(EWTN News/InfoCatólica) Paul Ehrlich, el biólogo que alcanzó fama mundial con su libro The Population Bomb, ha muerto el 13 de marzo a los 93 años. Su fallecimiento ha provocado una revisión especialmente dura de su legado entre estudiosos católicos, que lo presentan no como un sabio mal comprendido, sino como un propagador de errores gravísimos cuyas consecuencias alcanzaron a millones de personas en todo el mundo.
La obra que lo hizo célebre, publicada en 1968, advertía de hambrunas masivas inminentes y de una catástrofe ambiental derivada de la superpoblación. Ehrlich sostuvo que cientos de millones de personas morirían de hambre en los años setenta pese a cualquier programa de emergencia que pudiera emprenderse. Más tarde amplió algo el marco temporal en ediciones posteriores, pero mantuvo intacto el núcleo de su pronóstico: una gran mortandad causada por el exceso de población. Nada de eso ocurrió.
Steve Mosher, presidente del Population Research Institute y especialista en China, fue uno de los más contundentes al valorar esa herencia. «Era un falso profeta del peor tipo», afirmó. Y añadió un juicio demoledor: «Es responsable de cientos de millones de muertes en todo el mundo, y sus predicciones erróneas impidieron que millones de almas llegaran a existir. No hay nada más diabólico que eso».
Mosher sostuvo además que Ehrlich jamás reconoció hasta qué punto se equivocó. Según dijo, fue «extraordinaria y absolutamente» erróneo en todas sus predicciones, y buena parte del mundo occidental se encuentra hoy por debajo de la tasa de reemplazo también por culpa de aquellas proclamaciones catastrofistas. En su opinión, muchas personas fueron engañadas por ese discurso y terminaron recurriendo a la anticoncepción o al aborto por miedo al futuro.
Las propuestas defendidas por Ehrlich en su libro no se limitaron a un diagnóstico sombrío. También incluyeron medidas concretas para reducir nacimientos. Entre ellas figuraban el uso masivo y voluntario de anticonceptivos, sanciones fiscales contra las familias numerosas, impuestos especiales sobre bienes como cunas y pañales, y premios o incentivos para quienes no tuvieran hijos o retrasaran el matrimonio. Pero no se quedó ahí. Si esas medidas no modificaban los «sistemas de valores» de la población, planteó que los gobiernos impusieran cambios «por compulsión», incluso mediante esterilizantes temporales añadidos al agua o a alimentos básicos, con antídotos repartidos por el propio Estado para regular los nacimientos.
También defendió la creación de una poderosa oficina federal encargada de imponer límites poblacionales y propuso condicionar la ayuda exterior a los esfuerzos de los países receptores por aplicar políticas de control demográfico. Mosher aseguró que ese principio sigue formando parte de la legislación de Estados Unidos. Ehrlich justificaba todo ello como una necesidad para evitar la catástrofe y hablaba de la «regulación consciente del número de seres humanos», llegando a describir el crecimiento de la población como un cáncer que debía ser extirpado.
Catherine Pakaluk, economista formada en Harvard, profesora en The Catholic University of America y autora de Hannah’s Daughters: The Women Quietly Defying the Birth Dearth, fue igualmente severa. Dijo que la muerte de Ehrlich «marca el final de la vida de uno de los grandes enemigos de la humanidad». Añadió además: «Estaba desequilibrado, y ninguna parte de su trabajo era correcta». Para Pakaluk, el gran escándalo no fue solo lo que Ehrlich sostuvo, sino la acogida que encontró entre progresistas y también entre cristianos y católicos, que lo recibieron «como una especie de profeta».
Mosher coincidió en esa acusación y afirmó que muchas personas le han confesado con los años que fueron engañadas por Ehrlich y sus afirmaciones falsas. Según explicó, algunos lamentan haber anticoncepcionado o abortado a hijos que de otro modo habrían venido al mundo. A su juicio, Ehrlich enseñó ideas profundamente hostiles al hombre. «Enseñó cosas realmente repugnantes y llenas de odio a la humanidad. Rezaré por el descanso de su alma», dijo.
Aunque con el paso del tiempo Ehrlich se distanció de algunas de las propuestas más coercitivas formuladas en su primer libro, Mosher aseguró que rara vez aceptaba debatir con quienes se oponían a sus tesis, porque no soportaba ser contradicho ni admitir que estaba equivocado. Según su relato, en vez de rectificar fue reafirmándose una y otra vez. Con cada nueva década, decía, publicaba otro libro para sostener que sus predicciones no eran falsas, sino solo prematuras. Mosher resumió así su planteamiento: enseñaba que los seres humanos ponían en peligro la capacidad de la tierra para sostener la vida y que el hombre era una plaga para el planeta.
La persistencia de Ehrlich en ese discurso quedó reflejada aún en fechas recientes. En 2018 afirmó que el colapso de la civilización era «casi una certeza en las próximas décadas». Incluso tras su muerte, un obituario del New York Times describió sus predicciones sobre el derrumbe de los ecosistemas y las hambrunas masivas como algo «prematuro» más que equivocado, fórmula que contrasta con el juicio mucho más duro emitido por sus críticos católicos.
Una de las consecuencias más graves que sus detractores atribuyen a sus ideas se sitúa en China. Mosher, que estudió en Stanford, donde enseñaba Ehrlich, viajó en 1979 a la China continental invitado por el régimen comunista y fue el primer científico social estadounidense que visitó el país en esas circunstancias. Allí contempló personalmente cómo mujeres eran obligadas a abortar bajo la política del hijo único. En aquel momento, según relató, él mismo era ateo y partidario del aborto, pero la brutalidad de los abortos forzados, las esterilizaciones y el infanticidio lo llevó a cambiar de postura y terminó convirtiéndose en católico provida.
Por eso no dudó en llamar a Ehrlich «el padrino de la política china del hijo único», al considerar que el régimen comunista asumió principios directamente tomados de su libro, junto con otras fuentes. En una de sus acusaciones más graves, sostuvo: «Sus propuestas, que sugerían que los gobiernos debían imponer duros regímenes de control poblacional y conservación de recursos, usando cualquier medio necesario, condujeron a la matanza forzada de 400 millones de niños no nacidos y recién nacidos». También subrayó la ironía histórica de que China padezca ahora una implosión demográfica y que el propio gobierno trate desesperadamente de elevar la natalidad con incentivos para que las parejas jóvenes tengan hijos.
Pakaluk llevó la crítica a un plano más profundo todavía al afirmar que el pensamiento de Ehrlich «rechaza la providencia de Dios», en particular en aquellos ámbitos que pertenecen a Dios, porque la Escritura enseña que Él es autor de la vida y de la muerte. Frente a la lógica del miedo demográfico y la desconfianza hacia el hombre, defendió una mirada creyente que no parte de la sospecha contra la vida, sino de la pregunta por el modo en que una dificultad aparente puede convertirse en ocasión para cumplir el plan de Dios en la sociedad.
A su juicio, esa es la actitud propiamente cristiana ante cuestiones como el crecimiento o el descenso de la población y también ante los problemas asociados al clima. En vez de concluir que el hombre es una amenaza que debe ser reducido, Pakaluk propuso preguntarse cómo puede afrontarse el desafío desde la esperanza y la buena voluntad. Recordó incluso la actitud de la Virgen María, que no duda de Dios, aunque pregunte cómo se realizará lo que humanamente parece imposible.
Las predicciones de hambre masiva de Ehrlich no se cumplieron en parte por la llamada Revolución Verde, que transformó la agricultura mediante avances tecnológicos de gran alcance. La introducción de semillas de alto rendimiento y resistentes a enfermedades, sobre todo de trigo y arroz, junto con fertilizantes sintéticos, pesticidas e irrigación intensiva, incrementó de modo drástico la producción de alimentos y evitó la escala de hambruna que Ehrlich había anunciado. El hambre y la malnutrición persistieron en algunas regiones, pero por razones políticas o económicas, no porque el planeta hubiera quedado incapaz de alimentar a la humanidad.
La influencia cultural de Ehrlich fue, en cualquier caso, enorme. Mosher señaló que su carisma ayudó decisivamente a popularizar aquellas ideas. Ehrlich apareció al menos veinte veces en The Tonight Show Starring Johnny Carson y se convirtió en una referencia para generaciones enteras. «Ehrlich tuvo un impacto cultural enorme», dijo Mosher. «Era un flautista de Hamelín que desvió a generaciones de jóvenes estadounidenses, obligados por sus profesores a leer su panfleto. Pensaban que lo socialmente responsable era tener un hijo».
Ehrlich escribió más de cincuenta libros, fundó Zero Population Growth, organización que hoy se llama Population Connection, y recibió decenas de premios. Había nacido en Filadelfia en 1932, cursó sus estudios universitarios en la Universidad de Pensilvania y se doctoró en entomología en la Universidad de Kansas, especializado en mariposas. Pero el balance que ahora trazan varios pensadores católicos no se concentra en sus títulos ni en sus reconocimientos, sino en el rastro ideológico de una visión que convirtió al ser humano en problema, vio la fertilidad como amenaza y abonó una cultura contraria a la vida.
Por eso, tras su muerte, la reacción católica no ha sido de admiración retrospectiva, sino de severa advertencia. A juicio de quienes lo critican, Paul Ehrlich no fue simplemente un hombre equivocado en sus cálculos, sino uno de los grandes difusores modernos del miedo a la vida, de la desconfianza hacia la familia y de la aceptación de políticas inhumanas en nombre de un supuesto bien superior. Su figura vuelve así al centro del debate no como ejemplo de lucidez, sino como recordatorio del daño que puede causar una ideología cuando se reviste de autoridad científica y se pone al servicio de la cultura de la muerte.







