(InfoCatólica) En términos religiosos, quizá el mayor aliado interno de Trump en la guerra contra Irán sean los evangélicos. Una gran parte de estos protestantes son dispensacionalistas, es decir, creen que la Antigua Alianza sigue en vigor para Israel, y además identifican al Estado de Israel con el pueblo de Dios. La consecuencia es que creen que su deber como cristianos es apoyar al Estado de Israel, porque Dios lucha a su favor contra sus adversarios y le pertenece la tierra prometida (interpretada de la forma más territorialmente amplia posible).
Varios predicadores de esta tendencia han destacado por sus exagerados elogios a Trump y su defensa a ultranza de las acciones militares contra Irán en colaboración con Israel. Franklin Graham y Paula White-Cain, en particular, rezaron junto a Trump en un acto con motivo de la Pascua en la Casa Blanca. Durante la celebración, Graham comparó a Trump con Ester, que libró al pueblo de Israel de las manos de los persas. Por su parte, Paula White-Cain señaló que «Dios eligió a Trump para este momento», en relación con la guerra contra Irán.
En el campo católico, sin embargo, ese apoyo es mucho más débil y en muchos casos se ha transformado en una oposición abierta. De hecho, los obispos católicos norteamericanos están en contra de la guerra de forma casi unánime. Incluso el arzobispo castrense de los Estados Unidos, Mons. Timothy Broglio, ha afirmado que la guerra iniciada por los Estados Unidos no parece ser legítima según las condiciones de la guerra justa.
Varios escritores, comentaristas y teólogos católicos estadounidenses muy conocidos también se han pronunciado en contra de la guerra. El periodista católico de origen iraní Sobrab Ahmari, por ejemplo, hace constantes referencias a las palabras del Papa contra la guerra, aplicándolas a la intervención norteamericana. En una entrevista a la CNN, declaró que «la última vez que un Papa habló con tanta urgencia contra una guerra fue San Juan Pablo II en la etapa previa a la guerra de Irak. De nuevo se están ignorando las advertencias de Pedro, mientras que los defensores católicos de Trump deforman la enseñanza de León XIV o se oponen directamente a ella».
El mayor crítico de la acción militar norteamericana entre los laicos católicos es probablemente Edward Feser, filósofo tomista conservador. Feser considera que la guerra contra Irán no cumple las condiciones de la guerra justa según la doctrina católica. Se trata de una guerra iniciada por Israel y los Estados Unidos, no defensiva contra una agresión, porque «no hay ninguna prueba de que Irán constituya una amenaza nuclear contra nosotros». No es una guerra para evitar una amenaza inminente, sino un conflicto militar para evitar que en el futuro quizá surja en algún momento una hipotética amenaza, algo que no es moralmente admisible según la doctrina católica.
Asimismo, la intervención no tiene objetivos claros y no se han tomado medidas para evitar que el daño a la población civil sea mayor que los males que se pretenden evitar: «no parece haber ningún plan concreto» para «conseguir liberar al pueblo iraní», «ni para evitar la anarquía y la guerra civil que dejarían en una situación peor aún al pueblo de Irán». Además, desde el punto de vista legal, Feser critica que es una iniciativa puramente presidencial y no se ha obtenido la preceptiva autorización del poder legislativo norteamericano.
Feser ha llamado «falsos profetas, mentirosos y aduladores» a Graham y a White y los demás evangélicos que han convertido a Trump «en un ídolo», porque «pretender que nuestra causa es justa y que la Providencia la favorece es una locura y una blasfemia». En su opinión, los Estados Unidos e Israel «están completamente borrachos de los pecados capitales de soberbia, lujuria, avaricia, ira, acedia, gula y envidia y de la sangre de los no nacidos» y, en vez de arrepentirse de esos pecados, «nos gloriamos de nuestro poder militar y económico y de una imaginaria superioridad moral con respecto a otras naciones».
El filósofo se ha burlado de los que piensan que «una guerra iniciada ilegalmente por un egomaniaco secular para defender los intereses de seguridad de otro estado secular (y, de paso, para robar petróleo) es comparable a una cruzada». En ese sentido, considera que «no hacemos la guerra a regañadientes y con espíritu humilde, sino con libido dominandi [la pasión por dominar] y despiadada indiferencia respecto a los efectos en la población civil».
Aunque algunos comentaristas norteamericanos católicos, como George Weigel, Donald McClarey o Robert Royal, han apoyado claramente la guerra de Irán, otros católicos famosos se han abstenido de criticarla públicamente, pero a la vez mantienen ciertas distancias con ella. El más conocido es, sin duda, el vicepresidente norteamericano, J.D. Vance. Si bien en público ha defendido la intervención contra el régimen iraní, altos cargos de la administración norteamericana han afirmado que su actitud dentro del gobierno ha sido marcadamente reacia a la acción militar. Al parecer, en el periodo previo al inicio de la guerra, prefirió promover las alternativas diplomáticas y defendió que el conflicto, si se producía, debía ser lo más limitado posible.






