InfoCatólica / Palabra de Obispo / Archivos para: 2008

10.05.08

En el sufrimiento, abiertos a la esperanza. Por Saiz Meneses

Estamos en pleno tiempo de Pascua, los cincuenta días en que celebramos la resurrección del Señor. Y hoy, este sexto domingo de Pascua, coincide con el Día del Enfermo, que entre nosotros tiene un nombre muy adecuado a este tiempo litúrgico: la Pascua del Enfermo. En este día recordamos a los enfermos y a los profesionales, los voluntarios y los familiares que tienen a su cargo la asistencia humana y también la atención pastoral que los enfermos merecen como miembros sufrientes de la comunidad cristina. El lema escogido para este año es muy explícito y claro: “En el duelo, abiertos a la esperanza”. De esto se trata sobre todo: que nuestros hermanos enfermos, en medio del sufrimiento, encuentren en Jesús resucitado su fortaleza. Jesucristo da sentido al sufrimiento humano. También en la experiencia del sufrimiento él es nuestro Señor y nuestro Buen Pastor.

La luz de la Pascua de Cristo ilumina los aspectos más oscuros de la condición humana, como el dolor y la muerte, porque Cristo nos dice que no nos encaminamos hacia la nada y la extinción definitiva sino hacia el encuentro con él, que es la resurrección y la vida.

El realismo cristiano no ha escondido nunca los aspectos más oscuros de la vida, pero les ha dado un sentido en Cristo. Por esto, me complace, en este día de la Pascua del Enfermo, dar las gracias e impulsar el trabajo de todos aquellos que están cerca de los miembros sufrientes de nuestras comunidades. Estas personas hacen que sea una realidad lo que nos hemos propuesto todos en el Plan Pastoral Diocesano para los años 2007-2010, en el que tiene un lugar muy propio lo que hoy llamamos la pastoral de la salud, que promueve la delegación diocesana encargada de este ámbito de la acción de la Iglesia.

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29.04.08

Pedro en el púlpito del mundo, por Sanz Montes

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

Hemos seguido el viaje del Papa a Estados Unidos de América y hemos pedido por fruto apostólico de este periplo del sucesor de Pedro. Por igual razón fueron Pedro y Pablo a Roma y Atenas para anunciar a Jesucristo.

En estos días se cumplen diversos recordatorios en torno al Santo Padre Benedicto XVI: el de su cumpleaños (16 abril), el de su elección a la Sede de Pedro (18 abril) y el del inicio de su pontificado (24 abril). Felicidades al Papa y gratitud al Señor que regala a su Iglesia pastores según su Corazón. Sin duda alguna, los Papas de los últimos pontificados son una providencial gracia que Dios ha regalado a su Iglesia, porque hemos tenido en ellos las personas que en cada momento hemos necesitado más.

Podemos levantar acta de lo que a lo largo de estos tres años primeros de su pontificado, Benedicto XVI nos ha mostrado con enormeprofundidad, belleza y sencillez, pero también podemos hacer una crónica del contrapunto amable o desairado que ha ido generando dentro y fuera de la comunidad católica. Pero mientras describimos los encuentros y desencuentros que suscita el actual Pontífice ante quienes le agradecen sus textos y sus gestos, o ante quienes le censuran hasta su libertad de expresión, debemos recordar siempre más en la hondura el significado que tiene Pedro en la Iglesia de Jesucristo en este tramo de nuestra historia, y cómo el actual Obispo de Roma conduce con sabiduría y pasión la barca eclesial remando mar adentro.

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25.04.08

Buscar la verdad para compartirla, por el Cardenal Carlos Amigo

Decían los sabios que la verdad está unida a la caridad, pues quien ha conocido el bien no puede por menos que compartirlo con los demás.

Se ha hablado de la caridad política, de la caridad intelectual, de la caridad espiritual. ¿Por qué no hacerlo también de la caridad de los medios de comunicación? Si la caridad consiste en repartir lo que se tiene y lo que los otros necesitan, ¿por qué no se puede buscar la verdad para compartirla?

Una buena oportunidad

Cuando menos, los medios de comunicación, en formas variadas y distintas, tienen una magnífica oportunidad para desenmascarar lo ambiguo, lo equívoco, la falacia y, por el contrario, hacer que resplandezca la verdad. Son medios, instrumentos que han de servir como estímulo en el conocimiento de la verdad, para poner esa luz que se necesita para ver la realidad lo más cerca y objetivamente posible.

Lejos de ayudar a hundirse en el pozo oscuro de la indiferencia, el valor de la credibilidad será el mejor apoyo para que el lector, el oyente, el espectador vaya formando su conciencia crítica, su capacidad de juzgar rectamente, su interés por conocer y valorar con buen criterio.

Mientras que lo contradictorio lleva al equívoco y a la minusvaloración del comunicado, una línea de objetividad ayuda al asiento y estima de la información.

Como una cosa es la diversidad de opiniones y otra el relativismo, que vacía de seguridad cualquier criterio, el comunicador se tendrá que vestir con esa túnica tan noble de la lealtad a lo que es justo, verdadero, objetivo.

También hay una forma de consumismo que podemos llamar informativo. Es decir, la de quedarse en el titular, en la imagen inmediata, en la palabra escuchada a medias. De ello no tiene culpa el periodista ni el locutor, sino la superficialidad de quien ve o escucha. Los titulares son como estímulo para adentrarse en el conocimiento de la noticia, no para hacer aforismo incuestionable.

Si la distorsión lleva a deformar, no sólo la imagen sino también la palabra, habrá que aplicar los ajustes de la comparación, buscar en fuentes diversas, ser fieles a la verdad conocida y contrastada.

En la escuela de la verdad

Parece un tanto exagerado decir que los medios de comunicación han suplantado a la escuela, incluso a la familia y, por supuesto, a la doctrina y catequesis de la Iglesia. Pero, aunque la afirmación esté sobredimensionada, de lo que no cabe duda es que el colegio, la casa familiar y la Iglesia no deben hacer dejación de su inexcusable labor educativa.

También la escuela, la familia y la iglesia, tienen que ser cátedras donde se aprenda a usar estos medios, y a servirse de ellos con sentido crítico, para estar objetiva y suficientemente informado, para ganar en conocimiento, para abrirse a unas dimensiones universales.

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19.04.08

Siempre es posible la esperanza, por Mns. Gil Hellín

Bakhita era una niña de Sudán. Cuando apenas tenía nueve años, fue secuestrada por traficantes de esclavos y golpeada. En poco tiempo fue vendida cinco veces. Un día fue comprada para ser esclava de la madre y de la esposa de un general. En esa casa, todos los días era azotada hasta sangrar. Fruto de aquellas vejaciones, su cuerpo arrastró durante toda su vida 144 cicatrices.

Cuando contaba 17 años, fue comprada por un mercader italiano para el servicio de Callisto Legnani, cónsul de Italia en Sudán. Éste, dado el cariz que tomaba la guerra en aquel país, volvió a Italia y se estableció cerca de Venecia. Bakhita descubrió aquí que, además de los «dueños» terribles que había conocido, existía otro «dueño», que estaba por encima de ellos, que era el Señor de todos los señores. Este «dueño» era completamente distinto, pues era bueno, más aún: la bondad personificada.

También descubrió que ese «dueño» la conocía a ella; más aún, la amaba. Su amor por ella era tan grande, que este «dueño» había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba «a la derecha de Dios Padre» ¡Ella… conocida, amada, esperada! El pecho se le rompía de emoción. En ese momento, comenzó a vivir y a tener esperanza. No la pequeña esperanza de encontrar dueños más humanitarios y menos crueles, sino la esperanza de saberse definitivamente amada, sucediese lo que sucediese. Entendió que el mundo sin ese «Señor de los señores» es un mundo sin esperanza y donde no hay una verdadera razón para vivir.

El nuevo «dueño y señor» no era otro que el Dios de Jesucristo. ¡Valía la pena aceptar la invitación de ser uno de su familia, ponerse a su servicio, vivir y morir en su casa! El nueve de enero de 1890, cuando tenía unos veinte años, recibió el Bautismo, la Confirmación y la Primera Comunión de manos del Cardenal Patriarca de Venecia. Enseguida entró en la Congregación de las Canosianas y unos años más tarde hizo los votos perpetuos.
Desde aquel momento se propuso realizar con esmero dos grandes tareas: la atención de la portería de su convento y los viajes por Italia para exhortar a la misión. Sentía el deber y la urgencia de no guardarse para ella el gran don que había recibido, tras su encuentro personal con Jesucristo. Había que darlo a conocer al mayor número posible de personas. Era preciso decir a la gente que siempre es posible la esperanza, que cuando se descubre a Dios se descubre la única y consistente razón de la existencia.

Un día, el «señor de todos los señores» le dio unos golpecitos en la espalda y vino en su busca para llevarle a su casa del Cielo. Quería que «reinara» eternamente con Él. Después de su muerte, Bakhita siguió haciendo el bien con las gentes del Véneto italiano y de otros lugares. En alguna ocasión, incluso realizó algún milagro, que la Iglesia reconoció de modo oficial. Su fama de santidad fue en aumento y, finalmente, el queridísimo Juan Pablo II la canonizó.
El tipo de esclavitud que sufrió Bakhita casi ha desaparecido, gracias a Dios. Pero hay muchas otras esclavitudes, no menos dolorosas. De ellas son víctimas tantos jóvenes y tantas otras personas menos jóvenes. Bakhita es una estrella luminosa en ese cielo terriblemente encapotado. Estrella que orienta y estrella que ilumina cuáles son las «esperanzas» que nos hunden en un pozo cada vez hondo y cuáles las que verdaderamente nos liberan y nos dan una razón para seguir esperando. Y para seguir viviendo.


+ Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

17.04.08

La familia, fundamento primordial de la sociedad

Queridos hermanos y hermanas:

Entre los días 21 y 25 del presente mes de abril vamos a celebrar la XIII Semana de la Familia, con el título “La familia, fundamento primordial de la sociedad”. Organizada por la Delegación Diocesana de Familia y Vida, intervendrán en ella destacados ponentes, que subrayarán el importantísimo papel que juega la familia en la sociedad como manantial de valores y “escuela del más rico humanismo” (GS, 52). Al mismo tiempo que os invito a participar en la Semana con la convicción de que a todos nos enriquecerá, me parece oportuno glosar en esta carta semanal el mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz que celebramos el pasado 1 de enero y del que no pude hacerme eco en su momento. En él se contienen preciosas enseñanzas sobre la familia.

Afirma el Papa que la familia natural, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es el lugar primero de humanización de la persona y de la sociedad y la cuna de la vida y el amor. La familia es la primera sociedad natural, una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de toda organización social. Nos dice también que la familia, célula primera y vital de la sociedad, es la primera e insustituible educadora para la paz y la convivencia. En una vida familiar sana se experimentan algunos de los elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre los hermanos, la función de la autoridad ejercida por los padres, el servicio afectuoso y gratuito a los miembros más débiles, los enfermos, los más pequeños o los abuelos, la ayuda mutua en los momentos difíciles y la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, perdonarlo. Precisamente porque la familia es ante todo comunidad de vida y amor, nos dice el Papa que es particularmente intolerable la violencia cometida dentro de la familia, hacia las mujeres y los niños.

Nos dice también que la familia es fundamento de la sociedad porque permite tener experiencias determinantes de paz. Consecuentemente la comunidad humana no puede prescindir de sus servicios. En el seno de la familia aprenden los niños a gustar el sabor genuino de la paz, pues el lenguaje familiar es un lenguaje de paz, entretejido de experiencias de perdón y reconciliación. En su seno adquieren los niños el vocabulario de la paz, esa gramática que todo niño aprende de los gestos y miradas de sus padres antes incluso de poder comprender sus palabras.

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