consagradas.
[40]: Motu proprio de san Juan Pablo II Ecclesia Dei del 2 de julio de 1988, n.º 5c.
[41]: Entrevista citada más arriba.
[42]: «Reprise du Protocole d'accord à la lumière du motu proprio Ecclesia Dei», Roma, 6 de julio de 1988, n. 3. 2: «En razón de las situaciones particulares evocadas, ordenación de un obispo procedente de esos mismos grupos».
[43]: Cf. L.-M. de Blignières, «Une circonscription ecclésiastique dédiée à l'ancien rite latin», II. Discernement progressif de la solution canonique d'une Circonscription ecclésiastique dédiée, Sedes Sapientiæ, n.º 165, septiembre 2023, pp. 20-30.
[44]: Entrevista con Mons. Fellay reproducida en Fideliter de marzo-abril de 2001, La Porte Latine, 1 de marzo de 2001.
[45]: Jean Madiran, «Duo dubia», Itinéraires, n.º 330, febrero 1989, pp. 24-25. Acerca de un supuesto cambio de posición de Jean Madiran sobre las consagraciones (apoyado en un breve pasaje de un documental), Béatrice Doyer, que estuvo muy próxima a Jean Madiran al final de su vida y organizó sus exequias, escribe el 26 de marzo de 2022: «Ya se trate de los acontecimientos de 1988, de sus tomas de posición, de su análisis en los años que siguieron a esos acontecimientos, Jean siempre fue muy claro sobre este asunto de las consagraciones y, en mi opinión, nunca cambió. El documental recogía, a mi entender, frases sacadas de su contexto.»
[46]: Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, VI, 45.
Publicado originalmente en Sedes Sapientiae n.º 176






