(InfoCatólica) El debate sobre la llamada «música de iglesia» ha vuelto al primer plano tras varios actos públicos relacionados con León XIV y una reflexión cada vez más extendida sobre la naturaleza de la música sacra. ¿Qué se entiende realmente por música para la liturgia? ¿Existe todavía hoy una música propiamente «sacra»? El diario de los obispos italianos, Avvenire, ha abordado estas preguntas con don Riccardo Dell'Acqua, presidente del Pontificio Istituto Ambrosiano di Musica Sacra.
Don Riccardo, de cuarenta años, sacerdote de la archidiócesis de Milán desde hace quince, comenzó a tocar el órgano a los catorce años en su parroquia natal de Legnano. Tras proseguir sus estudios después de la ordenación, se ha convertido en uno de los presidentes más jóvenes en el panorama de los ateneos pontificios.
Sacra por su finalidad, no por el contexto
La tesis central del músico y sacerdote es nítida: la música no se convierte en sacra por el mero hecho de sonar dentro de un templo. «Es sacra porque está pensada para la liturgia, para acompañar y sostener la acción sacramental de la Iglesia. En este sentido, su identidad está profundamente ligada a la teología, no solo a la estética», explica a Avvenire.
Don Dell'Acqua subraya que la belleza es un elemento fundamental pero insuficiente por sí solo. El Concilio Vaticano II, en la constitución Sacrosanctum Concilium, recogió una larga tradición musical y la relanzó en un contexto de renovación. La música sacra lo es solo si está unida a la acción litúrgica: no puede considerarse un simple ornamento, sino parte integrante de la celebración. «Cuando canto y palabras se unen al rito, participan de la santidad misma del momento litúrgico», señala.
Contra la visión «funcionalista»
El presidente del instituto pontificio pide superar lo que denomina una concepción funcionalista, según la cual cualquier música, una vez «utilizada» en la iglesia, se convierte automáticamente en sacra. «La música para la liturgia debe estar pensada desde su origen para ese fin. Es lo que el Magisterio llama «santidad y bondad de formas»: una cualidad que no atañe solo a la intención, sino también al resultado concreto. Recurrir a cualquier música con tal de que funcione arriesga vaciar el significado mismo de la liturgia».
La frontera entre lo sacro y lo profano, admite, no siempre resulta evidente. «No es tanto una cuestión de técnica cuanto de resultado final. Si la música nace bajo la inspiración del culto, si está orientada a la alabanza de Dios y no a la expresión individual o al espectáculo, inevitablemente asume un carácter diferente».
Participación sin banalidad
Preguntado por la tendencia a emplear cantos de inspiración pop en las parroquias, don Dell'Acqua reconoce el valor de la participación de los fieles, pero advierte de que no puede ser el único criterio. «La sencillez no debe confundirse con la banalidad. El Magisterio exige que la música sacra sea verdadero arte, es decir, fruto de competencia, conocimiento litúrgico y auténtico espíritu creativo».
Sobre los instrumentos, recuerda que el órgano ha sido siempre señalado por el Magisterio como el instrumento privilegiado, «porque eleva poderosamente los ánimos a Dios». Otros instrumentos pueden sumarse, pero nunca sustituir al órgano y deben ser aptos o adaptables al uso sacro.
Formación como clave de futuro
El principal desafío, concluye, es educativo. «Hay que formar a músicos, sacerdotes y comunidades hacia una mayor conciencia. Este camino debe comenzar en los lugares de formación, como los seminarios y los institutos especializados, pero no puede detenerse ahí. Debe llegar a las parroquias, donde la música se vive concretamente».
«La música debería ayudar a vivir plenamente el misterio celebrado. Cuando está verdaderamente integrada con la palabra y con el rito, se convierte en un medio poderoso de participación. En ese momento, la comunidad no solo escucha, sino que reza. Ahí es donde la música sacra encuentra su sentido más verdadero: unir voz, fe y belleza en una única experiencia», afirma.







