8.04.08

Homilía de Mons. Rouco para la Jornada de la Vida

Mis queridos hermanos y amigos

La vida es el don más precioso que ha recibido el hombre. Si se entiende esta palabra –vida– en toda la riqueza que contiene su significado, es el don sin el cual nuestra existencia –la existencia humana– no tiene el menor sentido. Sin vida y sin la vida el hombre quedaría condenado al absurdo. Sin vida el hombre se queda sin presente; pero, sobre todo, se queda sin futuro. Por ello, la vida plena se inicia en el tiempo cuando somos engendrados en el vientre de nuestra madre y tiende a durar más allá de la muerte, en la eternidad. Sólo cuando se vive en el espacio y en el tiempo, las coordenadas propias de este mundo, buscando y esperando la eternidad, la vida es la premisa “sine qua non” –sin la cual– no es posible hablar de felicidad. ¡Una vida a la vez física y espiritual! ¡Una vida, que aún pasando por el trance de la destrucción física del cuerpo humano, perdura en la feliz eternidad! La única vida verdadera es pues la que lleva en lo más íntimo de sí misma el fundamento y la garantía de esa eternidad: nuestro espíritu –el alma–, por una parte, y el Espíritu Santo, por otra, el que nos ha sido dado por la Resurrección de Jesucristo y que hemos recibido el día de nuestro Bautismo. Por el Bautismo hemos sido “sepultados con Cristo”, nos dice San Pablo, para “resucitar con Él”.

Hoy, III Domingo de Pascua, la Iglesia en España celebra la Jornada de la Vida, ya que la Solemnidad a la que los Obispos españoles han unido este día de la Vida, la Asunción del Señor el 25 de marzo, ha caído este año dentro de la Octava de Pascua providencialmente, porque nos permite comprenderla y valorarla en el marco celebrativo del Tiempo Pascual, el que más luminosamente nos recuerda y más íntimamente actualiza la verdad de la vida al hacer presente simultáneamente al protagonista único y al momento cumbre de la victoria definitiva de la vida sobre la muerte –sobre la muerte del alma, primero, y, sobre la muerte del cuerpo, después–, a saber: a Jesucristo, resucitado de entre los muertos verdaderamente con toda su humanidad, y a “su paso” por la terrible pasión y la muerte crudelísima de la Cruz, convirtiéndose de este modo por la oblación de su Cuerpo y de su Sangre en el autor definitivo de la vida plena y feliz: la vida eterna en la gloria del Padre por el don del Espíritu del Amor, el Espíritu Santo. Sí, Jesucristo es el Autor y Maestro de la Vida, el Autor y Defensor del mandamiento de la Vida, el Autor y Dador de la Gracia de la Vida. Su Evangelio es “el Evangelio de la Vida” como nos enseñó y proclamó nuestro inolvidable Siervo de Dios, Juan Pablo II, ante la dolorosa y dramática constatación de que en la sociedad de nuestros días había comenzado a propagarse una inhumana y desalmada cultura de la muerte, promovida por las fuerzas más poderosas del mundo, turbando y enturbiando la conciencia de muchos y a costa de la vida de los más débiles e indefensos.

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7.04.08

Homilía de Monseñor Cañizares, domingo 6 de abril

Jesús resucitado está presente en la Iglesia. El Evangelio que hemos proclamado es una meditación sobre esta Presencia. Presente en la Palabra de Dios, en la Fracción del Pan y en la Comunidad Apostólica. Tres momentos también en la lectura del Evangelio: el camino de Emaús, la fracción del pan, el retorno a Jerusalén: Palabra, Eucaristía, y Misión.

Camino de Emaús, presente en la Palabra de Dios. Los dos discípulos se marcharon de Jerusalén cuando ya corría entre los discípulos la noticia de que el sepulcro estaba vacío y sin el cadáver; pero no la de que Jesús se hubiese manifestado vivo. Saben lo del sepulcro vacío y se van de Jerusalén, alejándose de la comunidad apostólica. Estamos ya en el tercer día desde que habían matado y sepultado al que fue profeta poderoso en obras y palabras. Los dos caminantes se hablan el uno al otro en diálogo cerrado, con lo que solo consiguen hacer más oscuro su pensamiento; se les han caído las alas de la esperanza, porque habían esperado mal; expresan su desaliento y personifican el desaliento, enfermedad característica de la fe cuando no se alimenta de la Palabra de Dios; así dicen: “esperábamos que él iba a ser el futuro libertador de Israel". Jesús, desconocido para ellos, porque lo imaginaban mal y lo entendían peor, sale a su encuentro como Maestro. Están escuchando a Jesús, Palabra única de Dios, en la que Dios nos los dice todo, en quien está la auténtica explicación y cumplimiento de la Palabra de las Escrituras. Jesús se centra en la clave de todo el misterio cristiano: la gloria germina en la Cruz; todo se refiere a esto, los profetas y Moisés, todas las Escrituras encuentran su sentido aquí, toda la historia, toda la vida del hombre encuentra su sentido aquí, en Él, muerto y resucitado. Explica las Escrituras; al pasar por sus labios la letra de las Escrituras se enciende en el Espíritu que la inspiró, y su llama trasfigura el corazón de los que la escuchan. Cristo camino de Emaús es norma de cuantos sienten la responsabilidad de comunicar al mundo la Palabra de Dios. Cuando la comunidad eclesial proclama la auténtica Palabra de Dios y auténticamente se explica, Cristo está presente. Jesucristo, Palabra viva que por medio de signos escritos y orales entra en el profundo sentir del hombre para elevarlo a la sintonía con el pensar y sentir de Dios. A los dos de Emaús, antes hundidos en el pesimismo, les arde el corazón mientras escuchan al desconocido Maestro. Explicar las sagradas Escrituras de manera que se conviertan dentro de cada uno en fuego de la propia alma es misión propia de la Iglesia. Y, sobre todo, gracia de Dios. Fundamento, corona de toda catequesis, desde el nivel infantil hasta la más alta teología.

Presente en la Fracción del Pan, en la Eucaristía. Aun alejándose de Jerusalén donde ha renacido la esperanza, en su camino ya no van solos; su momento crítico será decirle al desconocido: “‘Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída’. Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante habían experimentado cómo ‘ardía’ su corazón mientras Él les hablaba ‘explicando’ las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza del corazón y ’se les abrieron los ojos’. Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. ‘Quédate con nosotros’, suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado verdaderamente en el ‘pan partido, ante el cual se habían abierto los ojos” (Juan Pablo II MND 1). “Quédate con nosotros": es la oración sencilla y plena que pide la presencia del Señor. Respondida en la Eucaristía, hogar de la fe. Del camino de la Palabra de Dios a la mesa de la Presencia del Señor. La memoria de Cristo abre la sed de su presencia. La invitación de Emaús resume la entrañable confianza con que miran a Jesucristo cuantos entienden los signos de los tiempos. La Fracción del Pan ilumina los ojos de la fe con la certeza del Invisible. En el momento en que los ojos exteriores de los dos discípulos se quedan sin su aparente objeto, se les ilumina la mirada interior de la Verdad para ver y sentir la real Presencia de Cristo. “En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del ‘Pan de vida’, con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de ‘estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo’” (Juan Pablo II MND 2). San Lucas y sus lectores entendían el gozo inagotable que sugiere este momento. Cada Eucaristía consciente es Emaús. Cada Eucaristía nos enciende el júbilo de Emaús.

Un tercer aspecto: Retorno de los discípulos a Jerusalén, Jesús presente en la comunidad apostólica. Sin esperanza los dos discípulos se iban de Jerusalén, donde habían quedado los Apóstoles. Aquella noche Jesús quería manifestarse a todos, reunidos, para cenar con ellos en signo de fraternidad y darles la misión de llevar el Evangelio al mundo. La experiencia de Cristo pone en el alma de los dos discípulos la necesidad de volver a Jerusalén, es decir, a la Comunidad apostólica, donde el amor de cada uno a Cristo se funde en el amor y unidad de todos. Caed en la cuenta que cuando los dos caminantes se alejan de Jerusalén, donde está la comunidad apostólica y siguen su propio camino en huida, se encuentran desalentados; sin embargo, encuentran la alegría, el fuego del corazón, cuando vuelven a la comunidad apostólica para compartir con ellos que es verdad que Cristo vive, que les ha salido al encuentro, que está presente. Los que han recobrado la Presencia de Cristo sienten la interior necesidad de recobrar la de la Comunidad Apostólica. Volver a Jerusalén es reintegrarse al hogar. Misioneros de su noticia, los dos de Emaús descubren que su fe es ya la de todos los hermanos. Con ellos van a participar, al término de la inolvidable jornada, como narra a continuación del pasaje leído san Lucas, de la presencia eclesial del Señor, que les confía la misión de llevar el Evangelio a todo el mundo.

Como hace Pedro tras la venida del Espíritu Santo en el pasaje del libro de los Hechos que hemos leído. Sin miedo ni temor alguno anuncia a Jesucristo a quien Dios acreditó en signos, que pasó haciendo el bien, que ha muerto por nosotros, que nos ha rescatado con su propia sangre, y ha resucitado para nuestra salvación y liberación verdadera, llevándonos a vivir una vida nueva en que se supere el viejo e inútil proceder que es el seguir el camino al margen de Cristo, cuando no en dirección opuesta a El mismo. El misterio de la Cruz y de la resurrección. Gracias a los que, como Pedro, como los Apóstoles, como todos los que a lo largo de la historia, nos evangelizaron podemos revivir en cada Eucaristía la experiencia de que Jesucristo se queda con nosotros, vivir el gozo de su presencia que nos lanza a compartirla con los que viven en esa misma presencia y comunicarla a todos los demás. Esa es la hora que vivimos: en este camino, a veces de huida y desaliento, Jesús nos sale al encuentro abriéndonos con su Palabra, la palabra de Dios, el sentido de lo que acontece. A su luz, y a raíz del encuentro personal con El, volvemos a la comunidad eclesial, para desde ella anunciar con Pedro a Jesucristo.

También, en este domingo, la palabra de Dios nos ofrece un gran mensaje de esperanza y afirmación de la vida. En la primera lectura Pedro proclama:"Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio". Y en la segunda lectura, el mismo Pedro nos enseña lo que vale el hombre, cada ser humano, pues no hemos sido rescatados “con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin mancha” . Y en el Evangelio, aquellos discípulos cariacontecidos, desconcertados, desalentados y sin esperanza, se muestra como el que vive, ha vencido a la muerte, y señala que todo se ilumina por Jesucristo y desde Él que es la Resurrección y la vida. No hay nada más verdadero ni con más realidad, garantía y fuerza de futuro, y por eso de mismo de presente, que ésta. Son la raíz de nuestra fe y de nuestra esperanza, son el fundamento para la vida del hombre. En la misericordia de Dios, Él quiere la vida para el hombre, para todo hombre que es engendrado, aunque no haya nacido.

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5.04.08

La libertad religiosa, un derecho inviolable de la persona. Por Mons. Gil Hellín

nullDesde hace algún tiempo, la libertad religiosa es un tema recurrente en los medios de comunicación, en los escritos del mundo universitario y en declaraciones de gente dedicada profesionalmente a la política. No es infrecuente que el tema se aborde con superficialidad y apasionamiento. Más aún, que se viertan juicios claramente erróneos.

Por ejemplo, se dice sin el menor empacho que cada uno es libre de profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. Pero se añade de inmediato que el ejercicio de esa profesión religiosa ha de realizarse en el ámbito de la propia conciencia, y que en modo alguno puede llevarse a la esfera de los diversos campos y actividades profesionales y sociales. Actuar en la vida pública conforme a los postulados de una determinada fe religiosa pondría en peligro la vida democrática de la sociedad y quebraría la neutralidad propia de un estado aconfesional y laico.

Semejante razonamiento pone de manifiesto que se desconoce la naturaleza, los fundamentos y los ámbitos de la libertad religiosa; o –lo cual sería mucho más grave- que se conocen, pero que no se quieren reconocer. El desconocimiento es aún mayor cuando se aborda el papel que le corresponde al Estado en la regulación de la libertad religiosa y cuál es el campo y nivel de actuación de la autoridad civil.

El Concilio Vaticano II aporta una doctrina muy clarificadora y sumamente actual en la «Declaración sobre la libertad religiosa». Allí se hacen, entre otras, estas tres afirmaciones fundamentales. Primera: la libertad religiosa es un derecho inalienable de la persona humana. Segunda: el fundamento de ese derecho es de orden racional. Tercera: el Estado debe respetar y favorecer la vida religiosa de los ciudadanos, pero no le pertenece dirigir o impedir los actos religiosos.

Respecto a la que la libertad religiosa como derecho inherente a la persona humana no puede ser más explícito: «Este Concilio declara –dice el artículo 2 de la citada Declaración- que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa». Libertad que «consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas individuales como de grupos sociales y de cualquier potestad humana». Más aún, debe estarlo «de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella, tanto en privado como en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos»

Respecto al fundamento de esta libertad, también es sumamente explícito: «El Concilio declara además que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal y como se reconoce por la misma razón natural». Consiguientemente, este derecho ha de ser recogido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de modo que se convierta en un derecho civil.

Por último, en cuanto a la competencia del Estado respecto al ejercicio de este derecho de la persona, el Concilio no admite la mínima vacilación: «La potestad civil –cuyo fin propio es realizar el bien común- debe, ciertamente, respetar y favorecer la vida religiosa de los ciudadanos, pero está fuera de su esfera de competencia tratar de dirigir o impedir los actos religiosos» (art.3).

Tiene especial importancia que el Concilio ratifique que la libertad religiosa es un derecho que conlleva la facultad de unirse a otras personas para formar con ellas comunidades religiosas con el fin de profesar y practicar su religión. Salvadas las justas exigencias del orden público, hay que asegurar que estas comunidades religiosas tengan plena libertad para profesar su fe.

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

4.04.08

La vida es siempre un bien

En estos días de primavera en los que la vida se abre pujante, coincidiendo con la celebración litúrgica de la Encarnación del Señor en el seno de María Virgen (el 25 de marzo, trasladada este año al 31 de marzo), celebramos la VII Jornada por la Vida, para agradecer a Dios el don de la vida y para hacernos más conscientes de que la vida humana corre peligro y hemos de salir todos en su defensa.

La “cultura de la muerte” va extendiéndose cada vez más entre nosotros, como una mera negra que todo lo contamina, sobre todo a través del aborto, de la manipulación de embriones humanos, de la eutanasia solapada en cuidados paliativos. Alejado de Dios, el hombre se vuelve contra el hombre. Suprimido Dios del horizonte humano, la vida se convierte en una lucha de egoísmos enfrentados, donde el más fuerte se apodera del más débil hasta llegar a eliminarlo.

La luz de Cristo resucitado ilumina el misterio del hombre y nos enseña que la vida es un don de Dios, el primer regalo que el hombre recibe, y, por tanto, la primera responsabilidad que Dios nos encomienda. Luchar por la vida es tarea de todos, y lo mismo que se protegen algunas especies por peligro de extinción, hoy es urgente proteger la vida humana desde su origen hasta su muerte natural, porque corre peligro.

Se ha difundido la mentalidad equivocada, incluso entre muchos creyentes, de que el aborto es un derecho de la mujer. Por ese camino, más de cien mil abortos legales en España cada año y más de un millón de niños, desde que se aprobó la ley del aborto, que no han nacido porque han sido asesinados en el vientre de su madre. Parece mentira que nos hayamos acostumbrado a estas cifras. Se trata de una guerra sorda, que va cobrándose violentamente más y más vidas, mientras otros muchos matrimonios desearían adoptar un hijo y tienen que ir a buscarlo a no sé dónde con unos gastos inmensos. En el último año, hemos tenido noticias de abortos en las últimas semanas de gestación, e incluso se pretende el aborto libre y la consideración del feto hasta de siete meses como si fueran un simple trozo de carne que se tira a la basura.

La vida, sin embargo, es un don precioso de Dios, desde que es engendrada en el seno materno hasta su muerte natural. Todo ser que viene a este mundo tiene derecho a nacer del abrazo amoroso de sus padres, no de la experimentación manipulada del laboratorio. La unión del espermatozoide y el óvulo ha de realizarse en el vientre materno, no en la pipeta de la clínica. Y desde el momento de esa fusión asombrosa, tenemos una nueva persona, dotada de alma humana, tenemos un ser humano que a los 14 días se implantará en el útero materno. Por mucho que avance la ciencia, hay cosas que son sagradas. Y cuando el hombre se empeña en ir contra Dios, se destruye a sí mismo y destruye a los demás.

La vida es sagrada también en su fase terminal, cuando la calidad de vida está deteriorada. Nadie puede suprimir la vida de otro ni ayudarle a morir ni programar la muerte de nadie. El final de la vida le corresponde determinarlo a Dios, y solamente a Él. La medicina puede ayudar mucho a afrontar el sufrimiento de la muerte con cuidados paliativos, pero en ningún caso puede programar la muerte de nadie. En nuestra cultura occidental no se soporta la muerte, y por eso no se soporta la vida cuando está desmejorada. Para el creyente, la muerte es el tránsito a una vida mejor, al cielo. Pero de eso sólo Dios puede disponer.

La Jornada por la Vida quiere ser un canto a la vida, una oración por todos los que tienen dificultades para vivir y un anuncio de esperanza para todos los que caminamos hacia la muerte. La muerte no es el final. El hombre ha sido creado para vivir, y vivir eternamente. Por eso, la vida es siempre un bien, porque es siempre un don de Dios.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Tarazona

31.03.08

Donde hay vida, hay esperanza

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

Donde hay vida, hay esperanza. Así lo ha repetido nuestra sabiduría popular. Si falta la vida, tan sólo nos resta la nostalgia triste de un ayer que pasó, o el miedo agónico de un mañana que no sabemos si vendrá.

Los obispos españoles decidieron en su Asamblea Plenaria del pasado noviembre dedicar dos jornadas distintas a la familia y a la vida. La de la familia tuvo lugar en diciembre en la festividad de la Sagrada Familia. Y la de la vida, ha quedado fijada en el día 25 de marzo, festividad de la Anunciación del Señor, que este año por reajustes del calendario litúrgico ha sido celebrada el pasado lunes. La Subcomisión episcopal para la familia y la defensa de la vida, ha publicado una breve nota con motivo de esta jornada. Se recuerda que “hace poco, la sociedad española se ha sentido conmovida por ciertas prácticas abortivas y la crueldad de los medios utilizados para ocultarlas". Esta realidad, que los obispos venimos denunciando desde hace años, ha suscitado de nuevo el debate sobre el aborto en nuestra sociedad. Juan Pablo II nos dijo en Madrid en 1982: «quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad».

Invitamos a los fieles a que eleven su oración al Señor para que ilumine la conciencia de nuestros conciudadanos, especialmente la de los políticos. Que el Dios de la vida les ayude a comprender y remediar el enorme drama humano que el aborto supone para el niño en el seno de su madre, para la propia madre, y para la sociedad entera. La ley del aborto debe ser abolida, al tiempo que hay que apoyar eficazmente a la mujer, especialmente con motivo de su maternidad, creando una nueva cultura donde las familias acojan y promuevan la vida. Una alternativa importante es la adopción. Miles de esposos tienen que acudir a largos y gravosos procesos de adopción mientras en España más de cien mil niños murieron por el aborto durante el año 2006. Ningún católico, ni en el ámbito privado ni público, puede admitir en ningún caso prácticas como el aborto, la eutanasia o la producción, congelación y manipulación de embriones humanos.

La vida es una realidad maravillosa que no deja de sorprendernos. Cuantos más datos nos proporciona la ciencia, mejor podemos comprender que la vida del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es un misterio que desborda el ámbito de lo puramente bioquímico. En su constante progreso, la ciencia afirma cada vez con más fuerza que desde la fecundación tenemos una nueva vida humana, original e irrepetible, con una historia y un destino únicos. «Es compromiso de todos acoger la vida humana como don que se debe respetar, tutelar y promover, mucho más cuando es frágil y necesita atención y cuidados, sea antes del nacimiento, sea en su fase terminal» (Benedicto XVI)”.

La familia y la vida son dos cuestiones en donde la esperanza de la humanidad y de la Iglesia toman rostro. Es como el “santo y seña” de nuestra salud social y creyente. La Iglesia está viva y es joven, decía Benedicto XVI en la misa de inauguración de su Pontificado. Constatamos con gratitud conmovida que las realidades eclesiales más fecundas y es-peranzadoras son las que su propuesta a los retos de nuestro tiempo suscitan la acogida y defensa –a veces heroicas– de la familia y de la vida con todas sus consecuencias sociales, jurídicas y religiosas. Sólo donde hay familia habrá vida, y sólo donde hay vida nuestro mundo tendrá esperanza.

Recibid mi afecto y mi bendición.
+ Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca