Migracionismo, Iglesia y Canarias
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Migracionismo, Iglesia y Canarias

Cada vez que oigo la letanía Solacium migrantium me asalta la duda de si acaso no estará rezando la Iglesia por su disolución. Piropear a María como «consuelo de los migrantes» fue una de las muchas gotitas con las que el anterior ocupante de la cátedra de san Pedro salpicó de innovaciones el depósito de nuestra fe.

Tal vez mi recelo sea excesivo, porque lo de dar posada al peregrino es indiscutiblemente cristiano, pero el contexto alimenta la duda de manera no menos indiscutible. Me refiero al contexto de disolución de las comunidades que en otro tiempo pudieron llamarse cristianas. Como católicos, no podemos olvidar que disolver la comunidad, y muy especialmente la comunidad de fe, es tan grave como disolver la familia. Y el migracionismo es tan inocuo para la comunidad como el divorcismo pueda serlo para la familia. Por ello esa letanía me hace dar un respingo, se me antoja una de esas fórmulas que parecen piadosas y son, en realidad, dinamita espiritual. Bajo la apariencia de una invocación mariana es probable que se esconda una peligrosa inversión de la tradición católica: la Virgen, auxilio histórico de la comunidad cristiana, convertida en coartada de su deconstrucción.

Días atrás me preguntaba qué habría sido del mundo sin Isabel la Católica. Ahora cabe invertir el experimento y aplicarlo a una orientación espiritual. ¿Qué habría sido de España si hubiese abrazado el principio de Solacium migrantium antes de consolidarse como monarquía católica? Fácil: no habría habido España, pues la fe fue la piedra angular y la argamasa de la nación española; y en consecuencia tampoco habría habido evangelización de América.

Todo cuadra, porque si la empresa americana fue, en efecto, una ampliación de la Cristiandad, el migracionismo eclesiástico contemporáneo «avanza» en sentido contrario: no incorpora a los pueblos a Cristo –¿cómo habría de hacerlo si, como afirmó el Papa aludido, «el proselitismo es un pecado contra el ecumenismo»?–, sino que exige a los pueblos cristianos renunciar a su condición para acoger masas concebidas como sujeto moral absoluto.

Justificado el recelo, volvamos al mensaje concreto del Solacium migrantium. Sabemos que los mensajes adquieren sentido en la situación en que son pronunciados. Una frase muy de moda, por ejemplo, como «No tendrás nada y serás feliz», puede saber a dulzura evangélica en labios de san Francisco o a cuerno quemado en boca de un gestor de Davos. Wittgenstein escribió que el significado de una palabra es su uso en el lenguaje, y por eso no basta examinar la superficie devota de una invocación cuando su uso aparece injertado en una Iglesia tan vergonzante a la hora de poner fronteras al error y de defender la continuidad histórica de los pueblos cristianos.

El migracionismo contemporáneo debe ser evaluado, por tanto, en todos los planos en que opera, objetivamente, haciendo abstracción de todo eslogan biensonante, tan útil para desviar el camino de la razón y llevarla al huerto del sentimentalismo. Opera en el barrio que cambia de lengua, de escuela y de vecinos; en la comunidad política que pierde el mínimo de confianza necesario para sostener la solidaridad; en la frontera estigmatizada por permitir distinguir la acogida del suicidio; y opera, sobre todo, en la imaginación religiosa de una Iglesia que ya no parece preguntarse si quienes llegan pueden ser incorporados a Cristo, sino cuánta Cristiandad debe quedar todavía en pie para que nadie se sienta excluido.

Tomemos primero la perspectiva de la sociología. Malcolm Gladwell popularizó la expresión tipping point para nombrar ese instante en que una acumulación gradual cruza un umbral y cambia de naturaleza. O sea, el vaso que se desborda. La imagen explica por qué un barrio puede conservar durante años cierta continuidad y, sin embargo, entrar en pocos meses en una fase de sustitución acelerada. Una familia cambia a sus hijos de colegio; otra descarta comprar allí; un comercio cierra y otro ocupa su lugar con signos, lengua y clientela distintos; la parroquia languidece; la vida común pierde sus hábitos. Sin que nadie firme el decreto de sustitución, la sustitución ocurre. Thomas Schelling demostró que las sociedades pueden romperse sin que nadie las rompa deliberadamente: basta con que cada cual se retire cuando deja de reconocerse en su entorno para que la suma de retiradas dé lugar al reemplazo del barrio entero. Quien no crea lo que ve y necesite respaldo empírico puede acudir a Card, Mas y Rothstein, que establecieron la horquilla de tipping cuando la proporción minoritaria alcanzaba umbrales entre el 5% y el 20%, porcentaje ampliamente superado ya en muchas zonas de Europa. Las sociedades no son recipientes infinitamente elásticos capaces de absorber cualquier volumen, ritmo y composición sin alterar esencialmente su forma.

Si la sociología describe cómo una comunidad se fragmenta, la ciencia política nos revela cómo esa fragmentación destruye las condiciones mismas de la justicia. Una sociedad se mantiene unida porque existe un demos, un sujeto político capaz de reconocerse en una historia, unas tradiciones y un destino compartido. Escuela, sanidad, pensiones, ayudas familiares, seguridad, justicia social y transmisión cultural no caen del cielo ni brotan de una entidad universal: existen porque una comunidad delimitada acepta sostener cargas comunes en favor de personas a las que no conoce personalmente, pero reconoce como miembros de su comunidad.

Por eso la frontera es una condición de la política sine qua non. Sin casa, no hay hospitalidad; sin pueblo, no hay solidaridad. La inmigración y la diversidad étnica reducen la solidaridad y el capital social. La ciencia política también nos da otro dato revelador: esa inmigración agranda la distancia entre las élites móviles y los arraigados –los Anywheres y los Somewheres estudiados por David Goodhart– favoreciendo moralmente a los primeros y materialmente a los grandes intereses económicos, mientras sus costes cotidianos recaen sobre los segundos. En este punto la moral del migracionismo católico resulta particularmente obscena, pues invoca a los desfavorecidos mientras desmonta las estructuras que hacían posible protegerlos.

Toca ahora ponernos el traje de historiador para recordar algo que el catolicismo jerárquico realmente existente olvida, o al menos desea que olvidemos: la Virgen no ha sido invocada en la historia cristiana como emblema de una humanidad abstracta, sino como auxilio de pueblos concretos en combates concretos. Covadonga, Pilar, Empel, Lepanto, Viena, Guadalupe o Fátima pertenecen a una memoria en la que María protege, corrige, llama a conversión y socorre a los cristianos. La piedad mariana forma parte de una memoria histórica en la que la fe se ha sostenido en medio de conflictos reales, y donde la intercesión de María ha sido buscada cuando la continuidad de los pueblos cristianos se veía comprometida. La salvación no ocurre en el vacío; Nuestra Señora acude como respuesta a una amenaza y defiende a los fieles de su Hijo cuando todo parece perdido, no bendice la disolución de la comunidad que la invoca.

Llegamos a la cuestión principal, que ya no pertenece a la sociología ni a la ciencia política, sino a la teología de la historia. Decíamos que ese acto de disolución es un objetivo crucial del Enemigo. En su Segunda Carta a los Tesalonicenses, san Pablo habló del célebre katechon como aquello que retiene la manifestación plena de la iniquidad. La tradición cristiana ha otorgado esa categoría a distintas realidades, oscilando entre el Imperio y la Iglesia, y está claro que familia, patria y fe han cumplido esa función de dique de contención durante los últimos siglos. Así acertó a identificarlos el liberalismo, uno de los más beligerantes y confesos enemigos de la fe católica: la familia y la comunidad, mayormente la de fe, impedían su sueño antropológico de reducir al hombre a unidad aislada de deseo y consumo.

Lo curioso es comprobar cómo la autopercibida izquierda, persuadida de estar combatiendo al poder, ha acabado sirviendo de ejército de reserva al capitalismo más descarnado, precisamente en su empeño compartido por abatir esos tres muros. Y otro salto adelante en ese endemoniado descenso se ha dado cuando la Iglesia se sumó a la iniciativa de ese migracionismo militante, y disolvente.

Solacium migrantium… Ni siquiera el propio término «migrante» es neutro; pertenece al neolenguaje del globalismo político que ha ido desplazando palabras más precisas como «inmigrante» y «emigrante», para presentar el fenómeno como un flujo «biológico», ajeno a toda decisión política. Al hacerlo, desactiva distinciones necesarias, como entre asilo e invasión o entre hecho y derecho, y coloca a la comunidad de acogida en una posición de partida moralmente subordinada.

De todo lo dicho es España un laboratorio de ensayo. Canarias es una frontera situada frente al Sáhara occidental, Mauritania y Marruecos, un país musulmán de cuyas ambiciones sobre esos territorios solo cabe decir que todavía no son oficiales. Allí el pastoral Solacium migrantium recae sobre una realidad muy tensionada. León XIV visitará las islas en breve. En el contexto actual, lo que Roma presente como gesto de misericordia podría leerse también como bendición de una presión migratoria cargada de peligrosas consecuencias sociales, geopolíticas, y religiosas.

Solacium migrantium sería una letanía inocente en una Iglesia segura de sí, celosa de su misión y capaz de distinguir entre el peregrino que busca amparo, al que acoge en su fe, del programa político que promueve su desaparición. En la Iglesia de nuestro tiempo, pronta a pedir perdón por existir y donde llamar a conversión de los infieles es pecado, la letanía adquiere otro sonido. Nuestra Señora consuela al desterrado amparando al pueblo cristiano que la invoca, sostiene la casa donde la caridad puede ejercerse.

Nuestra Señora no es coartada de disolución, es auxilio de los cristianos.

 

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