InfoCatólica / Palabra de Obispo / Archivos para: 2008

12.04.08

Nuevos tiempos, nuevo ardor. Por Mons del Río Martín

El primer tercio del siglo XX, en el orden del pensamiento, estuvo marcado por el existencialismo, que llevaba en sí la huella del drama humano vivido durante las guerras mundiales. En el segundo tercio hacen su aparición el nacionalsocialismo alemán y el totalitarismo comunista del Este, que luego se exportará a otras naciones europeas. Los años posteriores serán los de la guerra fría y el miedo a la amenaza nuclear. Con la caída del muro de Berlín en 1989 y la crisis ideológica que conlleva, toma cuerpo la postmodernidad, con ella surge una sociedad no ya postcristiana, sino anticristiana, como lo demuestra el fenómeno de la cristofobia, al que venimos últimamente asistiendo

Si el existencialismo se preguntaba ¿qué es el hombre? El marxismo indagará en saber ¿para qué sirve el hombre? En cambio, la postmodernidad ni se interroga sobre el hombre, ni le interesa las respuestas que puedan ofrecerle los que ella, despectivamente, llama metarrelatos. Esta actitud supone la consagración del pensamiento de Nietzsche y su falta de esperanza, tras constatar el fracaso de Marx y la superación del análisis freudiano.

Para la Iglesia Católica, el s. XX lleva el sello de la sangre de los mártires y del acontecimiento que supuso el Vaticano II. Los primeros años del postconcilio se centran en la reforma exterior, con la ilusión de que, de ésta, nos viniera también la reforma interior. El Sínodo extraordinario de 1985 constató que dicho proceso no se había verificado de forma satisfactoria y animó, en la línea de los grandes reformadores de la tradición eclesial, a hacer una reforma de dentro hacia afuera.

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10.04.08

"Te necesito", por Monseñor Asenjo

XLV Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo IV de Pascua que hoy celebramos es conocido como el domingo del Buen Pastor. El evangelio de hoy nos presenta a Jesucristo como el heredero del amor paternal con que Dios mismo guiaba en el Antiguo Testamento al pueblo de su elección. Jesús, en efecto, es el Buen Pastor, que llama y reúne a sus ovejas, las conoce por su nombre, las cuida, guía y conduce a frescos pastizales; que busca a la oveja perdida y que en su inmolación pascual da la vida por sus ovejas. La alegoría del Buen Pastor encontró en las primeras comunidades cristianas una acogida entusiasta. Entró en la iconografía de las catacumbas y de las primeras basílicas bajo la figura del pastor que cuida con abnegación a su rebaño y lleva sobre sus hombros a la más débil de sus ovejas. Los Santos Padres acogieron también cálidamente esta imagen para presentar a Cristo como el guardián de la Iglesia, rabadán del rebaño y modelo de pastores.

En este contexto litúrgico, celebramos además la XLV Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones bajo el lema “Te necesito". En ella se nos recuerda un año más que en la tarea salvadora, que tiene como fuente el misterio pascual, el Señor necesita colaboradores para cumplir la misión recibida del Padre y que Él confió a sus Apóstoles. A través de humildes instrumentos humanos, el Señor ha de seguir predicando, enseñando, perdonando los pecados, acogiendo a todos, sanando y santificando. Son las distintas vocaciones que el Espíritu suscita en su Iglesia para seguir a Jesucristo, Buen Pastor, viviendo como Él en castidad, pobreza y obediencia, al servicio del Pueblo santo de Dios.

Es ésta una Jornada para dar gracias al Señor por la vida de tantos hombres y mujeres que en la Iglesia universal y en nuestra Diócesis, en el ministerio sacerdotal, en la oración y el silencio del claustro, en el servicio a los pobres y marginados, en el acompañamiento a los enfermos y ancianos, en la dedicación a la enseñanza y a la formación de los jóvenes, están gastando generosamente su vida al servicio de Dios y de sus hermanos. Os invito a dar gracias a Dios muy especialmente por el don que supone para la Iglesia la vida oculta y aparentemente inútil a los ojos del mundo, pero preciosa a los ojos de Dios, de nuestros hermanos y hermanas contemplativos, que inmolan su vida por amor al Señor y para su gloria y que son un torrente de gracia para todos nosotros.

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8.04.08

Homilía de Mons. Rouco para la Jornada de la Vida

Mis queridos hermanos y amigos

La vida es el don más precioso que ha recibido el hombre. Si se entiende esta palabra –vida– en toda la riqueza que contiene su significado, es el don sin el cual nuestra existencia –la existencia humana– no tiene el menor sentido. Sin vida y sin la vida el hombre quedaría condenado al absurdo. Sin vida el hombre se queda sin presente; pero, sobre todo, se queda sin futuro. Por ello, la vida plena se inicia en el tiempo cuando somos engendrados en el vientre de nuestra madre y tiende a durar más allá de la muerte, en la eternidad. Sólo cuando se vive en el espacio y en el tiempo, las coordenadas propias de este mundo, buscando y esperando la eternidad, la vida es la premisa “sine qua non” –sin la cual– no es posible hablar de felicidad. ¡Una vida a la vez física y espiritual! ¡Una vida, que aún pasando por el trance de la destrucción física del cuerpo humano, perdura en la feliz eternidad! La única vida verdadera es pues la que lleva en lo más íntimo de sí misma el fundamento y la garantía de esa eternidad: nuestro espíritu –el alma–, por una parte, y el Espíritu Santo, por otra, el que nos ha sido dado por la Resurrección de Jesucristo y que hemos recibido el día de nuestro Bautismo. Por el Bautismo hemos sido “sepultados con Cristo”, nos dice San Pablo, para “resucitar con Él”.

Hoy, III Domingo de Pascua, la Iglesia en España celebra la Jornada de la Vida, ya que la Solemnidad a la que los Obispos españoles han unido este día de la Vida, la Asunción del Señor el 25 de marzo, ha caído este año dentro de la Octava de Pascua providencialmente, porque nos permite comprenderla y valorarla en el marco celebrativo del Tiempo Pascual, el que más luminosamente nos recuerda y más íntimamente actualiza la verdad de la vida al hacer presente simultáneamente al protagonista único y al momento cumbre de la victoria definitiva de la vida sobre la muerte –sobre la muerte del alma, primero, y, sobre la muerte del cuerpo, después–, a saber: a Jesucristo, resucitado de entre los muertos verdaderamente con toda su humanidad, y a “su paso” por la terrible pasión y la muerte crudelísima de la Cruz, convirtiéndose de este modo por la oblación de su Cuerpo y de su Sangre en el autor definitivo de la vida plena y feliz: la vida eterna en la gloria del Padre por el don del Espíritu del Amor, el Espíritu Santo. Sí, Jesucristo es el Autor y Maestro de la Vida, el Autor y Defensor del mandamiento de la Vida, el Autor y Dador de la Gracia de la Vida. Su Evangelio es “el Evangelio de la Vida” como nos enseñó y proclamó nuestro inolvidable Siervo de Dios, Juan Pablo II, ante la dolorosa y dramática constatación de que en la sociedad de nuestros días había comenzado a propagarse una inhumana y desalmada cultura de la muerte, promovida por las fuerzas más poderosas del mundo, turbando y enturbiando la conciencia de muchos y a costa de la vida de los más débiles e indefensos.

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7.04.08

Homilía de Monseñor Cañizares, domingo 6 de abril

Jesús resucitado está presente en la Iglesia. El Evangelio que hemos proclamado es una meditación sobre esta Presencia. Presente en la Palabra de Dios, en la Fracción del Pan y en la Comunidad Apostólica. Tres momentos también en la lectura del Evangelio: el camino de Emaús, la fracción del pan, el retorno a Jerusalén: Palabra, Eucaristía, y Misión.

Camino de Emaús, presente en la Palabra de Dios. Los dos discípulos se marcharon de Jerusalén cuando ya corría entre los discípulos la noticia de que el sepulcro estaba vacío y sin el cadáver; pero no la de que Jesús se hubiese manifestado vivo. Saben lo del sepulcro vacío y se van de Jerusalén, alejándose de la comunidad apostólica. Estamos ya en el tercer día desde que habían matado y sepultado al que fue profeta poderoso en obras y palabras. Los dos caminantes se hablan el uno al otro en diálogo cerrado, con lo que solo consiguen hacer más oscuro su pensamiento; se les han caído las alas de la esperanza, porque habían esperado mal; expresan su desaliento y personifican el desaliento, enfermedad característica de la fe cuando no se alimenta de la Palabra de Dios; así dicen: “esperábamos que él iba a ser el futuro libertador de Israel". Jesús, desconocido para ellos, porque lo imaginaban mal y lo entendían peor, sale a su encuentro como Maestro. Están escuchando a Jesús, Palabra única de Dios, en la que Dios nos los dice todo, en quien está la auténtica explicación y cumplimiento de la Palabra de las Escrituras. Jesús se centra en la clave de todo el misterio cristiano: la gloria germina en la Cruz; todo se refiere a esto, los profetas y Moisés, todas las Escrituras encuentran su sentido aquí, toda la historia, toda la vida del hombre encuentra su sentido aquí, en Él, muerto y resucitado. Explica las Escrituras; al pasar por sus labios la letra de las Escrituras se enciende en el Espíritu que la inspiró, y su llama trasfigura el corazón de los que la escuchan. Cristo camino de Emaús es norma de cuantos sienten la responsabilidad de comunicar al mundo la Palabra de Dios. Cuando la comunidad eclesial proclama la auténtica Palabra de Dios y auténticamente se explica, Cristo está presente. Jesucristo, Palabra viva que por medio de signos escritos y orales entra en el profundo sentir del hombre para elevarlo a la sintonía con el pensar y sentir de Dios. A los dos de Emaús, antes hundidos en el pesimismo, les arde el corazón mientras escuchan al desconocido Maestro. Explicar las sagradas Escrituras de manera que se conviertan dentro de cada uno en fuego de la propia alma es misión propia de la Iglesia. Y, sobre todo, gracia de Dios. Fundamento, corona de toda catequesis, desde el nivel infantil hasta la más alta teología.

Presente en la Fracción del Pan, en la Eucaristía. Aun alejándose de Jerusalén donde ha renacido la esperanza, en su camino ya no van solos; su momento crítico será decirle al desconocido: “‘Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída’. Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante habían experimentado cómo ‘ardía’ su corazón mientras Él les hablaba ‘explicando’ las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza del corazón y ’se les abrieron los ojos’. Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. ‘Quédate con nosotros’, suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado verdaderamente en el ‘pan partido, ante el cual se habían abierto los ojos” (Juan Pablo II MND 1). “Quédate con nosotros": es la oración sencilla y plena que pide la presencia del Señor. Respondida en la Eucaristía, hogar de la fe. Del camino de la Palabra de Dios a la mesa de la Presencia del Señor. La memoria de Cristo abre la sed de su presencia. La invitación de Emaús resume la entrañable confianza con que miran a Jesucristo cuantos entienden los signos de los tiempos. La Fracción del Pan ilumina los ojos de la fe con la certeza del Invisible. En el momento en que los ojos exteriores de los dos discípulos se quedan sin su aparente objeto, se les ilumina la mirada interior de la Verdad para ver y sentir la real Presencia de Cristo. “En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del ‘Pan de vida’, con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de ‘estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo’” (Juan Pablo II MND 2). San Lucas y sus lectores entendían el gozo inagotable que sugiere este momento. Cada Eucaristía consciente es Emaús. Cada Eucaristía nos enciende el júbilo de Emaús.

Un tercer aspecto: Retorno de los discípulos a Jerusalén, Jesús presente en la comunidad apostólica. Sin esperanza los dos discípulos se iban de Jerusalén, donde habían quedado los Apóstoles. Aquella noche Jesús quería manifestarse a todos, reunidos, para cenar con ellos en signo de fraternidad y darles la misión de llevar el Evangelio al mundo. La experiencia de Cristo pone en el alma de los dos discípulos la necesidad de volver a Jerusalén, es decir, a la Comunidad apostólica, donde el amor de cada uno a Cristo se funde en el amor y unidad de todos. Caed en la cuenta que cuando los dos caminantes se alejan de Jerusalén, donde está la comunidad apostólica y siguen su propio camino en huida, se encuentran desalentados; sin embargo, encuentran la alegría, el fuego del corazón, cuando vuelven a la comunidad apostólica para compartir con ellos que es verdad que Cristo vive, que les ha salido al encuentro, que está presente. Los que han recobrado la Presencia de Cristo sienten la interior necesidad de recobrar la de la Comunidad Apostólica. Volver a Jerusalén es reintegrarse al hogar. Misioneros de su noticia, los dos de Emaús descubren que su fe es ya la de todos los hermanos. Con ellos van a participar, al término de la inolvidable jornada, como narra a continuación del pasaje leído san Lucas, de la presencia eclesial del Señor, que les confía la misión de llevar el Evangelio a todo el mundo.

Como hace Pedro tras la venida del Espíritu Santo en el pasaje del libro de los Hechos que hemos leído. Sin miedo ni temor alguno anuncia a Jesucristo a quien Dios acreditó en signos, que pasó haciendo el bien, que ha muerto por nosotros, que nos ha rescatado con su propia sangre, y ha resucitado para nuestra salvación y liberación verdadera, llevándonos a vivir una vida nueva en que se supere el viejo e inútil proceder que es el seguir el camino al margen de Cristo, cuando no en dirección opuesta a El mismo. El misterio de la Cruz y de la resurrección. Gracias a los que, como Pedro, como los Apóstoles, como todos los que a lo largo de la historia, nos evangelizaron podemos revivir en cada Eucaristía la experiencia de que Jesucristo se queda con nosotros, vivir el gozo de su presencia que nos lanza a compartirla con los que viven en esa misma presencia y comunicarla a todos los demás. Esa es la hora que vivimos: en este camino, a veces de huida y desaliento, Jesús nos sale al encuentro abriéndonos con su Palabra, la palabra de Dios, el sentido de lo que acontece. A su luz, y a raíz del encuentro personal con El, volvemos a la comunidad eclesial, para desde ella anunciar con Pedro a Jesucristo.

También, en este domingo, la palabra de Dios nos ofrece un gran mensaje de esperanza y afirmación de la vida. En la primera lectura Pedro proclama:"Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio". Y en la segunda lectura, el mismo Pedro nos enseña lo que vale el hombre, cada ser humano, pues no hemos sido rescatados “con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin mancha” . Y en el Evangelio, aquellos discípulos cariacontecidos, desconcertados, desalentados y sin esperanza, se muestra como el que vive, ha vencido a la muerte, y señala que todo se ilumina por Jesucristo y desde Él que es la Resurrección y la vida. No hay nada más verdadero ni con más realidad, garantía y fuerza de futuro, y por eso de mismo de presente, que ésta. Son la raíz de nuestra fe y de nuestra esperanza, son el fundamento para la vida del hombre. En la misericordia de Dios, Él quiere la vida para el hombre, para todo hombre que es engendrado, aunque no haya nacido.

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5.04.08

La libertad religiosa, un derecho inviolable de la persona. Por Mons. Gil Hellín

nullDesde hace algún tiempo, la libertad religiosa es un tema recurrente en los medios de comunicación, en los escritos del mundo universitario y en declaraciones de gente dedicada profesionalmente a la política. No es infrecuente que el tema se aborde con superficialidad y apasionamiento. Más aún, que se viertan juicios claramente erróneos.

Por ejemplo, se dice sin el menor empacho que cada uno es libre de profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. Pero se añade de inmediato que el ejercicio de esa profesión religiosa ha de realizarse en el ámbito de la propia conciencia, y que en modo alguno puede llevarse a la esfera de los diversos campos y actividades profesionales y sociales. Actuar en la vida pública conforme a los postulados de una determinada fe religiosa pondría en peligro la vida democrática de la sociedad y quebraría la neutralidad propia de un estado aconfesional y laico.

Semejante razonamiento pone de manifiesto que se desconoce la naturaleza, los fundamentos y los ámbitos de la libertad religiosa; o –lo cual sería mucho más grave- que se conocen, pero que no se quieren reconocer. El desconocimiento es aún mayor cuando se aborda el papel que le corresponde al Estado en la regulación de la libertad religiosa y cuál es el campo y nivel de actuación de la autoridad civil.

El Concilio Vaticano II aporta una doctrina muy clarificadora y sumamente actual en la «Declaración sobre la libertad religiosa». Allí se hacen, entre otras, estas tres afirmaciones fundamentales. Primera: la libertad religiosa es un derecho inalienable de la persona humana. Segunda: el fundamento de ese derecho es de orden racional. Tercera: el Estado debe respetar y favorecer la vida religiosa de los ciudadanos, pero no le pertenece dirigir o impedir los actos religiosos.

Respecto a la que la libertad religiosa como derecho inherente a la persona humana no puede ser más explícito: «Este Concilio declara –dice el artículo 2 de la citada Declaración- que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa». Libertad que «consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas individuales como de grupos sociales y de cualquier potestad humana». Más aún, debe estarlo «de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella, tanto en privado como en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos»

Respecto al fundamento de esta libertad, también es sumamente explícito: «El Concilio declara además que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal y como se reconoce por la misma razón natural». Consiguientemente, este derecho ha de ser recogido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de modo que se convierta en un derecho civil.

Por último, en cuanto a la competencia del Estado respecto al ejercicio de este derecho de la persona, el Concilio no admite la mínima vacilación: «La potestad civil –cuyo fin propio es realizar el bien común- debe, ciertamente, respetar y favorecer la vida religiosa de los ciudadanos, pero está fuera de su esfera de competencia tratar de dirigir o impedir los actos religiosos» (art.3).

Tiene especial importancia que el Concilio ratifique que la libertad religiosa es un derecho que conlleva la facultad de unirse a otras personas para formar con ellas comunidades religiosas con el fin de profesar y practicar su religión. Salvadas las justas exigencias del orden público, hay que asegurar que estas comunidades religiosas tengan plena libertad para profesar su fe.

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos