El Corazón de Cristo
Apenas ha pasado mayo y ya hemos entrado en junio. La vida es así, un pasar, un ir de un momento al siguiente, aunque sabemos que no sin sentido ni finalidad. En junio, los cristianos se vuelven al Corazón de Cristo. La iconografía al uso no nos ha hecho, por regla general, un gran favor y, si uno no profundiza un poco, podría pensar, sin duda erróneamente, que, al hablar de la devoción al Corazón del Verbo encarnado, nos remitimos a épocas pasadas de la historia.
No es así. El corazón es la profundidad del ser, la raíz última de lo que uno es. Si decimos de alguien: “Es una persona de buen corazón”, estamos diciendo que, más allá, tal vez, de las apariencias, esa persona merece la pena; se puede contar con ella, es digna de confianza.
Nadie es más digno de confianza que Dios. Y Dios se ha hecho hombre, porque Jesucristo es la Palabra que se hizo carne. Dios, que ama como sólo Él puede hacerlo, tiene, por consiguiente, un “corazón” humano. El amor divino es, por el misterio de la Encarnación, un amor humano. Palpamos así la verdad concreta de la llamada “comunicación de idiomas”: todo en la humanidad de Jesucristo, y obviamente su centro, su corazón, debe ser atribuido a su Persona como a su sujeto propio. Los milagros y el sufrimiento. Y hasta la muerte.

Hemos llegado al final de “Mayo en el blog". El texto se lo debemos a Yolanda, que ha tenido la amabilidad de recensionar un libro mío. Pero ese libro - ay, Umbral, Umbral - evoca un recuerdo: El “Mayo virtual” de 2008, en este mismo blog. Agradezco a Yolanda sus palabras y, a todos, su colaboración y su benevolencia.
Los demás días son, más o menos, iguales. En el domingo, de algún modo, se interrumpe el tiempo. No es mala cosa esa ruptura, esa pausa. Los días son, todos, para Dios, pero que un día nos recuerde esta primacía de lo divino es un recuerdo pertinente.
Un texto difícil el que presento hoy. Difícil no porque su intelección sea complicada, sino porque revela sufrimiento y dolor. Una realidad, plenamente humana, pero de la que tendemos a huir. Una realidad, en todo caso, asumida y redimida por Jesucristo. La vida de fe no se edifica sobre la nada; se construye sobre lo que somos y permite el salto a lo que aún no somos, pero llegaremos a ser, si correspondemos a la gracia. En el texto se relata una historia interior, poblada de fantasmas, como pobladas de fantasmas están nuestras torres más propias. Pero es también una historia liberadora, exorcizadora, que atestigua el poder sanador de la fe. Y la compañía, silente tantas veces, de Nuestra Señora. Debemos el texto a Eduardo.






