(InfoCatólica) La diócesis de Namur, en Bélgica, anunció el fallecimiento de uno de sus sacerdotes el día 16 de enero. Don Mauricio Léonard ejerció su ministerio durante más de cincuenta años, pasó por diversas parroquias de la diócesis y finalmente fue párroco del pueblo de Andenne, donde había nacido, y arcipreste de su circunscripción pastoral.
El anuncio de la página web diocesana se deshace en elogios al sacerdote: «muy dado al diálogo», «atento a las personas y profundamente comprometido con una Iglesia abierta, justa y cercana a todos, se dedicó a construir colaboraciones pastorales sólidas y a mantener una presencia eclesial atenta a las realidades sobre el terreno».
Era también, al parecer, un «sacerdote de convicciones, un hombre comprometido», «apreciado por su sentido de la escucha, sus palabras justas y su atención a todas las generaciones». Asimismo, se mostraba «sensible a las injusticias y a las fragilidades humanas, intentaba acompañar a cada uno con respeto y exigencia» y estaba convencido de que el Evangelio se vive, en primer lugar, en el encuentro y la solidaridad».
Además de la diócesis, también ha anunciado el fallecimiento su familia, publicando una esquela, firmada en primer lugar por «Sylvie SASE, su pareja», por «sus hijos del corazón y sus parejas», y por «sus nietos queridos», además de por la familia de su pareja.
En la esquela se anuncia el funeral con Misa, que se celebrará en la iglesia de Sainte Begge de Andenne, donde fue párroco el fallecido, mientras que la cremación tendrá lugar «en la intimidad del círculo familiar». En vez de comprar flores, se sugiere que se haga una donación a una ONG progresista. La esquela no pide oraciones, pero lleva el lema: «la muerte no ha apagado su luz, simplemente la ha hecho eterna».
El Código de Derecho Canónico dispone que se deben negar las exequias eclesiásticas a los «pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles» (canon 1184). Un sacerdote que vive en concubinato, con hijos y nietos (no está claro si suyos o adoptivos), parece el ejemplo perfecto de esos pecadores manifiestos a los que se deben negar los funerales religiosos para evitar un gran escándalo entre los fieles, pero lo que hace la diócesis es colmarlo de elogios, resaltando sus convicciones progresistas.
El pobre sacerdote ya se ha presentado al juicio divino, así que solo queda rezar por él para que Dios tenga misericordia. Sin embargo, parece necesario hacerse varias preguntas que van más allá de un caso concreto. ¿Qué puede predicar un sacerdote que vive sistemáticamente en grave contradicción con la moral católica? ¿La tolerancia diocesana de este caso será excepcional o signo de una práctica oficiosa extendida en una época de escasez de sacerdotes? ¿A nadie le importan ya el escándalo ni el Derecho Canónico? ¿Es una simple metedura de pata de la diócesis o la aplicación consciente de los principios de Amoris Laetitia? ¿Es normal que la primera reacción al leer la noticia sea de un cierto alivio porque, al menos, la «pareja» era una mujer?
A ese respecto, conviene señalar que el concubinato tolerado de los sacerdotes ha sido una práctica muy común en Alemania durante décadas. No parece casual que esas décadas también hayan terminado por desembocar en el «camino sinodal» alemán y en un rechazo generalizado de la moral sexual de la Iglesia.







