El Papa León XIV pide en el Vaticano el fin de la guerra
papa León XIV preside una vigilia de oración en la Basílica de San Pedro el sábado 11 de abril de 2026. | Crédito: Captura de Youtube

Urgiendo a los gobernantes a sentarse a dialogar

El Papa León XIV pide en el Vaticano el fin de la guerra

Durante una vigilia por la paz celebrada en la basílica de San Pedro, el Papa León XIV alzó la voz contra la locura de la guerra y reclamó el fin de la idolatría del poder, del dinero y de la violencia. El Pontífice presentó la oración como una respuesta verdadera ante la muerte y exhortó al mundo a volver a la dignidad, la comprensión y el perdón.

(CWR/InfoCatólica) El Papa León XIV lanzó este 11 de abril un fuerte llamamiento contra la guerra durante una vigilia por la paz celebrada en la basílica de San Pedro. En una intervención de gran intensidad espiritual y moral, el Pontífice clamó: «¡Basta de guerra!», y presentó la oración no como una evasión piadosa ante el sufrimiento del mundo, sino como una respuesta real frente a la muerte y a la destrucción sembradas por los conflictos.

Antes de entrar en la basílica, el Santo Padre saludó a los miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro para participar en la vigilia. Después presidió el rezo del rosario, centrado en los misterios gloriosos, acompañado por lecturas bíblicas y meditaciones tomadas de Padres de la Iglesia. Como signo de paz, antes de cada misterio una delegación procedente de cada uno de los cinco continentes encendió una vela a los pies de la imagen de María, Reina de la Paz.

En su mensaje, León XIV contrapuso con vigor la lógica de la guerra y la de Dios. «La guerra divide, la esperanza une. La arrogancia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina», afirmó. Con estas palabras trazó una línea nítida entre la soberbia de los poderosos y el camino de la verdadera paz, que solo puede nacer allí donde el hombre se somete a Dios y reconoce la dignidad del prójimo.

El Papa insistió en que incluso una fe pequeña puede sostener al hombre en esta hora dramática de la historia. «Basta un poco de fe —una pizca de fe, queridos hermanos— para afrontar juntos, como humanidad y con la humanidad, esta hora dramática de la historia», dijo. No se trató de una apelación sentimental, sino de una llamada a recuperar la confianza en Dios frente a un mundo cada vez más empujado hacia la violencia, la destrucción y la desesperación.

León XIV quiso dejar claro que la oración no es un refugio para quienes desean desentenderse de sus deberes. Por eso afirmó: «La oración, de hecho, no es un refugio para evadir nuestras responsabilidades, no es un calmante para evitar el dolor que desata tanta injusticia». Y añadió una formulación de enorme fuerza: «Es, por el contrario, la respuesta más libre, universal y perturbadora ante la muerte: ¡Somos un pueblo ya resucitado!».

Desde esa certeza cristiana, el Pontífice invitó a levantarse de entre las ruinas. «¡Levantémonos de nuevo de entre los escombros!», exhortó, para subrayar después que nada puede encerrar al hombre en un destino escrito de antemano, ni siquiera en un mundo donde los sepulcros parecen no bastar porque la vida sigue siendo crucificada, aniquilada, sin derecho y sin misericordia. Con esa imagen, el Papa describió crudamente el estado de una humanidad que tolera la destrucción del inocente y la banalización del mal.

En su intervención recordó también el célebre llamamiento de San Juan Pablo II en enero de 2003, cuando, ante la guerra que se cernía sobre Iraq, gritó: «¡Nunca más la guerra!». León XIV recogió ese eco para mostrar la continuidad del magisterio pontificio frente a la barbarie bélica y para insistir en que la Iglesia no puede callar cuando los pueblos son empujados a la muerte por la soberbia de los hombres.

El Papa explicó que la oración forma parte de aquellas realidades que «rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios». Y describió ese Reino de manera elocuente: «un reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni trivialización del mal, ni lucro injusto, sino solo dignidad, comprensión y perdón». La denuncia alcanza así no solo a la guerra abierta, sino también a la mentalidad que la alimenta: el negocio de la muerte, la indiferencia moral y la conversión del hombre en instrumento de intereses de poder.

León XIV advirtió asimismo que la oración levanta «una barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más imprevisible y agresivo a nuestro alrededor». A su juicio, los equilibrios de la familia humana están gravemente desestabilizados. No se trata solo de una observación política, sino de un juicio moral y espiritual sobre una civilización que, apartándose de Dios, acaba adorando su propia fuerza.

El Santo Padre lamentó además que «el Santo Nombre de Dios —el Dios de la vida— sea arrastrado a discursos de muerte». Y denunció que el hombre cae en esa muerte cuando da la espalda al Dios vivo para adorarse a sí mismo y a su propio poder, convertido en ídolo mudo, ciego y sordo. De este modo, el Papa señaló la raíz profunda de la guerra: la autodeificación del hombre, que sustituye la obediencia a Dios por el culto al dominio, al dinero y a la fuerza.

Por eso su llamamiento se volvió todavía más directo: «¡Basta de autoidolatría y de dinero! ¡Basta del espectáculo de la fuerza! ¡Basta de guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida!». Son palabras que desnudan la mentira del poder contemporáneo, tan dado a glorificar la fuerza bruta, el rearme y la imposición, mientras desprecia la vida humana y la ley moral.

El Pontífice exhortó a superar la «locura de la guerra» y dirigió una apelación explícita a los gobernantes: «¡Deténganse! ¡Es tiempo de paz! Siéntense en mesas de diálogo y mediación, no en mesas donde se planifica el rearme y se deliberan acciones de muerte!». Al mismo tiempo, precisó que esta responsabilidad no recae únicamente sobre quienes mandan, porque «cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz». Es decir, la construcción de la paz exige una conversión que alcanza a todos.

En la segunda parte de su reflexión, León XIV se detuvo en la fuerza del rosario. Explicó que esta oración, como otras formas antiguas de piedad cristiana, reúne a los fieles en un ritmo constante de repetición. «Así se abre camino la paz, palabra tras palabra, gesto tras gesto», afirmó. Como una roca tallada gota a gota, o como un tejido que avanza movimiento tras movimiento, la paz requiere paciencia, perseverancia y fidelidad al tiempo de Dios.

Finalmente, el Papa animó a no dejarse arrastrar por la aceleración de un mundo que ya no sabe lo que persigue. Recordó que la Iglesia es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, y que avanza sin vacilar incluso cuando el rechazo de la lógica de la guerra acarrea incomprensión y desprecio. También afirmó que la Iglesia anuncia el Evangelio de la paz y enseña a obedecer a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando está en juego la dignidad infinita de otras personas humanas, hoy amenazada por continuas violaciones del derecho internacional.

La vigilia en San Pedro dejó así una imagen de Iglesia orante en medio de un mundo desgarrado por la violencia. Y el mensaje de León XIV resonó con claridad: frente a la idolatría del poder, del dinero y de la guerra, solo el retorno a Dios, la conversión del corazón y la firme defensa de la vida pueden abrir un camino verdadero de paz.

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