Oración, caridad y unidad: los tres pilares que León XIV propone a la Iglesia de Argelia

Primer día de su viaje africano

Oración, caridad y unidad: los tres pilares que León XIV propone a la Iglesia de Argelia

El Papa recorrió Argelia en cinco actos: del Memorial de los Mártires a Notre-Dame d'Afrique, pasando por la Gran Mezquita. Paz, perdón y fraternidad como ejes del viaje a África.

(InfoCatólica) El Papa León XIV inauguró su viaje apostólico a África con una intensa jornada en Argelia marcada por un mensaje central: la paz no es ausencia de conflicto, sino fruto de la justicia, el perdón y la fraternidad entre creyentes. En cinco actos que lo llevaron del Memorial de los Mártires a la Basílica de Notre-Dame d'Afrique, el Pontífice trazó las líneas maestras de un pontificado que sitúa el encuentro entre pueblos y religiones en el corazón de su ministerio.

«¡As-salamu alaykom! ¡Que la paz esté con ustedes!». Con el saludo en lengua árabe, León XIV abrió su primer discurso ante unas 5.000 personas reunidas en el Maqam Echahid, el monumento inaugurado en 1982 en honor a los caídos en la lucha por la independencia argelina. El Papa llegó hacia las 10:45 bajo un cielo plomizo y un fuerte viento, y rindió homenaje depositando una corona de flores tras la interpretación de los himnos de ambos países.

Un hermano en tierra de san Agustín

Desde la explanada del Memorial, con el puerto de Argel a sus espaldas, el Pontífice agradeció la acogida «como Sucesor del apóstol Pedro, después de haberlo hecho ya en dos ocasiones como hijo espiritual de san Agustín». Se presentó, ante todo, como «un hermano, feliz de poder renovar los lazos de afecto que unen nuestros corazones», y elogió la «hospitalidad y fraternidad» de un «pueblo joven y fuerte» en cuyo corazón «la amistad, la confianza y la solidaridad no son simples palabras, sino valores importantes que dan calidez y fortaleza a la convivencia».

León XIV se detuvo en la historia del país, «dolorosa, marcada incluso por períodos de violencia», superada con «valentía y honestidad» gracias a «la nobleza de espíritu que los caracteriza». Recordó que «Dios desea la paz para cada país», una paz que «no es sólo ausencia de conflicto, sino expresión de justicia y de dignidad» y que «es posible solamente con el perdón». «Sé cuán difícil sea perdonar», reconoció, pero advirtió: «no se puede añadir resentimiento al resentimiento, de generación en generación».

El discurso culminó con la proclamación de las Bienaventuranzas (Mt 5,3-10) y una afirmación que se convertiría en el hilo conductor de la jornada: «El futuro pertenece a los hombres y a las mujeres de paz. Al final, la justicia triunfará siempre sobre la injusticia».

La paz nace de la justicia

Tras la visita de cortesía al Presidente de la República, el Papa pronunció su segundo discurso en el Centro de Convenciones Djamaa el Djazair, ante las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. Se presentó como «peregrino de paz» y señaló en la justicia, más que en el equilibrio de intereses, la condición para una convivencia duradera.

León XIV subrayó la fortaleza moral del pueblo argelino, anclada en una cultura cotidiana de solidaridad. Recuperó el significado de la sadaka no como gesto asistencial, sino como principio de justicia en el que compartir «no es opcional, es debido». Advirtió contra las dinámicas que producen desigualdad y exclusión, y reconoció a Argelia una posición singular para orientar procesos de diálogo y respeto del derecho internacional.

Uno de los momentos más intensos del discurso fue la referencia al Mediterráneo y al Sáhara como espacios de vida, cruce y promesa: «¡Ay de nosotros si los convertimos en cementerios donde muere también la esperanza!», exclamó, antes de pedir «multiplicar los oasis de paz». Dirigiéndose a las autoridades, insistió en una sociedad civil «viva, dinámica y libre», con los jóvenes en el centro, y en una política que «no se legitima por el poder que ejerce, sino por el servicio que presta».

En el tramo final abordó la tensión entre fundamentalismo y secularización, dos derivas opuestas que convergen en el riesgo de «vaciar de sentido la relación con Dios y con el otro», y propuso educar en el sentido crítico, la libertad y el diálogo.

Diez minutos de silencio en la Gran Mezquita

A media tarde, bajo una tormenta de viento y lluvia, León XIV visitó la Gran Mezquita de Argel, la mayor de África y tercera del mundo, con capacidad para 120.000 personas y un minarete de 267 metros. El Papa se descalzó, como marca la tradición, y recorrió la nave acompañado por el rector, Mohamed Mamoun Al Qasimi, en una visita breve y de cortesía que duró apenas diez minutos. Guardó un momento de silencio ante el mihrab y pasó después a una sala privada donde intercambió regalos con el rector y mantuvo un diálogo centrado en el respeto mutuo y la dignidad de cada persona.

«Buscar a Dios», afirmó, «es también reconocer la imagen de Dios en cada criatura, un hijo de Dios, en cada hombre y mujer creados a imagen y semejanza de Dios». Elogió el centro de estudios de la Mezquita e instó a «buscar la verdad a través del estudio» y a «aprender a respetarnos, vivir en armonía y construir un mundo de paz». Antes de partir, firmó el libro de honor en francés: «Que la misericordia del Altísimo preserve al noble pueblo argelino y a toda la humanidad en paz y libertad».

Estuvieron presentes los cardenales George Jacob Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, y Jean-Paul Vesco, arzobispo de Argel.

El testimonio de las agustinas de Bab El Oued

León XIV se trasladó después al Centro de Acogida y Amistad de las Hermanas Misioneras Agustinas en el barrio de Bab El Oued para una visita privada de especial significado personal: ya había estado allí en 2004 y 2009, cuando era Prior General de la Orden de San Agustín. El centro es el lugar donde vivían Sor Esther Paniagua y Sor Caridad Álvarez Martín Alonso, las dos religiosas agustinas asesinadas el 23 de octubre de 1994 durante la guerra civil, que figuran entre los 19 mártires de Argelia beatificados en Orán el 8 de mayo de 2018.

Seis monjas de las dos comunidades agustinas de Argel se reunieron con el Pontífice, junto con la hermana Lourdes Miguélez, compañera de las dos religiosas asesinadas, y diez mujeres que participan en los talleres del centro. El Papa destacó que los 19 mártires son «una presencia preciosa en esta tierra» que le permitió «descubrir una dimensión inscrita en el corazón de lo que debería ser la vida agustiniana en el mundo: dar testimonio, martirio». Exhortó a las hermanas a seguir adelante y recordó que la fiesta de los mártires se celebra el 8 de mayo, día de su propia elección como Papa.

Oración, caridad y unidad en Notre-Dame d'Afrique

La jornada alcanzó su momento más denso a las 17:10 en la Basílica de Notre-Dame d'Afrique, donde León XIV se encontró con la comunidad cristiana argelina. Recibido por el Cardenal Vesco y el rector, el padre Peter Claver Kogh, el Papa recorrió la nave central, dedicó un momento de adoración al Santísimo Sacramento y escuchó cuatro testimonios: una religiosa de Notre-Dame du Lac Bam, una estudiante pentecostal, un guía de la Basílica y una mujer musulmana, seguidos de un canto interreligioso.

En su discurso, el Pontífice se dirigió a los presentes como «una presencia discreta y preziosa, radicada en esta tierra» y articuló su reflexión en torno a tres ejes: oración, caridad y unidad.

Sobre la oración, citó a San Juan Pablo II: «El hombre no puede vivir sin rezar, como no puede vivir sin respirar», y evocó la figura de San Charles de Foucauld, que «en ser presencia orante había reconocido su llamada». Sobre la caridad, recogió el testimonio de Sor Bernadette y su trabajo con niños con discapacidad, y recordó las palabras de Fratel Luc, el monje médico de Notre-Dame de l'Atlas que, ante la posibilidad de ponerse a salvo abandonando a sus pacientes, respondió: «Yo quiero quedarme con ellos». León XIV citó también las palabras del Papa Francisco en la beatificación de los mártires: «Su coraggiosa testimonianza es fuente de esperanza para la comunidad católica argelina y semilla de diálogo para la sociedad entera».

En el pasaje dedicado a la unidad, el Papa recurrió a san Agustín y a San Cipriano para subrayar que la concordia fraterna es «el sacrificio más grande para Dios», y describió la Basílica como símbolo de una Iglesia donde «bajo el manto de Nuestra Señora de África se construye comunión entre cristianos y musulmanes».

El encuentro se cerró con la recitación del Padrenuestro, la bendición y el encendido de una vela en la Capilla de Santa Mónica. A la salida, León XIV se detuvo ante el monumento conmemorativo a las víctimas de naufragios y se dirigió a pie a la Nunciatura.

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