(Kath.net/InfoCatólica) El cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha advertido de que las consagraciones episcopales previstas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) para el 1 de julio de 2026 no pueden justificarse ni dogmática ni moralmente, y ha subrayado que solo la plena comunión con el Papa León XIV garantiza la catolicidad de cualquier comunidad eclesial. En una extensa entrevista concedida al periodista Lothar C. Rilinger y publicada por el portal católico alemán kath.net, el purpurado alemán ha desgranado las raíces teológicas del conflicto, las consecuencias canónicas de una consagración sin mandato pontificio y las vías que, a su juicio, podrían evitar una ruptura definitiva.
Las objeciones teológicas de la FSSPX
El cardenal Müller identifica la libertad religiosa como el principal punto de fricción doctrinal. A su juicio, los seguidores de Lefebvre interpretan la declaración conciliar Dignitatis humanae en clave del liberalismo relativista del siglo XIX, cuando en realidad el Concilio distingue con precisión entre la libertad religiosa como derecho natural de la persona y la libertad del hombre para responder con razón y voluntad a la Palabra revelada de Dios.
Müller subraya que, paradójicamente, es precisamente la libertad religiosa y de conciencia la que permite a los católicos en la Unión Europea oponerse legítimamente al aborto, la eutanasia y la redefinición del matrimonio natural. El Cardenal también opina que la imposición dogmática por parte del Estado es anacrónica.
Respecto al ecumenismo, Müller recuerda que el Vaticano II no cuestionó en modo alguno la unicidad de la Iglesia de Cristo, como reafirmó la declaración Dominus Iesus del año 2000 bajo la dirección del entonces cardenal Joseph Ratzinger. El Concilio buscó, más bien, reconocer la buena fe de los cristianos no católicos y abrir caminos hacia la unidad en la fe, los sacramentos y la constitución eclesial.
Consagraciones ilícitas pero válidas
El purpurado explica la distinción clásica entre la validez y la licitud de los sacramentos. Apoyándose en la doctrina de san Agustín contra los donatistas, recuerda que la eficacia de los sacramentos no depende de la santidad o la situación canónica del ministro, sino de Cristo, que es quien actúa en ellos. Por ello, las consagraciones episcopales realizadas sin mandato papal serían válidas pero gravemente ilícitas.
Sin embargo, advierte Müller, la validez sacramental no constituye una justificación moral: «Nadie tiene derecho a la consagración episcopal, que pertenece a la Iglesia y no a grupos particulares, para garantizar la supervivencia de su organización de mero derecho humano». Solo en una situación extrema de persecución, con el contacto con Roma completamente cortado, podría justificarse moralmente la consagración de un obispo sin mandato pontificio.
La declaración de mayo de 2026
Müller muestra que, en una declaración dirigida al Papa León XIV en mayo de 2026, la FSSPX reclama la retractación de los que califica como «errores» conciliares y posconciliares que se habrían infiltrado en la Iglesia. La Fraternidad reitera su exigencia de que no exista un Estado religiosamente neutral y de que la Iglesia someta al Estado a Cristo y a sí misma.
El cardenal responde con contundencia: la FSSPX debería indicar en qué Estados pretende aplicar ese programa. Y añade que el Magisterio nunca ha cuestionado la convicción de que la Iglesia es la única comunidad en tradición apostólica que puede apelar a la fundación de Cristo.
¿Cisma o reconciliación?
Preguntado sobre si la situación constituye formalmente un cisma, Müller reconoce que la cuestión se ha dejado deliberadamente en suspenso: «Algunos han hablado de cisma, otros no. Oficialmente se dejó en el aire para no consolidar con formulaciones duras la situación que precisamente se quería superar». Según el cardenal, el cisma formal requiere una separación consciente de la Iglesia, sus enseñanzas y los criterios de su unidad, especialmente el Papa. La FSSPX no lo ha declarado formalmente, sino que se entiende a sí misma como una «comunidad de emergencia» que mantiene la distancia hasta que los millones de católicos «caídos en el modernismo» y el Papa regresen a la Iglesia que, según su visión, la Fraternidad ha preservado como «resto santo».
Müller insta a los miembros de la FSSPX a no repetir los errores de los donatistas, los jansenistas y los veterocatólicos: «Un extremo no justifica el otro». Ni el progresismo, que entrega la verdad revelada a las corrientes del momento, ni el tradicionalismo, que reduce la tradición de la Iglesia a unas pocas ideas fijas, pueden ser el camino.
Una prelatura personal como solución posible
Como vía de reintegración, el cardenal sugiere que la Fraternidad podría ser reconocida como una suerte de prelatura personal, siempre que acepte la enseñanza de la Iglesia en su integridad, incluidos los decretos del Vaticano II tal como han sido interpretados auténticamente por los obispos en unión con el Papa. Müller descarta, sin embargo, que la FSSPX pueda recibir un estatus comparable al de las Iglesias orientales católicas, ya que no es una Iglesia sui iuris con tradición litúrgica y canónica propia, sino «un agrupamiento informal de sacerdotes y fieles que se consideran un baluarte contra supuestos errores que, en su opinión, Roma habría fomentado o tolerado».
La primacía de Pedro como criterio último
El cardenal cierra su argumentación con una referencia al Doctor Angelicus. Citando la exposición de santo Tomás de Aquino sobre el noveno artículo del Credo apostólico, recuerda que, según el Aquinate y san Agustín, la Iglesia no puede ser destruida desde fuera ni vaciada de verdad desde dentro. «Se puede combatir a la Iglesia, pero no derribarla», afirma. Y concluye: lo que Jesús dijo a Pedro se aplica directamente a su sucesor, que hoy es León XIV: «He rogado por ti, Pedro, para que tu fe no desfallezca» (Lc 22,32).







