(InfoCatólica) El debate entre fe y razón ha ocupado durante siglos a filósofos y teólogos, pero rara vez se examinan con rigor las consecuencias intelectuales de negar la existencia de Dios. Clement Harrold, articulista de The Catholic Herald, aborda esta cuestión desde un ángulo poco habitual: en lugar de argumentar a favor del teísmo, analiza el coste filosófico que asume quien profesa el ateísmo.
La razón que se devora a sí misma
Harrold parte de una observación preliminar: quienes reclaman que Dios debería hacer más evidente su existencia suelen incurrir en un doble error. Según el autor, ni han buscado a Dios con verdadera determinación ni han reflexionado sobre las implicaciones intelectuales y morales de su increencia.
El primer problema que identifica es de orden epistemológico. Apoyándose en el célebre argumento del filósofo Alvin Plantinga, Harrold sostiene que, si el ateísmo es verdadero, el naturalismo resulta autocontradictorio. La razón es sencilla: si nuestras facultades cognitivas son producto exclusivo de la selección natural, están orientadas a la supervivencia, no a la verdad. De ahí que, argumenta, «no podemos fiarnos de nuestra propia razón cuando nos dice que debemos ser ateos».
¿Vivimos en una simulación?
El segundo desafío procede de la filosofía de la mente. El articulista señala que el materialismo tiene enormes dificultades para explicar el origen de la conciencia. Si la materia inconsciente puede, en determinadas condiciones, generar mentes conscientes, entonces nada impide que una civilización tecnológicamente avanzada ejecute simulaciones masivas pobladas de seres que se crean reales. Harrold advierte de que la respuesta habitual del ateo, que ningún ser humano haría tal cosa, descansa en una suposición esperanzada, no en evidencia empírica.
El espejismo del libre albedrío
La tercera objeción afecta a la ética en su raíz. El ateísmo, argumenta Harrold, conduce al determinismo filosófico, al que califica como «quizá la idea más perversa de la historia del pensamiento humano». Si no existe el libre albedrío, sostiene, se desmorona toda categoría moral: el agresor no es peor que su víctima, el opresor no merece más reproche que el oprimido, y ninguno de los miles de millones de seres humanos que han sufrido injusticia padeció nada que pueda describirse con propiedad como inmoral.
Una moralidad sin cimientos
Harrold recurre a C. S. Lewis y su obra Mere Christianity para plantear el cuarto problema: el ateísmo carece de fundamento para una moralidad objetiva. El autor propone un experimento mental en el que los últimos supervivientes de la humanidad, refugiados en Marte, deciden que infligir dolor a los niños es moralmente aceptable si los adultos obtienen placer de ello. ¿Con qué herramientas conceptuales puede el ateo condenar esa decisión?
La cuestión, sostiene, es aún más profunda: si el ser humano no es más que un primate evolucionado, no existe un criterio objetivo para afirmar que todas las personas comparten la misma dignidad, independientemente de su condición. El ateísmo, concluye Harrold en este punto, «es incapaz de explicar por qué está siempre y en todas partes mal torturar y matar a unos pocos en beneficio percibido de los muchos».
Un relato que exige más fe que la fe
El quinto y último argumento apunta a la coherencia interna de la cosmovisión atea. Harrold señala que el no creyente pide aceptar que, dado el tiempo suficiente, la no existencia genera existencia, lo inerte se convierte en vida y la materia primordial del universo acaba produciendo conciencia, belleza y cultura. El ajuste fino del universo para la aparición de la vida se despacha, argumenta, como producto del azar puro.
En este punto, el autor observa que la narrativa atea se asemeja más a un cuento de hadas que a una teoría científica rigurosa. La selección natural, sostiene, se convierte en un mecanismo que debe explicar absolutamente todo: desde el instinto religioso hasta la capacidad de sufrimiento, pasando por la intuición moral, la apreciación de la belleza o fenómenos como la homosexualidad, que, a juicio de Harrold, «viola claramente todos los principios del darwinismo». Además, señala que el ateo asume una carga de prueba ingente: debe afirmar que, de entre los miles de millones de experiencias de oración, encuentros espirituales y curaciones atribuidas a lo sobrenatural a lo largo de la historia, ni una sola fue auténtica.
En conjunto, concluye Harrold, el ateísmo conlleva un «precio intelectual enormemente alto» y configura una visión del mundo tan invivible como irrazonable.








