De una noche de pecados, a una mañana con algo de Sol

De una noche de pecados, a una mañana con algo de Sol

Jesús me regaló un Domingo del Buen Pastor lleno de detalles de su Amor misericordioso. Muy temprano, y luego de mis primerísimas oraciones en el templo, me preparé para ir a rezar la Santa Misa en el Hogar Marín, para ancianos, de La Plata; cuidadosamente atendido por las Hermanas de Marta y María. Pero antes de dejar la parroquia donde vivo, volví a darle gracias a Dios porque en otro Domingo del Buen Pastor, el 21 de abril de 2002, en la parroquia Santa María de Betania, de Buenos Aires, a cargo de los Legionarios de Cristo, literalmente bañado en lágrimas, durante una vigilia de oración, de rodillas ante el Santísimo Sacramento, le dije sí al Señor; y me puse en marcha hacia el Seminario. Y le agradecí por haber puesto, en mi camino, al españolísimo padre Antonio Rivero, LC, y al entonces seminarista, hoy sacerdote, el padre Joseph Fazio, LC; quienes, con fe íntegra y ardiente caridad, me acompañaron en esos años.

Todo es Providencia, obviamente; y no «coincidencia», ni mucho menos «alineación de planetas», como se dice desde la falta de fe. Cómo no estar atentos, entonces, a tantos hijos que el Señor pone en nuestro camino sacerdotal; para que les mostremos que, solo desde Cristo, todo encuentra su sentido. Y cómo no estar vigilantes, especialmente, a eventuales llamados al Sacerdocio y a la vida religiosa, que pueden aparecer en las personas y en las circunstancias menos previstas.

Rosario en mano, entonces, atravesé el portón de casa, y emprendí la marcha por las calles platenses; cubiertas por un otoñal mar de hojas secas. Sabía que, en cualquier momento, el Señor me presentaría diversas almas.

Cada mañana de Domingo, o «feriado» de los tantos y «largos» -que la típica pereza argentina supo conseguir-, las calles de La Plata, como las de otras ciudades y pueblos, presentan ambientes llenos de contrastes. En ellos se cruzan desde sacrificados trabajadores que concurren o regresan de sus labores, hasta ruidosos grupos de jóvenes --o no tanto- que salen de «boliches» u otros locales nocturnos de perdición… Y, claro está, el cura que se adentra por esas arterias, se encuentra con unos y otros; y vive las más variadas situaciones.

Iba llegando a otra de las parroquias que está en mi camino, cuando tres muchachos, con una botella casi vacía en la mano, me abordaron.

- ¿Che, cura --me preguntó uno de ellos, visiblemente alcoholizado- querés un trago?

- No, hijo. Estoy en ayunas porque debo decir la Misa, y no puedo ingerir nada. Además, solo tomo «cuando trabajo» …

- ¡Ustedes, sí, toman del bueno!, agregó otro.

- No lo creas --le contesté- Es mucho más barato que esa bebida que tomaron ustedes. No puede tener agregados artificiales; es vino común, ligeramente dulce. Eso es lo que queda, en apariencia. Porque, tras la Consagración, pasa a ser el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.

- ¡Ah! ¡Eso lo aprendí en catequesis, para mi Primera Comunión! -, agregó el tercero.

- Por lo visto, son creyentes. ¿Cuánto hace que no se confiesan?

Se miraron entre los tres, estallaron en una estruendosa carcajada, y me dispararon:

- ¡Un montón! ¡Además, nosotros somos buenos! ¡No tenemos necesidad! Es cierto, ahora estamos un poco «escabiados», pero no le hacemos mal a nadie.

- ¡Hijos, queridos! Somos todos pecadores. Todos ofendemos, con mayor, o menor gravedad a Dios; y, desde Él, a los hermanos. ¡Prueben con volver a confesarse, y regresar a la Iglesia! Es gratis, está al alcance de su mano, y les devolverá la paz.

- ¡Yo no me banco a ustedes, los curas! -, arrojó el más beligerante.

- ¡Y un cura, ahora, te está bancando! Y lo hace honrado, porque Dios se lo pide… Es cierto, los curas no somos perfectos… Pero es Dios Quien nos llamó, nos eligió, y nos manda a sus hijos; como, en este caso, ustedes…

- Che, cura, ¿y qué me decís de esos escándalos, de los curas que violaron pibes o que tienen doble o triple vida…?

- ¡Que son, es cierto, un escándalo! Y los primeros perjudicados somos todos los curas; porque, por algunos perversos, nos meten a todos en la misma bolsa. Pero puedo asegurarte que, más allá de ellos, muchos otros curas castos, pobres, obedientes y sacrificados, dan su vida por el Señor y los hermanos, en coherente lucha por la santidad…

Silencio impenetrable. Miradas expectantes, y remate de un servidor: «¡Fíjense qué vivo es el demonio! Con el pretexto de algunos depravados, aleja a ciertos fieles de Dios, cuando más lo necesitan».

Estábamos, a estas alturas, casi enfrente de la iglesia. «Vengan --les dije-. Los invito a rezar un poquito».

No contestaron nada. Pero, como pudieron, se pararon conmigo frente a la puerta, aún cerrada del templo. Me puse de rodillas, en la vereda. Y, aun bamboleándose, ellos hicieron lo mismo. Padre Nuestro, Ave María y Gloria; palabras de despedida, mis señas, para que pudieran ubicarme cuando lo quisieran, y rosarios de obsequio. «Muchachos --concluí- fue un gusto conocerlos. Dios los puso en mi camino. Jesús es la puerta (Jn 10, 9), por la que ingresamos sus ovejas. Como dijo San Agustín, «no hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro».

- Disculpá, padre, si te ofendimos -, me dijo el que se presentó como el más agresivo.

- Está todo bien, hijo. El arrepentimiento siempre abre las puertas al perdón de Dios.

Fuerte apretón de manos, y promesa de un pronto rencuentro. Un hombre mayor, que miraba a distancia, cuando reanudé la marcha, me advirtió: «¡Padre! No les crea nada a estos pibes. Lo escucharon y se arrodillaron porque el alcohol los hizo, por un rato, más flojos. Pero, volverán a las andadas…»

Miré al Cielo, y le respondí: «Este encuentro no se lo olvidarán en su vida, hijo. Como yo, por supuesto, tampoco. Solo Dios sabe cómo continuará la historia. Dice Jesús: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5, 17)».

Al llegar al Hogar Marín me encontré, en la puerta, con uno de los sacerdotes, ancianos y enfermos, que residen allí. «¡Feliz día del Buen Pastor, querido padre!». Nos confundimos en un abrazo. Una gruesa lágrima rodó por sus mejillas. Ya próximo a llegar a la otra orilla, vi en él aquellos rastros del barco que atravesó «los siete mares». Y que el genial Hugo Wast describe en uno de sus escritos sobre el Sacerdocio.

¡Gracias, Señor, por tus Sacerdotes! Dadnos la gracia de serte siempre fieles, hasta morir en la raya. Y como decía la Santa Madre Teresa de Calcuta, «cuando tengamos hambre, mándanos a quienes tengan más hambre que nosotros».

 

+ Pater Christian Viña.

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