1.01.19

Misionero de manos encadenadas

Acá, el obispo no me deja bautizar a nadie. Y hace poco se indignó conmigo ya que mi estilo pastoral fue calificado de “no-respetuoso con las demás religiones”. Es que resulta que ahora la Verdad debe respetar el error. Esta parece ser la moda de la hora presente, moda estúpida hija de documentos tristemente ambiguos como Nostrae aetate o  Dignitatis humanae, documentos que parecen ignorar el divino mandato del “sí, sí; no, no".

No se crean que me voy por las ramas ya que el canciller episcopal, en la punta del Himalaya, me lo dijo claramente: “el concilio Vaticano II manda respetar las demás religiones". El obispo, también, me lo dijo clara y públicamente: “I respect my Buddhist religion” (“yo respeto mi religión budista”). Cuando me lo dijo, me quedé helado. Sí, así, tal cual como lo leyeron.

Es que en la “iglesia primaveral” cualquiera puede decir cualquier disparate, con tal de que el disparate sea políticamente correcto. O eclesialmente correcto. Mi misión acá cuelga de un hilo, pero ese hilo lo tiene Dios. Y a Dios, no le gana nadie. Como decía, acá no me dejan bautizar ya que el obispo teme que el gobierno indio nos haga problemas.

Mis manos están encadenadas.

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31.12.18

Los males del budismo

Conozco a la señora N. desde hace casi veinte años. Una persona noble, dotada de una inteligencia notable, que heredó a sus hijos. Su sensibilidad para el arte y la poesía es parte fundamental de su vida. Poeta ella misma, médico de profesión e incluso conductora en algún tiempo de un programa de televisión sobre temas culturales, es una persona con buena voluntad para todos. Puede decir que gozo de su amistad y cercanía, misma que es correspondida. Oro por ella prácticamente todos los días, por su conversión y la de su familia. Oro por ella porque practica budismo tibetano desde hace más de veinte años y porque esta práctica la mantiene alejada de Dios y sumida en diversos males que la han venido afectando cada vez más. Como pasa en muchos casos, inició su acercamiento a esta religión debido a una crisis personal. La crisis fue tan fuerte que se metió de lleno a esas prácticas, refugiándose en el budismo de los embates del mundo y por supuesto, del sufrimiento. Pues el budismo es eso, te libera del sufrimiento. ¿O no?

Las tretas del adversario son crueles. En este caso, se aprovecha de la seguridad económica de N. para mantenerla bajo sus garras y evitando que se acerque a la Iglesia. ¿Pero qué tiene de malo el budismo?, dirán algunos. Por supuesto, hoy en día es la única religión impermeable a las exigencias de la sociedad posmoderna. Se presenta bajo ropajes que se adaptan bien a las exigencias de nuestra ajetreada vida diaria: proporciona estatus social, deja a salvo nuestra inteligencia –después de todo es la religión de Lisa Simpson-, nos hace más conscientes y espirituales, nos hace tolerantes y no daña a nadie. ¿Qué puede salir mal?

En todo este periodo, las calamidades en la vida de N. sencillamente no tienen fin. Cada vez que la veo –una o dos veces al año-, hay una nueva enfermedad física o mental, muchas veces graves, un nuevo obstáculo para su bienestar, un nuevo problema económico o legal. Cada vez hay más soledad y alejamiento de su familia, cada vez más rechazo consciente a las cosas de Dios. Lo más grave tal vez sea la soledad y una depresión persistente, que en lugar de curarse, se va extendiendo en todos a su alrededor. Lo peor es que cada vez más está convencida de que si no fuera por el budismo sencillamente su vida colapsaría.

Pasa muy a menudo que ante una dificultad extraordinaria, la persona acude a los lugares equivocados en busca de ayuda en lugar de acudir a la Iglesia Católica: brujos, yoga, tarot, reiki, constelaciones y peor aún, drogas, alcohol y más. En lo que respecta a los efectos espirituales no importa mucho el grado de alejamiento de la Iglesia para que el maligno pueda actuar de manera negativa. El estar a un paso de las puertas de la Iglesia, sin atreverse a entrar y postrarse de rodillas a adorar a Dios, en la práctica es lo mismo que estar a kilómetros de distancia. Al enemigo le basta con que no estés dentro de la Iglesia, y que digas palabras como: “soy creyente pero no practicante”, “voy a misa cuando me nace”,  “Mi trato es directamente con Dios, no necesito de nadie más”. Perdemos de vista las reglas del mundo espiritual, que análogamente al mundo jurídico en la tierra, ordinariamente no opera ni se pone en funciones, sino mediante las formalidades y solemnidades adecuadas.

Cuando le digo a N. que regrese a adorar a Dios y a la vida sacramental recibo miradas de condescendencia, que parecen decir: “¿cómo es que te fuiste a perder de nuevo en la superchería católica? Te conozco de hace años, ibas tan bien con tu práctica zen, ¿cómo te dejaste vencer de nuevo por los amigos imaginarios y los cuentos de hadas? ¿Qué te pasó? Eras inteligente, ahora resulta que rezas el rosario todos los días.”

Dentro de los distintos tipos de budismo que existen, N. practica uno que es en particular peligroso para la sanidad espiritual: el budismo tibetano, que entre sus rituales, de manera habitual rinde ofrendas y sacrificios a distintos tipos de demonios. Para el budista tibetano, el trato con los demonios es cosa de todos los días, así como con lo que ellos llaman bodhisattvas mahasattvas, esto es, espíritus buenos, por llamarlos de algún modo. Para la mentalidad occidental, esos espíritus buenos y malos son en realidad “distintos aspectos de nuestra propia mente”. Es decir, fieles a nuestro materialismo, ninguneamos las realidades del mundo espiritual y las despojamos –según nosotros- de su efectividad bajo el convencimiento de que son sólo símbolos. Esto es algo particularmente peligroso, pues personas como N., comienzan ofrendando rituales a “meros símbolos” y terminan convenciéndose, por comprobarlo en la vida real, que el demonio existe, siendo ya tarde para escapar de su influencia negativa.

N. me contó una vez una parte de un ritual que hizo: por la noche tiene que establecer un perímetro para que las “divinidades coléricas” –demonios- no perturben su práctica nocturna. Para ello, debe apaciguarlos con ofrendas de todo tipo que debe dejar al alcance del demonio, fuera del perímetro mencionado. Una noche en particular, olvidó dejar esa ofrenda. Recuerdo vívidamente su narración, entre asombrada, espantada y preocupada. “Casi me tiran la casa”, dijo. Me contó que durante toda la noche sintió y oyó todo tipo de fenómenos preternaturales: aullidos, golpes en los muros, arañazos en las puertas, presencias ominosas. En una palabra, terror. “Nunca volveré a olvidar dejarle su ofrenda”, concluyó.

Esto sucedió hace casi diez años, y a la fecha, las calamidades siguen, como sigue también su trato habitual con ellos. La situación es triste, pues en el caso de N., como en el de muchas otras personas, ese trato no tiene en su origen una intención maligna ni mucho menos. Insisto, se acercan al budismo, por un dolor, por una carencia, en el mejor de los casos, por una genuina sed de Verdad. Lamentablemente en  muchos casos nunca llegan a enterarse que las dolencias del alma humana y su sed de Verdad, únicamente las puede colmar el Creador de la vida, el único que es Camino, Verdad y Vida, y vida en abundancia.

Tanto relativismo ha terminado por relativizar al maligno. Para el budismo por ejemplo, los demonios -habitantes de uno de los seis reinos de existencia según su doctrina- no son seres malditos por perversos, sino seres que merecen nuestra compasión porque son seres en sufrimiento. Es un tema teológico interesante sin duda, pero hay que recordar que en realidad, para los demonios no hay perdón después de la caída, como para el hombre no lo hay después de la muerte, y que si bien es digna de tristeza su condenación, no conviene ni corresponde al alma humana ningún tipo de trato con ellos, empezando por supuesto, con la expulsión del pecado de nuestras vidas y la perpetua renovación de nuestro bautismo: “renuncio a Satanás y a todas sus obras”. Toda rendija que abramos al príncipe de la mentira será en nuestra propia ruina, en forma de pecado. De ahí a la muerte, hay un solo paso. El caso de N. es ya grave, pues hablamos no solo de pecado, y pecado mortal, sino de acciones extraordinarias del maligno en forma de vejación, infestación u obsesión diabólica. La última enfermedad grave en su entorno afectó a un miembro muy joven de su familia, que por razones absurdas y hasta inexplicables se vio enfermo de muerte, pasando casi una semana en la cama de un hospital.

 

Antonio Blanco Guzmán

Abogado y Humanista

Correo electrónico: [email protected]

22.12.18

Sacerdotes proféticos

Hace falta un puñado de Sacerdotes locos por Dios.

Que sean profetas y combatientes que libren justísima guerra contra los principados, las potestades y demás principalías del mundo, las sectas, las falsas religiones, las curias corrompidas y los infiernos.

Que le canten la justa a quien sea, venga quien viniere, donde sea y cuando sea.

Sacerdotes que amen misionar, pero que más amen irse al Paraíso.

Sacerdotes que vivan una existencia épica.

Sacerdotes empeñados en osar las máximas hazañas, aunque esas hazañas siempre fracasen.

Sacerdotes que vivan soñando y orando y luchando para que sus mayores ensueños, con tal que sean  divinamente inspirados, sean hechos realidad por la Omnipotencia de Dios.

Sacerdotes enamorados del Santo Rosario.

Sacerdotes que amen el estudio y que empleen buena parte de su día contemplando al Dios vivo.

Sacerdotes que crean que cinco panes y dos peces alcanzan y sobran  para convertir el mundo entero.

Sacerdotes  que tengan como horizonte apostólico normal la traslación de montañas, la resurrección de muertos y la expulsión de legiones diabólicas.

Sacerdotes hechos de fuego, de fuego divino y siempre creciente. Sacerdotes que sean un fuego devorador que todo lo queme e incendie.

Sacerdotes locos de remate que no le tengan miedo a nada y que amen los mayores peligros y vivir en medio de ellos.

Sacerdotes a los que les importe nada de nada ni el mundo ni los fracasos visibles.

Sacerdotes que prefieran vivir en los contextos humanamente más  inconvertibles de todos, para con la gracia de Dios, osar convertirlos, contra viento y marea, contra huracanes y tsunamis, contra calamidades y apostasías vaticanas.

Sacerdotes que apunten a implantar una vez más la Cristiandad, mas la mayor jamás habida, para darle el gusto a Dios y la Virgen y para arrancarle a la ilimitada dadivosidad de Dios Padre los milagros  más maravillosos jamás imaginados.

Sacerdotes que vivan el próximo año como el último año de su vida.

Sacerdotes crucificados antes, durante y después de la Misa,  convertida en su más devastador puesto de guerra contra el infierno, la sinagoga satanae, la paganidad remanente y la apostasía global.

Sacerdotes santísimos, llenos del Espíritu Santo… que Dios y la Virgen nos los manden. Amen.


  NSAC, Naga-Namgor, Himalaya, 21-XII-18, Fiesta de Santo Tomás Apóstol.

31.10.18

29.09.18

"¡Ay de mí si no anunciara la Buena Nueva!"

En esta ocasión, nos gozamos en presentar una celebérrima carta que San Francisco Xavier envió a su Padre espiritual, San Ignacio de Loyola. Esta carta, escrita desde tierras de Misión, es tan estimada por la Santa Madre Iglesia que fue incorporada al mismo Oficio de Lectura correspondiente al 3 de diciembre, día en el cual se celebra la Fiesta de este Gigante de las Misiones.

En esta carta, con sobrenatural visión, el Santo muestra claramente lo urgente que es la actividad misionera ad gentes. Después de leer, y releer, semejante epístola a muchos, con la gracia de Dios, les podrá venir un grande deseo de alistarse en las filas de la Misión, para que más almas se salven y Dios sea así más glorificado.

P. Federico, S.E.

Misionero en el Himalaya

san francisco xavier

¡AY DE MÍ SI NO ANUNCIARA LA BUENA NUEVA![1]

Visitamos las aldeas de los neófitos, que pocos años antes habían recibido la iniciación cristiana. Esta tierra no es habitada por los portugueses, ya que es sumamente estéril y pobre, y los cristianos nativos, privados de sacerdotes, lo único que saben es que son cristianos. No hay nadie que celebre para ellos la misa, nadie que les enseñe el Credo, el Padrenuestro, el Avemaría o los mandamientos de la ley de Dios.

Por esto, desde que he llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento. De este modo, purifiqué a un número ingente de niños que, como suele decirse, no sabían distinguir su mano derecha de la izquierda. Los niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que les enseñaba alguna oración; entonces comencé a darme cuenta de que de ellos es el reino de los cielos.

Por tanto, como no podía cristianamente negarme a tan piadosos deseos, comenzando por la profesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo de los apóstoles y las oraciones del Padrenuestro y el Avemaria. Advertí en ellos gran disposición, de tal manera que, si hubiera quien los instruyese en la doctrina cristiana, sin duda llegarían a ser unos excelentes cristianos.

Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»

¡Ojalá pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que les han confiado. Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y, dejando de lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a la voluntad y al arbitrio de Dios, diciendo de corazón: «Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? Envíame donde tú quieras, aunque sea hasta la India.»

 


[1] San Francisco Javier, «¡Ay de mí si no anunciara la Buena Nueva! (Carta a San Ignacio; cartas 4 [1542] y 5 [1544])», en Vida de Francisco Javier, Libro 4, Roma 1956. El subrayado nos pertenece.