16.05.13

El "agneto" o embriones para desguace

La prensa mundial ha saludado hoy con alborozo el descubrimiento de científicos de EE.UU. que “han logrado por primera vez embriones humanos”. Así lo leo en un gran titular de La Vanguardia: “Avance histórico en la clonación con fin curativo”. Después de leer con atención la detallada información del asunto confieso que la noticia me llena de escalofríos. Parece que hasta ahora nadie había logrado clonar embriones humanos y derivar células madre útiles para tratamientos de medicina regenerativa. En definitiva, se producen seres humanos, puesto que el embrión producido es un ser humano, para ser utilizados y posteriormente destruidos. Horroriza semejante concepción utilitarista del hombre.
Todo esto me ha recordado fragmentos de una película que vi hace pocos días. Se titulaba “La Isla”. Trataba de la producción de seres humanos con material genético de personas ricas y poderosas que así tenían “una póliza de vida” para cuando necesitaran trasplantes de órganos y “materiales” para prolongar su vida. El clon se llamaba “agneto”, nombre significativo que proviene de agnus (cordero), y sus criadores no dudaban en sacrificarlo y despiezarlo cuando su cliente lo necesitaba. Mutatis mutandis, algo semejante sucede con este nuevo hallazgo. Vamos pasando de la ficción a la realidad. No olvidemos que los embriones producidos en el laboratorio tienen un estatuto ontológico humano y por ende personal. Si se procediera a su implantación y gestación seguirían crecimiento hasta el nacimiento. ¿Quien nos asegura que a algún científico iluminado no le dará por hacerlos crecer y así disponer ya de órganos para el trasplante? No debe extrañarnos la reacción rápida y oportuna del cardenal O’Malley que ha declarado que «la clonación humana con cualquier propósito es incompatible con la responsabilidad moral de tratar a cada miembro de la familia humana como un don único de Dios, como una persona con su propia dignidad inherente». Finalmente quiero recordar la nota de Profesionales para la ética donde se recuerda que, independientemente de su fin, la clonación o transferencia nuclear aplicada a seres humanos está expresamente prohibida por el Protocolo Adicional al Convenio Europeo sobre los Derechos Humanos y la Biomedicina, vigente y aplicable en España. Concretamente, se prohíbe toda intervención que tenga por finalidad crear un ser humano genéticamente idéntico a otro ser humano vivo o muerto.
Finalmente, según informa la prensa, los científicos de EE.UU. han transferido células humanas de estos embriones a simios. Cualquier día se generará un ser monstruoso de imprevisibles consecuencias. Querer curar las enfermedades de los hombres es un propósito loable pero no a cualquier precio. Más que nunca en este tema se verifica que el fin no justifica los medios.

Post scriptum:

Un comentarista me dice que estoy algo confundido. Mi respuesta es la que sigue:

En La Vanguardia de hoy, jueves, 16 de mayo, dedican dos páginas a informar extensamente. El título es claro: Embriones para curar. Según esta información se llega a producir un embrión. En primer lugar se obtiene un óvulo de una donante y se le extrae el núcle. El segundo paso consiste en introducir el ADN de la célula del paciente en el óvulo de la donante. El óvulo adquiere así el ADN del paciente y ésta es la técnica con la que se clonó la oveja Dolly. En el proceso de desarrollo, el óvulo se divide y forma un embrión. Se hace crecer el embrión en el laboratorio unos cinco días hasta la fase de blastocisto. Se obtienen células madre de su parte interior y se cultivan en laboratorio. El citado artículo explicita que se han obtenido las células madre a partir de embriones clonados. Si esta información es cierta yo no estoy confundido. Tampoco se explicaría la reacción del Cardenal O’Malley en este sentido. Además, para Teresa García-Noblejas, Secretaria General de Profesionales por la Ética, «no tiene ningún sentido apostar por células madre embrionarias, no son rentables desde el punto de vista eficiente, no obtienen resultados terapéuticos e implican la destrucción de embriones humanos convertidos en cobayas de laboratorio para satisfacer la vanidad de algunos científicos y obtener recursos públicos de financiación. Si a esto unimos que esas células madre se obtienen mediante clonación humana, estamos ante una grave vulneración de la dignidad del ser humano, que en ningún caso debe ser producido en un laboratorio ni mucho menos utilizad.

Buenos expertos afirman que no tienen la certeza sobre si se pueden producir seres humanos (embriones humanos) con esta técnica. Con todo, siempre, en caso de duda sobre si hay o no un ser humano, NUNCA PUEDE HACERSE…

Post scriptum II

Recibo hoy 22 de mayo el siguiente comunicado de la FIAMC:

A STATEMENT FROM THE FIAMC (ON CLONING)
BIOETHICS, NEWS ·

“Catholic doctors reject the new technique reported from the Oregon Health and Science University in Beaverton to produce embryonic stems cells genetically identical to the adult donor as still being unethical. Some commentators have suggested that as the technique used was a modification of the original technique used to clone Dolly the sheep in 1996, and used unfertilised human oocytes, it did therefore not use human embryos and so would be more ethical.

However this technique DOES produce human embryos. Throughout the paper the authors describe the resulting product of the nuclear transfer as ‘embryos’. The developing early embryos were allowed to develop to the blastocyst stage and then treated in the conventional way to produce the embryonic stem cells. The early embryo is a clone of the adult donor and if implanted in a woman could theoretically develop into a clone of the donor adult.”

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There is also a good statement from an Evangelical Christian Doctor (not Catholic) see

http://www.christianconcern.com/our-concerns/embryonic-stem-cells-from-cloned-human-embryos-six-reasons-for-caution

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ITALIANO

I medici cattolici rifiutano la nuova tecnica sostenuta dall’Oregon Health and Science University di Beaverton per produrre cellule staminali embrionali geneticamente identiche al donatore, non viene accettata dai dottori cattolici in quanto non etica. Alcuni esperti sottolineano come questa tecnica presenti delle differenza rispetto a quella originale utilizzata per clonare la pecora Dolly nel 1996,poiché vengono sfruttati ovociti umani non fecondati, quindi, non utilizzando embrioni umani, risulterebbe essere più etica.

Comunque questa tecnica PRODUCE embrioni umani. Attraverso infatti gli scritti degli autori si descrive come “embrione” il risultato prodotto dal trasferimento nucleare. L’embrione iniziale è un clone del donatore adulto e, qualora impiantato in una donna, potrebbe teoricamente sviluppare il clone del donatore adulto.

2.05.13

Sobre el Papa: Una visión de fe

Una vez conocida la renuncia de Benedicto XVI a la Cátedra de Pedro y poco antes de la elección del nuevo Papa se me pidió una breve reflexión para el Consejo de Presbiterio de mi diócesis de Urgell. Retomo el texto con algunos añadidos ulteriores.

«Me llamo Pablo, pero mi nombre es Pedro” declaraba el papa Pablo VI dirigiéndose en Ginebra a los miembros del Consejo Ecuménico de las Iglesias, el 10 de junio de 1969. 




Alguien me comentó que mi Obispo, preguntado por las calidades que debería tener el próximo sucesor de Pere, afirmó: Que sea un hombre de fe. Es verdad y parece tan obvio que pocos osan explicitarlo. Benedicto XVI dijo que en la Iglesia todo procede de la fe y todo está al servicio de la fe. Y, por supuesto, el ministerio petrino cuyo contenido esencial consiste en asegurar la unidad de toda la Iglesia en la comunión que brota de la fe. 



La renuncia de Benedicto XVI ha sido vivida por la mayoría de la Iglesia con una gran dosis “de sentido común cristiano”, de aquel sentido que brota de la fe y amor a la Iglesia. El gesto del Papa nos ha hecho ver que los ministerios no son nunca propiedad absoluta de un individuo sino que tienen su razón de ser en su función a favor de todos los bautizados.

El que ha hecho Benet XVI se vivía ya con mucha normalidad desde hace medio siglo en el conjunto de Obispos del mundo y quizás la normalidad es que lo es praxis común y aceptada en todas las iglesias particulares lo sea también para la Sede Romana, teniendo en cuenta, por supuesto, su singularidad. 

El Concilio Vaticano II, en palabras de Pablo VI, consiguió una de sus más grandes aportaciones con la doctrina del episcopado que completaba y culminaba el trabajo del Vaticano I. Cómo escribe G. L. Müller, la doctrina del Primado de los concilios Vaticano I y II argumenta a partir de la esencia sacramental de la Iglesia.

El episcopado, que es señal de la unidad en la fe y en la comunión tiene que ser, en definitiva, en él mismo “uno e indiviso”. 

Y así se expresa la Constitución sobre la Iglesia: “Pero para que el episcopado mismo fuera uno sólo e indiviso… estableció el Pastor eterno al frente de todos los otros apóstoles al Bienaventurado Pedro y puso en él el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de comunión” (LG 18). 

Estas palabras del Concilio que recapitulan veinte siglos de tradición nos hacen entender que cuando hablamos del ministerio del sucesor de Pedro no estamos hablando de un aspecto marginal sino de un elemento fundamental de la identidad de la Iglesia querida por Jesucristo. 



Los evangelios, con la teología narrativa que los caracteriza, presentan con claridad la elección y formación de los apóstoles y de Pedro en particular por parte de Jesús. Pedro, una vez convertido al Señor y habiéndole profesado un amor incondicional recibirá por parte de Jesús la facultad de confirmar en la fe a todos los hermanos y pacer todo el rebaño del Señor. La unidad en la fe y la concordia en la caridad son elementos esenciales y necesarios por la vida de la Iglesia. El ministerio episcopal y el servicio particular del Obispo de Roma existen para asegurar estos elementos sin los cuales la Iglesia, simplemente, no sería. 

No se puede poner en entredicho la posición preeminente de Pere en la comunidad prepasqual de los discípulos y en la primitiva Iglesia. Su fe en el mesianismo y en la filiación divina de Jesús es la roca sobre la cual se ha edificado la Iglesia como comunidad de fe. Le corresponde la función de portavoz y la potestad de “ligar y desatar” (Mt 18, 18; 28, 19).

El mismo Resucitado le encomienda “confirmar sus hermanos” y pacer la comunidad que nace de la Pascua (Jn 21, 15-19). 

Aunque las fuentes del Nuevo Testamento no hablan, ni pueden hablar, según su género literario de un “sucesor de Pedro”, encontramos en la más antigua tradición post- apostólica indicios que vinculan el apostolado de las iglesias con la iglesia romana. La relación de esta iglesia con las otras de la communio eclesiarum tiene un claro paralelismo entre la que se da entre Pedro y el resto de los Apóstoles.

Está fuera de cuestión el origen petrino de la iglesia romana (Ireneu de Lyon, adv. haer III, 2). Según Cipriano en esta iglesia se encuentra la Cathedra Petri y también la denomina Prima sedes. 

El prptagonismo de la iglesia romana en la superación de las grandes controversias cristológicas y trinitarias es innegable. Sólo basta recordar un momento capital del magisterio cristológico cuando los Padres de Calcedonia aprobaron la Carta dogmática del Papa León el Grande a Flaviano (Tomus flavianus) con una exclamación muy significativa: “Pedro ha hablado por boca de León”.

Observa los teólogos y no es ésta una observación secundaria, que los obispos de Roma, dan testigo con sus reclamaciones de autoridad sobre todas las iglesias que la Iglesia de Roma tiene conciencia de ocupar un lugar especial en virtud de la sucesión del Apóstol Pedro. Y es interesante constatar que, objetiva y cronológicamente, este conocimiento sobre el origen y la autoridad petrina de la Iglesia romana es anterior a la fundamentación teórica a partir de la Escritura y la Tradición que se elaborará en la controversia contra los reformadores. Una vez más, la vivencia habitual de la fe precede la sistematización doctrinal a menudo originada por la controversia con los herejes. 

Ingas de Antioquía no duda en afirmar que la iglesia romana ostenta la presidencia en el amor y merece el título de ecclesia principalis. La Iglesia romana, según consta en la Tradición, tiene en la communio de la Iglesia una función de orientación que no se puede obviar ni ignorar.

Efectivamente, la Iglesia Católica se realiza en toda su plenitud en cada una de las Iglesias particulares. 

Ireneo de Lyon con otros Padres, considerando la fundación de la Iglesia Romana sobre las columnas de los apóstoles Pedro y Pablo , enseña que “con esta Iglesia tienen que concordar, propter potentiorem principalitatem, todas las otras, los fieles de todos los lugares del mundo pues en ella se ha conservado siempre la tradición apostólica”. A nivel litúrgico es significativo recordar que en la Iglesia Romana no se recitaba nunca el símbolo de la fe porque nunca en ella se había hecho presente la herejía. 



Unos elementos del Catecismo de la Iglesia Católica a tener en cuenta:
El colegio episcopal y su cabeza, el Papa
880 Cristo, al instituir a los Doce, “formó una especie de colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él” (LG 19). “Así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles"(LG 22; cf. CIC, can 330).
881 El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). “Consta que también el colegio de los apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro” (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás Apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.
882 El Sumo Pontífice, obispo de Roma y sucesor de san Pedro, “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles “(LG 23). “El Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad” (LG 22; cf. CD 2. 9).
883 “El colegio o cuerpo episcopal no tiene ninguna autoridad si no se le considera junto con el Romano Pontífice […] como Cabeza del mismo". Como tal, este colegio es “también sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia” que “no se puede ejercer a no ser con el consentimiento del Romano Pontífice” (LG 22; cf. CIC, can. 336).
884 La potestad del colegio de los Obispos sobre toda la Iglesia se ejerce de modo solemne en el Concilio Ecuménico “(CIC can 337, 1). “No existe Concilio Ecuménico si el sucesor de Pedro no lo ha aprobado o al menos aceptado como tal” (LG 22).
885 “Este colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la universalidad del Pueblo de Dios; en cuanto reunido bajo una única cabeza, expresa la unidad del rebaño de Dios” (LG 22).
886 “Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares” (LG 23). Como tales ejercen “su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada” (LG 23), asistidos por los presbíteros y los diáconos. Pero, como miembros del colegio episcopal, cada uno de ellos participa de la solicitud por todas las Iglesias (cf. CD 3), que ejercen primeramente “dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción de la Iglesia universal", contribuyen eficazmente “al Bien de todo el Cuerpo místico que es también el Cuerpo de las Iglesias” (LG 23). Esta solicitud se extenderá particularmente a los pobres (cf. Ga 2, 10), a los perseguidos por la fe y a los misioneros que trabajan por toda la tierra.

Benet XVI nos explica la misión del Sucesor de Pedro. 
El año 2005, a sus 78 años, se presentaba como un humilde trabajador de la Viña del Señor. Consciente de su misión y de sus límites: “Si, por un lado tengo presente los límites de mi persona y capacidad, por otro lado son muy consciente de la naturaleza de la misión que me ha sido confiada y que me dispongo a cumplir con actitud de entrega interior. No se trata de honores sino de un servicio que me dispongo a realizar con sencillez y disponibilidad, imitando a nuestro Maestro y Señor que no vino a ser servido sino a servir…” (Discurso a los Cardenales del 22 de abril del 2005). 

Y, efectivamente, su disposición todos estos años ha sido ejemplar. 

En en cuanto al contenido del munus petrinus, Benet XVI lo exponía diciendo: “Esta es la misión de todos los sucesores de Pedro: ser guía en la profesión de fe en Jesucristo, el Hijo de Dios viviente. La Cátedra de Roma es, en primer lugar, cátedra de este credo. Desde esta cátedra, el Obispo de Roma tiene que repetir constantemente: Dominus Iesus, Jesús es el Señor… La cátedra de Pedro obliga a aquellos que la ocupan a decir, como ya hizo Pedro en un momento de crisis de los discípulos, cuando muchos querían abandonar: Señor, ¿a quien iremos? Sólo tu tienes palabras de vida eterna… Aquel que ocupa la cátedra de Pedro tiene que recordar las palabras del Señor a Simón Pedro en la hora de la última cena: Y tú, una vez convertido, confirma tus hermanos” (Homilía en San Juan del Laterano del 7 de mayo de 2005). 



Son observaciones preciosas y esenciales del ministerio del Sucesor de Pedro. ¿Cómo no podríamos sentirnos obligados por auténtica obediencia a aceptar este don? 

La misión de Pedro, nos recordaba Benedicto XVI, consiste igualmente en custodiar la unidad y catolicidad de la Iglesia: “El ministerio indispensable de Pedro es hacer que la Iglesia no se identifique nunca con una sola nación, con una sola cultura, sino que sea la Iglesia de todos los pueblos, para hacer presente entre los hombres, marcados por divisiones y contrastes, la paz de Dios y la fuerza renovadora de su amor…” (24 de agosto de 2008).

Quizás en esta perspectiva hay que entender la nueva dimensión que va adquiriendo el Pontificado en un mundo globalizado. Y probablemente una línea de reflexión y actuación del nuevo Papa será la gestión de un ministerio que cada vez adquiere una proyección más mediática y global en la perspectiva irrenunciable de la colegialidad y del principio de subsidiariedad.

Finalmente, un breve texto de 2009 donde Benedicto XVI apunta a aspectos esenciales del ministerio petrino: 

“La comunión con el Obispo de Roma, sucesor del apóstol San Pedro, y establecido por el Señor mismo como fundamento visible de unidad en la fe y en la caridad, es la garantía del vínculo de unión con Cristo Pastor e inserta las Iglesias particulares en el misterio de la iglesia una, santa, católica y apostólica” (Discurso al Sínodo de la Iglesia Apostólica Siro-Católica de Antioquia, del 23 de enero de 2009). 

Podemos advertir la conciencia que el Papa Bendicto ha tenido de su propia misión.
Juan Pablo II, en Ut unum sint apuntó una vía bastante inexplorada todavía de revisión del ejercicio del ministerio del sucesor de Pere. Él lo insinuó especialmente de cara al diálogo ecuménico pero no hay duda que éste tiene que ser en primer lugar un momento de clarificación interna en la Iglesia católica en fidelidad con los elementos esenciales y constitutivos del servicio que le corresponde al Papa. tan en gestos como en palabras ha empezado a dar pasos de gran fecundidad. 


Esta es la visión de fe sobre el Papa que debemos tener clara y saber transmitir de manera pedagógica a nuestro pueblo. 
Estos días podemos constatar cómo la banalidad y superficialidad que caracterizan una aproximación al misterio de la Iglesia ajena a la fe se hacen presentes en los medios de comunicación y, incluso, han penetrado en la mentalidad de muchos miembros de la Iglesia. Hay que orientar desde la fe y la cordura un pueblo que ve como, desde tantos medios de comunicación, se presenta la iglesia como si fuera una gran multinacional repleta de escándalos y que busca un director general. 


Un último punto de la visión de Benedicto XVI sobre el ministerio petrino y que nos puede ayudar a la comprensión del mismo lo podemos encontrar, sin duda, en un breve texto pronunciado en latín y que será objeto de recuerdo permanente en la historia. Se trata de la fórmula con que el Pontífice presentaba su renuncia: 

”Fratres carissimi: Non solum propter tres canonizationes ad hoc Consistorium vos convocavi, sed etiam ut vobis decisionem magni momenti pro Ecclesiae vitae communicem. Conscientia mea iterum atque iterum coram Deo explorata ad cognitionem certam perveni vires meas ingravescente aetate non iam aptas esse ad munus Petrinum aeque administrandum. 
Bene conscius sum hoc munus secundum suam essentiam spiritualem non solum agendo te loquendo exsequi debere, sed non minus patiendo te orando. Attamen in mundo nostri temporis rapidis mutationibus subiecto te quaestionibus magni ponderes pro vita fidei perturbato ad navem Sancti Pétreo gubernandam te ad annuntiandum Evangelium etiam vigor quidam corpóreos te animae necessarius este, quien ultimes mensibus in me modo tale minuitur, ut incapacitatem meam ad ministerium mihi commissum bene administrandum agnoscere debeam…”.

Efectivamente, el Papa Benedicto ha ejercido su ministerio “trabajando y hablando” pero no menos “sufriendo y orando”. Nos deja un valioso testigo de amor y servicio a Cristo y la Iglesia. Su amor en la Iglesia lo ha traído a un gesto generoso cuando ha advertido que ya no podía ejercer su ministerio con las exigencias que este compuerta en unas circunstancias históricas bien concretas. Para él la nuestra más sincera gratitud y por el Papa que vendrá, con palabras del mismo Benedcto XVI “nuestra obediencia incondicional”. Esto quiere decir voluntad sincera de vivir la comunión con él y de facilitarle al máximo su servicio a favor de todos nosotros. Es una simple cuestión de fe y de sentido común. 

Esta es la visión de fe que, como presbíteros, tenemos que vivir en estos momentos y particularmente en este año de la fe.

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Post scriptum

Habiendo sido elegido un nuevo sucesor de Pedro constatamos que el Papa Francisco ha tomado la antorcha que le ha legado Benedicto XVI y trabaja incansablemente “enseñando, con palabras y gestos” y también “orando y sufriendo por la Iglesia”. Le acompaña con reconocimiento y gratitud la oración y el afecto de toda la Iglesia.

10.03.13

Hace cinco años escribía sobre Pagola...

Los lectores atentos pueden localizar fácilmente en el histórico de mi blog lo que escribía hace cinco años sobre la obra más difundida y conocida de Pagola. Me permito recordar la conclusión de aquel largo análisis:

“A modo de conclusión
Después de releer el libro de Pagola en su versión en catalán y supuestamente revisada me pregunto sobre la impresión que se llevaría un lector de la obra al confrontarse con la presentación que la Iglesia hace ordinariamente de Jesús y de su historia. Difícilmente encajarían ambas lecturas en numerosos e importantes aspectos de la persona y mensaje de Jesús. Como decía la Nota de la comisión episcopal para la doctrina de la fe del 18 de junio del presente año, el “Jesús histórico” que presenta el autor es incompatible con el Jesús que presenta la Iglesia. Las causas de esta divergencia fueron profundamente analizadas en el estudio que suscitó dicha nota de la Conferencia Episcopal. Si Pagola hubiera aceptado el contenido de la nota de los Obispos habría tenido que reescribir “da capo” toda su obra. Es evidente que no lo ha hecho. Ha introducido una larga presentación a modo de claves de lectura de su obra, ha remozado algunos párrafos y ha ampliado su última parte. Pero todo continúa fundamentalmente idéntico.
Es evidente que la profesión de fe de la Iglesia no puede reducirse a una lectura histórica, por rica y completa que sea. Pero también es verdad que la profesión de fe no se produce sin la respuesta a una revelación que acontece en la historia. Jesús tuvo clara conciencia de su identidad de Hijo de Dios y lo manifestó en sus palabras y lo reivindicó con sus obras.
Volviendo a aquella reseña hecha en una hoja diocesana y que citaba al inicio de estas reflexiones, lo que el lector encontrará en la obra de Pagola no es la respuesta a la pregunta fundamental ¿Quién es Jesús? Y, de hecho, creemos que Pagola, no intenta dar respuesta a esta pregunta en su obra. El mismo dice al inicio del libro: “Los lectores encontraran en estas páginas un estudio histórico sobre Jesús que trata de responder a preguntas como éstas: ¿Cómo era? ¿Cómo entendió su vida? ¿Cuáles fueron los trazos básicos de su actuación y las líneas de fuerza o contenido esencial se su mensaje? ¿Por qué lo mataron? ¿En qué acabó la aventura de su vida?” (p. 7). Y ni siquiera encontrara, ni mucho menos, las respuestas que desde la lectura histórica de Jesús pueden darse a estas preguntas.
Me pregunto si lo que busca Pagola con ese Cristo rebajado no es presentar el cristianismo sin el escándalo de la divinidad de Cristo y sin el escándalo de su sacrificio en la cruz, ya que todo se reduce a mantener la bondad misericordiosa de Dios y a promover la dignidad humana. Pero Cristo de esta forma ya no sería el centro de nuestra fe y de nuestra vida. Y, ¿por qué habría de serlo si en el fondo era un simple profeta, por muy gran profeta que fuera, que murió por una causa noble y cuyo cadáver podría ser encontrado un día? Se trataría de un cristianismo sin escándalo alguno, un cristianismo secularizado y a la medida del hombre de hoy.
La lectura histórica de Jesús que hace Pagola sigue siendo del todo insuficiente. El autor declara en su obra que intenta seguir a Jesucristo, no siempre con la fidelidad que el querría, en el seno de la Iglesia Católica. Sinceramente creo que tiene la posibilidad de mejorar en esta fidelidad de una manera fácil. Que acepte de manera efectiva las observaciones que la Iglesia ha hecho a su libro y que las incorpore en una verdadera revisión de la obra. Yo creo que con ello prestaría un gran servicio y daría un excelente testimonio. Además, las buenas páginas que se encuentran a lo largo de la obra refulgirían con plena luz en un contexto renovado que no las desvirtuaría. Personalmente es el camino que yo intentaría seguir si hubiera escrito una obra y hubiera recibido las fraternas correcciones de la autoridad de la Iglesia".

Veo que no está tan lejos de la resolución de la Congregación de la Doctrina de la fe. Tampoco puedo dejar de preguntarme sobre los efectos de esta obra “peligrosa” en miles de lectores…

25.02.13

Pecados de la Iglesia, escándalos de la Iglesia, Iglesia pecadora... Un lenguaje a matizar

Recibo una pregunta sobre la Iglesia. Mi interlocutor parece que está perplejo ante el lenguaje muy extendido de “pecados de la Iglesia” o “Iglesia pecadora” y lo formula así:

¿SANTA O PECADORA?

Parece que la Iglesia tampoco escapa a la realidad de escándalo y corrupción. Oigo hablar mucho últimamente de los “pecados de la Iglesia”. Entonces, ¿podemos seguir diciendo que la Iglesia es santa? Y si no lo es, ¿podemos seguir confiando en ella?

Trato de ser breve en la respuesta:

Es evidente que un sujeto no puede ser santo y pecador al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Cada fiel de la Iglesia puede ser justo o pecador. Si es justo lo es por gracia de Dios que nos santifica. Y así hablamos de “vivir en estado de gracia”. Por el pecado podemos deteriorar o perder esta vida de gracia y podemos recuperarla por la conversión y la penitencia.

Ahora bien, me parece absolutamente impropio poner la Iglesia como sujeto de pecado. Podemos hablar de los pecados de los miembros de la Iglesia pero no equiparar la Iglesia a un sujeto pecador. La Iglesia es una realidad más grande que sus miembros actuales. Es una realidad que nos precede y en la que somos incorporados.

Podríamos compararla a una familia. Imaginemos una familia compuesta por padre, madre, hijos, abuelos, hermanos, primos…. Llamémosla la familia “X”. Imaginemos que algunos de sus miembros comenten maldades, fechorías y delitos. Sólo algunos de sus miembros. ¿Podríamos decir con propiedad que la familia “X” es una familia pecadora, una familia de depravados y delincuentes? ¿Acaso no la constituyen también miembros justos y honrados?

La comparación vale lo que vale pero sirve para ver la injusticia que supone denominar a la Iglesia pecadora por los pecados de algunos de sus miembros, aunque sean miembros significativos y numerosos. Evidentemente que el pecado de sus hijos hiere la santidad de la Iglesia, pero esto es otra cosa.
El concilio Vaticano II, en la constitución Lumen Gentium, número 39, reflexionaba sobre la realidad del pecado en la Iglesia con estas palabras: “La fe confiesa que la Iglesia […] no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama “el solo santo", amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios».

Y el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la Iglesia, en muchos de sus miembros ha llegado a la plena santidad, especialmente en María, madre y modelo de la Iglesia. Por esto confesamos que la Iglesia es santa y debemos matizar adecuadamente cuando oímos hablar de “pecados de la Iglesia”. En la mayoría de casos suelen ser pecados y escándalos de “eclesiásticos” y confundir la Iglesia con eclesiásticos no deja de ser una forma de clericalismo a evitar.

5.02.13

Escarnios de la fe en televisión

Parece que alguna cadena de televisión caracterizada por un dudoso gusto y una notable animadversión contra la fe católica va a ofrecer una parodia del Sacramento de la Penitencia. No es casual que este producto que podríamos calificar de “excremento intelectual” aparezca a las puertas de la cuaresma cuando la Iglesia, insistiendo en el anuncio evangélico de la conversión, recordará oportunamente la necesidad del recurso habitual a la confesión para llevar una vida cristiana digna de este nombre.
Lamentablemente, muchos niños, por negligencia de sus padres, contemplan estas bazofias televisivas que tanto daño causan a sus jóvenes mentes y corazones. Debería ser una oportunidad para que los padres cristianos hagan a sus hijos una adecuada catequesis sobre este sacramento tan hermoso y por tantos tan olvidado.
Hace pocos días recibí una pregunta para la sección del Consultorio de Cataluña Cristiana. El tema es importante: los niños y la televisión. Aprovecho para ofrecerla ahora con su respuesta a los lectores del blog. Constato que muy a menudo, cuando los padres no asumen con competencia y responsabilidad su misión de educadores - misión que les confía Dios mismo- son otros los que “educan” y la televisión, entre otros, suele ser un medio de gran influencia. Hace unos años la denominé “la cátedra de Satanás” y, desgraciadamente, veo que es esto en tantas de sus modalidades.

NIÑOS Y TELEVISIÓN

¿Puede la televisión influir en el comportamiento moral de los niños? ¿Es prudente que un niño pase horas ante el televisor sin supervisión y criterio de los padres? Lo pregunto porque me sorprendió el caso de una joven madre que deja su hijo ante la tele durante mucho tiempo mientras ella hace las tareas de casa. Yo lo veo muy imprudente…

He tratado este tema en más de una ocasión. Sin duda que puede afectar al comportamiento moral pues la ficción recibida acríticamente deforma la percepción ética en la infancia. Hoy quiero citar como respuesta la opinión de un experto en comunicación. Dice así: “…sed muy prudentes con los niños. Casi hasta los tres años tendríamos que mantener la televisión fuera de su alcance, por lo menos de manera habitual… Para sus cerebros la carga de información suministrada por las imágenes televisivas es excesiva, tanto en calidad como en cantidad, y la tarea de juzgar esas imágenes es aún demasiado complicada… Los chiquillos son incapaces de desenmascarar los engaños, las trampas y las mentiras porque no tienen instalados los programas neuronales que filtran la ficción. Nuestros pequeños requieren mucha atención y mucho cariño. Mucho amor…” (Sebastià Serrano, Del amor, la mentira y la persiasión, Ed. Destino, Barcelona, 2012, página 83). Me pareen consideraciones muy prudentes y bien fundamentadas y válidas para todos. Yo añadiría que valen también en muchos casos para jóvenes adultos. Actualmente, muchos programas de televisión pretenden algo más que entretener. Están al servicio de ideologías que chocan en aspectos fundamentales de una concepción cristiana del hombre, la vida y el mundo. Pretenden adoctrinar, en el peor sentido de la palabra. A veces, comportamientos claramente inmorales, se presentan con la ficción como algo normal, incluso atractivo. Aprender a mirar la televisión no es tarea fácil y debería ser uno de los objetivos importantes en la misión educadora de los padres. Sin darse cuenta, padres y madres de familia pueden tener el enemigo en casa. Una película venenosa, un programa manipulador pueden tirar por los suelos muchos esfuerzos por educar bien a los hijos. Me decía una experta puericultora que es una lástima que los hijos no vengan al mundo con un completo manual de uso bajo el brazo. Esto nos hace ver la necesidad de preparar bien y a tiempo las jóvenes generaciones para asumir el cuidado y educación de los hijos. Sin duda, sería mucho más positivo que todos estos esfuerzos que se hacen para enseñarles a evitar los hijos.

Conclusión: Mucho ojo con lo que ven los niños en televisión. El mal puede llegar a ser irreparable.