«Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires». Esta frase puede sonar hasta blasfema, pero describe con claridad lo que ocurre, desde siempre, en Argentina: el centralismo hace que –aun en esta era digital, y de «inteligencia artificial»-, buena parte de los trámites y problemas, de todo tipo, solo se resuelven en la ex «Reina del Plata»; hoy, «de lata».
Varias diligencias me insumieron muchas horas, en Capital. Además, como fui caminando, todo el tiempo se me presentaron personas y ocasiones para evangelizar. Es la fuerza y el poder de la sotana; que habla, permanentemente, de la exclusiva pertenencia a Cristo. Como bien nos enseñó el querido e inolvidable padre José Luis Torres - Pardo (¡Dios lo tenga en su gloria!), ella «define, defiende y distingue» al Sacerdote.
Ya próximo a tomar el subte (metro), y combinar luego con el tren a La Plata, alguien me pidió confesión. Y, como estaba en plena vereda, opté por celebrar el sacramento, bajo un árbol. Como ocurre en todos los casos, la gracia se mostró, también, en un rostro encendido; sanado ya de sus oscuridades.
Al alzar la mirada al Cielo, en acción de gracias, noté que el árbol había finalizado su ciclo vital. Y que algún ocurrente fijó en él la leyenda: «Yo sé que cumplí. Pero la alegría de haber dado sombra y oxígeno la llevo en mi ADN». Y pensé, por supuesto, en el árbol de la Cruz. Y le agradecí al Señor por haberme regalado la posibilidad de confesar bajo este árbol. Como aquel centurión romano, en el Gólgota, penitente y servidor también fuimos bañados por la Sangre redentora.
La frase estampada en el tronco me dio pie a una intensa meditación, aun en medio del ruido de la porteña calle. ¡Vaya cómo cumplió el árbol de la Cruz! Allí el Señor tuvo su Hora de mayor dolor, y de mayor felicidad. Y nos enseñó que el verdadero gozo no es incompatible con el sufrimiento, sino su corona de victoria. Y que la «sombra y el oxígeno» del Señor de la «vida en abundancia» (Jn 10, 10), se siguen derramando, «todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20), por nosotros, y por nuestra salvación. Y que el «ADN» del árbol de la Vida es siempre el llamado a la auténtica alegría; que brota del Sagrado Corazón de Jesús.
Recordé, también, cómo en mi adolescencia había leído -y, también, vi en el teatro-, la obra «Los árboles mueren de pie», del español Alejandro Casona. Y estaba, claro está, ante otro caso. El Árbol más importante de la historia, bien erguido, empero, abrazó la muerte y, así, alumbró la Vida. Y su vertical, como bien nos enseña el gran poeta Leopoldo Marechal, nos marca la ruta de los santos. Que tiene, también, en su horizontal, el rumbo de los héroes. Santidad y heroísmo gozan, gracias a Dios, en todas las épocas, de buena salud. Aunque en algunas, ciertamente, parezcan brillar con más o menos esplendor...
En un bello Himno de la Liturgia de las Horas, en Laudes del Tiempo Pascual, cantamos:
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita
ya su olor inunda el Cielo.De tierra estuvo cubierta,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerta.
Árbol seco, que atraviesa el Cielo, la tierra y el tiempo; y le da su pleno y definitivo sentido a la verdadera Historia. Y que le brindó, una vez más, a este cura, con «parroquia móvil», en porteña calle, la posibilidad de disfrutar de la bella flor del perdón del Señor. Que atendió, una vez más, en Buenos Aires. Como lo hace, también, en La Plata, en Madrid, en Nairobi, en Tokio, en Sydney, y en cualquier otro lugar del mundo, a través de sus sacerdotes fieles.
+ Pater Christian Viña.
La Plata, jueves 28 de mayo de 2026.
Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote. -







