Lecturas: Daniel Cuesta, La religiosidad popular

Daniel Cuesta Gómez, SJ, La religiosidad popular. Lugar teológico para la nueva evangelización, Sal Terrae (colección “Presencia Teológica” 307), Maliaño 2023, 149 p., ISBN 978-84-293-3100-4.

 

Daniel Cuesta Gómez (Segovia, 1987) ha escrito sobre temas de historia del arte, humanidades y teología. Durante su licenciatura en Teología, ha dedicado tiempo a profundizar en el estudio de la religiosidad popular. Como escribe en el “prólogo” José Jaime Brosel, rector de la Iglesia Nacional Española de Roma: “Fruto de aquellas lecturas [sobre la religiosidad popular], y de sus clases en la Pontificia Universidad Gregoriana, surgió la génesis de lo que hoy es este libro. Un estudio en el que el ya padre Cuesta decidió investigar no solo sobre la religiosidad popular, sino sobre la realidad de los llamados «lugares teológicos» establecidos por el dominico Melchor Cano en el siglo XVI” (p. 11).

Ha sido el papa Francisco quien, en Evangelii gaudium 126, ha vinculado los conceptos que están presentes en el título de esta obra: “Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización”. Es verdad que el papa emplea la expresión “piedad popular”, en lugar de “religiosidad popular”, aunque Cuesta prefiere este segundo modo de decir, pues cree “que expresa mejor la realidad a la que nos enfrentamos y también porque es el término habitual en España” (p. 15, nota 2).

El autor tiene como objetivo llevar a cabo “una doble reflexión que pueda ayudar a responder, por un lado, a la pregunta de qué es exactamente un lugar teológico y, por otro, a indagar si la religiosidad popular puede ser considerada como tal” (p. 17). Para responder a estos interrogantes, Cuesta estructura su trabajo en cuatro capítulos, a los que sigue una conclusión.

El primer capítulo, “Los lugares teológicos de Melchor Cano”, precisa qué se debe entender por “lugar teológico” y cuáles son los criterios que permiten discernir si una realidad puede ser calificada como tal. Para Cano, los lugares teológicos son las fuentes o los manantiales desde los que llevar a cabo el discurso teológico (cf. p. 21), los “domicilios” de los que el teólogo puede extraer los argumentos para probar sus conclusiones o refutar las contrarias. No constituye los lugares teológicos como un ente cerrado, sino que los abre a posibles ampliaciones o reducciones en el futuro (cf. p. 26-27). La característica que unifica estos lugares – propios y ajenos - y que les otorga su estatuto común es la auctoritas: solo pueden ser “lugares teológicos” aquellos que gocen de la auctoritas theologica; es decir, aquellos que determinen teológicamente el conocimiento humano (cf. p. 33). Por tanto, no es la Sagrada Escritura, la Iglesia universal o la historia humana las que constituyen, sin más, lugares teológicos, sino que es la autoridad teológica que habita en ellas la que les otorga ese rango. La autoridad reside en la Palabra de Dios, que se encuentra de un modo más o menos explícito en las realidades en las que Dios se revela. El autor sigue la investigación de Joaquín Tapia sobre Melchor Cano e incorpora la imagen de un triángulo, cuyos tres vértices indican los elementos que dotan de auctoritas a los lugares teológicos: 1. El vértice central es la autoridad misma de Dios. 2. El segundo de los vértices es la fe del hombre. 3. El tercer lugar es ocupado por la Iglesia, que garantiza que el hombre puede llegar a Dios desde la fe (cf. p. 35-37). Con esta triple clave, referida a la auctoritas, se puede verificar el estatuto de nuevos lugares teológicos como los pobres, el pueblo o la belleza.

Los restantes capítulos aplican a la religiosidad popular cada uno de estos vértices del triángulo para comprobar si es auténticamente un lugar teológico, que goce de autoridad teológica; es decir, si es un lugar de revelación de Dios, si es un lugar de encuentro del hombre con Dios y si, en definitiva, es o no eclesial.

El capítulo II (“La religiosidad popular, lugar de revelación de Dios”) indaga acerca de la autoridad de la religiosidad popular, tratando de probar que es un lugar teológico declarativo y dinámico en el que el Espíritu Santo lleva a cabo una revelación (cf. p. 45-46). Para ello, el autor se fija en los principios fundamentales de esta revelación: las semillas del Verbo, el sensus fidei, las imágenes sagradas y la performatividad de las manifestaciones de la religiosidad popular (rituales, gestos, acciones…). Daniel Cuesta resalta, a propósito de estas cuestiones, la mediación de la sensibilidad en toda experiencia humana, también en la experiencia espiritual. En la religiosidad popular se puede dar una experiencia mística gracias a realidades relacionadas con la sensibilidad humana. Se puede hablar así de los “sentidos espirituales” que abren la puerta a la revelación del misterio en virtud de la sobreelevación divina: “Así, el acto de tocar una imagen, sin dejar de ser algo físico, pasa a convertirse en una experiencia espiritual” (p. 58). Las imágenes sagradas pueden ser vistas como realidades concretas que son fuente y lugar de revelación; tienen una función sacramental y pneumatológica que impiden su grosera identificación con amuletos u objetos mágicos. También en los rituales y, en general, en la performatividad de las manifestaciones de la religiosidad popular la revelación puede hacerse presente de modo concreto. No por ello se debe confundir la liturgia – que es anámnesis del misterio de Cristo – con la piedad popular – que es mímesis que favorece la comprensión del mismo – (cf. p. 69).

El capítulo III (“La religiosidad popular, lugar de encuentro del hombre con Dios”) analiza cómo a través de la religiosidad popular “la fe ha entrado en el corazón de los hombres”, en palabras de Benedicto XVI. Es decir, “la religiosidad popular está dotada de la auctoritas que hace de ella un lugar teológico, no solo por ser un lugar de revelación, sino también por constituir un ámbito de acogida de esta, por medio de la respuesta del hombre y de la acción del Espíritu Santo” (p. 75). Esta respuesta que produce la fe puede tener dos formas diversas: puede tratarse de la experiencia de un primer encuentro con lo sagrado o puede ser el fruto de una relación más habitual con la religiosidad popular, que despierta o aviva la fe. Este tipo de experiencias suelen tener un cariz más afectivo, simbólico, sensible y cordial que intelectivo (cf. p. 79); lo cual no significa que se haya de desdeñar la reflexión intelectual. Estas experiencias cualificadas de fe han de estar marcadas por el encuentro con Jesucristo y tienen lugar en el Espíritu Santo, generando una “espiritualidad popular” (cf. p. 81), en la que en el acto de fe se acentúa, sobre todo, la fides qua y el credere in Deum. El hecho de que la religiosidad popular produzca fe verdadera en el hombre tiene consecuencias para la vida: produce seguridades y convicciones para el hombre mismo, y ofrece al hombre la mejor respuesta a sus anhelos y esperanzas (cf. p. 88).

El capítulo IV (“La religiosidad popular dentro de la Iglesia”) se ocupa del tercer vértice del triángulo de la auctoritas, la eclesialidad: “la Iglesia es el único garante que nos permite considerar que una realidad es un topos del que emana el saber teológico” (p. 103). Para Cuesta la religiosidad popular tiene relación esencial con el ser de la Iglesia: expresa la inculturación del Evangelio en una cultura particular y, a la vez, refleja la universalidad diversa del misterio de la Iglesia (cf. p. 114). Por otra parte, acoge a los que viven su fe desde diversas profundidades, también a las masas, que pueden constituir hoy un nuevo “atrio de los gentiles” (p.115). Existe un amplio sector del pueblo que no puede inscribirse plenamente ni en el concepto de cristiano, ni en el de no creyente. Todo el campo de los “no practicantes” ha de ser acogido por al Iglesia, pero con fidelidad al Evangelio, “adaptándolo, pero nunca adulterándolo” (p. 121). La religiosidad popular, como las demás realidades eclesiales, ha de ser orientada por medio de una pedagogía evangelizadora. Y el criterio para esta orientación es la eclesialidad: la religiosidad popular ha de estar alimentada por la Palabra de Dios; en firme comunión con la Iglesia local y universal, con sus pastores y magisterio, sin dejarse politizar por ideologías; creciendo en fervor misionero. Pero la religiosidad popular no puede ser solamente un objeto de discernimiento, sino también un eje que ayude al discernimiento, considerándola como “una realidad eclesial a potenciar y tener en cuenta, a la hora de pensar la nueva evangelización” (p.131).

Para el autor, la religiosidad popular “constituye esa fuente o raíz de la que mana y brota el saber teológico, desde esa entraña de la tierra que es la experiencia humana. Por ello puede incluirse dentro de los lugares teológicos que continúan el elenco abierto iniciado por Melchor Cano en De locis theologicis” (p.139). La bibliografía final testimonia no solo el recurso a obras de los teólogos que se han ocupado de estos temas, sino también el conocimiento del magisterio episcopal y pontificio reciente sobre religiosidad popular y nueva evangelización.

No únicamente desde la óptica de la religiosidad popular o de la nueva evangelización resulta de gran interés el libro de Daniel Cuesta, también lo es desde la perspectiva teológico-fundamental. Conviene destacar el esfuerzo de precisar los requisitos que ha de reunir una realidad para poder ser considerada un lugar teológico, pues sin este intento de precisión, se ensancharía tanto el concepto que dejaría de ser significativo. Igualmente, el subrayado de los aspectos concretos, vinculados a la experiencia, sensibles y sacramentales del acto de creer es de gran transcendencia en orden a superar un “análisis de la fe” todavía demasiado centrado en la dimensión intelectual del hombre, que es imprescindible, pero que no agota la globalidad de lo humano. Asimismo, tiene importancia destacar cómo y en qué ámbitos la revelación de Dios viene a nuestro encuentro. La capacidad de la religiosidad popular para iluminar las cuestiones vinculadas al sentido de la vida, respondiendo a los anhelos y esperanzas humanos, ilumina, a su vez, la problemática de la credibilidad de la fe.

 

Guillermo Juan Morado.

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