Andorra y la sangre de los no nacidos

Ha salido recientemente la noticia de las negociaciones entre la Santa Sede y el gobierno de Andorra en lo relativo a la despenalización del aborto.
Según parece, ambas partes han buscado una fórmula que permita la permanencia en el gobierno de ese país del Obispo de Urgell.
En efecto, el pequeño Estado andorrano es gobernado en conjunto por un príncipe laico y este Obispo, según una Constitución de siglos de antigüedad.
Por ahí se argumenta que se quiere evitar una crisis institucional en el país por el eventual abandono por la Iglesia de la parte del gobierno que le corresponde, que se busca garantizar la presencia pastoral de la Iglesia en esa sociedad, que la “ley” que se quiere aprobar es de mínimos y solamente contempla que no sea penalizada la mujer, manteniendo la pena a los terceros implicados, y que el Estado no va a financiar los abortos. Se ha arreglado además, parece, que no tenga que figurar la firma del Obispo en la promulgación de esa “ley”.
Es claro que la presencia pastoral de la Iglesia no exige, hoy día, la participación en el gobierno de los países.
Me parece absolutamente lamentable que la Santa Sede participe en estas negociaciones.
Ningún argumento de tipo diplomático o pastoral puede justificar la complicidad en el asesinato del no nacido.
Poner a la Iglesia en esa situación me parece sin más abominable.
Realmente no se ve cuál es la inmensa magnitud geopolítica que justifica mancharse las manos con sangre de nonatos.
Se argumenta que de ese modo se busca que el engendro aprobado sea lo menos malo posible.
No se puede creer en tanta ingenuidad, realmente. En primer lugar, acá no se trata de Andorra ni de si es solamente la mujer la que puede matar impunemente. Eso es lo de menos. Lo de más es LA IGLESIA participando en esto.
Es como si se quisiera poner un mojón, algo así como la Conferencia de Lambeth de los anglicanos aprobando los anticonceptivos allá por los años 30.
El golpe va dirigido ante todo a la defensa de la ley moral natural dentro de la Iglesia. Con este precedente ¿qué van a poder hacer los realmente católicos cuando los progresistas vengan, que ya están viniendo, a derogar la ley natural y los Diez Mandamientos?
En segundo lugar, ¿menos malo por cuánto tiempo? No se puede creer, tampoco, que en esas altas esferas diplomáticas no sepan que todas estas cosas se hacen gradualmente. En Uruguay se puso en su momento todo un armatoste de consultorías previas y equipos multidisciplinarios nada más que para lograr el voto que faltaba para que saliera el aborto, el de un pobre diputado que encima era católico. Ahora, por supuesto, quieren sacar todo eso, porque estorba al aborto de la mujer, y quieren además alargar los plazos. No lo veía venir el ciego de nacimiento.
Pero además, desde el Concilio Vaticano II estamos ensordecidos de oír cantar las grandezas del Estado Laico. Ha habido católicos que se han expresado como si el Reino o Estado católico, que es parte de la doctrina tradicional de la Iglesia, fuese un invento del demonio.
¿Y ahora, para conservar una migaja de presencia institucional en el gobierno de un país que no alcanza el tamaño de Rusia ni de China, se pacta con el aborto?
¿Y qué decir del escándalo que esto representa para los fieles? ¿Es compensado por las ventajas diplomáticas?
Según las estadísticas corrientes, en el mundo se aborta por año a setenta millones de seres humanos, y alrededor de la mitad de todos esos asesinatos son “legales”.
Toda la cháchara que ocupa actualmente a nuestro mundo tiene la única finalidad, en el fondo, de no hablar de esa inmensa cordillera de cadáveres humanos que sostiene nuestra civilización.
No permita el Señor que su Iglesia se mezcle en este genocidio, y en todo caso, quiera responder a una abominación semejante temperando sabiamente la Misericordia y la Justicia.





